Para el encuentro elige un restaurante en el barrio porteño de Belgrano, ubicado a pocas cuadras del estadio de River Plate, sitio que frecuenta desde muy pequeño. El fútbol es una de sus pasiones. Acepta que Sara participe. Aclara que no le gustan las entrevistas y que le cuesta expresar lo que siente en todos los ámbitos de su vida. En eso último, dice, se parece mucho a Sara. Y Sara está de acuerdo, pero no le parece que sea una virtud. Para ellos, el parecido físico es evidente y también la forma de hablar. Aníbal lo hace despacio, sin apuros y con silencios entre oración y oración. Nunca se explaya en sus respuestas y nunca evade las preguntas.

Su primera aparición pública fue en 2008, en el libro De vuelta a casa, de la argentina Analía Argento, que recopila el testimonio de diez hijos y nietos recuperados, argentinos y uruguayos. En aquella entrevista dijo cosas que un año y medio después, cuando se publicó, sintió que no debió haber dicho porque esas palabras sólo fueron parte de un proceso. Sintió que debía aclararlo y lo hizo a través de una carta y una entrevista en La República.

Aníbal fue separado de Sara cuando tenía 21 días de nacido, el 13 de julio de 1976 en Buenos Aires. Ese día, un grupo de hombres al mando del militar uruguayo José Nino Gavazzo irrumpió violentamente en la casa de Sara en Belgrano. Fue secuestrada y retenida en el centro clandestino Automotores Orletti, del que resultó ser una de las pocas personas sobrevivientes. El reencuentro entre Sara y Aníbal se produjo casi 26 años después, tras una ardua y sostenida búsqueda.

Ahora Aníbal tiene 36 años. Es compañero de Emilce y papá de Juani, de cinco años. Terminó el secundario, hizo tres años de profesorado de Educación Física y otros tantos de Licenciatura en Seguridad, pero no le convenció. Decidió que el estudio no era lo suyo y actualmente es comerciante.

Así se miran

-Sara, presentame a Aníbal. -Desde el primer momento tuve la impresión de que tuvo conciencia de que él no era hijo de esa familia. Una frase que me dijo me quedó grabada y latiendo: “he sido un chico feliz hasta ahora, quiero que te incorpores a mi felicidad”. Parecía una frase armada. Después me di cuenta de que no, que más allá de que hubiera pensado algo, es una forma de expresión de él. Él se construyó su felicidad, la fue elaborando desde la infancia. Tiene un hijo precioso -no porque sea mi nieto-, tiene una compañera que lo ayudó siempre. Es un mundo feliz que cuida mucho. Arriesga poco. Creo que en alguna medida esa debilidad, de quién soy y de dónde provengo, está jugando siempre en ese animarse poco. Es un gran constructor de su felicidad y es muy buena persona. De muy buenos valores. -Aníbal, presentame a Sara. -Una persona callada, muy ubicada, de buen trato, muy culta, con la cual me gusta hablar. Con ella me gusta hablar de la vida, del contexto político, de lo diario. Es buena persona, tuve suerte de encontrarla. Porque también es eso. Nos encontramos después de 25 años y podría haber salido mal por parte de los dos. Pero creo que los dos tuvimos suerte. Tenemos una buena relación construida a lo largo de todos estos años. Fueron duros pero valió la pena.

Tras dos años de trámites, desde hace uno tiene la nueva filiación, Aníbal Simón Méndez. Cambiar legalmente su nombre fue una decisión que tuvo que ver con su hijo y también con que la relación con Sara daba un paso. Los diez años que pasaron desde el reencuentro fueron “duros”, dice, pero valieron la pena. Porque podría haber salido mal. Pero no: todo salió bien. Todo está saliendo bien.

Aníbal pide café y agua mineral. Y deja que empecemos a conocerlo.

-El 8 de marzo de 2002 Sara estaba en Bulevar Artigas y Garibaldi cuando Rafael Michelini, desde Buenos Aires, te pone al teléfono y hablan por primera vez. ¿Cómo fue?

-Me acuerdo que estábamos con Rafael y Emilce, mi compañera, en el shopping de Paseo Alcorta, tomando algo. Eso fue el sábado a la mañana. El día anterior había ido a hacerme la extracción de sangre para el análisis. Él la llamó a Sara y me puso en contacto con ella por primera vez.

-¿Qué le dijiste?

