Veo Grace and Frankie en Netflix. Me la recomendó una amiga en la que confío, así que paso por alto el exceso de lugares comunes que son evidentes desde la primera escena y me concentro en que es una comedia sobre la amistad entre mujeres y sobre envejecer, tal como ella me explicó. Y es verdad, claro. A medida que avanza la historia, el asunto de la amistad y de la entrada en la vejez se vuelve más importante, y al cabo de dos o tres capítulos ya estoy enganchada porque conozco a los personajes y porque, debo admitirlo, me encantan las locaciones en la playa. Para los que no saben de qué hablo, Grace (Jane Fonda) y Frankie (Lily Tomlin), ambas de 70 años, se ven obligadas a vivir en la misma casa luego de que, inesperadamente, sus esposos les confiesan que durante 20 años han mantenido un romance entre ellos y que resolvieron que quieren pasar juntos el último tramo de sus vidas. Abandonadas a su suerte a las puertas de la ancianidad, las dos mujeres, que no pueden ser más incompatibles, terminan instaladas en la casa de la playa que ambos matrimonios habían comprado años atrás y que usaban por turnos.

Por supuesto, la gracia de una comedia siempre radica en exagerar los rasgos principales de los protagonistas hasta el punto de la caricatura, pero no demoraremos en advertir que no todo es igual de estereotípico para los guionistas de Hollywood. Grace y Robert (Martin Sheen) son personas normales para el estándar estadounidense: ella fue una exitosa mujer de negocios, él es abogado especializado en divorcios. Tienen dos hijas ya adultas y solían tener una vida social activa que se desplegaba entre almuerzos y cenas con otros matrimonios, fiestas, reuniones del club de campo y encuentros de beneficencia. Frankie y Sol (Sam Waterston), en cambio, son típicamente exóticos: ella da clases de arte a ex convictos y graba videos motivacionales en los que enseña a tomar té de peyote y hacer viajes místicos, mientras que él, aunque también es abogado de divorcios, comparte con ella el entusiasmo por las culturas originarias, las especies en extinción y el canto de garganta mongol. Tienen dos hijos, pero son adoptados, de distintas razas y con nombres decididamente no convencionales: Coyote y Nwabudike. Hasta ahí las diferencias que harán posible vivir momentos que se pretenden tan hilarantes como los de Jack Lemmon y Walter Matthau en La extraña pareja (Gene Saks, 1968). El problema se presenta cuando los personajes “de izquierda” o “progresistas” del equipo, Frankie y Sol, dejan de ser simplemente personas con posiciones políticas radicalizadas y se muestran como seres infantiles y arrebatados, de una fragilidad psíquica exasperante y un narcisismo cercano a la ceguera afectiva, siempre bajo la premisa de estar expresando sentimientos y dando rienda suelta a su sensibilidad a flor de piel. Tan irritantes llegan a ser con sus confesiones extemporáneas, sus temores, sus berrinches y su incapacidad práctica para la vida que los egoístas y reprimidos integrantes de la ex pareja conservadora aparecen como el colmo del sentido común y la prudencia, y hasta yo termino deseando que por favor, la insufrible de Frankie se tranquilice y termine por aceptar que sí, que es necesario tener un arma en casa por si algún malviviente decide entrar a robarse la computadora.

Descanso de Netflix leyendo a Joan Didion. El río en la noche (1963) es, posiblemente, una de las más bellas novelas jamás escritas sobre la vida de un matrimonio en los años 50. Pienso que, en el fondo, el matrimonio (o el divorcio, que es apenas una de sus derivas posibles) es el gran tema de la ficción estadounidense, porque es el escenario en el que un hombre y una mujer muestran, a fin de cuentas, si están a la altura de lo que se espera de ellos. Richard Yates, Philip Roth, Raymond Carver, Joyce Carol Oates, Lucia Berlin, Richard Ford (por nombrar solamente narradores, y solamente a unos pocos) ponen a sus hombres y mujeres a emborracharse mientras todo el fracaso de sus vidas se expresa en la incapacidad para ser felices dentro del matrimonio y, sobre todo, en la incapacidad para situar esa insatisfacción en un lenguaje que trascienda la mera circunstancia.

Lily McClellan (de soltera Lily Knight) y su esposo, Everett, llevan casi 20 años de casados. Crecieron juntos en los campos junto al río Sacramento, y desde la adolescencia supieron que casarse entre ellos era lo único razonable. Con el tiempo tuvieron dos hijos, se quisieron pacífica o furiosamente, se engañaron mutuamente, se perdonaron, se abandonaron y se recuperaron, y ninguno de los dos podría decir con certeza que alguna vez fueron felices, aunque es verdad que no siempre estuvieron mal. Por cierto, el hecho de que casi siempre estén tristes, de que beban constantemente y se entreguen al trabajo o a los amoríos como quien purga un humor espeso no alcanza para decir que se hacen preguntas sobre la vida.

En el fondo, su tristeza metafísica radica precisamente en que todas las angustias se les presentan como problemas prácticos. Se mueven por la escena tratando de resolver con comportamientos, con acciones, asuntos como la soledad, la incertidumbre o el azoramiento de una vida que no ofrece nada más que hechos, rutinas, ciclos y compromisos que cumplir.

Alternar entre Netflix y Joan Didion –lo mismo podría ser entre Los Simpson y Raymond Carver– es maravillarse por la transparencia de la incapacidad simbólica de la cultura americana. Y aceptar que esa insuficiencia, justamente, es la que transforma en símbolos puros a todos sus objetos culturales.

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