Aunque Carlos Borthagaray nació en Montevideo y es vecino de Cordón Sur, siempre estuvo en contacto con el interior del país, a través de amistades y especialmente de su familia, ya que su padre es de Merinos, Paysandú. Por lo menos una vez al año iban a acampar y pescar por la zona de Río Negro o Flores. Es un citadino con un auténtico amor por las costumbres de campaña. “Mi abuela era la directora de la escuela de Merinos. Cuando cumplió 100 años, recuerdo que era niño y fuimos a la celebración. Y siempre tuve contacto con los animales. No fue que me lo inculcaron”.
Empezó a bailar de chico, a los 8 años, en la Escuela de Música, donde aprendió canto, piano, percusión, lectoescritura y tenía una materia de danza folclórica. Era la que más le atraía. Así que todo lo condujo a la Escuela Nacional de Danza. Tenía 14 años cuando comenzó a vincularse con diferentes grupos amateurs. Lo que en principio era un hobby, cuenta, “sin querer, se fue dando”.
Hace tiempo, varios años, que da clases en distintos departamentos, en Carmelo (Colonia), Varela (Lavalleja), San José, Canelones, Durazno, distintas ciudades de Maldonado, siempre de danza folclórica y tango. ¿Que si encuentra resistencia a que vaya un montevideano a enseñarle a la gente del interior? Al contrario: “Acá me puedo nutrir de danza contemporánea, de danza jazz. Voy estudiando otras cosas que tengo más a mano. Mi folclore es diferente porque tiene otro lenguaje corporal, otra visión, porque tengo otros estudios Eso les atrae”.
Borthagaray analiza cómo se fusionan esas vertientes y en qué aspectos se puede innovar en danza folclórica. “El folclore es una danza popular. No es que tenés que tener estudios técnicos para bailarlo. Es una danza de unión: cualquiera con cualquier condición se incluye para que pueda bailar. Ahora, cuando lo querés llevar al escenario y generar diferentes cosas en el público, ahí está bueno trabajar con una cabeza más técnica, estratégica, más visual. Para eso tenés que formarte; mientras más estudios tengas de otras áreas de la danza, lo podés implementar en el movimiento corporal. Genera otra cosa sin salirse de lo que es el folclore en sí”.
Las clases se dividen por niveles, en concordancia con los objetivos del alumno. Quizás quiera simplemente bailar folclore para divertirse. En tal caso el docente desplegará un repertorio de danzas folclóricas y le enseñará la técnica básica para que pueda aprender rápido, para que interiorice fácilmente el movimiento y tenga cierto lucimiento. Incluso cuando entrena para el escenario le importa trascender la vergüenza y trabajar el error, “porque todos nos equivocamos y lo bueno es poder resolver ese error. Y se trabaja en la clase, es algo común, que a todos nos pasa”. Entonces la lección puede apuntar a una iniciación en el folclore o al pulido de técnicas, que igualmente “va a ser orgánica”.
¿Cuánto demora una persona que no sabe nada en poder ir a un baile y no hacer grandes papelones? “Si venís todo el año, una vez por semana, en la muestra hacemos varias coreos, no es que hacés solo una cosa. Pero, por ejemplo, hice talleres de verano, en febrero, un curso específico, y ya en la primera clase bailaban chacarera. Y después lo que tienen las danzas populares es que es un poco más de lo mismo. Las otras danzas son las mismas figuras, pero en diferentes órdenes”, resume.
Como profesor transmite chacarera y sus variaciones, gato, firmeza, zamba, escondido, huella, polka, milonga, chimarrita. Sin embargo, instruye, en el escenario la chacarera es lo que abunda. Se trata de un baile de origen santiagueño, argentino. “Está muy buena la chacarera. Pero si vamos a lo más uruguayo, en folclore es la polka y la milonga”. El que sabe las reconoce por la música. “Lo que es más complejo es identificar entre un gato, una chacarera, un escondido, eso sí, porque tenés que saberte la estructura para poder ir siguiendo la canción. En la zamba es muy identificativo el pañuelo y generalmente son canciones más lentas”, apunta.
