El partido fue rarísimo y la conclusión también, porque Peñarol perdió pero festejó como si hubiese sido una de sus más grandes victorias. La derrota 2-1 ante Universidad Católica permitió a los mirasoles conseguir una victoria global de 3-2 y pasar a las semifinales de la Libertadores, por las que deberá enfrentar a Vélez Sarsfield la próxima semana jugando primero en Montevideo y definiendo en Buenos Aires.

¡Peñarol nomá!, un alarido gutural, un código fácilmente identificable por estos lares, una declaración de amor, un manifiesto revolucionario, un chorizo de mediotanque, un cuplé murguero, fue la expresión cúlmine tras el gol de Estoyanoff que otorgó la clasificación, pero también, justo es decirlo, tras una buena exposición de fútbol en acuerdo con los principios culturalmente desarrollados del balompié uruguayo.

En apenas tres minutos las flojas manos de Garcés empezaron a tomar forma de escultura porque el frágil golero chileno que en Montevideo permitió los goles carboneros realizó dos grandes intervenciones ante una gran resolución de Chiche Corujo sobre desborde de Mier por izquierda, y tan sólo un minuto después, quedándose con un preciso y esforzado cabezazo de Juan Manuel Olivera.

No más de cinco minutos después, otra vez Mier con excelente comienzo de partido dejó el surco por izquierda, se metió al área y sacó un centro demasiado alto para la cabeza de Martinuccio, y a la vuelta, ahora con el centro de la derecha, se mandó el golero y la contuvo.

Si bien hay en un espacio de tiempo que habrá sido de ocho minutos de algunos ataques peligrosos de la Católica, el adaptador Carboneros pasaron a semifinales de la Libertadores de la novela vuelve al protagonista del primer cuarto de hora, Mier, quien arremetió contra Garcés en una frágil salida que le pegó mal y la pelota rebotada en el ex Fénix rebota en el brazo, y es difícil demostrar intencionalidad, aunque parece que la hubo, por lo que mientras los jugadores de Peñarol gritaban el gol y los compañeros de Garcés se agarraban la cabeza, el árbitro anulaba la conquista.

Pero hay más de Mier… y es que mientras Peñarol era absolutamente superior, Católica avanzó por el centro, se apoyó bien en el argentino Lucas Prato, quien abrió para Fernando Meneses que, mientras Mier lo miraba advirtiendo que se le había ido -uy, se me fue-, le metió un fierrazo cruzado que venció irremediablemente cualquier tipo de defensa de Sosa.

Y ahí cambió el partido. Fue la pastillita del “yo puedo” de la Católica y a Peñarol le empezó a arder el estómago al comprobar que la medicina de los goles de diferencia se empezaba a terminar.

Católica compró un poco de paciencia con el 1-0 y Peñarol se arrebató por unos minutos, aunque con el pasar de los minutos se fue acomodando y en un par de situaciones casi arañó el empate.

Uno solo te pido

El segundo tiempo tuvo otro arranque sorprendente de Peñarol, y un desborde de Martinuccio por la derecha puso en situación de tomá y hacelo a Mier, cuya media vuelta de derecha fue tapada a medias por Garcés -gran tapada- y en la línea la sacaron.

El buen juego mirasol fue permitiendo una imagen de equipo con presencia y convicción en la búsqueda del gol que le daba la seguridad.

Perfectamente pudo haber llegado en el remate de Luis Aguiar, terrible sablazo de afuera del área que reventó, machucó el travesaño. El tiempo fue pasando sin más inconvenientes que esa horrible sensación de que si te hacen un gol quedás en la lona, y el piñazo del gol llegó cuando Ormeño habilitó a Gutiérrez, quien en un movimiento de salonista pivoteó, se sacó de encima a Guillermo y sacó una media vuelta cruzada que se fue a morir al fondo de los piolines. Chau, plídex.

¿Cuál sería ahora la forma de remarla contra la corriente? Procuró seguir atacando y ahí fue importante Estoyanoff, que había ingresado por Mier, siendo el acompañante de Juan Olivera, pero no dio el mejor resultado hasta que el mismo Lolo inició terrible carrera, jugó al medio, la abrieron más a la izquierda para que Luis Aguiar la cambiara y el Lolo en diagonal la metió hasta adentro haciendo repetir un mismo grito cuyo corte transversal hizo que saliera de la garganta de los propios jugadores en la cancha, de un plancha de la Unión, de un pituco de Carrasco, de un vecino de Florida, de una añosa señora de Guichón, de un fazendero de Masoller, de un ujier del Palacio, de una alternadora de un bar de camarera: ¡Peñarol nomá! Como una saga de Volver al futuro, como si fuera un desprendimiento en el tiempo del gol de Spencer contra River en el 66, el de Aguirre contra el América en el 87, el espíritu indomable de los orientales que supieron apoderarse para siempre del alma del club de los ingleses del ferrocarril volvió a hacerse presente en el momento justo para llevar por primera vez en 24 años a Peñarol a la semifinal de la Libertadores.

Así está bueno, y vale la pena vivirlo.