Cuando nos hablan de dinosaurios es difícil no pensar en el popular Tyrannosaurus rex, que vivió a finales del Cretácico hace entre unos 68 y 66 millones de años y fue testigo de la caída del meteorito que acabó tanto con su especie como con el resto de los dinosaurios (exceptuando a las aves). Sin embargo, un trabajo recientemente publicado en la revista Journal of South American Earth Sciences por los paleontólogos del Instituto de Ciencias Geológicas de la Facultad de Ciencias Matías Soto, Pablo Toriño y Daniel Perea demuestra que en nuestro país, hace unos 150 millones de años, ya correteaba un dinosaurio tan enorme y temible como el manijeado Tyrannosaurus.

A partir del estudio de un puñado de dientes encontrados en el departamento de Tacuarembó, que fueron analizados y comparados con otros cientos de dientes de dinosaurios carnívoros del mundo, los investigadores demostraron que esta enorme bestia que pisó estas tierras se trata de un Torvosaurus, un dinosaurio de la familia de los megalosaurios que podía llegar a medir más de tres metros de alto y cerca de 12 metros desde la nariz a la punta de la cola.

¿Cómo a partir de dientes que aparecen en sedimento es posible determinar un género de dinosaurio que causó terror hace una centena y media de millones de años? ¿Cómo es posible que desde la Facultad de Ciencias, en Malvín Norte, se pueda afirmar que dientes encontrados años atrás en la lejana Tanzania no eran del animal que se pensaba, sino también de Torvosaurus? La respuesta es sencilla: con ciencia de calidad.

Un dinosaurio carnívoro para temer

Daniel Perea y Matías Soto.

Daniel Perea y Matías Soto.

Foto: Federico Gutiérrez

Los Torvosaurus eran animales carnívoros y serían, hasta donde indica el registro fósil actual, los depredadores tope de la región, es decir, los cazadores que no tenían por encima ningún otro animal que los depredara. Estos dinosaurios eran terópodos, es decir que caminaban sobre sus dos patas traseras, y podían alcanzar a medir 12 metros de largo, por lo que de haber coexistido con los más modernos Tyrannosaurus rex no hubieran quedado opacados. De hecho su nombre, si bien no tan fácilmente comprensible como lo de lagarto tirano –eso es lo que significa Tyrannosaurus–, es también indicativo de lo terrorífico que hubiera sido encontrarse con uno hambriento: Torvosaurus significa “lagarto salvaje”.

Cuando nos recibe en la Facultad de Ciencias Matías Soto, el primer autor del artículo científico publicado, abre el paraguas: “El Torvosaurus de Uruguay no habría sido tan grande como un Tyrannosaurus rex, sino que tendría un tamaño cercano a los ocho metros de largo”, dice, y si bien el depredador de Tacuarembó seguramente no era el alumno más alto de la clase, ciertamente su especie no debe ser subestimada. “En Portugal, Estados Unidos y Tanzania han aparecido restos de Torvosaurus que habrían medido 12 metros, por lo que prácticamente medían lo mismo que los Tyrannosaurus”, agrega Soto con satisfacción.

Comparación entre humano, Torvosaurus (celeste) y Tyrannosarus (negro)

Comparación entre humano, Torvosaurus (celeste) y Tyrannosarus (negro)

Pero si bien nuestro gigantesco dinosaurio carnívoro del Jurásico Tardío no llega por escasos cuatro metros a medir lo mismo que el famoso carnívoro estadounidense, Soto agrega un dato que no habría sido pasado por alto por el resto de los animales que compartieron territorio con él: “Si yo fuera una presa le tendría más miedo al Torvosaurus, porque tenía brazos más grandes y con tres dedos, y no los dos brazos cortos con dos dedos que tenía el Tyrannosaurus. En la mordida sí era más fuerte el Tyrannosaurus, porque tenía un cráneo más robusto y unos dientes más anchos y no tan comprimidos”. Daniel Perea, paleontólogo supervisor del proyecto, complementa: “Pese a que una mordida de ambos sería igual de fatal, con la mordida del Torvosaurus uno moriría desangrado, mientras que con la del Tyrannosaurus serías inmediatamente triturado”.

