En 1990 José Carbajal, El Sabalero, entraba nuevamente a un estudio de grabación en Uruguay, después de casi dos décadas, con el desafío de sumar nuevas páginas a un repertorio repleto de éxitos. El resultado fue un trabajo tan personal que aún hoy gran parte del público desconoce que esos temas pertenecen a un músico y poeta argentino de nombre extraño: Entre putas y ladrones es una parada fundamental en la carrera del Sabalero y la principal puerta de entrada a la obra de Higinio Mena, un autor casi desconocido que resiste el olvido gracias a esas pequeñas obras costumbristas de tres acordes. Años después, el oriundo de Villa Pancha confesaba: “Con Higinio hablábamos mucho sobre lo que nos iba a sobrevivir a los dos, y eso era las canciones”.

En abril, el sello Bizarro retomó la remasterización y publicación en plataformas digitales de una serie de discos clásicos, que pertenecen al extenso catálogo de Orfeo. El primer lanzamiento de esta cruzada digital fue Entre putas y ladrones, un álbum que está cumpliendo 30 años de su edición original en formato vinilo. Dos razones suficientes para repasar un trabajo rupturista que lentamente va adquiriendo chapa de disco de culto.

El Sabalero debutó en el mundo del larga duración en 1969, con el exitoso Canto popular, y a la vuelta de su exilio, en 1984, su producción llegaba a una decena de títulos, entre discos inéditos, recopilaciones y ediciones foráneas. Su retorno estuvo marcado por el espectáculo realizado en el estadio Luis Franzini, de cuya grabación surgió el disco doble Angelitos (1984-1985). Este trabajo, que incluye la gran mayoría de sus éxitos, funcionó como una nueva carta de presentación, ya que desde 1974 no editaba en el Río de la Plata. Durante esa década de peregrinaje moldeó un estilo muy personal que descansaba, entre otras virtudes, en esa manera de decir más que de cantar, que se acompasaba muy bien con su voz cuarentona y bolichera, diferente de aquella con la que registró “Chiquillada” por primera vez.

Angelitos es un documento imponente por el momento histórico, el fervor del público y el desempeño de un cantor que disfruta y domina la escena. Muchas de aquellas versiones se volvieron definitivas, incluso superando en apropiación colectiva a las originales: cómo disociar “La flota” a la introducción que Carbajal hace dando noticias de los exiliados que regresan. Además, fue el menú con el que el autor de “A mi gente” volvió a recorrer el país y la región, ávida de reencuentros y fiestas populares luego de la apertura democrática. Con esta antesala, casi un lustro después, cuando los calores de aquella primavera ochentera empezaban a menguar, encaró un proyecto discográfico: el primer disco de estudio en Uruguay en casi dos décadas y el primero, aunque no el último, dedicado en su totalidad a obras ajenas.

El loco Argüelles

El Sabalero conoció al argentino Néstor Julio El Loco Argüelles en 1970, en la casa de un conocido en común, cuando comenzaba su carrera del otro lado del Plata. Además de poeta y cantor, este compadre anarquista nacido en la localidad de Ranchos (Buenos Aires) era militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores, sabía de lucha armada y clandestinidad, y había sufrido la muerte de su novia en manos de la represión, antes de escapar a Europa. En España adoptó el nombre que lo acompañaría el resto de su vida, Higinio Mena, inspirado en el Adolfo Mena González que Ernesto Che Guevara usó en sus incursiones guerrilleras. En el periplo europeo, conoció y colaboró con varios uruguayos. El Choncho Jorge Lazaroff interpretó y cocreó algunos de sus temas, como el reconocido “Albañil”. Héctor Numa Moraes lo acompañó en su único disco, Para esto hemos nacido (1982), en el que, salvo por una letra de su autoría, musicaliza a poetas admirados. Sin embargo, fue con su colega lacazino con quien mantuvo un vínculo de hermandad que duró hasta la muerte del bonaerense en 1998, con quien compartía mucho más que frondosos bigotes.

El Sabalero admiraba al artista ranchero. En el disco Volveremos, de 1975, ya había versionado dos de sus composiciones: “Blues de los pequeños deshollinadores” y “Al compañero Luis”. “Me gusta mucho la obra de Higinio, especialmente por dos razones: porque me hubiera encantado haber escrito esas canciones y porque éramos muy amigos”, declaraba años después al diario argentino La Nación. Por otro lado, para fines de los 80, estaba en la búsqueda de un nuevo repertorio. Al decir del sonidista Daniel Blanco, que lo acompañó durante 25 años, “se le hacía muy difícil competir consigo mismo, crear algo mejor de lo que ya había creado. Era muy grande esa mochila, y empezó a elegir otros caminos”. El tecladista Fernando Goicochea, que se incorporó a la banda en esa época, considera que, en esos temas, Carbajal encontró el vehículo propicio para decir lo que pensaba en aquel momento.

