Salimos, una hora después de lo planeado, a las diez de la mañana de un soleado martes de otoño. Hacía un tiempo que teníamos pendiente un viaje a la ciudad del Chuy, pero recién ese martes no pude encontrar una excusa para seguir retrasándolo. Para quienes vivimos en los alrededores de La Pedrera, el Chuy está lo suficientemente cerca y lo suficientemente lejos como para ser una tentación y un inconveniente al mismo tiempo. Por suerte, ir o no ir al Chuy es mucho más que un tema de kilómetros. El Chuy es como una perla hedionda que deseás, pero sólo de lejos. Siempre me sorprendió lo rápido que se esfuman los éteres freeshoperos y lo corta que es la felicidad del ticholo. En el viaje de ida los ánimos son altos: una hora y media de auto durante la cual manda la arrogancia del bagayero. Pero religiosamente, esa viveza criolla a futuro se empieza a transformar en vergüenza cuando, al segundo o tercer freeshop, te recordás que el Chuy es lo que parece y no lo que habías imaginado. Es entonces que los bríos bandeirantes se vuelven ansiedad y me prometo que ni por todos los productos exóticos del mundo estaría dispuesto a volver. (Siempre vuelvo. Primero, porque soy un apasionado de esse obscuro objeto do desejo que es el Chuy; y segundo, por esos shawarmas marrones y palestinos que en este país choriceramente blanco y europeo son casi un milagro).

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En lo que va de 2017 estuve 11 veces (22 shawarmas). Todavía estaba a la espera de que la realidad del Chuy (marcada a fuego por el último fracaso en conseguir pantalones jogging con puño) diera paso, nuevamente, a la idea del Chuy (donde cualquier jogging es posible). Pero este no era un viaje típico. No necesitaba pasta de dientes, papel higiénico, leche de coco, café, ticholos o nafta. Así que no importaba que la dialéctica chuyense estuviera todavía incompleta. El objetivo del viaje era tramitar una residencia para mi amigo el Suizo. El dato se lo había pasado yo. En una de mis visitas anteriores había escuchado que en la aduana se podía tramitar residencias para extranjeros, ofreciendo el triple atractivo de no tener que viajar hasta Montevideo, de aprovechar para hacer alguna comprita, pero, sobre todo, de esquivar el corazón gris-pórtland de la burocracia montevideana, tramitando en la periferia, más localmente, más “en familia.”

Viajábamos tres: el Suizo, Antonioni (que había decidido venir aunque fuese sólo para sestear en el asiento trasero) y yo, que iba manejando. A eso de las once y media divisamos los molinos de viento ofensivamente gigantes que avisan la proximidad de Brasil (con noche despejada, las luces rojas que estos emiten se ven desde Punta del Diablo, como anunciando una invasión de ovnis brasileños). Si uno viene de Montevideo, la aduana está a mano izquierda, unas cuadras antes de llegar a la Avenida Internacional (la calle de los freeshops). Que el estacionamiento estuviera casi vacío me pareció una bueña señal: quizá el trámite sí iba a ser tan suave y aceitado como esperaba el Suizo. Quizá hasta me equivocaba al pensar que los trámites en familia pueden ser tan tediosos como los trámites con el Estado (una idea que ya me era cercana, como ciudadano militantemente incapaz y oveja negra de la familia, pero que había intentado evitar en el alba de este viaje, por algo así como una vaga sensación de responsabilidad como uruguayo. Es que cómo iba a decirle al Suizo de la Suiza de Europa, que viajaba con una sonrisa de oreja a oreja por las ganas que tenía de volverse oriental, que si nos tocaba el gordo equivocado estábamos tan en el horno como si tuviéramos 40 números adelante a las cuatro de la tarde de un viernes en el Banco de Previsión Social).

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Resolvimos el desconcierto inicial parándonos detrás de una pareja de brasileños que eran atendidos por dos funcionarios: uno al mate, el otro a la computadora. Desde la seguridad del que está en fila pude estudiar la situación un poco mejor. A 20 metros, en una esquina alejadísima, una estufa a leña emanaba calor a la nada. Entre nosotros y la estufa, el vacío funerario de las ventanillas de devolución del IVA para turistas fuera de temporada. La ventanilla próxima siguiente a la fila que componíamos los brasileños, el Suizo y yo (Antonioni, recostada en el pasto cerca de mi auto, disfrutaba del sol) estaba cerrada, sin nadie detrás, pero con una computadora prendida y un mate con pinta de recién cebado. Habrán pasado diez minutos hasta que apareció otro funcionario cruzando las oficinas, tupper y cocacola en mano.

