Es un buen año para las murgas. Me propongo repasar el espectáculo de algunas, sin entrar en disquisiciones acerca de los lugares que finalmente ocuparán en el concurso.

Arranco con tres apuntes sueltos. Primero, los trajes y el maquillaje de las murgas se parecen mucho: colores saturados, pelucas y caras con blancos muy brillosos. Segundo, cierro los ojos y veo murgas-humoristas, con coreos perfectas (para ser murgas), mucho diálogo entre los miembros de una pareja de graciosos que hacen los chistes que los textos no tienen. Me gusta más cuando esos chistes son parte del texto cantado. ¿Acaso da menos trabajo, porque no hay que pensar en la métrica? ¿O se valora como algo bueno tener un loco divertido que rompa el verso o la cuarteta con una salida zafada? Tercero, tiene razón la derecha ridícula del país: son todas de izquierda. Si vienen cinco años embromados, tendremos cientos de murguistas en la primera línea de defensa de las conquistas sociales, decenas y decenas de caras pintadas de colores dispuestas a hacer la revolución.

La Gran Muñeca

La Gran Muñeca es una murga que canta bárbaro. Por suerte, no abundan en su espectáculo esos solos estridentes y largos que nos regalan a veces los sobreprimos “de las murgas que cantan bien”. Nunca entendí qué tienen de lindo, ni si lo que se aprecia positivamente es el volumen al que cantan o la cantidad de aire que almacenan los pulmones del solista.

En La Gran Muñeca todo pasa por el eje, Pablo Aguirrezábal, que hace más o menos lo mismo que en La Mojigata de antes pero con mucho menos riesgo. Advertí en la presentación una especie de contestación, quizá involuntaria, a La Mojigata y su intención de irse del carnaval (aunque esto último no está confirmado). “Estando adentro, además, sabemos que lo importante es vivir el carnaval disfrutando a cada instante”, dice La Gran Muñeca. Puede ser, pero hay otras cosas importantes.

Incluyen un cuplé sobre la basura y dónde ponerla, una reflexión sobre las relaciones con nuestros hijos y padres, y algo llamado “Pueblos originarios”, donde la murga se pregunta acerca de la razón por la que la gente ha decidido volver a votar a quienes los llevaron a la miseria. Advierten que “no daremos un paso atrás”.

Curtidores de Hongos

El domingo vi a los Curtidores de Hongos atrás de una señora que no paraba de gritar: “¡Esto es una murgaaaaa!”. Toda una definición, porque al menos a mí me pareció un texto sin ninguna innovación, llenito de críticas a la coalición multicolor pero en un formato viejo, ochentoso y directo. Es un estilo muy tradicional ese de reírse de una versión ridícula de los malos. Es súper carnavalero. Al final tenía razón la doña. Tienen un coro polenta. Demasiado incluso, al menos para el horrible sonido del Teatro de Verano.

Cayó la Cabra

Es una murga que me gusta, pero no sé qué quisieron hacer este año. La presentación es hipertradicional (“el amor al barrio entero, con su cariño alegre, volvió”). Luego aparece el hilo conductor (¡vive y lucha!), que es el recuerdo de The Big Show, un falso y mítico espectáculo que funcionó mal y al que van a recordar. En ese marco la murga se ríe (esto está bien) de “los artistas de la familia” que viven de arriba y encima dan lecciones de compromiso vital. Hay un cuelgue extraño en un momento en que entra una murga de esquimales, en el que se aprovecha para cantar el popurrí y “bajar la calentura”. Allí se habla del miedo a la suba del dólar (de paso, ¿la ministra Azucena [Arbeleche] no va a hablar nunca? Porque de esto del dólar habló el ministro de Ganadería, que es exportador y tiene cierto interés en que suba el dólar), de la cobertura desmedida y benévola que dieron los medios de comunicación a la campaña de Luis Lacalle Pou, y llaman, como otras murgas, a cuidar los derechos.

Un Título Viejo y Queso Magro

Un Título Viejo. Qué linda. Es el ejemplo de los dos locos graciosos que llevan el hilo del espectáculo. Son Fabricio Esperanza y Maxi Tuala, que están bien. Es una murga divertida, inteligente y que canta muy bien. Sale Julio Pérez, al que hay que ver siempre porque es la voz de la murga y al que aprovechan para hacerle un homenaje por su retiro y levantar aplausos. Tranqui, es joda; Julio no se va. Se meten en temas políticos como todas las murgas este año, pero ellos lo hacen a partir del humor, de ofrecer una mirada a nosotros mismos, evitando el discurso llano y directo.