Así fue que, luego de mucho insistir, logró que el autor le grabara las canciones en un casete, justo antes de regresar a Montevideo, en una de sus idas y vueltas a Europa. Todo estaba registrado con el apuro de quien está pasando algo a último momento, con cortes y vueltas a empezar, muy lejos de lo que podría ser un demo profesional. Con la fórmula de la alquimia en aquella cinta, el músico de pantalón cortito desembarcó en la capital uruguaya, y en la habitación de una casa amiga de Punta Gorda, con todo el estuario a la vista, montó el laboratorio en el que se empezó a macerar Entre putas y ladrones.

Bernardo Aguerre en guitarra, Gabriel Casacuberta en bajo, Eduardo Elissalde en batería, José Bazán en percusiones y Luis Cardozo y Fernando Goicochea en teclados fueron los encargados de adaptar el contenido del casete al formato banda. Junto al cantor, modificaron ciertos fraseos que funcionaban cuando alguien los interpretaba sólo con una guitarra, pero que al incorporar otros instrumentos necesitaban una métrica precisa. Según recuerda Goicochea, “José tenía una idea clara. Lo más importante era lo que quería decir. No importaba el rumbo que adoptara la canción. Está todo al servicio de la palabra y del cuento”.

El disco se grabó en el estudio IFU durante las noches, cuando la bulliciosa Tristán Narvaja quedaba en calma. Allí, Carbajal no escatimó tiempo en encontrar el punto máximo de expresión. Escuchaba el tema, lo cantaba una vez, lo escuchaba de vuelta, corregía alguna frase; no había horario. Aquellas canciones despojadas que cruzaron el Atlántico se convirtieron en pequeñas historias orquestadas, con climas y tiempos, explosiones sonoras y silencios, momentos de oscuridad y otros luminosos, y con la voz pagana del Sabalero dándole a cada palabra el color preciso.

Entre P y L

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“El primer elemento que creo que está bueno es que fue todo un tema el nombre del disco. José estuvo un tiempo dando vueltas. Lo recuerdo pensando el nombre, comentándolo. Recuerdo que por momentos más de uno decía ‘uy, le va a poner Entre putas y ladrones’, y le puso nomás”. Así rememora Fernando Goicochea el bautismo del disco que más de un locutor llamaba por pudor Entre P y L. Según el pianista, “toda la temática del disco era hablar de cosas que todo el mundo sabía pero nadie decía; de esas cosas que se hablaban de la puerta para adentro. Y en una sociedad que salía de la dictadura, había una mentalidad que permanecía”. Si con el título no era suficiente, en la carátula del longplay se destacaba una colorida pintura de una mujer desnuda, obra de Jorge El Vasco Errandonea, artista y amigo del cantor. El título y el sintético Sabalero descansan sobre un fondo negro que cobra sentido con el rojo de la contratapa. Para entender la osadía de esta portada vale apuntar que a tres décadas de su publicación, Andrés Sanabria, director de Bizarro Records, manejó la posibilidad de que las plataformas no aceptaran este diseño. En definitiva, ese estuche y ese nombre son apenas la puerta de entrada a ese pequeño universo marginal que conforman los ocho surcos del álbum.

“Mientras se hacía el disco, había una mezcla del “Bailongo de Alcasotro”. Hice tantas mezclas de ese tema que no sé, abrías la canilla y salía El Perico Alcasotro. Agarrabas una cinta de cualquier cosa y aparecían los teclados del Burro [Fernando Goicochea]. Debe de ser el tema que más veces mezclé en mi vida”. El recuerdo de Daniel Blanco grafica el grado de obsesión que llevó armar esta obra y sobre todo la canción que sirve de entrada a este mundo onírico. A poco de empezar con un órgano denso como una maleza, la voz de Carbajal nos viene a guiar y nos lleva disco adentro. “Bailongo de Alcasotro” tiene el pulso de la milonga en su génesis, como se aprecia en la versión de Los que Iban Cantando, y sin embargo acá, como en casi todo el disco, sobresalen los teclados y los géneros se degeneran. El protagonista, un solitario contrabandista anarco, tan tierno como arruinado, sirve de calibre para comprender al resto de los personajes que irán apareciendo canción tras canción. Y los versos, “¡Carajo no hay más ley que la de abajo! / Sólo la ley del pobre al pobre abriga”, resumen el fundamento político de la obra.

El polémico título del álbum comienza a tomar sentido en “Blues de los pequeños deshollinadores”, un poema del argentino Raúl González Tuñón que describe el pasaje a la vida adulta de una serie de personajes de la infancia: “¿Te acuerdas de María Celeste? / Pues hoy María Celeste es una prostituta” y “¿Te acuerdas de Juan el Broncero? / Pues Juan el Broncero es hoy un ladrón”. Los recuerdos, ese terreno en el que Carbajal se movió como pez en el agua, se transforman en presente, pierden lo idílico, se vuelven carne. De cierto modo, todo el álbum da cuenta de esa transformación; como argumenta Goicochea, se pasa de “esos temas de José, de una infancia más pequeña”, a las canciones de Mena, que “te hablan de un jovencito que está entrando al mundo, donde los sentidos sexuales están sumamente sensibles. Y además tiene un vocabulario que es mucho más punzante que el de José. Va directo al grano, no se anda con vueltas”.

