“Este gobierno será un gobierno de cambios. Cambios necesarios, porque aquí hubo un proyecto de país que se derrumbó sobre los más débiles, y un estilo de gobierno al cual también la historia le pasó por arriba”. En su discurso de asunción como el primer presidente de izquierda de la historia de Uruguay, Tabaré Vázquez prometió mantener “la mirada en la utopía y los pies en la realidad”. Y aseguró que implementaría “cambios progresivos” y “con la gente”.
Veinte años después, la palabra cambios no estuvo presente ni una vez en el discurso de asunción del actual presidente de la República, Yamandú Orsi, pese a que habían pasado cinco años de un gobierno de signo político opuesto.
El primer gobierno del FA: la acumulación, el ciclo progresista y el “viento de cola”
El Frente Amplio (FA) llegó por primera vez al gobierno nacional en 2005, tras una acumulación histórica de ideas, proyectos y sentido de pertenencia. Para el historiador Aldo Marchesi, el “enorme impulso reformista” del primer gobierno del FA “tiene que ver con las expectativas acumuladas de una fuerza política que venía creciendo desde que se creó”. “Venía creciendo electoralmente y venía creciendo en una estrategia relativamente plural en diferentes ámbitos de la sociedad uruguaya. Cuando hablamos del FA no solo hablamos de un partido político con fidelidad electoral de sus votantes, sino de un conjunto de movimientos que tenían peso a nivel social, intelectual, cultural”, indicó Marchesi.
El historiador y politólogo Gerardo Caetano afirmó que el proceso “preparatorio” del FA para llegar al gobierno fue “realmente impresionante”. “Nunca vi al FA en la construcción de un programa de gobierno tan afinado, tan afiatado. Claro, ¿cuál era el proyecto? Recuperar un país que se había derrumbado. El país que heredó el FA después de la crisis de 2002 tenía un 40% de pobres y 4,7% de indigentes. O sea, es un país inimaginable. Entonces había que recuperar ese país. El proyecto era cómo recuperarlo. Y el FA convocó al conjunto de la sociedad a una preparación muy afirmada”, recordó Caetano. Agregó que, además de la elaboración programática habitual del FA, Vázquez conformó un equipo donde estaban “los grandes referentes” en cada tema: producción, educación e integración regional, entre otras áreas. “Nunca el FA, a mi juicio, llegó a tener un programa tan afirmado con las necesidades del país” como el de 2005, valoró Caetano. Entonces, el FA “llegó al gobierno con libreto” y con “elencos muy afirmados, gente que se había estado preparando para hacer y que ya estaba orientada”.
Pero, además, el FA no llegó al poder solo: formó parte de la denominada “marea rosa”, de la era de gobiernos progresistas en América del Sur. “Hay un clima de época, hay un giro progresista en toda América Latina” y también hay “una suerte de posneoliberalismo, hay una reflexión en muchos sectores, incluso del centro político en América Latina, de que la receta de los 90 ya no estaba andando”, señaló Marchesi.
“En varios países asumieron gobiernos de izquierda que hicieron transformaciones más o menos profundas, intentando que los sectores populares fueran los actores que obtuvieran ganancias de ese ciclo”, explicó Pérez. Coincidió con un momento de “fracaso del ciclo neoliberal”, con economías y sociedades que “mostraban signos profundos de deterioro, sobre todo en los sectores populares, producto de las políticas neoliberales”. En ese contexto, apuntó la politóloga, “muchos gobiernos del giro a la izquierda intentaron revertir esos efectos mediante diferentes tipos de políticas públicas, algunas más transformadoras que otras”.
Marchesi consideró que, en particular, la crisis de 2002 “tuvo un impacto enorme en la historia uruguaya que todavía no está del todo estudiado”, y que “de alguna forma es la antesala para un cambio de época en materia política”. “Efectivamente hay una crisis de un estilo de gobierno, una crisis de los partidos tradicionales en su capacidad de orientar a la sociedad uruguaya, que es algo que se venía procesando, pero que la crisis de 2002 terminó de desarmar”, apuntó.
En Uruguay, en 2005, se creó el Ministerio de Desarrollo Social y se implementaron planes de emergencia social. También se reinstalaron los Consejos de Salarios, y el salario real inició una tendencia ascendente que duraría casi 15 años. En 2007 se implementó la reforma tributaria, con la consigna de que “pague más el que tiene más”. En 2008 la reforma de la salud generó un sistema integrado que democratizó el acceso a las prestaciones y a los prestadores. En 2009 se aprobó la ley de ocho horas para los trabajadores rurales. En el gobierno siguiente sería el tiempo de la agenda de derechos: despenalización del aborto, matrimonio igualitario, regulación de la marihuana. Y en el tercer gobierno del primer ciclo progresista se instaló el Sistema Nacional de Cuidados.
