Junto con la tasa de contagios, la pandemia también disparó los niveles de estrés, agobio y ansiedad. La incertidumbre y la inestabilidad repercuten directamente sobre el día a día de las personas, que, acatando el mandato de quedarse en casa, en muchos casos se preguntan cuánto tiempo más podrán hacerlo; no sólo por una cuestión psicológica, sino también de ingresos. Las tasas de desempleo y de seguro de paro se pusieron a tono con la curva exponencial y los ingresos comenzaron a mermar, a faltar en muchos hogares, sobre todo en aquellos monoparentales o con personas con necesidad de cuidados especiales. A todo esto se suma el miedo al contagio, a la muerte, y el aislamiento de nuestros amigos y familiares. Con las escuelas cerradas, los niños en casa, sin asistencia en cuidados, era más que esperable que se vieran afectados por el mismo estrés que sus referentes adultos. Previendo esto, un grupo de investigadores en neurociencias se juntó a intercambiar sobre la repercusión del caos y la incertidumbre en los más pequeños y desarrolló una metodología de encuestas semanales a más de 10.000 familias en todo Estados Unidos que, un año después, arroja resultados contundentes.

“La pandemia no se parece a nada de lo que habíamos vivido. Además de que todo cerrara –los comercios, las escuelas, todo el país– y las personas tuvieran que quedarse en casa, incluso para trabajar, todas nuestras rutinas cambiaron y se volvió muy difícil predecir –al menos en parte– qué iba a pasar. A lo largo de mi carrera he estudiado cómo las experiencias tempranas en la vida dan forma a la arquitectura del cerebro en desarrollo y otros sistemas biológicos, y, por ende, el estrés y la adversidad que acompañaban a la pandemia de covid-19 tendrían efectos importantes en los bebés y los niños pequeños. Para su sano crecimiento, los niños precisan rutinas y que las cosas puedan ser predecibles, y eso se vio alterado, no sólo en Estados Unidos, sino en el mundo entero, entonces sabíamos que los principales perjudicados por la pandemia iban a ser los niños, por lo que necesitábamos información de calidad”, explica a la diaria Philip Fisher, profesor de psicología en la Universidad de Oregón y director fundador del Centro de Neurociencia Traslacional, sobre el comienzo de esta investigación, en abril de 2020.

Sin esa información, las políticas del gobierno y los complementos de las organizaciones no gubernamentales serían a ciegas, por tanto, era necesario proveerla. “Cuando empezamos a diseñar el proyecto Rapid (siglas de Evaluación Rápida del Impacto de la Pandemia en el Desarrollo en inglés), nos dimos cuenta de que necesitábamos abarcar a todo Estados Unidos y no sólo una región, y también de que teníamos que recolectar la información con una frecuencia inédita, porque la situación cambiaba de una semana a otra. Esto nos llevó a encuestar a más de 10.000 familias con niños pequeños a lo largo de todo el país, cada semana, durante seis meses. A partir de entonces, empezamos a espaciar el tiempo entre encuestas a dos semanas”, agrega Fisher.

Reacción en cadena ante las adversidades materiales

Si bien la encuesta continúa vigente, y recientemente agregó la voz de los cuidadores de los niños, a un año de escuchar a las familias son varias las conclusiones. Quizás la más importante sea el descubrimiento de lo que los investigadores llamaron “reacción en cadena ante las adversidades materiales”.

42% de los hogares está preocupado por pagar al menos una necesidad básica, como comida, alquiler o servicios públicos.

A lo largo de la pandemia, una gran proporción de familias con niños pequeños experimentó algún tipo de dificultad material, es decir, para pagar las necesidades básicas, como alimento, vivienda o servicios públicos. De manera constante, durante el último año, al menos uno de cada cuatro hogares con niños pequeños –3,6 millones en Estados Unidos– y hasta uno de cada tres estaba sufriendo estas dificultades.

Frente a esto, los investigadores se plantearon medir el malestar emocional en adultos como una combinación de depresión, ansiedad, estrés y soledad –en una escala del 1 al 100–, y el malestar emocional en niños como una combinación de temor/ansiedad e irritabilidad/oposicionismo –también en una escala del 1 al 100–. En principio, es claro que a medida que aumentaba la dificultad para satisfacer las necesidades básicas, aumentaba también el sufrimiento emocional, tanto en los padres como en sus hijos. “Los relatos de los padres sobre las dificultades materiales experimentadas en una determinada semana se asociaban con un aumento del sufrimiento de los adultos en las semanas siguientes, y este malestar, a su vez, se asociaba con mayor sufrimiento en los niños a posteriori”, sintetiza Fisher sobre lo que llamaron “reacción en cadena ante las adversidades materiales”.

