Florit es oriunda de Montevideo, aunque durante muchos años de su vida adulta vivió en Salto. Sin embargo, explicó que tuvo que retornar a la capital por su actual actividad laboral. Sostener su vida en el litoral se volvió difícil. “Era medio incompatible estar en este momento en Salto con el perfil de mi trabajo”, dijo a la diaria.
Es socióloga por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República. Allí también cursó una especialización en género y políticas públicas y una maestría en Sociología. Luego hizo un doctorado en Estudios Sociales Agrarios y un posdoctorado en Ecología Política, en la Universidad de Córdoba. Mencionó, además, haber realizado especializaciones vinculadas a Metodología, Género y Pensamiento Colonial. Su formación “busca cruzar temas vinculados a la academia feminista con diseño de política pública y estudios agrarios”.
Florit contó que tiene una familia numerosa: “Tengo muchos hermanos, muchos sobrinos, padres. Circulo en una red familiar”. No tiene hijos ni convive con otras personas. Tampoco tiene mascotas ni plantas, dato que vinculó a una lógica de trabajo que exige moverse seguido por el interior. “Nosotras viajamos bastante al interior, de ser posible. Entonces es compatible con esa red en este momento, pero no tanto con una mascota”, dijo riendo.
Por fuera del trabajo, disfruta mucho leer, escuchar música e ir a conciertos. Entre sus géneros favoritos se encuentran el rock y el punk. Viajar también forma gran parte de sus gustos personales y, si tiene que elegir una estación para hacerlo, prefiere el invierno. “En verano también es lindo estar acá”, aseguró.
Aclaró, también, que su campo de estudios es algo que le interesa y disfruta mucho. “Yo siento que mi profesión es mi pasión. Es mi gran pasión. Recorrer con mujeres rurales, estar con mujeres rurales, leer de sociología, pensar”. Considera que la política pública funciona como una herramienta para intervenir donde se juegan derechos, desigualdades y acceso real a recursos. Bajo esa mirada es que rige y organiza su trabajo dentro del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP).
Por qué género y por qué agro
Tras preguntarle cuándo comenzó a interesarse en el cruce de género y políticas públicas, Florit mencionó: “El Estado es el lugar donde se expresan y protegen los derechos”. Habla del Estado como “bien común” y como “garante de la democracia”. Para ella, pensar en política pública es pensar en cómo se materializan derechos como una estructura común.
En ese marco, introdujo un segundo argumento y línea de pensamiento. Los Estados, dijo, se forjaron “a la luz del patriarcado”, “fueron diseñados originalmente por varones”. Por eso, incorporar la mirada de género no es algo automático, “no es natural”, señaló, porque en su origen no fue pensado así.
Asimismo, contó que su padre la llevaba a recorrer escuelas rurales y que su padrastro era capataz de estancia: “Recorrimos el medio rural desde que éramos chicos”. Ese territorio forma parte de su memoria como un lugar “lindo”, con naturaleza, animales y encuentro en familia. Al mismo tiempo, comenzó a presentarse como un lugar donde la disparidad entre hombres y mujeres está sumamente latente: “Es evidente la desigualdad de género en el medio rural cuando una lo recorre”.
Por otra parte, dijo que “el agro es el motor de las exportaciones en Uruguay” y, “si bien tenemos un 4% de población rural, en la práctica la importancia simbólica y económica del agro es cabal, estamos hablando de la economía del país”. Si a alguien le interesa lo que pasa con el país, por consiguiente, le interesa lo que pasa con el agro, sostuvo.
12 años en el MGAP y una continuidad sostenida en el tiempo
Florit trabaja en el MGAP hace 12 años, cuando le designaron el primer cargo vinculado al tema del género dentro de la cartera. Comenzó ejerciendo como asesora en género en la Dirección General de Desarrollo Rural y luego pasó a realizar asesorías en la subsecretaría. Finalmente, en 2021, asumió la coordinación de la Unidad de Género, tras ser implementada en el ministerio por la nueva ley de género de 2019.