“Uruguay es uno de los países que hicieron reformas profundas si considerás toda la agenda, incluida la laboral –sobre todo la laboral–, pero también otras: la educativa, las políticas sociales, políticas de salud y las políticas de nuevos derechos”, enumeró Pérez.
Hubo también circunstancias externas que favorecieron la implementación de reformas. “El precio de las materias primas era alto, y eso benefició a estos países del giro a la izquierda, incluido Uruguay”, mencionó también Pérez. El FA llegó al poder “con viento de cola”, indicó, por su parte, Caetano.
Los cambios y sus resistencias
Para Pérez, los gobiernos de izquierda enfrentan, en particular en economías dependientes, “una tensión respecto de hacer políticas redistributivas que respondan a sus bases sociales, e intentar ganar elecciones”. El gobierno del FA que asumió en 2005 lo hizo bajo circunstancias “excepcionales”: precios altos de las materias primas, tasas de crecimiento altas, mayoría parlamentaria en ambas cámaras, fuerte deterioro electoral de los partidos tradicionales. Todo esto le permitió al FA “hacer políticas redistributivas sin afectar tanto a otros sectores” e implementar “una serie de reformas que estaban dentro del programa de la izquierda desde hacía un tiempo, y muchas de ellas eran reivindicaciones muy importantes de los grupos de apoyo principal del FA, en particular de los sindicatos, como las reformas laborales”, señaló la politóloga. Agregó que la evidencia “en política comparada, sobre todo en América Latina”, muestra que a los gobiernos de izquierda “les va mejor cuando el ciclo económico los acompaña”. “Porque las bases de las izquierdas siempre piden redistribución. Entonces, ¿cuál es el camino más sencillo para redistribuir? Que estés creciendo. Otra forma es gravar el capital, a los sectores concentrados de la economía, y eso genera conflicto”, apuntó Pérez.
En ese marco, el gobierno actual actúa en un contexto económico y social “diferente” y sin mayorías legislativas en la Cámara de Diputados, lo que dificulta la posibilidad de realizar “cambios transformadores”, valoró Pérez. Consideró que la voluntad de transformación social del FA no se ha debilitado, y apuntó que hay que evaluar las situaciones en sus contextos. “El programa de 1971 estaba hecho para 1971. Y con ese programa el Frente no ganó las elecciones. Y estaba hecho para otra época. El mundo era diferente. La virtud de la construcción programática del FA a lo largo de los años es que ha logrado adaptarse a las nuevas circunstancias nacionales e internacionales, manteniendo un enraizamiento en algunas bases sociales importantes”, analizó Pérez.
Evaluó que, a lo largo de los distintos períodos, el FA ha mostrado “un enraizamiento con las demandas más importantes de sus bases sociales”, entre ellas, los sindicatos, las organizaciones de derechos humanos o las organizaciones feministas o de la diversidad sexual. “Esto no quiere decir que las demandas de estos grupos se trasladen al programa o se trasladen a las políticas públicas que el FA ha llevado adelante como un espejo. No es así, y siempre hay una traducción, y la traducción también siempre ha dependido de las posibilidades políticas, de la capacidad de negociación. Pero en ese sentido, me parece que no es justo comparar los programas de la década del 70, incluso el programa del 89, con los programas actuales”, indicó.
Nuevos tiempos, nuevos adversarios
¿La rebeldía se volvió de derecha?, preguntó el periodista argentino Pablo Stefanoni en el título de un libro que analiza la emergencia de las nuevas derechas y la construcción de un “sentido común” antiprogresista. En ese marco, ¿cuán transformadora se presenta la izquierda y qué impacto tiene esto en los electorados?
Para Marchesi, cada gobierno del FA que ha pasado ha mostrado más “moderación” y también “incapacidad de crear nuevas agendas”. “Lo que fue pasando fue un vaciamiento del propio FA, en el sentido de la capacidad de hacer propuestas transformadoras”, consideró. Esto se sumó a “cierto proceso de institucionalización de la izquierda político-electoral” que hizo que empezaran a “primar ciertas lógicas que tienen mucho más que ver con el mantenimiento en el sistema electoral, la lógica de clase política de mantenerse, que con la preocupación por la transformación”.
Señaló que el proceso reformista que comenzó en 2005 “no tuvo tanta resistencia”, y cuando se dejó de crecer a tasas altas y empezaron a aparecer más resistencias, “no pareció haber capacidad para profundizar esas reformas”.
En el gobierno actual, valoró Marchesi, “no hay mucha voluntad de riesgo”, lo que se suma a un contexto económico desfavorable y a que “la demanda [de mayores transformaciones] es una demanda de los militantes más duros más que de la sociedad”. “En ese sentido, es claro que no hay un programa de reformas de centro-izquierda. También es cierto que, si existiera ese programa, tendría que asumir ciertos niveles de conflicto que en las últimas décadas el progresismo uruguayo nunca quiso tener” o no tuvo, apuntó.
