Para graficar lo lejos del encare bucólico que está el documental Chacra basta con la escena que capta cómo una vaca mea durante un tiempo que, si fuera una tanda publicitaria, escalaría peligrosamente en el tarifario. La idealización del campo deja espacio a la cotidianidad. No hay sobreimpresos ni voz en off que explique el medio centenar de litros de agua que un animal de ese porte toma diariamente para producir leche; está a la vista.

A su ritmo, moroso como el desperezo de un gato o urgente como un parto, el día a día de ese entorno productivo se va revelando mediante la fotografía de Arauco Hernández y la dirección de Ernesto Gillman. Un tractor con sus giros, primeros planos de unas ubres que son lavadas con esmero, personajes que vienen acercándose desde el fondo de la escena, la crudeza que reviste una carneada, los perros tironeando de las sobras, el procesamiento del queso, voces ininteligibles durante un asado, entre las que se distingue, en determinado momento, cómo se embroman quienes estuvieron a cargo de las brasas con los que prepararon la ensalada, a ver qué cosa estuvo más lograda esta vez.

“¿Qué nos alimenta? ¿Quién nos alimenta?”, son los motores de una película estrenada pocos meses atrás que, como tantos proyectos audiovisuales, fue rumiada durante décadas. Gillman, que hace 30 años trabaja como asistente de dirección y productor, y últimamente también como entrenador de perros para el set, cuenta que siendo joven se fue a vivir a Canelones, donde con un grupo de amigos compró una chacra. “Teníamos unos vecinos muy próximos, vivían enfrente, que a mí me marcaron mucho”, explica, y a ellos dedicó este título, el primero que lleva su firma. “Una mañana de invierno Nené nos invita el fin de semana a ir a la carneada. Yo ya había presenciado sacrificios de animales, había tenido oportunidad de ir una vuelta, haciendo un documental, a un matadero de un frigorífico. No es algo que a priori sintiera que me iba a impresionar o algo así”, justifica. Sin embargo, fue el final de aquel ternero lo que, en retrospectiva, “hizo nacer la llamita para hacer la película. Fue ahí, al ver la muerte de ese animal a manos de aquel veterano”.

De ese vecino aprendió algunas lógicas que, como montevideano, ni se planteaba: “Él tenía una vaca que daba la leche de todos los días. Y cada dos años, dependiendo de cómo venía la cosa, conseguía un ternero de un tambero de acá cerca, que los venden baratos porque los descartan cuando son machos, y se lo pega a la vaca –pegarlo quiere decir acostumbrar a la vaca que tiene un ternero que no es de ella, pero que le mame la leche–. El chacarero comparte esa leche: ordeña la vaca y le deja un poco al ternero. Entonces, el ternero se cría muy bien, como debe”. El bicho chico se adapta rápido a la madre postiza, aclara; a la hay que convencer es a la vaca. “Es algo muy lindo, de verdad, porque al principio lo rechaza un poco, aparte muchas veces pasa que ya tiene un ternero. A la vaca, cada un par de años, hay que entorarla y tiene que tener cría para que siga dando leche. Ese es el proceso que él hace con el ternero, de criarlo. Eso fue lo que me impresionó a mí, el amor que el tipo le daba a ese ternero. Yo lo veía todas las mañanas cómo lo llevaba al pasto verde, que después se iba a buscar otra pastura, cortaba y le traía, lo cambiaba, le traía agua; tenía una dedicación, así como con las plantas y con el resto de los animales. Y luego le quitaba la vida de un marronazo en la cabeza”. Ese contraste, tan natural como práctico para el hombre de campo, impactó al citadino. “Lo que sentí, y lo hablé con él –aunque nunca lo expresó en esta dimensión, siempre fue con una sencillez y con una claridad que no sé reproducir–, fue que le tomaba la vida porque era la comida para el año. Pero a la vez lo hacía con un respeto y con un cuidado. Fue eso lo que me impactó: las manos de él y ver esos 250 kg de masa de bicho que se mueren, y todo lo que viene atrás de eso”, resume. De allí que inicialmente, y durante un buen tiempo, el nombre del proyecto del film fuera Carne. “Y estaba mucho más volcado para ese lado de la alimentación, lo que comemos, quiénes generan esa comida. Pero la peli después fue tomando otro rumbo”.

Buena yunta

Mientras el plan de filmar se fue postergando, por falta de fondos, Nené falleció, dejando huérfano de protagonista al cineasta. Cuando en 2013 retomó su idea y se propuso buscar otros chacreros, conoció a Juan Moreira (sí, como el histórico gaucho argentino) y a Olga González. Lo primero que registró fue el nacimiento de un ternero, con la intención de contar luego su devenir en ese entorno hasta el final predeterminado, aunque luego en el montaje la estructura de la historia quedara casi a la inversa. Sucedió, para empezar, que la naturaleza tenía otros planes, ya que el ternero nació muerto. Además fueron encontrando distintos niveles de relato, tanto en otros productos de la chacra como en el propio relacionamiento de la pareja central, entre ellos y con sus vecinos. El compañerismo se palpa en cada tarea, en cada chanza, en los consejos que intercambian con sus pares, por ejemplo, en las reuniones de comisión de la zona.

