“Con sólo tres gotitas de perfume y el dulce cucurucho de un helado, / con dos o tres globos azules y tenues lucecitas de un tablado, / con unos cuantos gramos de ternura y cuatro rojos pétalos de rosas, / una curita en el dedo meñique y una pequeña y frágil mariposa”.

Así cantaba Falta y Resto en 1988 la fórmula de “Cómo se hace una niña” inspirada en la foto de una bebé desaparecida en dictadura que estaba por todo Montevideo y se convirtió en un emblema de la búsqueda de nietos de detenidos desaparecidos en dictadura en Uruguay y Argentina.

La murga le cantaba a Mariana Zaffaroni Islas, secuestrada junto a su madre, María Emilia Islas, y su padre, Jorge Zaffaroni, el 27 de setiembre de 1976. A ellos los trasladaron al centro de torturas Automotores Orletti y permanecen desaparecidos. En tanto, Mariana, que apenas tenía 18 meses, fue apropiada y anotada como hija propia por un agente de la Secretaría de Inteligencia del Estado, Miguel Ángel Furci, que falleció el pasado 12 de mayo.

Foto del artículo 'Los nietos te cuentan cómo fue: 13 historias de restitución de identidad desde la perspectiva de sus protagonistas'

A Zaffaroni la buscaba la murga, la sociedad toda, pero, más que nadie, la buscaba su abuela María Ester Gatti de Islas, que rápidamente inició la búsqueda de su nieta y no descansó durante 16 años hasta recuperarla en junio de 1992, cuando la joven ya tenía 17 años.

La historia de Zaffaroni es muy conocida, pero, hasta el momento, siempre había sido contada por otros. En 2023, a sus 48 años, decidió enfrentarse a la página en blanco de su procesador de texto y ponerse a escribir sobre su vida, sin preguntas que le determinaran el camino, a excepción de las suyas propias. Repasó, una vez más, muchos de sus recuerdos, los buenos y malos; sus sentimientos, emociones y experiencias; la duda, el no entender, los desafíos y las mentiras, y la vorágine de (re)construirse y de pasar de ser Daniela a ser Mariana o aprender a ser las dos con un único nombre.

Todo aquello lo volcó en su último libro Los nietos cuentan cómo fue, donde 13 nietos y nietas les cuentan a jóvenes lectores cómo recuperaron su identidad. La obra está escrita junto a la periodista argentina Analía Argento, que tiene un tío desaparecido, e ilustrada por Sabrina Gullino, que también es nieta restituida y aún busca a su hermano mellizo, y se publicó a fines de 2023, en el marco de los 40 años de la democracia en Argentina.

La semilla de este libro se sembró en 2008, cuando Argento publicó su libro De vuelta a casa, que, entre varios testimonios de hijos y nietos recuperados, cuenta la historia de Carlos D’Elía Casco y Aníbal Simón Méndez, el hijo de Sara Méndez. Zaffaroni y Argento se conocieron, curiosamente, en Montevideo, cuando la periodista vino a presentar su libro y se organizó un acto para declarar ciudadanos y visitantes ilustres a hijos y nietos que recuperaron su identidad. “A mí para ese evento me invitó Macarena Gelman, yo a Analía la conocía de nombre nada más”, contó Zaffaroni en diálogo con la diaria. Argento le entregó a Zaffaroni un ejemplar, lo leyó, le encantó y quedaron en contacto, cada tanto intercambiaban mensajes.

Cuando se publicó la segunda edición del libro, Argento le dio uno nuevo. Zaffaroni lo volvió a leer y sintió la misma emoción, pero esta vez también tuvo una idea y, sin esperar, se la trasladó a la periodista. “La llamé de arrebato un domingo a la mañana en marzo del año pasado y le dije ‘Ana, alguien tiene que contar las historias de todos los nietos y que quede como un testimonio, no puedo creer que a nadie se le haya ocurrido’. Ella se quedó callada y me contestó: ‘lo podríamos escribir juntas, ¿no?’. A los dos días estábamos sentadas en la editorial contándole el proyecto a Constanza [Brunet]”, contó Zaffaroni. La idea prendió con fuerza y la editora, aprovechando una nueva línea de la editorial, les propuso hacerlo para adolescentes y jóvenes.