–¿Jefe, dónde se hace el trámite de residencia? –le pregunté.

Me señaló la ventanilla del mate frío y siguió de largo, apurado como si el guiso recalentado que llevaba en el tupper le quemara las manos a través del plástico. Deshicimos la fila y nos pusimos a charlar en la ventanilla correcta. Terminado el trámite con los brasileños, los dos funcionarios habían quedado hablando de fútbol y mirando videos en sus iPhones. 20 minutos, el mate ya definitivamente congelado, y ni señal de la persona encargada de residencias.

–¿Y estos que esperan? –le dijo el funcionario que cebaba al que estaba al mando de la computadora. Como la ventanilla seguía abierta, ni ellos ni nosotros pudimos hacernos los desentendidos.

–Un trámite de residencia –respondí yo.

–Ah, seh… Ventanilla de al lado. Nosotros no tenemos nada que ver –me dijo el cebador, que era también el más joven de ellos.

(Hasta ese momento la espera había sido tomada con liviandad. Una ventana próxima a la estufa nos ofrecía la lejana imagen de la bella Antonioni iluminada por los rayos de sol que caían sobre su pelo atigrado. Concentrarme en ella me había distraído de aquellos pensamientos de oveja negra. Fue entonces, de improviso, que tuvimos que aceptar que ya estábamos, o que siempre estuvimos, en ese juego en el que uno siente cada vez menos empatía por la persona detrás de la ventanilla y cada vez más ganas de expresar esos sentimientos, pero sabiendo que cualquier palabra puede ser usada en su contra de mil maneras que uno nunca podrá contradecir, porque así es la magia del poder burocrático).

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El Suizo se metió de lleno en su iPhone, y yo, que tengo un Nokia tipo 1100, me leí como 18 veces el colorinche folleto de la interminable campaña contra el Aedes aegypti (no puedo recordar casi nada de lo que decía; como siempre, no sé si la culpa es mía o del Estado).

A los 20 minutos pasa lo siguiente: el funcionario más veterano, receptor del recordado “¿Y estos qué esperan?”, se levanta de su silla y dando dos pasos aparece detrás de la ventanilla de residencias.

–¿Qué necesitan? –nos pregunta.

Teníamos dos opciones: descreíamos de la magia burocrática y le preguntábamos si se pensaba que éramos idiotas, o aceptábamos lo sobrenatural y reconocíamos que el hechizo del gordo para transformarse en el de residencias había sido sorprendente.

–Un trámite de residencia para él –respondí, señalando al Suizo e indicando que elegíamos la segunda opción.

El mago tomó el pasaporte, se puso los lentes y empezó a tipear, primero una tecla con el dedo índice de la mano izquierda, luego otra con el índice de la derecha, y así sucesivamente y bien despacito.

–Tomen asiento, porque esto puede demorarse –sentenció.

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Los únicos asientos de la aduana son dos sillitas de plástico, en forma de U, que están fuera de la oficina y al lado de la calle (no queda claro si son para los que esperan o los que hacen esperar). Verlas me hizo pensar en el CASMU de 8 de Octubre. Como odio los hospitales y ya no había mucho que hacer por el trámite de mi amigo, que ahora estaba librado a la magia que discurría detrás de esa ventanilla, le dije al Suizo que me iba al sol con Antonioni y que cualquier cosa me avisara. Ya era pasado el mediodía, y aunque no nos dijimos nada, yo me di cuenta de que a lo difícil que es creer en la magia se le empezaban a sumar, cada vez más fuertes, las ganas de comer shawarma. Para no pensar en la gloriosa acidez del yogur con ajo mezclándose con jugos cárnicos en mi boca, me puse a observar de lejos qué y quién pasaba por la aduana del Chuy un martes de otoño al mediodía.