Sobre el proceso que está realizando a nivel institucional, destacó que la continuidad funciona como un punto decisivo que hace a la realización de su accionar. Entre 2014 y 2015, con cambios de administración dentro del Frente Amplio (FA), las autoridades del MGAP no cambiaron, lo que generó un escenario poco frecuente. “Las transiciones siempre son momentos difíciles. A nosotras no nos pasó eso”, afirmó. Lo tradujo en una idea de acumulación y progreso: “Pudimos trabajar seis años lineales”. Ese período permitió construir criterios internos y delimitar qué era y qué no era transversalidad de género.
Hacia el final de la tercera administración del FA (2019), el equipo le propuso a la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) un proyecto más ambicioso: planificar quinquenalmente la política de género del sector agropecuario. La negociación se dio hasta el último día del gobierno, pero se dejó para que firme la administración siguiente, lo que Florit subrayó como un gran gesto democrático.
En la siguiente administración, del Partido Nacional, las autoridades que entraron al MGAP tuvieron interés y aprobaron ese proyecto. En 2020, durante la pandemia, el equipo se encargó de diseñar y ajustar la estrategia, estableciendo lineamientos y un accionar quinquenal claro para todo el sector agropecuario. Florit resaltó que América Latina no tenía una herramienta de esas características, por lo que funcionó como un enorme hito en la gestión de políticas públicas. Con esa base, tan sólida como clara, se implementó el plan de género actual.
Qué hace la Unidad de Género del MGAP
Para definir de qué se encarga la Unidad de Género del MGAP, Florit dividió su respuesta en tres grandes bloques. En primer lugar, se encuentran las políticas afirmativas, que son medidas dirigidas específicamente a mujeres rurales y del agro. Brindó el ejemplo concreto del diseño e impulso de una convocatoria que busca incentivar apoyos productivos del agro para mujeres rurales y del sector agropecuario.
El segundo bloque es la transversalización. Es decir, incluir perspectiva de género en las políticas agropecuarias generales. Citó el ejemplo del programa Procría de asistencia técnica para productores y productoras ganaderas, cuyo objetivo es mejorar la productividad y la sostenibilidad. Explicó que si no se incorpora la mirada de género, el o la ingeniera agrónoma “probablemente solo hable con el varón productor”. En los grupos de difusión, agrega, pueden no participar mujeres. “Si no lo intencionás, quedan afuera, trabajamos para no ampliar las brechas que preexisten”.
Por último, se refirió a la construcción de una institucionalidad con estructuras que sostengan el enfoque. Mencionó, entre otras, la Comisión de Género de la Institucionalidad Agropecuaria, que ayudan a que entidades como el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) o el Instituto Nacional de Carnes incorporen la mirada de género. “Cada uno por supuesto tiene sus líneas, pero [estas] se reúnen en esta política y nosotras traccionamos ese espacio”, expresó. A eso le sumó un componente que presenta como especialmente valioso: los espacios integrados por la sociedad civil. Por un lado, una comisión de seguimiento en la que se reúnen las nueve principales gremiales del agro cada dos meses: “A controlar qué se hizo, qué no se hizo, a discutir con nosotras lo que se está haciendo, los matices, cómo podemos modificar. Y cuando algo no se hace, se mueven para que se haga”.
El escenario actual
Para hablar del panorama actual, Florit hizo una distinción conceptual. Explicó que no es lo mismo hablar de mujeres en el medio rural que de mujeres vinculadas al sector agropecuario. En la ruralidad dispersa y profunda, describió problemas de acceso al trabajo y dificultades para desarrollar una autonomía económica. Entre las problemáticas subyacen el menor acceso a servicios, desafíos en la continuidad educativa y obstáculos en la llegada de información y atención en salud. También se dan problemáticas específicas frente a situaciones de violencia basada en género debido a la distancia. Mencionó la última encuesta ENDIS Rural (Encuesta de Nutrición, Desarrollo Infantil y Salud), vinculada a la inseguridad alimentaria en el medio rural. Señaló que mapea inseguridad alimentaria en hogares con niños de uno a cuatro años, muchos de ellos monoparentales.
