La representación de las bases en los organismos de dirección del Frente Amplio (FA) ha sido, al tiempo que un avance en términos de democratización, un factor que resume las tensiones internas y dinamiza a la fuerza política.
Una organización política debe reproducir en su seno las contradicciones de la propia sociedad de la que nace y vive, de lo contrario se transforma en una secta. Las sectas, si no sustentan su univocidad en el miedo, en la superstición, en la purga o en la desaparición de los discrepantes, tienen poco vuelo o, de sobrevivir, se reducirán a un mero producto testimonial.
Un poco de historia. En 1971, los comités frenteamplistas surgieron como asambleas de vecinos en los barrios dispuestos a trabajar por la unión de las izquierdas para participar en las elecciones nacionales. Su inicio respondió a la idea de “la política como acción permanente”, lanzada por Liber Seregni en sus primeras comparecencias como líder de la izquierda uruguaya. A ella se agregó la idea de la descentralización, lo que condujo a la creación de unidades barriales que, luego del interregno dictatorial, desde 1984 a la fecha, pasaron a integrar la estructura de la fuerza política. Con el tiempo también surgirían los “comités funcionales”, organismos políticos de trabajadores, en gremios y sindicatos.
Inicialmente fueron grupos de apoyo a los acuerdos entre los sectores; carecían de estatutos y resolvían por consenso. No había órganos de dirección ni programas de gobierno elaborados colectivamente. En las primeras resoluciones participaron personalidades de izquierda invitadas a integrar el conglomerado. La necesidad de unificar las acciones condujo al nacimiento de las llamadas Coordinadoras de comités, a las que asistían delegados de comités barriales y funcionales. También se organizaron las departamentales en Montevideo y en el interior, con igual estructura. En el organigrama a nivel nacional, las Coordinadoras de Montevideo están al mismo nivel orgánico que las Departamentales del interior y tienen la misma representación que estas en la dirección del partido.
Para las elecciones de 1971 los candidatos se designaron por consenso de sectores. Después se agregaron los comités de base, lo que adquiriría estatus de “movimiento”, término que resumía a los seguidores del FA. Hubo más actividad de comités en Montevideo. En un país en el que todo estaba centralizado, también la izquierda entró en esa dinámica. Fue una limitante que el Frente demoró en asumir y superar.
La presencia de la izquierda unificada, terciando en el escenario político, inquietó a las direcciones de los partidos “fundadores de la nacionalidad”. En el interior, los blancos nacionalistas habían cimentado su prestigio en base a caudillos locales y a una tradición “rural”, edificada en sendos enfrentamientos con el “partido de las ciudades”, el Partido Colorado. Este se había consolidado merced al liderazgo imbatible del dos veces presidente de principios del siglo XX, José Batlle y Ordoñez (1903-1907/1911-1915), considerado el constructor del Uruguay moderno. Dirigido por el batllismo, más urbano, el coloradismo dominante hasta varios años posdictadura se fue deshilachando durante las sucesivas crisis, propias de las sociedades con economía dependiente. Al comienzo del siglo XXI perdió pie ante el avance de una izquierda que ganó terreno en los sectores de trabajadores de la capital y en espacios urbanos del interior. Muchos adherentes de los partidos tradicionales pasaron a las filas de la izquierda, aportando a un irreversible cambio de protagonistas del bipartidismo uruguayo. El Partido Nacional, abroquelado en su trinchera de “tierra adentro”, logró mantener un relato “antipueblero”, liberal y nacionalista que aún mantiene.
Las elecciones a la salida de la dictadura no fueron un fracaso del FA, pero la aguja se movió poco. Era difícil atraer a la población hacia posturas de izquierda, luego de un período dictatorial que alteró la mentalidad del pueblo oriental. La dictadura duró más de 12 años y contó con el consentimiento (tácito o explícito) de una buena parte de la población uruguaya, que adhirió (si ya no lo era) a gobiernos autoritarios. Ya habíamos tenido avisos. Hubo un proyecto de reforma de la Constitución, en 1971, que proponía la reelección del presidente Jorge Pacheco Areco, y aunque esa propuesta no prosperó, obtuvo una muy alta votación. Y en el plebiscito de 1980 hubo 58% de votos en contra, pero también hubo un 42% de votantes uruguayos decididos a entregar todo el poder a los militares. Fueron dos acontecimientos significativos y alarmantes.