Tablado Plaza 1º de Mayo. Foto: Mariana Greif
Tablado Plaza 1º de Mayo. Foto: Mariana Greif

Me cagué de risa con Queso Magro, como siempre. Ojalá les vaya bien y entren en la liguilla de una buena vez. Tienen un popurrí de datos que... ah. Y un homenaje al Pitufo Lombardo que... uy. Y un montón de chistes buenísimos sobre Lacalle Pou. Incluyendo ese de que está duro. Pero esto es carnaval, señora, así que no se queje tanto. ¿Y qué tiene que ver que lo esté leyendo en la diaria? Perdón. Bien, Queso Magro. Hay que verla.

Nos Obligan A Salir y Metele que son Pasteles

También vi a Nos Obligan a Salir. Tremendo coro al que hay que escuchar, porque uno empieza a intuir que hay cantores y hay timbres o emisiones de la voz, muy típicas del género, que por ahí están desapareciendo y es una lástima.

Para Metele que son Pasteles, vamos a vivir los próximos cinco años en una sitcom (con risas grabadas y todo), una “serie de los 90 que en 2020 regresó”. Nuevamente seremos espectadores de la vida de los famosos y burgueses, que como siempre harán caridad para mostrarse magnánimos y sensibles desde sus barrios arios. Una metáfora interesante de la vuelta de todo aquello que no queremos.

En particular, la murga tiene una puesta en escena de los futuros Consejos de Salarios, en los que el gobierno representa, como un calco, los intereses de los empresarios. La murga está muy bien escrita, pero reina un tono de ironía y de amargura. Al escuchar a los Pasteles uno siente una vocecita que le dice: “Te dije, gil de goma, que no votaras eso”.

Con poco humor la murga te muestra cómo, de un día para el otro, los vecinos empezaron a hablar del miedo a la inseguridad, de sacar a los milicos a la calle, de que los inmigrantes nos roban el trabajo, incluso de que en Venezuela hay una dictadura (de eso se habla desde hace más tiempo, creo). Y viene esa referencia que tanto escandalizó a Nacho y que es bastante explícita: “Vendrán tiempos de mierda, habrá que juntar a toda la izquierda”. Y bueno, habrá.

Agarrate Catalina

Agarrate Catalina es una murga que siempre da el 100%. La presentación y la despedida de este año no dicen nada muy nuevo (“Catalina, un amor en cada esquina y una flor en el ojal”) y el popurrí es sobre las cosas que te generan amor y odio a la vez. Es allí donde despejan alguna duda: “Odio que a mi candidato en el acto final se le lengüe la traba”.

Como Queso Magro, tienen una referencia a lo duro que está Lacalle Pou, con música de Jorge Lazaroff, aunque en este caso dura bastante más que lo que dura un chiste. Hay un minicuplé sobre Guido Manini Ríos y otro en el que se hace un paralelismo entre los contenidos de las telenovelas y la política. De alguna forma, entran en una discusión tradicional de la ciencia política, ya que nos hace ver a los ciudadanos como meros consumidores, usualmente engañados por las mentiras de los políticos de turno, tal como la protagonista de la comedia por parte de su galán.

Espero que no se tomen a mal estas críticas, teniendo en cuenta que destinan una parte del espectáculo a defenestrar a sus críticos, a los que acusan de vivir pendientes de ellos, de no tener vida propia, de no haber sido capaces de soñar con algo mejor (es mucho, ¿no?). Incluso entienden que hay una parte importante del público que ya no los quiere porque desde hace un tiempo no son “Under cool”. Cuidado, quizás efectivamente haya una parte del público a la que no le guste lo que hacen y punto. Dicen, riéndose de estos críticos: “El tiempo que gastás, las horas que te cuestan”. Y, al final de cuentas, la Catalina es la que destina a esta discusión unos 11 minutos, es decir 25% del espectáculo.

La Mojigata

Al espectáculo 2020 de La Mojigata le cuesta fluir o le cuesta arrancar, pero una vez que lo hace te pisa, te lleva y te trae, te hace reír y llorar, y te cansa. Incluso cansa a los murguistas. De los lugares en los que las murgas se paran para hablar de política, el de La Mojigata es el más cuestionador (qué pesados que son). Le pegan a la derecha (ay, Nachito, sí... vos perdoná), pero también a nosotros. Nos recuerdan que no deberíamos sorprendernos de que el interior no vote como vota Montevideo, cuando en realidad lo ignoramos todo el tiempo. Y de que, tras tantos y tantos años, descubramos recién ahora que “perdimos la batalla cultural”.

Me viene a la cabeza esa despedida que decía: “No hay mate sin un cebador, no hay tele sin espectador”, que ya tiene como 15 años. La murga tiene la mejor bajada de este año (disculpen las demás): “Murga, vos sabés cuánto te quiero. / Murga, te estoy buscando un lugar. / Murga, la murga no tiene dueño. / Murga, sos lo más grande que hay”. Pintada de guerra como siempre, se baja la murga y siembra de dudas a su gente, que, aunque no lo diga, se pone nerviosa.