Delegación nacional
Borthagaray no es solo docente. En 2010 fundó su propio grupo, Tierra Adentro. Se había formado en varios lados, había integrado agrupaciones, pero se sentía limitado. “Una vuelta hice unas coreos para la Movida Joven 2009, me fue bastante bien, me sentí super cómodo, agarré ese impulso de creatividad que tenía y formé un grupo de amigos, más que nada, siempre con un objetivo de dar lo mejor, de expresarme por ese medio”, relata. Tenía 20 años.
Actualmente, la cuenta de Instagram de Tierra Adentro está llena de banderitas, una por cada país en el que actuaron. “Me gusta mucho viajar y viajar bailando, representar a Uruguay en festivales, ir por trabajo o lo que sea. Con Tierra Adentro fuimos a Argentina, dos veces a Brasil, a España y a Portugal fuimos en tres ocasiones, a Italia, Hungría, Austria, Serbia y ahora nos vamos a Chipre y Turquía. Yo viví un tiempito en Turquía. En 2017 me armé un solo de baile, un solo de bolea, de bombo y zapateo, y me fui a probar suerte. En cantidad de festivales a los que fui había delegaciones turcas y a mí me gusta mucho el folclore del mundo, no solo del Río de la Plata. Y ellos tienen un folclore muy interesante, la música, los instrumentos, el vestuario, me atrapó mucho Turquía. De hecho, mi esposa es turca”, remata el cuento. Ella solo baila socialmente, un poco de tango y de milonga le gusta.
“Una vez que pudimos entrar en la cadena de festivales, fue más fácil empezar a viajar. Un director te recomienda, vas generando redes”, prosigue el artista, que este año tiene de nuevo pasaje a Europa. Presentarse en Chipre y Turquía era un pendiente desde antes de la pandemia. “Por una cosa o por otra se fue postergando. Pero al final se dio y vamos este año”. Como un requisito de los festivales es contar con música en vivo, viajan acompañados; en esta ocasión, junto con Catherine Vergnes: “Antes de que tuviera todo el boom que tiene ahora, en 2016 Cati fue con nosotros a Italia, Hungría y Serbia”, recalca orgulloso.
Se dice rápido aunque implica una gran logística. Desplazarse, para un grupo folclórico, es armar valijas con al menos tres vestuarios por cabeza, y son 16 bailarines. A eso hay que sumarle seis músicos, por supuesto, cada uno lleva su instrumento, con la administración de peso que tiene que tener el que lleva la percusión. La experiencia les enseñó a cargar una muda de vestuario en el equipaje de mano para prevenir posibles pérdidas o extravíos. “Nos aseguramos que bailar podemos bailar”, recalca Borthagaray. El atuendo consiste, grosso modo, en botas, una bombacha ancha, con mayor vuelo que una de trabajo, para que permita los movimientos del zapateo, y otra más angosta, faja o rastra, camisa, camisola, chaleco, chaqueta, algún poncho, sombreros y pañuelos, mientras que las paisanas tienen sus zapatos, pollera, pueden llevar una enagua abajo, a modo de doble pollera, o un vestido, confeccionados por modistas. Aquel esmero se completa con un maquillaje importante y mucho fijador de pelo.
La gira por el viejo mundo se extenderá por un mes, coincidiendo con el verano del norte: la primera semana será en Chipre y las otras tres en Turquía. Esta vez el contingente será de 28 personas y, como aclara el director de Tierra Adentro, en esta delegación la mitad es montevideana y la otra representa a diferentes departamentos. Reunirlos para los ensayos es otra gestión importante, pero para Borthagaray vale el esfuerzo: “La verdad que vamos a ir con un cuadrazo”.