Foto: Rodrigo Viera Amaral
En el sector agropecuario, el mapa es distinto, más complejo. En este grupo se encuentran mujeres que viven en establecimientos rurales, otras que se trasladan para trabajar en establecimientos y algunas que tienen vínculo con el agro, aunque no se trasladen. Aquí, la carga horaria de trabajo se presenta como un gran problema. Las mujeres de estos grupos suelen hacer trabajo agropecuario y trabajo no agropecuario (reproductivo, principalmente), siendo este en el medio rural aún más desafiante por las distancias largas y la falta de servicios. “Nadie hace 50 kilómetros para comprar un postrecito para el nene. Lo cocinás”, dijo. El reconocimiento de su trabajo aparece también como otra cuestión difícil. “Muchas veces el trabajo agropecuario femenino es percibido como una ayuda cuando en realidad es cotidiano”, remarcó. Incluso siendo titulares de proyectos, a veces no logran ser decisoras; deciden los compañeros o hijos varones.
Titularidad de la tierra y empleo como indicadores clave
¿Cómo medir resultados y por qué guiarse? En el agro, según la coordinadora, hay dos indicadores que ordenan el resto: tenencia de la tierra y empleo. Antes de su análisis, le pareció atinado hacer la distinción entre indicadores de cumplimiento y de resultado. Los de cumplimiento se basan en medir si hiciste lo que prometiste, lo que fue negociado con la sociedad civil. Por su parte, los de resultado, indican si cambió algo, si hubo impacto.
Sobre el primero -tenencia de la tierra-, mencionó datos preliminares del censo agropecuario. Dijo que un cuarto de las exportaciones agropecuarias tienen titulares mujeres. Precisó que el censo anterior era un 19,7% y ahora es un 27,2%, remarcando el movimiento: “No había habido movimiento en diez años. Se logra un movimiento que es un salto enorme, super interesante”. Sin embargo, lo relativizó: “No dejan de ser un cuarto”.
En cuanto al empleo, afirmó que las mujeres son un quinto de los y las trabajadoras en el sector agropecuario. No obstante, en la agroindustria el porcentaje sube a 30%, aunque aclaró que esta actividad es “eminentemente urbana”. Las mujeres se concentran en los puestos de trabajo menos especializados y más temporales. Eso construye una masa salarial inferior. Aclaró que no se trata exactamente de que a igual tarea se pague distinto, sino que la brecha se genera por segregación. Puestos menos reconocidos, peores condiciones y precariedad, sumándole a que están más meses del año sin empleo.
Introdujo también diferencias por rubro. Hay sectores donde se seleccionan mujeres por la “delicadeza” de sus formas para con determinados cultivos y dio algunos ejemplos, como las cosechas de arándanos y viveros forestales. Contrariamente, en otros, hay una preponderante masculinización, entre ellos, la agricultura, la aplicación de agroquímicos, la ganadería -salvo excepciones vinculadas a la producción familiar-. “En el medio rural o vivís de lo que producís como productora o vivís de lo que producís como trabajadora. Y en ambos casos, tierra y empleo, son claves, son donde tenemos más acción. Por eso los jerarquizamos”.
Brecha salarial y una novedad en los consejos de salarios rurales
En cuanto a la brecha salarial, Florit explicó que los laudos están fijados por consejos de salarios y que no hay una medición que permita mostrar que a igual trabajo haya inferior remuneración. Sí reconoció microdinámicas en la práctica laboral que, efectivamente, generan brechas. Siguió el argumento volviendo a la idea estructural de que la brecha se explica por la concentración de mujeres en trabajos menos especializados y zafrales.
Por otra parte, mencionó que los consejos de salarios rurales eran los que tenían menos cláusulas de género aprobadas, en comparación con el resto de los convenios. “En esta ronda, el grupo 22 [ganadería] logra aprobar una cláusula de género específica”, dijo. “Es un muy buen logro”, remarcó.
Cargos de decisión, representatividad femenina: movimientos lentos, pero sólidos
Si bien hubo muchos avances en materia de derechos, políticas y reconocimiento, los cargos donde se toman decisiones continúan siendo de difícil acceso para las mujeres. Florit explicó que hoy los institutos públicos agropecuarios en Uruguay tienen presidencias ocupadas por varones. Dentro del MGAP, mencionó tres cargos de responsabilidad ocupados por mujeres, entre ocho direcciones: directora general de Secretaría (Cecilia Riera), directora general de la Granja (Laura González) y directora nacional de Recursos Acuáticos (Yamila Olivera). Cuando hay mujeres en ciertos roles, a veces se habilitan temas que antes no, según la coordinadora. Sobre la pesca, en concreto, mencionó que Olivera habilitó una consultoría con la FAO para dar a conocer la situación de las mujeres en la pesca artesanal.