Además, Marchesi evaluó que, a lo largo del tiempo, el FA “fue reduciendo su capacidad de convencer a la sociedad de la necesidad de reforma”. “Hay un rol didáctico de la política, un rol pedagógico que fundamentalmente en este siglo las derechas lo han tenido mucho más que las izquierdas. O sea, generar debates públicos, generar ideas acerca de, por ejemplo, en el caso de las derechas, los impuestos, la reducción de lo público. El FA, después de que llegó al gobierno, no siguió construyendo sentidos comunes de la política como sí los había construido” antes y “abandona un poco la capacidad de dar discusiones ideológicas”, opinó Marchesi. Y este gobierno “es el caso más radical” en ese sentido, añadió.
El historiador consideró que, en el período de gobierno de Luis Lacalle Pou, cuando el FA estuvo en la oposición, “podría haber potenciado mucho más un programa alternativo” y haber ganado de todos modos. “Capaz que era más riesgoso, pero si la izquierda hubiera llegado con un programa más claro, acerca de cambios sociales –por ejemplo, política impositiva–, hoy el margen de acción era mucho mayor e iba a ser un gobierno que iba a tener un valor que podía seducir a sectores importantes de la población”, indicó.
Para Pérez, la izquierda “de ninguna manera” ha perdido su vocación transformadora. “Lo que sí me parece es que para las derechas es más sencillo ponerse de acuerdo, porque son defensoras del statu quo. Defender el statu quo es bastante más sencillo que ponerte de acuerdo con relación a un proyecto transformador”, más todavía en sociedades desiguales y siendo un partido “que intenta representar a los sectores populares”, y más aún en contextos de recursos escasos. “La representación de los sectores populares no es sencilla, porque los sectores populares en sociedades desiguales están fragmentados, y muchas veces tienen demandas que pueden no ser compatibles entre sí, o son difíciles de conciliar. Entonces, las izquierdas en los países de América Latina tienen un trabajo enorme para representar a los sectores que quieren representar”, advirtió Pérez.
Caetano opinó que ya en el segundo y tercer gobierno del FA “no llegó a haber una configuración de proyecto, de rumbo, como hubo en el primero”. La definición de un proyecto y de un rumbo forma parte, consideró el historiador, de “los grandes desafíos que tiene la izquierda uruguaya hacia adelante”.
“El FA es un proyecto extraordinariamente virtuoso en la historia de las izquierdas contemporáneas”, consideró Caetano. Recordó que, en 2019, pese a una campaña y a un candidato que calificó como “malos”, de todos modos, en la segunda vuelta, la fórmula del FA estuvo a punto de empatar.
“El FA es lo más importante que tiene la izquierda uruguaya. Porque pasarán los líderes, pasan las personas, pero el FA... Si viene un duende y les pregunta a los grandes líderes de las derechas uruguayas –empresariales políticas, ideológicas– cuál es el objetivo, te van a decir: que el Frente se rompa. Y el Frente siempre juega, pero no se rompe”, afirmó Caetano.
Consideró, de todos modos, que en este momento el gobierno del FA “necesita un rumbo claro”, sobre todo “en un contexto horrible en el que los electorados viran a la derecha no solamente en América Latina, en toda América, en Europa y en el mundo”. “Hay una incertidumbre brutal, hay un capitalismo que yo no creo que esté triunfante, pero parece como que estuviera plenamente triunfante. Y entonces la tentación de no hacer olas parece predominar”, evaluó.
Dijo que establecer el cumplimiento de metas programáticas en porcentajes, como hace el actual gobierno, “está bien como juego, pero vos tenés que tener grandes rumbos”, “capacidad de hacer y priorizar”. Puso como ejemplo lo que fue el Plan Ceibal y la política antitabaco en el primer gobierno de Vázquez, o la agenda de derechos en el gobierno de Mujica, o incluso el Sistema Nacional de Cuidados en el tercer gobierno del FA. En cambio, actualmente no se ve, a su juicio, “una conducción que marque rumbo”.
Opinó que en este segundo año de gestión el gobierno debería “arrancar con todo” o, de lo contrario, le estará “facilitando la victoria al que viene”. Opinó que el FA “tendría que tener otra activación” y que lo que “no pudo hacer previo al gobierno, que es preparar un gran libreto, lo tendría que hacer” ahora y asumir “un factor de activación transformadora”.
“Este segundo año tiene que ser visto como un momento de inflexión. ¿Lo será? Bueno, yo lo único que digo es que lo tiene que ser, porque si no lo es, se va a instalar esto –que ya está instalado– de que este es un gobierno que no satisface la opinión pública y es un presidente que no da la talla, y entonces, que vuelvan los que estaban. Y tenés a un candidato fuerte de la oposición que está haciendo lo mínimo, para no desgastarse, y tenés un mundo que no juega a tu favor. ¿Es inevitable? Bueno, da la batalla”, reclamó.