Antes de que decidan que soy un hijo del imperio, sólo otro nuevouruguayo o algo peor, déjenme aclarar que recuerdo bien cuándo llegó Halloween. Es decir, cuándo me di cuenta de que esa vaga rutina nocturna e infantil de disfrazarse para salir en busca de caramelos, que conocía levemente por el cine y la televisión, se iba a celebrar aquí también. Fue a principios de los 90 en Sayago, en un centro comercial montado sobre la planta de una fábrica cerrada que sigue siendo mi imagen favorita para condensar lo que pasó durante el gobierno de Lacalle Herrera, versión modesta del menemismo argentino: dólar barato, crecimiento del consumo, caída de la producción, apertura a las importaciones. Halloween y su cotillón fueron una de las tantas costumbres que se trajeron en aquella época. Si los abuelos nos transmitieron cómo en sus años no había regalos en Navidad (sólo se daban el día de Reyes), ahora era nuestro turno de indignarnos y rechazar aquella tradición norteña que se pretendía imponernos a punta de góndola. Hace veinte años, eso era fácil: no teníamos hijos y alcanzaba con ignorar el barullo.

Ejercí la debida indiferencia hasta que un 31 de octubre, poco más de diez años después, me encontré rodeado de petisos disfrazados por las calles del Cordón. No, todavía no tenía hijos, pero había salido temprano de la primera redacción de la diaria y camino a mi casa me topé con decenas de banditas seguidas a prudente distancia por uno o dos adultos evidentemente a cargo. Advertí que la tarea de madres y padres -algunos apenas llegados de trabajar, a juzgar por sus ropas- no terminaba en la compra de parafernalia, sino que, a diferencia de lo que mostraban las películas, y tal vez por razones de seguridad, Halloween en Montevideo también los reclamaba durante la recorrida amenzadora y mendicante. Era un espectáculo extraño: los niños parecían guiar a los mayores hacia las casas de los vecinos bajo la luz ambigua del atardecer. Se me antojó que estaban reinventando aventuras de otro tiempo, de otros barrios más inocentes.

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El sábado debuté como acompañante de Halloween de mis dos hijos y un amiguito. O más bien, de un diablito, un bombero (en fin; tiene dos años) y mini Frankenstein. Ellos ya habían salido otros años, pero hasta ahora a mí me había tocado estar en la redacción. Todavía quedaba una hora de sol cuando salimos, pero habíamos visto bandas de monstruitos desde el mediodía. No habíamos dejado el edificio cuando nos tocó timbre una megapandilla al grito de “dulce o treta”: nos dimos cuenta de que teníamos que ir preparados para, además de recibir, dar.

Nos cruzamos, claro, con otras banditas; con una se armó un simulacro de pelea. Caminamos unas cuadras hasta encontrarnos con amigos de otro edificio, que habían hecho base en la vereda. Los niños se ayudaban para tocar timbres: había porteros adonde sólo llegaba el más alto y otros que requerían trabajo colectivo; un ring-raje, pero legal y desafiante. En muchos lugares no nos respondieron, pero en dos de cada diez, alguien contestaba. “De repente no hablan español”, dijo mini Frankenstein cuando tras escuchar su “dulce o truco” dejaron de responderle. Descubrí que en muchas casas avisan que están dispuestos a dar caramelos decorando la puerta con la linda combinación de naranja y negro. Una señora nos pidió disculpas por salir en piyama (eran las siete de la tarde). Otra, después de una generosa repartija, recomendó: “¡Vayan al dentista!”. Otra besó a los tres demonios y los despidió con un “los quiero mucho”. Una veterana salió contentísima, tomó caramelos de los zapallos -perdón: calabazas- que llevaban nuestros niños y les dejó unas monedas (“Brillan”, comentó el diablito). Y en muchos pequeños comercios nos esperaban con golosinas gratis. A medida que oscurecía nos fuimos topando con grupos de preadolescentes que, producidas a lo Morticia, deambulaban con propósito indefinido, como si, fogueadas en los primeros Halloween criollos, no se resignaran a dejar atrás esa parte de la niñez.

Después de que cayó el sol, Andrea me recomendó quedarme un poco aparte de las puertas que tocábamos, para no atemorizar a los posibles donantes: no iba disfrazado -ni soy tan feo-, pero los hombres, de noche, asustamos. Me apenó doblemente, porque yo venía fisgando cada uno de esos portales que se abrían. Siempre, en alguna parte de mi cabeza, estoy imaginando cómo serán por dentro las casas que me interesan, cómo se verá la calle desde sus ventanas, quién vivirá ahí. Sobre todo eso: yo miraba las caras de vecinos a los que casi nunca veo o saludo, y que difícilmente puedo asociar a una casa específica. Ésa fue la magia de mi Halloween.

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“Más triste que rodoniano en #Halloween”, bromeé en Twitter al volver a casa. Tengo una idea de lo que es la “lógica comunitaria” (he leído mi Sandino Núñez). Sé qué otras cosas posibilita el saber quién vive exactamente dónde, a qué se dedica, adónde va, qué tan correcto es. No es, en todo caso, una lógica exclusivamente foránea; más bien, de pueblo chico. En Montevideo, ciudad grande, esa forma de vivir se transforma en vigilancia, en alimento de “vecinos alertas”.

Pero también venía pensando en el costo que acarrea nuestra defensa a ultranza del derecho a no saber absolutamente nada sobre nuestros vecinos, contrapartida indispensable de nuestro derecho a la intimidad. No es que en la ciudad todos seamos individualistas cerriles, aunque cuando nos asociamos lo hacemos por intereses u objetivos comunes, casi nunca por simple proximidad. Excepto cuando seguimos a los niños.

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Hace unos meses, un amigo que vino de Shanghái me contó que al pasar frente a un bar se encontró con un montón de gente bebida y disfrazada. Cuando le preguntó a su guía chino de qué se trataba, éste le contestó con fastidio e inocultable tono acusatorio algo así como “fiesta occidental”. El uruguayo se sintió descolocado hasta que entendió lo del 31 de octubre y amagó una explicación de las diferencias entre las tradiciones del norte y las del sur de Occidente; pero enseguida recordó que acá también, desde hace tiempo, festejamos Halloween, además de honrar a Papá Noel, al Padre, al Niño, al Espíritu Santo, al Abuelo, al Amigo, a la Nostalgia, al Patrimonio. Así que mi amigo bajó la vista y asumió que Halloween es, ahora sí, una tradición no muy telúrica, pero nuestra.

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Escribo esto un 2 de noviembre, en el que muchos piensan en los que se fueron y algunos los homenajean en el cementerio, mientras unos pocos se divierten caracterizados como zombis y otros admiran desde las redes la forma en que los mexicanos celebran la muerte. Yo creo que este Halloween uruguayo revive algo de la subversión que, decían los veteranos, tenía el Carnaval; no el romano, sino el de Montevideo, con sus desfiles espontáneos por las calles, en los que varias convenciones cotidianas dejaban de valer durante unas horas. “Robaron comercio usando máscaras de Halloween”, informó El País. A mí me parece que no es poca cosa tirar abajo la desconfianza cotidiana, aunque sea por un rato.