Un saxofón salpica notas. Guiños de violín, gestos cálidos de una flauta traversa, un piano que chapotea el fondo mientras la trompeta, siempre con esa cosa como sucia, sabe y toca lo que otros no pueden. Una niña se tira por el pasto al grito de “milanesa”. Juega aunque la madre le advierta que ya va a ver, guacha de porquería. Nadie lo nota porque hay más de mil personas. Cuando pasamos caminando alguien grita: “González”. Nadie responde. Es viernes pero puede ser lunes, martes, domingo. La gente se sienta en el pasto. Varios respaldos de sillas complican la visión de los de atrás. Será libre pero no es para tanto. Atrás del escenario hay un arbusto bien verde con vivos rojos. El río inundó la costa. Adelante hay una banda de músicos. Al costado, un cartel gigante que dice que desde el 12 hasta el 20 es Jazz a la calle. Fue. O sigue, porque Mercedes es un lugar donde todo pasa.

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Dicen que la música trasciende fronteras. Por el escenario mayor pasaron formaciones de Brasil, Chile, México, Ecuador y Argentina, de Estados Unidos y de las nuestras, porque en Uruguay se cultiva el jazz y mire de qué manera. Esto que nació en el litoral y por voluntad propia de gente a la que llamaron descocada lleva 12 años así, como en puntitas de pie, casi sin hacer ruido, de la misma manera que se buscan nuevas utopías en la era del ruido. El Jazz a la calle habrá sido difícil pero sucede. Es como la lluvia con sol.

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La doña limpia el zaguán. Barre como la vieja guardia: desde la puerta y para la calle. Que se arregle otro. El vecino la saluda como todos los días. El bolichero apronta el pizarrón. Adentro, el escabio. Una gurisa escribe con lápiz el papel. Enfrente descansa un murallón. Era viejo y gris. Lo conozco bien. O será que conozco bien la dejadez. Ahora tiene en su pared del olvido una pareja de negros a punto de besarse. También tiene color que lo acompañe a ver la mañana. Dicen que hubo un montón de gente que pintó muchos murales. Luz en la ciudad. El flaco que acomoda la batería no sabe nada del que trajo el bajo ni del de la guitarra, tampoco de la muchacha con acordeón, ni del bigotón de la casa de enfrente que chupa el mate como si fuera el primero. El sol tiende a descansar. Los toques callejeros son los dueños del desconocimiento. El sonido es rústico pero con amor. Es como construir un camioncito de madera.

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Fue una semana rara. El escenario de la Manzana 20 perdió sus posibilidades por la inundación. La rambla de Mercedes padeció la creciente. La Plaza del Encuentro nunca tuvo un mejor nombre para recibir a los genios del barrio. Cada vez que un músico tuvo la palabra dijo que lo que pasa es mágico, que será difícil irse del lugar, que la rutina será mucho peor al volver a casa y que cuiden el Jazz a la calle.

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La emoción está afuera; el pensamiento, adentro. Las cosas complejas las resuelve el corazón. Hay que leerlo bien: la concepción de esto es la matriz. No la cosa fácil ni el “me gusta”, no la pose con perfil de izquierda o de derecha, sino lo otro. La contrafarsa. En esta red social llamada Jazz a la calle no vale la inmediatez, importa el contenido. Quienes forjaron esto, cuando apenas la idea era un frágil pichón, soñaban con una universidad de la música en Mercedes. 2019 será el año en el que egrese la primera generación de la carrera Tecnólogo en Jazz y Música Creativa. Eso es lo que vale. Creelo. No hay nada más eterno que luchar por el conocimiento.

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