De todas formas –y vale la pena recordarlo, dada la abundante ficción que podría hacer pensar lo contrario–, los humanos y los dinosaurios no compartieron jamás sus días en este planeta. Los reptiles gigantes se extinguieron hace unos 66 millones de años, dejando como únicos representantes vivos a las aves, mientras que los primeros humanos aparecieron recién hace unas pocas centenas de miles de años. Sin humanos para aterrorizar, los Torvosaurus tenían que contentarse con otros dinosaurios: “Nosotros proponemos que se habrían alimentado de los saurópodos, dinosaurios de cuello largo de los que en Tacuarembó hay huellas en Cuchilla del Ombú y que eran coetáneos”, dice Soto. “Esas huellas son, por ahora, la única evidencia de fauna herbívora terrestre que tenemos de esa época”, amplía Perea, quien no pierde la esperanza de encontrar dientes y huesos de las presas, que debieron ser mucho más abundantes que sus depredadores y de las que hasta ahora en Uruguay sólo han aparecido huesos del Cretácico, período inmediatamente posterior al Jurásico al que pertenece el Torvosaurus de Tacuarembó.

Llamen al ratón Pérez

Diente de torvosaurio tal como fue hallado en la cantera de Tacuarembó

Diente de torvosaurio tal como fue hallado en la cantera de Tacuarembó

Poder afirmar que los Torvosaurus se paseaban por lo que hoy es esta región de Sudamérica hace 150 millones de años implicó un riguroso y extenso análisis. El trabajo del equipo de paleontólogos es más fascinante aun cuando se es consciente de que no encontraron un esqueleto completo o ni siquiera un cráneo, sino apenas un puñado de dientes. Para colmo, algunos de esos dientes estaban tan deteriorados que para el análisis sólo pudieron utilizar tres, dentro del que se destaca la pieza 2.971 de la Colección de Paleontología de Vertebrados de la Facultad de Ciencias, el diente más completo encontrado en la cantera que se ubica en pleno Barrio Obrero de la capital departamental.

2.971 apareció hace unos cuantos años, suficientes como para que Soto y Perea, a pesar de la fascinación que sienten por él –y que vuelve a iluminarles el rostro cuando me lo muestran en el piso 13 de la facultad–, no recuerden bien si fue en 2015 o 2016. En aquel entonces varios paleontólogos se encontraban en la cantera recolectando material. Quien tenía en sus manos el soplador de hojas de jardinería, que emplean para remover el regolito, es decir la parte expuesta del sedimento, que por la acción meteorológica es la que se degrada del perfil fosilífero expuesto, era Aldo Manzuetti. Ni bien se soplaron los granos de sedimento suelto, allí apareció, completamente vertical, algo raro en paleontología, ya que la gravedad, cual padres protectores, se empecina en acostar todas las cosas. La alegría fue instantánea: su tamaño era llamativo, pues era mucho más grande que todos los otros dientes de dinosaurios que habían aparecido allí.

“Los primeros dientes de este estilo aparecieron en 2010”, cuenta Soto un poco incómodo, dado que mientras él realizaba su tesis de maestría sobre dientes de dinosaurio aún no habían encontrado dientes gigantes. “Fue entregar la tesis y comenzaron a aparecer en la cantera, o encontramos en el Museo de Geociencias de Tacuarembó los que recolectó Jorge da Silva en el mismo lugar años atrás”. Soto me muestra dientes que habían aparecido en otras localidades, o incluso allí mismo. No tienen más de dos o tres centímetros. Por su parte, 2.971 mide casi ocho y presenta características inconfundibles: hasta para alguien que no tenga idea del tema queda claro que se trata del diente de un animal gigantesco. Su forma, que recuerda a un puñal, también hace que uno piense inmediatamente en un animal carnívoro. “Desde 1999 se han encontrado más de 100 dientes de dinosaurios terópodos en Tacuarembó, pero sólo cerca de diez son de dinosaurios grandes”, dice Perea.

“Además de ser como un puñal, el diente tiene un borde aserrado que ves a simple vista. Uno empieza a chequear en la literatura y no hay tantos dientes que presenten bordes aserrados tan gruesos”, comenta Soto, confirmando que desde el primer instante supieron que estaban ante un gran dinosaurio carnívoro.