1) Dos hombres llegaron en dos grandes motos y estacionaron a pocos metros del lugar donde Antonioni y yo disfrutábamos del sol. Cuando sus teñidas pelambres quedaron al descubierto, uno de ellos me miró y me dijo: “Harley Davidson”. El tipo estaba todo chacinado en cueros que decían “Harley Davidson,” de las botas a la campera. Por no saber bien qué decir, le respondí: “Sí, Harley Davidson”, y me quedé pensando en las cosas más creativas que podría haber dicho. Al rato salieron, quejumbrosos, y uno de ellos me dijo que en Brasil los uruguayos pasan sin tener que hacer nada y que acá ellos tenían que hacer “todo esto”, y me mostró una boletita. Pensé en darle a entender que si fuera por mí se podía meter su Cisplatina por alguna rendija de ese pantalón abigarrado. Pero en ese momento, decir algo así se sentía como tomar bando por el gordo mago que se interponía entre mi shawarma y yo. Contrariado como patriota, me quedé callado.

2) Un camión viejo pasó por el carril del medio, casi sin parar, con una montaña de restos de palmera en la chata maciza y antigua que llevaba detrás. A los 20 minutos pasó de nuevo, con una palmera entera. Me quedé pensando en las economías imposibles detrás de la importación de restos de palmera de Brasil.

3) Dos gordos enormes se bajaron de un Ford Falcon herrumbrado y dignísimo. Abrieron la valija, a pedido de los agentes aduaneros. Sólo alcancé a escuchar el final: “Hágase un favor, señor: cuando vuelva al Chuy pase con la nafta en el tanque”.

4) Dos camiones llenos de cajas indescifrables pasaron por el carril del medio, con menos inspección que el diminuto auto chino de una señora mayor con pinta de montevideana.

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A eso de las dos de la tarde aparece el Suizo, sin noticias. Me pide que vaya a poner un poco de presencia. Sin muchas ganas, dejo atrás el pequeño paraíso que habíamos creado con Antonioni al costado de los baños públicos.

El Suizo estaba preocupado porque el mago le había dicho que a las tres de la tarde terminaba su turno y que ni pensar de quedarse un minuto más, porque nadie le iba a pagar. Si el trámite no estaba listo para esa hora, íbamos a tener que volver al día siguiente. Aunque entendía la gravedad del asunto, mi preocupación estaba dominada por el vacío con forma de shawarma que se expandía en mi estómago. Si el trámite tardaba hasta las tres, corríamos peligro de quedarnos sin shawarma. Como solución a mi problema, camino a las oficinas decidimos ir en busca de shawarmas aunque el trámite no estuviera listo. Si nos apurábamos, podíamos comerlos en el banquito del medio de la calle de los freeshops y llegar pasadas las dos y media. Le comuniqué nuestro plan al mago, que lo aprobó con cara de preocupación y nos recordó que a las tres se iba.

Dos y cuarenta. Después de dos shawarmas y medio litro de guaraná, estábamos de vuelta.

–Está listo el trámite. Falta imprimirlo y está –nos dijo el mago.

No miento cuando digo que el Suizo vaticinó lo que iba a pasar.

–Este boludo la va a romper –me dijo cuando vio cómo trataba a la impresora.

Dos minutos después, tres funcionarios inspeccionaban una impresora de la que no salía nada. El mago sacudía la cabeza hacia los costados y nos comunicaba que la situación no lucía bien.

–Muchachos, no funciona la impresora.

(Soplidos y otros sonidos de desesperanza salieron de nuestras bocas).

–Igual, ¿para qué se quieren venir de Suiza a Uruguay? ¿Para sufrir? –vociferó el del mate desde la ventanilla de al lado.

(En otra de las frases para el olvido que compuse ese día le respondí que era “un tema de perspectivas”).

–No, en serio, ¿para qué se vienen de Suiza? ¿No ven que acá no funciona nada? Fíjense lo que le pasó a la impresora... Y bueno, ¿qué querés?, con estos comunistas que nos gobiernan –dijo el mago, resoplando para abajo como quien se ventila la panza.

(Nos miramos desconcertados).

–¿Sabés que Uruguay era la Suiza de América? –disparó el mago, mirando al Suizo por arriba de los lentes.

–Ah, sí. ¿Y ahora qué es? –le preguntó el Suizo.

–¡África!

Después de una serie de hechizos fallidos del aquelarre aduanero, un golpe seco a mano abierta del mago logró resucitar a la impresora. Antes de emprender la vuelta, compramos chocolate y una botella de whisky para celebrar el trámite exitoso. El jogging quedó para la próxima.

Una versión previa de esta nota fue publicada en Razones y personas.