Sin embargo, en lo que hace a la representación gremial, nota más movimiento. Explicó que en el agro se da una particularidad, dado que muchas instituciones están “cogobernadas” por representantes del Poder Ejecutivo y por representantes gremiales. En las representaciones gremiales es donde aparece más presencia y voz femenina. Mencionó como ejemplo la vicepresidenta del INIA, Carolina Viñoles.
En cuanto a la evolución de los indicadores, contó que en el plan anterior pusieron un indicador de crecimiento de representantes mujeres. Después se arrepintieron, porque es algo que depende de procesos largos y de un cambio estructural interno en las organizaciones. Habían planteado incrementar un 10% y crecieron “un poquito menos”.
Si bien todavía queda un largo camino por recorrer, se han logrado grandes cambios en las estructuras institucionales. “Es un proceso de largos años del sector agropecuario que logra esto. Sin cuota, sin nada. Cuando determinada organización tiene una presidenta mujer por primera vez, un consejo paritario, hay varones que están en la vuelta hace varios años que empiezan a entender que tiene sentido”, expresó convencida.
Transiciones y avances
El medio rural no es el mismo de hace diez años: “Es claro que hubo un cambio”, dijo. Las mujeres aparecen más, van a las actividades, se presentan como productoras, están en imágenes. “Cuando hay una reunión y son todos varones, caen comentarios, a la gente ya le hace ruido. Antes no hacía ruido”, contó. De la mano de eso, citó a una productora que le comentó: “Antes no nos veían y ahora nos ven, ahora existimos”.
Describió también un cambio en los vínculos entre las mujeres. El patriarcado, al funcionar sobre sospecha y competencia, fomenta la división entre mujeres, impidiendo el empoderamiento y la consolidación grupal. “Eso ha ido reduciéndose, ahora se buscan mucho más”, expresó. Florit se refirió a una infinidad de grupos de Whatsapp de mujeres rurales en los que circula información agropecuaria y se dan sostén la una a la otra. Luego, realizó la siguiente apreciación explicando que, en un contexto de crisis general de participación social y política, ve que las mujeres rurales se están organizando “sin plata” en todo el país: “Hay centenas de mujeres dispersas por ahí construyendo relativismo, asociatividad, el encuentro por la otra”.
Foto: Ricardo Antúnez (archivo, abril de 2019)
Norte y sur
Tras preguntarle sobre cómo se ve a las mujeres rurales y del agro en los diferentes territorios del país, Florit distinguió, principalmente, al sur del norte del país. Con ciertas excepciones -como Salto-, describió que en la zona norte hay menos contacto entre mujeres, menor llegada de campañas, mayor dispersión. Eso se combina con patrones culturales más conservadores, un desarrollo inferior de ofertas de trabajo, una mayor ganadería intensiva (una actividad primariamente masculina) y una baja presencia femenina en los ámbitos de representación.
“Hay un desafío que para mí es acuciante: una mujer que nace en determinados medios rurales del norte del país muchas veces la opción que tiene es quedarse en el predio con la familia de origen o casarse. La heterosexualidad y la maternidad son casi un mandato obligatorio, porque cuesta construir trayectorias independientes, como mujer y como productora”, expresó.
En el sur, por su parte, habló sobre una mayor llegada de servicios, más entramados, más productores familiares y unidades de producción. Estas últimas, al ser más chicas, dan más cercanía, generando una circulación distinta. “Además, la presencia de la horticultura en el sur también hace que haya más trabajadoras mujeres”, agregó. De todos modos, insiste en que el movimiento que se está organizando es nacional: “Hay vocación de trabajar con todo el territorio”.