La ciencia que lleva de un diente a un género

Si bien con sólo ver el diente podían sacar todas esas conclusiones, determinar a qué gran dinosaurio carnívoro pertenecía era una tarea más difícil. Tras llevar el material al laboratorio y procesarlo, llegó la etapa del trabajo minucioso. Se realizaron análisis morfológicos, que incluyeron lupa binocular, microscopía de electrones y hasta escaneo 3D (en la versión web de esta nota pueden ver un video del rendereado del diente). Soto, Toriño y Perea midieron distintas características de los dientes (por ejemplo, el ancho y altura de la corona) y establecieron relaciones entre esas medidas (como la proporción consistente en dividir la altura de la corona entre el ancho de su base).

“La morfología es lo primero. Allí nuestro trabajo nos permitió determinar que estábamos ante un megalosaurio”, cuenta Soto. “Primero descartamos animales cuyos dientes no tuvieran nada que ver con este, como los de los Tyrannosaurus, y otros que no tuvieran dentículos tan grandes u otras características”, explica Soto. Con el camino más despejado y varios carnívoros terópodos descartados, compararon sus fósiles –minuciosamente medidos y con proporciones determinadas– con los que están catalogadas en una base de datos de dientes de grandes dinosaurios terópodos publicada por Christophe Hendrickx, paleontólogo que fue uno de los revisores del artículo científico de nuestros investigadores. Realizaron cuatro tipos de análisis: de componentes, discriminante y dos de clúster (llamados UPGMA y Neighbor joining). A partir de otra base de datos de dientes de grandes terópodos se realizó otra ronda de cuatro análisis. Finalmente, se hizo un análisis filogenético con una matriz “de 145 caracteres y 99 taxones”, es decir, con una base alimentada por 145 datos sobre distintas partes y proporciones de dientes y huesos relacionados de 99 especies de dinosaurios.

Para hacer algo complejo sencillo, todos estos análisis trabajan con números y modelos para determinar a qué dientes de grandes dinosaurios carnívoros se parecen más los dientes encontrados en la Cantera de Tacuarembó. También incluyeron en estos análisis dientes encontrados en la Formación Tendaguru, en Tanzania, que presentaban características similares a los encontrados en Uruguay, pero que habían sido asignados a la especie Megalosaurus ingens.

“El análisis de los dientes nos mostró que los dientes de la Formación Tacuarembó pertenecen a la familia de los megalosáuridos, y dentro de ellos al género Torvosaurus, que es el único género que tiene dentículos tan gruesos como este”, resume Soto algo que en el artículo implica media docena de páginas. El análisis detallado y con varias técnicas les da robustez a sus afirmaciones, algo necesario si tenemos en cuenta que nunca antes se habían reportado fósiles de megalosaurios para el Jurásico de Sudamérica. “Lo que sí estaban reportados eran megalosauroideos, bichos más basales y más antiguos del Jurásico Medio, como el Condorraptor currumili o el Piatnitzkysaurus floresi en Argentina”, dice Soto.

Sacándole jugo a un ladrillo

Matías Soto junto a diente de torvosaurio en la cantera de Tacuarembó

Matías Soto junto a diente de torvosaurio en la cantera de Tacuarembó

“Determinar el género de un dinosaurio sólo a partir de los dientes no es algo tan común”, reconoce Matías Soto sin ocultar su satisfacción con el trabajo realizado por el equipo. Su colega Daniel Perea aclara: “Eso es más común con los mamíferos, que tienen los dientes más especializados de acuerdo a su dieta, pero con los reptiles no es tan frecuente”.

Les cuento que otro paleontólogo, Andrés Rinderknecht, me descolocó al decirme que muchas veces encontrar el cuerpo completo de un animal fosilizado puede ser una maldición, ya que en ocasiones sacarlo del sedimento implica trabajo de años o décadas. Bromeo con ellos que mientras otros paleontólogos pasan años desenterrando fósiles de dinosaurios, ellos determinaron el género con unos cuantos dientes y mucho trabajo de laboratorio.