Pero escribir un libro para ese público implicó algunos cambios, el proyecto de contar las historias de todas las nietas y nietos quedó en suspenso y, en principio, se decidió escribir doce historias, tres por cada década en democracia, y con una extensión de diez páginas cada una, tomando en cuenta el público objetivo. Más tarde se sumaría la historia número 13, la de Gullino, cuando se decidió incorporar ilustraciones al libro. De todas formas, no hay motivos que descarten futuras ediciones con nuevas historias; si bien aún no se habló al respecto, a Zaffaroni le entusiasma la idea.

¿Cómo elegiste las historias que querías contar?

Desde lo personal, como protagonista, creo que no es lo mismo recuperar la identidad cuando sos un niño, un adolescente, un joven o un adulto. Yo tengo la idea de que en cada etapa tiene sus pros y sus contras. Por eso elegimos mostrar tres casos de cada década en democracia que, por alguna razón, nos parecieron paradigmáticos y que los protagonistas cuenten cómo es recuperar o reconstruir la identidad cuando tenés ocho, 19 o 25 años. De esa forma, se ve cómo el modo de afrontar toda esta situación es diferente porque las herramientas que tienen las personas son diferentes. Después, a partir de ese criterio, lo que hicimos con Analía fue entrar a la página de Abuelas de Plaza de Mayo, donde hay un resumen de todos los casos de nietos restituidos, y elegir seis cada una. Analía hizo su selección por su lado y yo la hice por el mío.

¿Lo hicieron por separado y no se pisaron?

No, había algunas historias que nos habían interesado a las dos, pero en general ella había elegido unas y yo otras. Cuando vimos las que eligió cada una, el comentario fue “si todos aceptan va a haber de todo un poco”. Había un espectro tan grande que nos pareció que era perfecto lo que cada una había elegido: los primeros nietos restituidos, la primera nieta que se acercó a Abuelas, la primera nieta a la que le hicieron el ADN por medios alternativos, otros que a partir de su sangre pudieron identificar a sus padres y otras historias.

¿A partir de ahí empezó el proceso de elaboración?

Una vez que tuvimos esta lista preaprobada, fuimos contactando ella a los suyos y yo a los míos, contándoles un poco de qué se trataba el proyecto e invitándolos a participar. Tuvimos la suerte de que los primeros 12 que habíamos elegido agarraron viaje. Después cada una fue entrevistando a sus elegidos. La única entrevista que hicimos juntas fue la de Ximena Vicario. Analía la había elegido por varias cosas que le llamaron la atención y yo le dije que quería ir porque todavía recuerdo cuando mostraron en televisión cuando separaron a Ximena de la mamá que la había criado hasta ese momento. Fue algo desgarrador, yo tenía más o menos la misma edad que Ximena e intuía que una cosa similar estaba pasando a mi alrededor, si bien yo no sabía cómo era toda mi historia, sí sabía que había algo que estaba dando vueltas por ahí. Entonces, la quería conocer y quería escuchar cómo contaba ella ese episodio de su vida, independientemente de que después fuera a leer su capítulo en el libro.

¿Se les presentó algún tipo de desafío a nivel narrativo de cómo plantear estas historias, pensando en el público al que está dirigido este libro?

Sí, bastante, porque cuando se decidió que se iba a hacer para jóvenes y adolescentes, la editora nos dijo que teníamos un máximo de diez hojas por historia, no más. Y, por ejemplo, de la entrevista de Anatole y Victoria, tenía, por lo menos, seis o siete hojas de Victoria y otras cinco o seis de Anatole, y eso después lo tenía que juntar y que me quede coherente. Además, pasaba otra cosa, en algunos casos como el de los hermanos Julien, había muchas cosas que no me las contaban porque yo ya las sabía, pero que en el libro sí las tenía que contar. Entonces, el primer desafío fue ese: cómo contar en pocas palabras algo tan complejo. Analía siempre dice que a ella esto la complicó mucho porque, por su formación profesional, ella quería agregar datos e información para que quien lea quede perfectamente informado sobre el caso. Pero ese no era el punto, sino que el lector pudiera vivenciar y compartir las emociones y las vivencias del protagonista, o sea, que se pudiera poner en el lugar del otro y tratar de imaginar lo que se sentiría pasar por todo eso. Otro desafío fue el tema de los términos, que no sea una lectura complicada con palabras raras. Por ahí la calidad literaria no es de alto vuelo, pero sí lo importante era que se entendiera y que se pudiera sentir.

Cuando ustedes hablan de adolescentes y jóvenes, ¿qué edades comprenden? Pregunto por el conocimiento que puede tener la persona que agarra este libro sobre lo que fue la dictadura.