Cómo conducir un cambio cultural estructural que toca fibras añejas de tradicionalismo en Uruguay
Se le preguntó a Florit cómo lograban instalar la mirada de género sin que se sienta como una agenda “de afuera”. Explicó que la construcción discursiva y comunicacional se hace con gente del agro; con referentes gremiales, productoras, extensionistas y que muchas campañas se basan en fotos del trabajo cotidiano. “Esta es nuestra realidad. Pescadoras, familias trabajando. Trabajadoras en tareas de cuidado y producción al mismo tiempo. Lo que nosotras hacemos es poner arriba de la mesa lo que sucede, pero a veces no es visto”.
En segundo lugar, destacó la progresividad con la que vienen trabajando. Habló de un proceso largo, que ha atravesado diferentes mandatos y gobiernos, que se apoya en organizaciones de mujeres rurales con décadas de historia.
Al final, reconoció como un gran desafío integrar varones productores al diseño de campañas con perspectiva de género. “Nos está dando trabajo eso, pero yo tengo bastante confianza de que lo vamos a ir construyendo”, afirmó. Siguió explicando que, cuando se logra demostrar que las políticas de género atraviesan toda la actividad de manera transversal, llegan a combinarlo y entenderlo junto con preocupaciones centrales del sector.
Los lineamientos a seguir y el plan de acción
La política vigente de la unidad se organiza bajo seis grandes claves operativas. En primer lugar, trabajan con todo lo que refiere a los sistemas agroalimentarios, vinculados a producción, desarrollo agropecuario y comercialización. Por otro lado, está el sector encargado de incorporar la mirada de género en proyectos ambientales y climáticos. En tercer lugar, se encuentra la gestión del conocimiento, vinculada a la capacitación y la investigación con perspectiva de género en el agro. El siguiente se encarga de fomentar la participación y el cambio cultural. Otro lineamiento refiere a la institucionalidad agropecuaria: “Lo que hacemos por adentro”. Por último, se encuentran el monitoreo y la evaluación. “Todas estas políticas tienen un paquete de medidores de seguimiento, una plataforma de transparencia. Cualquier persona está a un clic de ver información de cada una de las medidas. Si se hicieron o no, cuánto se hizo y cómo”, expresó.
Ahora bien, ¿cómo trasladan esas políticas al terreno de la acción? Por un lado, Florit mencionó un llamado que está previsto para marzo para apoyos productivos y señaló que en el correr del año se hará otro para la granja. En materia ambiental, dijo que trabajan permanentemente en concordancia con el Ministerio de Ambiente y que buscan incluir la perspectiva de género en proyectos climáticos. “El país trabaja en temas ambientales y climáticos, ahora hay que meterle esta mirada de género a ese hacer”, expresó. Mencionó también el proyecto de sacar capacitaciones con el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, cuyo principal foco está puesto en mujeres, en “poner la vida en el centro”, articulando ambiente, producción y vida. En cuanto a la gestión de conocimiento, hizo alusión a acciones e investigaciones internas en el INIA, así como a la incorporación de perspectiva de género en el programa Procría.
En el plano de la participación, detalló encuentros anuales que se organizan desde la comisión. El año pasado se realizó el primer encuentro nacional de mujeres de la ganadería, con más de 300 mujeres en tres sedes simultáneas. En adición, contó sobre otra línea de trabajo con asalariadas rurales, vinculada a su incidencia en los consejos de salarios y su participación. Finalmente, en lo que hace a la institucionalidad, mencionó al Modelo de Calidad con Equidad de Género liderado junto con el Instituto Nacional de Semillas y el INIA.
“Siempre hubo mujeres jinetas”
¿Qué tan difícil es fusionar la mirada de género con la figura del medio rural uruguayo por excelencia: el gaucho, masculino y tradicional? Florit explicó que, a su parecer, una no puede renegar de las tradiciones y la historia que hacen al país. Sin embargo, dijo que “el trabajo que podemos hacer en conjunto es pensar que siempre hubo mujeres jinetas, mujeres que estuvieran en todos esos lugares y experiencias. En la Redota, el artiguismo”.
Agregó que las fiestas de celebración y homenaje del medio rural uruguayo, como la Patria Gaucha o la Expo Prado, entraron en un proceso de revisión. “Si vos te fijás, hay sectores específicos en los que están integradas las mujeres”, expresó. Incluso destacó que hace varios años la Asociación Rural del Uruguay en la Expo Prado integra un evento específicamente destinado a demostrar las buenas prácticas de género en las empresas agropecuarias.