“Los paleontólogos argentinos dos por tres nos dicen que nosotros le sacamos jugo hasta a un ladrillo”, dice Soto tentado, y de cierta manera lo admite: “Lo que pasa es que nosotros tenemos que trabajar con lo que encontramos”. Perea también ríe: “En general los uruguayos hacemos eso con todo”, dice, y explica que en Uruguay es muy raro encontrar fósiles de vertebrados con el esqueleto completo. “Y en dinosaurios es mucho más raro, de hecho sólo tenemos los dientes y huellas de Tacuarembó, y luego vértebras y algún hueso más, coprolitos y huevos del Cretácico”.

“Recuerdo que en un congreso me tocó hablar luego de unos colegas argentinos que encontraron seis esqueletos completos de dinosaurios de cuello largo que les posibilitaron describir con lujo de detalles a la especie más grande del mundo, el Patagotitan mayorum”, hace memoria Soto. “Yo venía después a presentar un trabajo sobre unos pedazos de huesos fosilizados”, agrega casi largando una carcajada incómoda. “Los organizadores del congreso tendrían que haber puesto las charlas en orden inverso; me dio cosa venir a hablar de fragmentos luego de que ellos habían encontrado seis esqueletos completos”.

Pero más allá de las bromas, hay huesos que hablan más que otros, por ejemplo los dientes y los cráneos. “Si me dejás elegir qué encontrar prefiero, en caso de que no aparezca un cuerpo entero, un hueso del cráneo”, dice Soto, que se conformaría con cualquiera.

Consecuencias transoceánicas: Uruguay se resfría, los dinosaurios de Tanzania estornudan

El trabajo no sólo estableció que los megalosaurios –en particular los Torvosaurus– vivieron en Sudamérica en el Jurásico Tardío, sino que además determinó que dientes reportados en Tanzania para otra especie eran en realidad de Torvosaurus. Uno podría pensar que este enmendarles la plana a colegas que identificaron la especie en Tanzania podría ser incómodo, pero no es así. “En ciencia esto es cosa de todos los días”, dice Perea con cierta resignación. “A nosotros nos pasa lo mismo”, agrega, y explica que esto los obligó a ser mucho más minuciosos. “El hecho de que tengas que contradecir una idea previa nos obliga a elaborar una demostración más detallista”, agrega.

“Incluso nos pasa con trabajos de nosotros mismos”, dice Soto, que reconoce que cuando encontraron el fósil del cráneo de un pterosaurio pensaron que se trataba de un pez sierra, y lo citaron como tal en el resumen de un congreso. “Cuando publicamos el trabajo del pterosaurio no ocultamos nuestro error, y allí decimos que originalmente lo asignamos erradamente a un pez sierra. Así es la ciencia”, remata Soto.

Foto del artículo ''

La determinación de que los dientes encontrados en la Formación Tacuarembó de Uruguay y en la Formación Tendaguru de Tanzania tiene una consecuencia remarcable que da aun más valor al trabajo de Soto, Toriño y Perea: amplía la distribución geográfica de estos animales del Jurásico Tardío. Si bien hace 150 millones de años los continentes no se distribuían como lo hacen ahora, la aparición de restos de estos dinosaurios en escasas localidades de lo que hoy es Norteamérica, Europa y Nigeria (ver mapa) restringía su hábitat.

“El único megalosaurio que tenías en Gondwana estaba en Nigeria”, dice Soto. Gondwana era el continente en aquel entonces formado, entre otros, por lo que hoy es América del Sur y África. “Sumar los dientes de Uruguay y Tanzania aumenta mucho su distribución”, agrega. En el artículo publicado dicen que “la presencia de megalosáuridos en Sudamérica y África no es sorprendente, dada la ausencia de grandes barreras geográficas durante el Jurásico”, y a su vez por la presencia de los megalosauroideos basales del Jurásico Medio ya mencionados en Argentina y del Afrovenator abakensis en Nigeria.

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El trabajo de Soto, Toriño y Perea es un gran ejemplo de que la ciencia es una fabulosa herramienta para pintar tu aldea y, de esa manera, pintar también el mundo, aun cuando en este caso el pincel no se haya usado más que para quitarle el polvo a un diente que hace 150 millones de años esperaba para aportar su acotado testimonio a la atrapante historia de la evolución de la vida en la Tierra.