Sin embargo, este resultado no fue una sorpresa en sí, e incluso se podría comparar con lo que resulta de situaciones adversas como conflictos bélicos o desastres naturales, que alteran por completo la vida diaria. “No es que no esperáramos este resultado, pero sí nos sorprendió la magnitud, el hecho de que tantas familias –en Estados Unidos y el mundo entero– lo estén atravesando; eso sí fue una sorpresa y una preocupación sobre cómo estarán nuestros niños en un futuro”, sostiene Fisher.

El apoyo emocional como antídoto y la reacción en reversa

Junto con este descubrimiento de reacción encadenada, vino otro más esperanzador: el antídoto. Los investigadores aseguran que el apoyo emocional se constituye como un poderoso amortiguador contra esta reacción en cadena, en el sentido de que los adultos que daban cuenta de mayores niveles de apoyo emocional tenían menos probabilidades de verse negativamente afectados por las adversidades materiales. “Cuando los cuidadores contaban con apoyo emocional, también protegían a sus hijos de los efectos negativos de las adversidades materiales. Y no sólo eso, sino que también los padres manifestaban que sus hijos los estaban ayudando a llevar las adversidades, es decir, que era recíproco”, sostiene Fisher.

A esto se le suma otro hallazgo reciente prometedor. En los últimos meses, con la merma de la tasa de contagio, el aumento de ingresos y el pago de estímulos entre febrero y marzo, se pudo evidenciar una caída en la proporción de familias que relataron dificultades materiales a los niveles observados en los primeros días de la pandemia. Sin embargo, se destaca que aquella reacción en cadena encontrada ante las adversidades materiales también parece tener la misma manifestación en reversa. Las familias cuyas circunstancias financieras mejoraron reportaron una disminución en el malestar emocional, en primer lugar en los adultos, y en segundo lugar en los niños. Según Fisher, “esto puede ir en las dos direcciones, dependiendo de lo que pase con la pandemia”.

52% de los niños de familias con dificultades económicas se enfrenta a problemas emocionales.

La raza: una brecha transversal

Muchos de los problemas que visibilizó la pandemia son anteriores al último año y medio y, lamentablemente, es muy probable que permanezcan una vez que se reduzcan las tasas de contagio y los tapabocas queden como una triste anécdota. Lo mismo podemos decir de las desigualdades estructurales basadas en raza o etnia, que son de larga data, pero los resultados muestran que, más que permanecer, estas empeoraron durante la pandemia.

Durante este primer año de la encuesta, las familias afrodescendientes y latinas en Estados Unidos han experimentado tasas significativamente más altas de dificultades materiales que las familias blancas. De hecho, durante muchas semanas de la encuesta, la proporción de familias afrodescendientes y latinas que no podían pagar por sus necesidades básicas fue el doble que la de las familias blancas.

Datos más recientes muestran que para los hogares afrodescendientes esta tendencia puede estar llegando a su fin, pero parece continuar en los hogares latinos, según los investigadores, debido a mayores barreras y preocupaciones asociadas con el acceso a la ayuda financiera gubernamental durante la pandemia.

Un hallazgo de particular preocupación es que, en comparación con las familias blancas con niveles de ingresos medio y alto previo a la pandemia, una proporción significativamente mayor de familias afrodescendientes y latinas con el mismo nivel de ingresos experimentó dificultades para pagar las necesidades básicas durante la pandemia. Además del racismo estructural, altamente visible en Estados Unidos, las familias afrodescendientes enfrentan mayor dificultad para acumular riqueza que sus contrapartes blancas. Esto, junto con una mayor tendencia a apoyar a miembros de la familia extendida y trabajos menos seguros, explicaría por qué las familias afrodescendientes con niveles de ingresos medios y altos experimentaron mayores dificultades materiales que las familias blancas de niveles de ingresos similares durante la pandemia.