“La perrera” es, tal vez, el tema más sabaleriano del disco. Sobre un valsecito criollo se narran aventuras y travesuras de una niñez provinciana. La postal costumbrista se quiebra hacia el final cuando aparece la institución que le da nombre. “Y este cuento que así nomás te cuento / acaso no tendría ningún triste final / si no fuera que viene la perrera y adiós los perros sueltos, lastimosa verdad / Por eso, no hagas caso del hueso / y la red que en la otra mano trae un rostro cordial / Si el que chifla es un ñato de uniforme / aunque sea un hueso enorme, no lo toqués: ¡rajá!”.

El lado A cierra con “La Mama Juana”, una milonga campera que relata los pormenores de un antro prostibulario y la falsa decencia pueblerina, que se convirtió en el hit del trabajo y se incorporó con naturalidad al repertorio habitual del músico coloniense. A diferencia del resto del disco, en el que los instrumentos ajenos a la banda son recreados por los teclados, el acordeón que suena aquí es el de Hugo Fattoruso. Daniel Blanco recuerda: “Creo que hicieron dos tomas enteras del tema y quedó una de ellas. Era así: ellos dos, pico a pico, José tocando la guitarra y Hugo con el acordeón. Hugo conoció el tema ahí. Lo ensayaron en el estudio”.

Al igual que la apertura del disco, el lado B comienza con una orquestación que es como un follaje, nudoso y entrelazado, al que hay que penetrar para entrar a la historia. Una vez en ese oscuro bosque, aparece el pulso ternario del vals “El rengo Zamora”; otro personaje estrafalario al que, como acota el percusionista sanducero Guillermo Maidana, le calza muy bien este ritmo, ya que los rengos caminan de forma sincopada. A continuación, “El circo Solimán”, la historia “del hombre que venía de otro mundo, / mendigo ambulante, / corazón de artista”. En esta balada es la única vez que El Sabalero adopta una voz suave, como compasiva, dirigida a este loco armoniquero.

“Labo lekayke” es un poema del entrerriano Luis Gudiño Krámer musicalizado por Mena. Se destaca por el uso de la lengua de los indígenas mocovíes, quienes tenían asentamientos en las actuales provincias de Chaco, Santa Fe y Santiago del Estero. El poeta convivió con este pueblo en la localidad de San Javier, que en su origen fue la antigua reducción jesuítica; en ellos se inspiró para hacer este canto del pobre contra el rico, acompañado por una música de influencias mateísticas.

Al final, otra canción que podría haber sido escrita por el ejecutante. “En la palmera” es una especie de chamarra abaionada en la que el protagonista narra recuerdos infantiles con picardía. El centro del cuento es el tío Santiago y su prodigiosa capacidad para la ingesta alcohólica; sin embargo, también se destaca la tía Zenobia, el primer personaje femenino con voz y por fuera de los ambientes pecaminosas del resto del disco. En el cierre, Carbajal demuestra toda su capacidad interpretativa; según Goicochea, “parece un doblador de la Metro Goldwyn Mayer, por momentos hace de la tía rezongando al tipo y enseguida aparece el cura. Es increíble la cantidad de palabras que dice, con una velocidad increíble y con una gran intención. En ese sentido, José era una maravilla, un fórmula uno”.

El juez, las viejas y el cura

Más allá de cierta pacatería mediática con respecto al nombre, el disco funcionó muy bien entre el público sabaleriano que, de alguna manera, también se sintió identificado con el nuevo repertorio; es que estas historias bien podrían desarrollarse en Juan Lacaze: allí están los baldíos, el río, los perros y la flora recurrente en El Sabalero, pero un poco más brutal y saturado, como si lo viéramos por el lente de Tim Burton. En 1992, el álbum fue reeditado en el formato disco compacto, como parte de la serie Súper Doble, de Orfeo, compartiendo bytes con “El viejo”, un relato que el músico ya había publicado en el vinilo La muerte (1984) y que volvió a grabar para esta ocasión.

Además de la interpretación, la virtud fue haber magnificado todos los ingredientes que ya estaba presentes en aquel casete: la intención política, ética y estética del autor, la mirada adolescente y libertaria, el paisaje grotesco y marginal. Para Goicochea, lo que ocurrió es que el Sabalero “metió el cuchillo a fondo” y estas versiones “se volvieron un mundo comparadas con las originales”. El músico asegura que Mena estaba contento y agradecido con su colega por este regalo que llegó a escuchar en vivo, en Uruguay.

Entre putas y ladrones es una obra perfecta. Se entiende por qué Carbajal dejó afuera otras maravillosas canciones del músico argentino incluidas años después en La viuda (2006, también dedicado a Mena); los ocho temas funcionan como episodios de una puesta global, y junto a los antihéroes retratados (Alcasotro, el Rengo Zamora, Solimán) abundan los personajes arquetípicos que entran y salen de la trama: allí están el cura, los milicos, los doctores y también los conflictos, los amores, el poder, las miserias. Todo embebido en cierta teatralidad documental, funcionando dentro de los códigos y los límites del escenario: como si se tratara de un ecosistema dentro de una botella, sobrevive al pasaje del tiempo y hace que el cuento siga funcionando 30 años después.