Los comités de base del FA sobrevivieron a la “larga noche de los 12 años” (hay locales emblemáticos, como el de la Coordinadora B, que se mantuvieron en pie). A partir de 1984, y aun antes de la renuncia de los dictadores, emergieron los antiguos comités y se formaron otros. Se liberaba de este modo la energía de la gente, por años encerrada, ahora disponible para seguir luchando por un gobierno de izquierda.
Más coalición que movimiento
En vísperas del irreversible retorno de la democracia, alguien propuso que, siendo el FA un espacio definido como coalición y movimiento, el equilibrio interno requería la representación de este último en la dirección a todos los niveles. Hubo acuerdo (no sin debates) para evitar que deviniera en un “partido de opinión” (al estilo tradicional), y canalizar aquella energía militante que se había expresado antes, durante y a la salida de la dictadura. Se resolvió que un porcentaje de los delegados integrantes del Plenario Nacional y los departamentales responderían a “las bases”, o sea al “movimiento”, uno de los dos pilares principales del universo frenteamplista. En 1984, con la aprobación de los estatutos, se adjudicó la representación de las bases con 44 delegados. En 1993, una modificación de esos estatutos por el Plenario Nacional elevó la representación a 50% de los integrantes. Se consideró un cupo para comités en el extranjero. Desde entonces el Frente Amplio consolidaría su estructura e influiría en todo el accionar de los partidos en la política nacional.
Fue un cambio cualitativo (un antes y un después); una movida que hoy catalogamos de inteligente y oportuna. La medida llegaría a constituirse en el sostén de la unidad de los sectores de izquierda, hasta llegar cuatro veces al gobierno nacional. Sería engorrosa, pesada, lenta, pero funcionaría.
La presencia de los comités de base frenteamplistas ha contribuido a la ampliación y revalorización de la democracia republicana, y sobre todo a alentar a la participación de la ciudadanía en la política.
Se formalizaron los estatutos y se implementó la representación en los organismos de dirección nacional (Plenario y Mesa Política), con delegados de base electos por voto universal y secreto (salvo para el Congreso). A su vez, los sectores envían a sus propios delegados, que ocuparán el otro 50%, distribuidos a prorrata de la elección nacional. Lo mismo se decidió para los Plenarios y Mesas Departamentales (con base 1 para quienes no tienen representación parlamentaria). El Congreso, en cambio, se constituiría con delegados de los comités, nombrados para la ocasión (cada comité decide su forma de elección) y de los sectores. A esa cantidad se agregan los integrantes del Plenario Nacional, dirigentes (presidente y vice del FA) y legisladores.
Este pesado mecanismo, difícil de entender desde afuera (y a veces desde adentro), tuvo su razón de ser. Se partía de aquel esquema binario, coalición/movimiento, definido inicialmente. Algunos previeron lo que acontecería. El movimiento, al elegir a sus delegados a los organismos de dirección, se precipitó a los comités, donde se elegían los candidatos a integrar el Plenario Nacional1. Sucede que el “movimiento” es mucho más que su militancia diaria o semanal. Está formado también por adherentes y simpatizantes, ciudadanos que participan en actividades proselitistas durante el año electoral, o parcialmente en actividades de propaganda, etcétera, además de los votantes. Es imposible la participación masiva de todos los adherentes en la actividad semanal (casi diaria) de los comités. De tal modo se fue sedimentando el cerno militante, ya adherido a sectores integrantes del FA, más algunos independientes, con predominio ostensible de quienes estaban mejor organizados. En buen romance, las bases militantes se “tragaron” al movimiento, al aplicarse el sistema de la delegatura de los comités en la dirección. No cualquier adherente se puede postular a la integración del Plenario Nacional y de los departamentales. Debe pasar por el filtro de los comités y coordinadoras, quienes los proponen para candidatos en elecciones internas con voto secreto2. Devino casi naturalmente que los delegados de las bases, en su mayoría, pertenecerían a los sectores más activos3. Es decir que el “movimiento”, como tal, no tendría representación en la dirección, pese a que, por inercia, muchos frenteamplistas siguen utilizando la expresión “delegados del movimiento”.