Y la brecha también se percibe en las preocupaciones de las personas según la raza. La investigación da cuenta de que las familias afrodescendientes y blancas han experimentado la pandemia de formas muy diferentes. Frente a la pregunta “¿Cuáles son los mayores desafíos que enfrentan usted y su familia durante la pandemia?”, las respuestas en el caso de las personas de raza blanca vienen por el lado de las privaciones sociales –como la separación de la familia, el aislamiento, los niños mayores, el aumento de casos, los tapabocas, los problemas con la conciliación del sueño, recién nacidos o embarazos, mudanzas y ansiedad–, mientras que para las familias afrodescendientes los principales desafíos fueron satisfacer las necesidades básicas, como pagar las cuentas, problemas domésticos o de traslados, las deudas, el retorno del cuidado infantil, entre otros.

“La raza tuvo un papel importante. Había una brecha previa, y la pandemia lo que hizo fue agrandarla y evidenciarla. Ahora, con información más reciente, lo que vemos es que estas diferencias percibidas entre dificultades para familias de una raza y otra no tienen su correlato en rutinas familiares ni conflictos intrafamiliares. Es una cuestión externa a las familias, que se manifiesta al interior de estas”, explica Fisher.

47% de los padres podría no regresar al trabajo debido a la falta de cuidado infantil.

El peligro de normalizar el desamparo

Otro grupo de personas altamente afectadas son las familias con niños con necesidades especiales. Si bien ya comenzaban de atrás previo a la pandemia, con disparidades económicas y sociales notables, durante el curso de la emergencia sanitaria están enfrentando desafíos desproporcionadamente mayores en muchas áreas.

Además de un menor acceso a apoyos sociales y emocionales, los hogares con necesidades especiales experimentaron tasas más altas de dificultades materiales que otros hogares. Los investigadores estiman que podría ser debido a los mayores gastos asociados al cuidado de estos niños. Así, las tasas de malestar emocional, tanto para los padres como para los niños de estas familias, también se mostraron consistentemente más altas.

Por otra parte, se reportan altas diferencias en el cuidado de la salud: 50% de los niños con necesidades especiales faltaron a un control pediátrico de rutina, significativamente más que el 39% de los demás hogares. Además, uno de cada cuatro de estos niños tampoco recibió vacunas de rutina o controles de rutina.

En cuanto a la educación, no es de extrañar que mientras otras familias hayan podido acceder y beneficiarse de la experiencia virtual, la educación a distancia para niños con necesidades especiales sea un desafío y no sea óptimamente eficaz.

Los datos mencionados se obtienen de una encuesta diseñada para recopilar información esencial de manera continua sobre las necesidades, los comportamientos que promueven la salud y el bienestar de los niños pequeños (de cero a cinco años) y sus familias durante la pandemia en Estados Unidos. Si bien de momento la información corresponde sólo a ese país, Fisher asegura que “esto puede estar pasando en todo el mundo”.

Los investigadores actualmente están en contacto con colegas de Uruguay y Perú para replicar el estudio en estos países y se manifiestan abiertos a compartir la metodología con quienes lo soliciten. Por Uruguay participan de este proyecto Daniel Camparo y Virginia Sosa (Facultad de Psicología) y Paul Ruiz (Facultad de Veterinaria).

La falta de las escuelas

Consultado sobre los efectos de la suspensión de clases presenciales y el cierre de los centros educativos, Fisher sostiene que “lo que sabemos hasta ahora es que el hecho de que el cuidado infantil no haya estado disponible ha tenido un impacto en los niveles de estrés de los padres. No sólo por los niños más pequeños, sino por el hecho de que también los grandes estén en casa. Si bien muchos manifiestan sus preocupaciones por el cierre de escuelas, hasta ahora la información disponible muestra que la mayoría de los niños va a estar bien, porque en la mayoría de los casos tuvieron un alto grado de contacto con su familia. Entonces, no es que no vaya a haber algunas dificultades al reiniciar las actividades presenciales, pero no se espera ver efectos de largo plazo por esto. De alguna manera podemos decir que se balancea el cierre de escuelas con un mayor contacto con sus padres. Aun así, hay muchos niños cuyos padres tuvieron que trabajar durante la pandemia y no contaron con un ‘lugar de seguridad’ cotidiano. Estos son los casos, mayoritariamente, de jóvenes que pasaron mucho tiempo en sus casas solos, que además, muchas veces no tienen un acceso de calidad a la educación virtual, entonces se perdieron no sólo el contacto, sino también la educación. Eso sí nos preocupa, los menos privilegiados, que son los que van a tener más problemas”.

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