–¿Cuál es la disputa en torno a las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) en Chile? -El sistema chileno es extremo: no tiene un sistema público de seguridad social, sólo tiene AFP para todo el mundo. Hay un presupuesto público de seguridad social que es mínimo en comparación con lo que en promedio gastan los países de la OCDE [Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos]. De ese presupuesto, un tercio se utiliza para pagar los costos de la transición de un sistema a otro; otro para el sistema de pensiones de las Fuerzas Armadas -que son las únicas que todavía tienen un sistema público de seguridad social-; y el último va a un pilar asistencialista del sistema, que es para quienes no pudieron obtener una pensión. Ese gasto del Estado es pequeño, pero es el mayor gasto en pensiones que se hace en Chile, porque las AFP trabajan con los ahorros. Desde antes de 2006 el diagnóstico es que en el futuro cercano la gente no va a tener ahorros suficientes para pagar sus pensiones.

–¿Por qué?

-La contribución es baja, es 10% de los salarios, y además los trabajadores tienen salarios bajos y empleos que no necesariamente se mantienen en el tiempo, entonces la densidad de cotización es muy baja. El sistema de ahorro individual funciona para todos en los libros, pero en la realidad sólo sirve para un sector minoritario de la población que tiene un trabajo estable de altos ingresos y que sabe administrar sus ahorros en un sistema financiero que es complejo. El sistema no cumple con los principios de la seguridad social: 80% de las pensiones hoy son menores al salario mínimo [que es de 400 dólares]. El año pasado hubo un tremendo movimiento social a partir del conocimiento de los montos de las pensiones de las Fuerzas Armadas, que son mucho, mucho más altas que las del resto de la población. Lo que está pasando en Chile es que hay una conciencia mayor de eso; creo que todos estamos viéndolo, no sólo la clase media.

–¿La sociedad considera necesario un sistema público de seguridad social?

-En Chile cuesta mucho hacer reformas. El sistema político se ha alejado mucho de la ciudadanía, y las normas constitucionales [como la que establece el sistema de las AFP] son muy difíciles de cambiar. Entonces se produce como una especie de encierro, estamos medio paralizados, la elite económica no comprende que hay una demanda política de un sistema de seguridad social distinto. El escenario es muy complicado. Recién ahora el gobierno anunció que creará una contribución de 5% por parte del empleador: 3% lo va a destinar a cuentas de ahorro individual pero administradas por una institución pública y 2% a un sistema de seguridad social con ahorro colectivo y reparto [que es el que funciona en Uruguay, por ejemplo]. Eso fue todo lo que se logró. Así y todo, las AFP están reclamando que no se les haya dado a ellas ese 5% para gestionarlo.

–¿Qué pasó entre el comienzo del gobierno de la presidenta Michelle Bachelet, cuando se prometían varias reformas que generarían transformaciones, y ahora, cuando esas reformas se han reducido a su mínima expresión?

-Es muy complejo. Por un lado, creo que en Nueva Mayoría ahora hay dos almas, los “socialdemócratas en la medida de lo posible” y los “neoliberales con rostro humano”, que están en constante pugna. Al principio el gobierno tomó las demandas de los movimientos sociales, como la gratuidad de la educación, y se veía un discurso más socialdemócrata, pero sin la convicción de todo el bloque. El primer año fue muy difícil empujar las reformas, porque dentro de la coalición había voces que las torpedeaban todo el tiempo y había una derecha que estaba muy desesperada por este ánimo reformista, pese a que las reformas no eran tan revolucionarias. Se generó un discurso de que las reformas eran malas porque producían incertidumbre, que detiene la inversión y el crecimiento. De hecho, se estancó el crecimiento económico, producto de la situación internacional y de la realidad interna. Además, empezaron a aparecer un montón de problemas de financiamiento de la política, además de casos de corrupción. Ese fue el colapso total para el gobierno. Hasta ahí el gobierno tenía la posibilidad de administrar el capital político para impulsar las reformas, pero estos casos terminaron por hundir al gobierno. Después de eso se perdió el rumbo, completamente, y llegaron de nuevo los neoliberales con rostro humano.

–Desde el gobierno no se capitalizó ese reclamo ciudadano para ponerlo sobre la mesa a la hora de negociar con la derecha.

-Exactamente. Eso pasa ahora con la reforma de las pensiones: hay un millón de personas en la calle y desde el gobierno no se apropian de eso. Se complican, conversan mucho más con la gente de las AFP que con los trabajadores, entonces se pierden. Y dentro de la coalición hay demasiadas diferencias; las coaliciones siempre tienen una amplitud, pero una cosa son las diferencias en la gradualidad con la que se quiere hacer las cosas y otra cosa son las diferencias en las direcciones que se quiere adoptar. En Nueva Mayoría hay direcciones contrapuestas, entonces no se avanza. En esa línea, creo que lo del Frente Amplio también va a servir; espero que en algún momento se sumen grupos de Nueva Mayoría que sí quieren avanzar con reformas.

–Y en el Frente Amplio, con partidos tan diversos ideológicamente, ¿no existe el riesgo de que le pase lo mismo que a Nueva Mayoría?

-Siempre está ese riesgo, pero creo que hay menos diferencias que dentro de Nueva Mayoría y que está la idea de que realmente podemos representar las preferencias ciudadanas, de que no sólo se hace política mediante la institucionalidad política, sino también con la gente. Hay un tremendo trabajo para hacer en Chile con el pueblo, porque el sistema neoliberal creó una cultura muy neoliberal también, entonces las personas tomamos decisiones maximizando el interés propio, no hay ningún espacio de cuidado colectivo. Por ejemplo, fue dramático en la reforma de la educación secundaria: cuando todos los colegios financiados por el Estado se convirtieron en gratuitos, desapareció el pago de la matrícula y se prohibió a los colegios seleccionar por razones socioeconómicas a los alumnos, los padres hicieron tremendas protestas ante el Congreso diciendo: “Si lo hacemos gratuito, cualquiera va a llegar a estos colegios”.

–¿Cuál es la perspectiva para concretar las reformas necesarias en Chile?

-Hay por lo menos tres elementos: la elite económica, el sistema político y los movimientos sociales. La elite económica debería llegar a un grado de conciencia de la necesidad de tener una sociedad más igualitaria en Chile. Tenemos una gran desigualdad en todos los sentidos, en lo económico pero también en lo ciudadano y en lo cultural, y eso hace a la sociedad ingobernable. A la elite le gusta vivir en un país tranquilo, pero mantener estos grados de desigualdad hace impracticables la democracia y la paz social. La manera en que efectivamente se den cuenta es que el país realmente se vuelva ingobernable, que haya millones de personas en las calles todo el tiempo, que es un poco lo que está pasando: hay muchas más protestas que antes. El sistema político necesita ser reformado, más de lo que lo fue en este período de gobierno, hay que hacerlo avanzar para que sea cada vez más representativo. Las fuerzas nuevas tienen un montón de responsabilidad en tratar de hacer que la ciudadanía recupere la confianza en el sistema, porque la gente no está votando, no quiere saber nada con la política. La gente sí está más politizada en estos últimos años, pero eso no se transforma en un voto ni en una participación en la política, sino en una participación en lo no formal, en organizaciones sociales, que se han duplicado en los últimos años. Creo que la gente se está dando cuenta de que la manera de lograr las cosas es actuar colectivamente, también ahí hay una cosa de la propia sociedad que se está transformando, está creciendo, tiene nuevas generaciones que están más despiertas. Esperemos que logremos encauzar un poco esto, porque no hay otro camino.