Aníbal: -Ella me decía “le agradezco lo que está haciendo” porque pensaba que yo era un colaborador de Rafael, alguien que la estaba ayudando en la búsqueda. Y yo creo que le dije que nos íbamos a ver, que posiblemente por lo que sabía, por todo lo que me habían dicho, seguramente era quien ella buscaba, que yo era el hijo.

Sara: -Eras una posibilidad grande. Veníamos ya de la desilusión de Gerardo Vázquez, después de diez años, por el ADN, supimos que no era y no queríamos dar nada por sentado. El ADN era lo definitivo, pero él tenía mucha seguridad. Me acuerdo que nosotros [se refiere a Raúl Olivera, su compañero] le contamos esto y le dijimos “está bien pero vamos a guardarnos un espacio de reserva, de duda, porque la desilusión después es muy grande”. Los dos [Aníbal y Emilce] dijeron que si él no era, iban a ayudarme. Estaban muy impactados por la historia porque también se estaban acercando a la historia de desaparición de chicos en Argentina.

A: -En ese momento no prestaba atención al tema...

-¿Por qué estabas tan seguro?

-Había una convicción. Cuando Rafael habla con mi papá de crianza y le cuenta la historia, lo que había pasado, coincidía la misma noche, el lugar donde a Sara y a mí nos habían llevado y a mí me habían dejado. La versión oficial es que fue en el Sanatorio del Norte, que ya no existe. Esa misma noche yo llego a la casa donde me crié. La coincidencia era muy grande, era indudable que era yo.

-El primer encuentro, incluso, fue antes de conocerse los resultados del ADN.

A: -Fue en el centro, en un bar, cerca de Congreso. Sara estaba con Raúl en un hotel en avenida Callao. Hice un recorrido por la zona y busqué un bar que fuera chiquito y poco concurrido como para poder charlar tranquilos. La conversación fue en esos términos por parte de Sara y de Raúl. De ese encuentro me fui un poco mal, como que sentí una suerte de… No sé si rechazo, pero con el correr del tiempo y de saber bien la historia, era lógico el hecho de guardar esa distancia por lo que había significado la desilusión y la búsqueda con Gerardo…

S: -¿Cómo fue esa parte?

A: -Claro, estaba medio enojado.

S: -¿Vos te fuiste medio enojado?

A: -Sí, sí…

S: -Mirá las cosas que uno se entera… [Se ríe].

A: -Sí, y Emilce también. Ella había ido a mi casa de crianza, había hecho una recopilación de fotos. Se las entregó y si no me equivoco era medio reacia a agarrarlas hasta que no estuvieran los resultados, no quería…

S: -Ese día fueron las flores, no las fotos. Las fotos fueron posteriores.

A: [Piensa].

S: -Cuando nos separamos de ese viaje, ya con el resultado de ADN, me regalaste la cartera negra con un portarretrato con tu foto. La primera foto que tuve y la única que tuve durante mucho tiempo. Ese encuentro terminó con un ramo de flores con la advertencia de… Habíamos vivido muchos golpes, intentábamos preservarnos sobre todo teniendo en cuenta que era una situación muy difícil y queríamos hacerla lo más fácil posible. De repente la pensamos de una forma y la recibieron de otra, esos momentos son muy difíciles. Cada uno ponía lo mejor de sí y eso siempre lo sentí.

-¿Cuánto tiempo después de ese primer encuentro en el bar llegaron los resultados del ADN?

S: -El 3 [de marzo] tuvimos la información, él y yo. Se habían coordinado Parodi [el padre de crianza de Aníbal] y Michelini para decirnos el mismo día. El 8 de marzo fue el día de la llamada telefónica, el 13 nos vemos por primera vez y el 18 tenemos el resultado de sangre. En 15 días se resolvió todo lo que llevó casi 26 años.

-Aníbal, ¿cómo fue conocer a tu mamá a los 25 años?

-Rarísimo. Lo que sí, después, en el transcurso del tiempo, de ir conociéndose, te llama la atención encontrarte tan parecido. Si bien durante 25 años no estuvimos juntos tenemos personalidades parecidas. Calmos al hablar… Ella es muy tranquila. Además de lo físico, que está a la vista, los rasgos, los ojos.

-¿Tenaces?

-Sí. Quizás eso es algo más en ella. Siempre fui medio perseverante a otro nivel mucho menos importante, pero siempre tuve personalidad de proponerme cosas y perseguirlas hasta lograrlas.