“Se juntan los domingos o sábados, van de tarde y hacen una recorrida por el campo, en la casa de los que reciben, que se van turnando, hacen una comida”, relata sobre la puesta a punto y los piques que acostumbran a pasarse los vecinos, consultándose sobre riegos o cualquier tipo de soluciones que van encontrando a sus asuntos. Moreira y González no tardaron, apunta, en abrirle “las puertas de su casa y de su corazón”. Entre mate y mate, la cámara parece disolverse. Gillman asegura que no había nada estipulado, que el cine se amoldaba a la rutina de la chacra, y que lo que se ve es el producto de las horas, de la confianza ganada y de la generosidad de los protagonistas. En el transcurso de esos registros fue que el equipo de filmación entendió que el cariño que se prodigaban Olga y Juan ameritaba una puesta en escena menos “observacional”, apunta el director, y más próxima. “Aparte, fuimos trabajando por etapas. Íbamos a filmar una semana, pasaban seis meses, volvíamos otras dos semanas, y así fue durante un año y medio. Y cuando luego me senté a editar con el montajista, tenía esa sensación de que la cámara me había quedado re lejos de ellos dos y como que no los conocía. En los primeros cortes que teníamos era fría la película. Eso trajo también que me alejara un poco del proyecto y por eso pasaron tantos años, porque me vino un vacío creativo, me peleé conmigo mismo y no pude avanzar, no me terminaba de convencer. Yo creía que tenía que seguir filmando y siempre buscaba excusas para no terminar la película”, se sincera. Incluso dice que, jugando con el título tentativo, aseguraba que Carne estaba en el freezer. Hasta que el productor, siguiendo con la metáfora, lo amenazó con ponerla en el fuego. “Ahí entró Guille Madeiro, que es el montajista, agarró el material e hizo una propuesta. Por eso también parte de la desestructura que tuvo narrativamente vino por ese lado. Consiguió, con su magia en los cortes y los tiempos que manejó y en la manera que la montó, que empezara a verse mucho más claramente el vínculo de Juan y Olga”, reconoce. “Son compañeros y son muy juguetones ellos dos. Laburan juntos, viven juntos”. La cámara muestra desde cómo pelean de mentira o negocian con cobrarse el queso, cómo se dan un remojón en una piscina estructural, e incluso sus ceremonias de aseo en los aprontes para asistir a una asamblea. “Son muy solidarios entre ellos, y se organizan en un orden muy especial: ella es dueña de las vacas y de los quesos, él es dueño de los invernáculos, de los tomates y los morrones, aunque los dos hacen todo. Pero cada uno tiene su territorio en un punto. Entonces, claro, se escuchan, discuten, pero es como que está claro quién va a tomar la decisión final. Ellos han encontrado ese equilibrio y les funciona”.

Foto del artículo 'Documental Chacra: vericuetos de una historia sencilla'

Vecindad rural

Gillman, como se refirió al comienzo, tuvo su propia peripecia campera y su huerta doméstica. Todo empezó cuando un grupo de amigos veinteañeros, que hacían teatro y otras disciplinas artísticas, orbitando en lo que fueron compañías como Moxhelis y Polizón, tratando de buscar un lugar común donde vivir, terminaron fundando La Comarca, una conocida comunidad ubicada en el entorno de Sauce. “Nos fuimos medio instintivamente a hacer nuestras casas y con el plan de que cuando tuviéramos hijos se pudieran criar en un lugar más natural. Básicamente esa era nuestra premisa”, relata. Ninguno sabía de agronomía, pero con el correr del tiempo varios compañeros se dedicaron a plantar y a vender en ferias orgánicas. No es el caso de Gillman, que si bien trabaja en cine, sigue en contacto con el núcleo original, pero ya con hijos adolescentes se mudó al pueblo. Igualmente piensa en volver a la chacra, a más tardar, dentro de dos años.