Silenciando el pasado

La cantera que está próxima a la Laguna de las Lavanderas, donde este equipo de paleontólogos encontró los dientes del Torvosaurus y otros fósiles de dinosaurios, peces increíbles, como los celacantos, así como dientes de cocodrilos y otra fauna del Jurásico, es un emprendimiento productivo emplazado en plena ciudad de Tacuarembó. Uno pensaría que un lugar que permite tantos y tan importantes hallazgos paleontológicos de interés no sólo para Uruguay sino también fuera de fronteras, como demuestra el trabajo de estos investigadores, contaría con cierta protección, al menos en la parte en la que asoma el horizonte fosilífero del Jurásico. Pero no.

“Esa cantera se venía explotando pero de forma bastante lenta, se extraía poca cantidad de material. La última vez que fuimos había tres retroexcavadoras y camiones entrando y saliendo”, cuenta Perea y a uno se le erizan los pelos de la nuca anticipando lo peor. “Debido a obras de vialidad del departamento, las máquinas de las canteras estuvieron extrayendo material y taparon todo el yacimiento”, sigue contando. Parte de los materiales extraídos de la cantera se utilizan para relleno, así que algún camino de Tacuarembó está siendo rellenado con material de los sedimentos más ricos en fósiles del Jurásico que tenemos.

“Justo en ese cantera era donde salían los fósiles más completos y las piezas más delicadas, como por ejemplo los únicos cráneos casi articulados de peces celacantos”, lamenta Soto. “Muchas de las respuestas a preguntas que nos estábamos haciendo y aun de las que todavía no nos hemos hecho estaban en ese yacimiento. ¿Cuántas tesis se podrían haber hecho, cuántos artículos, cuántos descubrimientos?”, agrega Soto con amarga impotencia.

“El único lugar que logramos proteger fue el de las huellas de dinosaurios, en la ruta 26”, agrega Perea, haciendo notar que hoy las huellas de dinosaurios de Tacuarembó son el único Monumento Histórico Nacional que es un yacimiento paleontológico. El asunto no es sencillo: a veces recurrir a la Comisión de Patrimonio contrariando los intereses de los dueños de lugares tan ricos para la ciencia puede hacer que, hasta que no termine el largo trámite, se les cierre la puerta a los investigadores. Por otro lado, tampoco se puede abusar de la buena voluntad de alguien que puede tener la necesidad económica de explotar su cantera cuando se presenta la oportunidad. Y entre medio de las dos cosas, un vacío, no sólo legal, sino también político, económico y cultural. Hoy, salvo un pequeño afloramiento, el yacimiento en el que trabajaban está tapado por dos metros de material que se colocó allí para hacer caminos para que los camiones bajen a extraer material.

Pero no todo está perdido. Los paleontólogos cuentan que los propios operarios de las retroexcavadoras, cuando veían alguna fósil, paraban y se los arrimaban. El perfil fosilífero está allí –y cabe suponer que también en zonas aledañas– y ya que la actividad de la cantera lo dejó expuesto, podría hacerse un gran proyecto, tanto municipal como departamental o nacional, para exponer mediante la acción de máquinas otra parte del mismo sedimento del Jurásico, permitiendo el trabajo de los investigadores y posicionar a Tacuarembó como la tierra de los dinosaurios. Mientras lo digo Perea y Soto no saben si aplaudir o recetarme un antipsicótico.

“Son muy pocos los depósitos continentales de fines del Jurásico en toda Sudamérica, e incluso me animaría decir en Gondwana”, afirma Soto. “Incluso en toda la cuenca del Paraná, que abarca el norte de Uruguay, el sur de Brasil, parte de Argentina, Paraguay y una parte correlacionable de Namibia, los de Tacuarembó son los únicos fósiles de cuerpos de dinosaurios que se han encontrado. En otras partes han encontrado huellas, pero no dientes ni huesos. De ahí la importancia de cada hallazgo de fósiles de peces y reptiles, porque aportan valiosos datos de un período del que no hay mucha información”, agrega.

Articulo: “A large sized megalosaurid (Theropoda, Tetanurae) from the late Jurassic of Uruguay and Tanzania”
Publicación: Journal of South American Earth Sciences 98 (2020)
Autores: Matías Soto, Pablo Toriño, Daniel Perea.