Papeles y más

En 1976, cuando Sara fue a inscribir a su hijo tenía una documentación falsa que le había proporcionado el Partido por la Victoria del Pueblo. Ella era Stella Maris Riquelo y para no arriesgar también a Mauricio Gatti anotó a Simón con su apellido, falso. La identidad de su hijo parte de un nombre clandestino por un solo motivo: mantenerlo a salvo. “Los papeles importaban poca cosa. Los que pertenecemos a una década en la que la revolución era el objetivo, dar vuelta las raíces y las tradiciones que postergaban al hombre y lo sumían en la ignorancia y la marginación, le dábamos poco valor a eso. La identidad no pasaba por un documento que podíamos cambiar”, dice Sara. Pero el día en que Aníbal le dijo que iba a cambiar legalmente el nombre empezó en ella un proceso distinto. “Empecé a notarme más alegre. Me daba cuenta del valor que tenían los papeles en estos casos. Cuando se nos arrancaron los hijos, cuando se hizo un trabajo para no poder ubicarlos y poder cambiarles la historia. No sólo el hijo con su historia reconstruye su identidad. En estos casos, las madres o los padres son reconocidos como progenitores. Son aceptados como procreadores de esa vida y en ese reconocimiento es que puede empezar a reconstruirse ese vínculo dañado. Me daba cuenta de que no era sólo él que recuperaba la identidad sino también yo”.

S: -Todos los que no conocieron al padre [Mauricio Gatti, fallecido en 1991] dicen que es igual a mí. Los que lo conocieron dicen que es igual a él. Yo creo que como todos los hijos tiene cosas de los dos. En la forma de ser es muy racional y también lo soy. Es algo que me caracteriza. Una lástima, no lo digo como una virtud. Es algo que me gustaría no ser. Me gustaría ser más expresiva, con más sentimientos a flor…

A: -También nos parecemos en eso.

S: -Nos cuesta hablar y no es un problema de no sentir. Es dificultad para expresar. Sí, nos parecemos en muchas cosas, vivimos momentos históricos distintos. Posiblemente él no sería él con todas estas características si hubiéramos vivido juntos. Más de una vez yo he pensado todo esto a través de Juani [su nieto, hijo de Aníbal]. Montones de veces jugando con él yo sentía que era lo que no pude vivir con él. Pensaba cualidades que podíamos y hubiésemos cambiado. A mí la búsqueda tan prolongada también me endureció mucho [se emociona].

-¿Conocías a Sara antes del encuentro?

-No. No conocía la historia, nada. Desde los cinco o seis años veraneé siempre en Uruguay. Tenía amigos uruguayos, iba a balnearios de la costa…

-Así que Uruguay también es tu casa…

-Sí, claro…

-Hay una percepción de que hiciste un proceso en el anonimato y luego comenzó a haber una apertura. ¿Hubo tal quiebre?

-Fue sin querer. Sin proponérmelo.

-¿Cómo fue recuperar algo que no sabías que habías perdido?

-[Piensa.] Recuperar la identidad puede ser desde el punto de vista legal o vivencial. Desde lo vivencial fue un proceso largo. A partir de los 25 años que me entero, empecé a compartir con Sara fundamentalmente y con el resto de la familia y amigos, todo el entorno. En cada contacto siempre fue ir de a poco, conociendo más amigos, más familia. Y bueno, quizás a lo largo del tiempo el hecho de identificarme con muchas cosas hacía que pudiera construir de a poco una identidad. Pensaba: “esto pasó y como que se llegó tarde, yo ya soy Aníbal Parodi, no puedo cambiar ahora a los 25 años”. Eso fue en un comienzo. Después, a lo largo del tiempo fue: “puedo tener la vivencia que tengo pero si hay algo que es verdad, es que yo soy hijo de Sara y de Mauricio”.

-Fue el proceso de todos esos años. De haber compartido todo esto que te contaba recién. Influyó mucho el hecho de haber tenido un hijo que hoy tiene cinco años. Mi decisión no sólo me atañía a mí sino también a mi hijo y la realidad es que yo podía cambiar el apellido… Lo que pasa es que en la mayoría de los casos similares lo que hay es una suerte de gratitud a la familia que nos crió y siempre vemos que hacer algo así implica una traición a quien te crió. Y también vas con esa carga, tiene que ver con que uno sepa que sí, que es así, que después uno puede hacerlo… Es así que yo soy Aníbal Méndez. El nombre de pila, en mi caso, que tuve la posibilidad de elegir, decidí seguir conservándolo. Simón lo llevo de segundo nombre.