La pregunta es qué distancia encontró entre el sueño quizás un poco hippie de irse al campo y con lo que de verdad se topó. Y cuánto de eso es lo que busca transmitirle al público con Chacra. Ernesto Gillman elige responder con una anécdota. “Esto me pasó muy temprano, creo que el segundo año de estar ahí en la chacra. Tiene que ver con los vínculos humanos ahí, lo que es ser vecino. Yo me daba cuenta de que Nené, este vecino que para mí fue como un abuelo, para todos nosotros, en La Comarca, si vos le pedías algo, nunca había un no. Aunque él estuviera haciendo otra cosa, la suspendía, le buscaba la vuelta y te daba una mano. O sea, lo primero era una disposición clara, total, que fue lo mismo que me encontré con Juan y Olga. En esos primeros tiempos, a otro vecino veterano lo operaron. Entonces quedó la señora en la casa y ella sola no podía ordeñar la vaca. Estaba yendo Nené tempranito de mañana a ordeñarle la vaca a la doña. Y una tardecita me dice, ‘che, Rubio, ¿me puedes dar una mano mañana, porque no puedo ir?’. Digo, ‘sí, no hay problema, voy’. Yo no los conocía mucho a sus vecinos, los había visto alguna vez y los había saludado nomás. Al otro día tempranito fui para ahí con esa cabeza de montevideano medio ‘qué buena onda que tengo, qué mano que le voy a dar a la vecina’. La mujer ya me estaba esperando, necesitaba una mano porque la vaca era media chúcara, había que atarla porque pateaba. Ella agarra a la vaca y yo la ordeñé, y cuando termina, le doy el balde y me despido con esa sensación de estar haciendo algo muy bueno. Ella me saludó, se dio vuelta y se fue. Y yo caí en la dimensión de que lo que estaba haciendo era algo normal, lo esperable. ¿Entendés? No era nada del otro mundo. Fue una pavada, un detallecito de la vida, pero a mí me marcó mucho eso del poder de esos vínculos. El vecino es muy importante. El Nené decía ‘los vecinos son más importantes que la familia’, porque, claro, él tenía a toda su familia en San José, y el que está ahí al lado es súper importante porque se ayudan en todo, y los chacareros eso lo tienen súper presente”.

A Ernesto Gillman lo inquieta constatar, en el transcurso de los años viviendo en Canelones, cómo se han ido perdiendo tantos conocimientos prácticos que observaba tanto en Nené como en Juan Moreira. “Son tipos que son productores familiares y son una enciclopedia: saben de todo, saben alambrar, saben de la tierra, saben del bicho. Y lamentablemente, por lo que he podido ver, los gurises jóvenes no toman esa posta, nadie aprende todo eso que incluso ellos mismos no terminan de valorar. Es una discusión que siempre tengo con Juan y con Olga. Ellos me dicen, ‘queremos para nuestros hijos lo mejor y queremos que no empiecen de acá abajo. Queremos que empiecen de arriba’. Y yo siempre les digo, ‘ustedes están arriba. Ustedes están haciendo la comida que comemos. Ustedes… Es muy importante, es como una maestra, como un médico, ¿entendemos? Ustedes están en la base de la cosa’. Pero, claro, en realidad es un laburo súper sacrificado y mal remunerado el que ellos tienen. Y es invisible, porque el que se lleva las ganancias ahí es el que llega en el camión, el comisionista le llaman, que transporta la comida a la UAM”, recalca. “Ellos son los que la hacen”.

Formación y campo de acción

A Ernesto Gillman lo apodaron Rubio en la época en que estudió Ciencias de la Comunicación, en la Universidad de la República, facultad por la que optó a falta de una carrera específica para su vocación en ese momento. “Estudié en la escuela de cine para niños de Cinemateca cuando tenía 11 años. Eso me despertó el bichito, y después, con Eloy Yerle –fue como mi mentor–, hice un curso que se llamaba Encuadre. Fue una cosa muy removedora de aquella época, del año 80 y pico. Me quise ir a Argentina, pero no conseguí becas, no tenía plata para pagarme la universidad de cine. Así que me metí acá en la Udelar, y después, rápidamente, me vinculé con el mundo de la publicidad, empecé a trabajar en productoras y viví de eso un montón de años”, resume. De su trayectoria hay que destacar su experiencia en producción y/o asistencia de dirección en títulos fundamentales del cine nacional, desde Una forma de bailar (1997), de Álvaro Buela, o Whisky (2004), de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, hasta El lugar del hijo (2014), de Manolo Nieto, y Los tiburones (2018), de Lucía Garibaldi.

Tras el pasaje de Chacra, su ópera prima, por festivales y varias semanas en cartel, su mayor deseo es poder proyectarla en el santoral canario. “Es medio una patriada que nos vamos a mandar, que es con Efecto Cine proyectarla en la plaza de Sauce. Seguramente la segunda quincena de abril vamos a hacer ahí un lanzamiento para Canelones, y después llevaremos el documental a escuelas, a comisiones de fomento, a centros culturales. Veremos qué recorrido puede tener, pero la verdad es que tengo muchas ganas de que se vean los propios canarios”, comenta.

Mientras tanto, actualmente, junto a un socio, brinda un servicio de entrenamiento de perros para audiovisuales, y eso lo tiene ocupado de cara a una película de Guillermo Carbonell que tiene fecha de rodaje fijada para mayo. “Me encanta, es muy divertido, es muy desafiante”, comenta sobre ese trabajo. “Es una peli sobre un guion de Rodolfo Santullo que se llama Caza y pesca, que es una novela de él, que adaptó a guion cinematográfico y está buenísimo. Es un thriller, fuera de lo que vemos habitualmente en pelis uruguayas, o sea, que tiene acción, tiene peleas, muertes, y todo en un medio rural”, adelanta.