A nosotros nos parece que puede leerse a partir de 11 o 12 años con guía de un adulto, porque obviamente hay que contextualizar muchas cosas porque si no no se entiende de qué se está hablando. Si la persona que lo lee no tiene la más mínima noción de qué fue la dictadura, se entiende muy poco. Un poco la idea que nosotros teníamos era que el libro se pudiera usar como una herramienta para trabajar el tema en el marco del 24 de marzo [Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia]. Acá es feriado y las escuelas, en general, trabajan esa fecha y en ese contexto, donde el docente explica los acontecimientos históricos. Es una herramienta interesante para trabajar con chicos, pero no mucho menos de 11 años.

Son 13 historias que, más allá de sus particularidades y diferencias, giran en torno a una pregunta: ¿Quién soy?, que puede coincidir con un planteo que se hace el público al que está dirigido este libro.

Es como una cebolla, a medida que lo empezás a desenvolver, el libro tiene un montón de capas. Cuando Constanza nos propuso hacerlo para jóvenes salió ese tema. Si bien la identidad de una persona se construye en cada etapa de la vida y es un proceso que nunca termina, la adolescencia, particularmente, es una etapa de muchísima definición de la identidad: de separarse de los adultos, de diferenciarse de los padres, de constituirse y reconocerse como individuo, el tema de la sexualidad, y más. Entonces, nos pareció que también podía abordarse desde ese lado. Cuando uno empieza a ver las historias se enfocan mucho en lo puntual de la identidad familiar biológica porque indudablemente están atravesadas por eso, pero nos pareció que era pertinente.

Más allá de que las historias están atravesadas por la reconstrucción de la identidad, cada protagonista no se ve reducido únicamente a ser visto como nieto de desaparecidos al agregar datos como los gustos musicales, libros, anécdotas. ¿Esa era un poco la idea detrás de estos recursos o los incorporaron porque también son atractivos para las y los jóvenes?

La realidad es que tiene un poco que ver con todo, porque cuando pensábamos esto de que el adolescente es una persona que expresamente está construyendo su identidad y que se podía sentir identificado –no en la literalidad de la historia porque ya no hay de esas historias– con que la identidad tiene que ver con un montón de elementos: quién sos, cómo te llamás, cuáles son tus gustos musicales, cuál es el cine que te gusta, qué libros te gustan. En las historias del libro estos gustos terminan refiriéndose un poco a lo mismo [la restitución de la identidad], porque es inevitable. Pero sí, la música, el cine y la literatura son otros canales para conectar con este público.

Otro elemento interesante es que no en todas las historias se habla de apropiadores al referirse a quienes creían que eran su madre y padre biológicos.

Sí, tal cual, en el libro hay historias de apropiadores, hay historias de padres adoptivos que adoptaron de buena fe sin saber y ni siquiera sospechar del origen de los niños que estaban adoptando, independientemente del mal proceder que pudo haber tenido la Justicia entregando a los chicos sin confirmar, sin averiguar o sin preocuparse por investigar de dónde venían. Está también el caso de Adriana Garnier, que la compraron. Es mucho más amplio que esta historia instalada de que todos los nietos recuperados fueron criados por apropiadores vinculados directamente con las Fuerzas Armadas. Ese punto me parece central porque, por lo menos acá en Argentina, hay como un estereotipo de cómo es el nieto recuperado por las abuelas en función de aquellos pocos casos que decidieron tener una voz más pública, que eligieron trabajar con la organización o que decidieron hacer una carrera política reivindicando las ideas de sus padres, y que, de alguna manera, quedaron instalados en el imaginario colectivo de cómo son los nietos recuperados: desprecian a las familias que los criaron, abrazan las ideas revolucionarias de sus padres y levantan esas banderas, están cerca de Abuelas y tienen una relación magnífica con su familia biológica.

Como si todas y todos tuvieran las mismas características...

Claro, hay como una romantización del prototipo del nieto recuperado y por eso yo siempre me sentía sapo de otro pozo porque no encajaba en ninguna de esas características. Yo pensaba “algo de lo que estoy haciendo está mal”. Cuando empecé a investigar las historias, me encontré con que no era así y que hay una diversidad enorme de historias. Lo que pasaba era que algunos nietos eligieron no hacer pública su vida. Me parecía sumamente importante que quedara plasmada la diversidad de experiencias porque también hay que ver cómo se les habla a los que faltan, ¿cómo lográs que se acerquen? Porque si uno de esos 300 o más nietos que falta encontrar se siente como me sentía yo, que no encajaba, capaz que tiene cierta reticencia a acercarse porque no le copa esa estigmatización. Tal vez tiene alguna duda, pero tiene miedo de quedar envuelto en un formato con el que no se siente representado.