De algún modo, la alianza entre diferentes sectores estuvo por encima (aunque tuvo sus altibajos) de la necesidad de predominar en la elección de delegados a los organismos de dirección. Los sectores más estructurados, entre cuyas prioridades estaba la asistencia semanal a las asambleas (plenarios) de los comités, tendrían más delegados a las coordinadoras y harían pesar su militancia en la elección de los representantes a los Plenarios departamentales y al Plenario Nacional. La dualidad en las vías de elección puede provocar (aunque no siempre) que sectores que no son mayorías en las elecciones nacionales tengan más peso en el Plenario Nacional, en la Mesa Política y en órganos departamentales. Esto sucede porque no es lo mismo la elección de delegados de las bases a la dirección del FA que la elección de representantes al Parlamento. Pese a ello, hubo (y hay) un esfuerzo consciente de esas organizaciones de no “copar” las delegaturas en las elecciones internas y “abrir el juego” a la participación de organizaciones más pequeñas y a independientes sin aparatos partidarios de apoyo. Hay acuerdos (tácitos o no) de que todos deben hacer un esfuerzo consciente por mantener la “unidad en la diversidad” y los “equilibrios internos”, de lo contrario, será la muerte del Frente Amplio. Las delegaturas a los organismos departamentales y al Plenario Nacional surgen de acuerdos previos, en los que se trata de equilibrar la representación de sectores y espacios de opinión que militan en las bases. La tensión entre movimiento, bases y sectores está contenida por el frenteamplismo (fortalecido durante la dictadura), que sostiene el equilibrio interno. Un equilibrio que a veces se vuelve precario y camina por la cornisa de sus propios límites, es cierto, pero que apela siempre a una historia que ha superado dificultades serias.
Es esa tensión dialéctica (movimiento, bases militantes y sectores) la que ha permitido que este “extraño engendro” de izquierda, único en su especie en el mundo, se haya mantenido por más de 50 años en la escena política de Uruguay, con cuatro períodos de gobierno a cuestas. Tantos como el Partido Nacional, uno de los “partidos fundadores” de nuestro país, con casi 200 años de existencia.
La presencia de los comités de base frenteamplistas ha contribuido a la ampliación y revalorización de la democracia republicana y sobre todo a alentar a la participación de la ciudadanía en la política. De no existir los comités, hubiera sido difícil resistir la presión de fuerzas propensas a impulsar más la diversidad que la unidad. Casos hubo, muy importantes, que no lograron formar una masa crítica capaz de provocar la división. En esas instancias, no cabe duda de que los comités de base gravitaron en el mantenimiento de la unidad.
El próximo 25 de agosto, fecha patria elegida por el FA para celebrar el Día del Comité de Base, con la bandera de Otorgués en sus puertas, estos organismos donde los frenteamplistas se reúnen, discuten de política y eligen a sus dirigentes se preparan para nuevas instancias, entre las cuales está el próximo y fundamental Congreso de octubre de 2026. Sin dudas, uno de los congresos más importantes para el futuro del Frente Amplio.
Carlos Pérez Pereira es militante de base del FA.
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El Plenario Nacional es el órgano de dirección más importante del Frente Amplio. Más, incluso, que el Congreso Nacional. Sus miembros integran el Congreso con voz y voto a título personal. El Congreso puede votar a favor o en contra y hasta modificar las propuestas del Plenario. Pero no puede incorporar otros temas, eso solo lo puede hacer el Plenario. ↩
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En Montevideo hay una Coordinación de Coordinadoras, que se autodenomina Grupo de los 41, que reúne a los delegados de las coordinadoras del departamento. De allí salen seis delegados (rotativos) que integran la Mesa Política Nacional del FA, junto con delegados de sectores y la Presidencia. ↩
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Es importante señalar que las posturas de los delegados de estas bases son, en general, coherentes con las de los organismos representados (aunque discrepen con ellas), muchas veces en contraposición a las posturas de sus propios sectores. Acá, como ya dije, el frenteamplismo predomina (casi siempre) sobre posturas personales o sectoriales. En caso de no coincidir, existen mecanismos de rendición de cuentas de las posturas adoptadas. ↩