-¿Con Simón Riquelo cómo te llevas?

-[Piensa.] No lo tengo, no lo pienso, no lo tengo asumido. Voy mucho a Uruguay. La verdad es que me abstraigo de eso.

-¿Te cuesta identificarte con él?

-Sí, la verdad que sí.

-Y si te digo: “Señor Presidente, oiga esta canción / con todas sus tropas y sus cortesanos. / No nos callaremos hasta que sepamos / dónde está Mariana, dónde está Simón…”

-Es emocionante pensar cómo proyectarse a ese momento de la búsqueda. Es muy raro para uno tomar conciencia de lo que fue todo eso. Con el tiempo pude saberlo, pero es difícil entender que todo eso era uno.

-¿Sería comparable en algún punto tu proceso con el de Mariana Zaffaroni?

-No. El mío no se compara con ninguno por el hecho de que yo me encuentro con mi mamá. Todos los demás son distintos porque se encuentran con abuelos muy viejitos, con tíos, con amigos. Es distinto, como tu mamá no hay… Ella trató siempre de cuidarme en cuanto a los mismos medios. Estaba preocupada porque no saliera muy expuesto. Ella me preservó mucho.

-¿Cómo vivís ese hecho de que hayas podido encontrar a tu mamá y otros la estén buscando?

-Es un alivio. Es lo que a cada uno nos tocó. A diferencia de ellos, soy afortunado, pero no es un peso.

-¿Y es un peso ser, de alguna manera, Simón Riquelo?

-Creo que no soy consciente de lo que significa. Muchas veces, amigos de Sara que me conocían por primera vez, al saludarme, se emocionaban. Ahí uno tomaba un poco de conciencia de lo que es para el colectivo. Significa haberme encontrado.

-¿Cuándo celebrás tu cumpleaños?

-El 22 de junio [la fecha verdadera de su nacimiento]. Durante dos años festejaba los dos y después ya era cualquier cosa…

-Decías que la paternidad fue muy importante en tu proceso. ¿Alguna vez te has planteado cómo contarle tu historia a tu hijo?

-Son respuestas que ya hace tiempo vengo pensando, ensayando si querés, para cuando pase. Cada vez está más grande y vivió el proceso de cambio de apellido. Ya concurría al jardín, estaba anotado con un apellido y un día tuvo que cambiarlo. Hubo que afrontar muchos lugares donde él concurría, muchas explicaciones. Hay que sentarlo a él y explicarle. Porque como fue hace un tiempito, él era muy chiquito y como todos los chicos viven todo de una forma muy natural. Pero el día de mañana vendrá una explicación más compleja que darle. Va a facilitarme mucho el 24 de marzo [aniversario del golpe de 1976 en Argentina]. Acá es un día feriado por el Día de la Memoria. En los mismos colegios ya hablan del tema y cuentan el hecho. Tal vez él solo traerá el tema y de acuerdo a la edad que tenga se le irá explicando un poco todo.

-¿Por qué decidiste no incluir tu apellido paterno?

-Tuve la posibilidad legal de poder optar por el apellido y yo elegí que sea el de Sara. Un poco porque es quien todos estos años estuvo en la búsqueda y creo que hasta incluso, en definitiva, es más importante. Si bien en nuestras costumbres el apellido que va primero es el del padre, en realidad, es mucho más importante la madre, de hecho en mi caso, la importancia en la búsqueda fue más de la madre que del padre. También el hecho de no haber conocido a Mauricio...

-¿Lograste descubrirlo en algún aspecto?

-Tengo contacto con Paula y Felipe que son hijos de Mauricio. Con ellos tengo una relación muy espaciada, nos vemos un poquito los veranos. Y no, realmente no tengo mucho. Por otro lado, yo todo lo que tengo es por parte de mi familia materna.

-¿Estás enojado con algo?

-No.

-¿Qué es la identidad para vos?

-[Piensa y luego sonríe.] Es una de esas preguntas fijas de examen…

-Así que ya habías pensado la respuesta.

-No, no había pensado... ¿Qué es la identidad? Es la esencia de uno. Es de dónde venís. Quién sos.

-¿Y tenés todas esas respuestas?

-Sí, las tengo.