¿Cómo fue contar tu historia por primera vez?

Fue muy difícil. No estaba en mi cabeza cuando acepté el proyecto que yo iba a tener que contar la mía. Después cuando fueron avanzando las reuniones y ya estábamos metidas en el proyecto, tanto Analía como Constanza me dijeron “vos tenés que contar la tuya” y yo dije “bueno, si parece que suma, la escribo”. Pensé que sería como la infinidad de entrevistas que di a lo largo de los años y no, no es lo mismo. Escribirla yo es otra cosa. En primer lugar, porque por esta cuestión de la extensión de los capítulos, tuve que pensar mucho qué iba a contar. Por otra parte, en el tren de empezar a recapitular para escribir, me vinieron un montón de recuerdos, que no tenía tan presentes. Así que fue un proceso bastante interesante, no sé si complicado es la palabra, pero fue muy diferente de lo que yo me imaginaba que iba a ser. Después de publicar, estuve conversando con la editorial uruguaya Fin de Siglo, con la que yo publiqué mi primer libro Historia del siglo XX contada para todos, 2022, y me propusieron escribir toda mi historia completa y estoy un poco trabajando en eso y es raro.

En las últimas páginas del libro mencionás que hubo muchas cosas que quedaron afuera de tu relato. ¿Podés contarme algo de eso?

Es interminable la lista de cosas. Pero tampoco te lo podría decir porque todavía no tengo decidido si todo eso que yo sé que quedó afuera lo quiero contar o no. Tengo que verlo escrito y ver cómo me siento con eso. Lo encontrarán en el próximo libro.

Por momentos, hablar de historias hace que parezca que estas son cosas del pasado y cerradas, ¿sentís que es así o tu proceso de reconstrucción sigue?

No, yo particularmente soy muy consciente de que mi proceso continúa. Esto lo digo desde lo personal, pero intuyo que es posible que pueda pasar también en los demás casos: el propio hecho de que lo más esencial de tu identidad se descomponga y lo tengas que volver a construir, hace que las certezas de la vida sean muy relativas. ¿De qué te agarrás si durante X cantidad de años las certezas que te constituyen como ser humano –tu nombre, tu familia, tu fecha de nacimiento, tu historia, tu origen– se ponen en duda y las tenés que reconstruir? Se puede hacer, por supuesto, y nosotros somos la prueba de que se puede, pero en algún punto te queda la pauta de que no hay ninguna verdad absoluta en la vida y que todo puede cambiar. Yo por lo menos lo tomé desde esa perspectiva, entonces no me autoflagelo en el sentido de que hace dos años pensaba una cosa y estaba enojada con unos y era amiga de otros y después fue de otra manera. Es así, las cosas cambian.

En Argentina desde el gobierno se cuestiona la cantidad de desaparecidos y los hechos ocurridos. Aquí en Uruguay pasa algo similar con algunos actores políticos. En esa línea, mi última pregunta es: ¿Cuál te parece que es el destino de una sociedad sin memoria y sin justicia?

Una sociedad que no comprende cabalmente lo que pasó tiene mucho riesgo de repetir y caer otra vez en historias semejantes. Hay muchos que dicen “bueno, pero esto ya pasó hace 40 años, 50 años, déjense de joder con todas estas cosas”, pero si vos tenés la capacidad de entender que las consecuencias de eso que pasó todavía siguen vigentes, no se resolvieron y no se terminaron de cerrar correctamente, no podés decir que ya pasó. Si todavía, como hablábamos antes, alrededor de 300 personas no conocen su verdadera identidad, no pasó. Entonces, los que quieren dar vuelta a la página... bueno, colaboremos a que se cuente toda la historia, que se sepa todo lo que pasó, analicémoslo, discutámoslo, pero completemos el capítulo y después damos vuelta la página. Pero si el libro está por la mitad, hay que seguir escribiendo.

Los nietos te cuentan cómo fue de Mariana Zaffaroni y Analía Argento. 150 páginas. Editorial Marea, 2024. $690.

Presentaciones en Montevideo

Las autoras participarán este lunes de la Marcha del Silencio.

El martes a las 17.00 compartirán un diálogo con jóvenes en Espacio Colabora, en Arenal Grande entre Uruguay y Mercedes.

El miércoles estarán en el Teatro Galpón a las 19.30.

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