Cuando el biólogo sevillano Daniel González vino por primera vez a Uruguay a trabajar en la organización Karumbé en La Coronilla, hace más de 13 años, el plástico era sólo uno de los tantos problemas de conservación a los que se enfrentaban las tortugas marinas en nuestras aguas. Al poco tiempo de estar aquí, sin embargo, él y sus compañeros de Karumbé fueron espectadores de un cambio acelerado.
“Al comienzo notábamos que algunos ejemplares aparecían con muchísimo plástico, otros con algo y otros con nada, pero en la evolución de diez años, pasamos a ver cada vez más con este problema. Tomamos entonces una decisión grupal de empezar a estudiar el tema seriamente, porque nos dimos cuenta de que la situación estaba llegando a niveles alarmantes”, cuenta Daniel desde Arabia Saudita, país donde reside hoy y en el que sigue trabajando en la conservación de las tortugas marinas.
En aquellos primeros días, lo común era que los especialistas de la organización encontraran plásticos en las necropsias realizadas a las tortugas que aparecían varadas y que no sobrevivían; es decir, en aquellas que mostraban ya dificultades físicas. Con el tiempo notaron que este problema se volvía general: incluso las tortugas que parecían gozar de buena salud, capturadas temporalmente para ser monitoreadas, comenzaban a defecar plásticos ni bien las colocaban en los tanques de Karumbé.
Estas tortugas llenas de plástico a las que alude Daniel son las tortugas verdes (Chelonia mydas) que aparecen en gran número en la costa atlántica uruguaya en los meses más cálidos. La mayoría de ellas nacen en la isla Ascensión y en Guinea Bissau, pero llegan a las costas uruguayas para alimentarse durante su etapa juvenil.
Karumbé no trabaja sólo con esta especie, pero su abundancia en el verano le ha permitido convertirlas en protagonistas de varias investigaciones. Gracias a esta organización sabemos que 14% de las tortugas verdes analizadas en un trabajo de 2001 contenían plásticos, pero que la cifra saltó a más de 70% en un estudio que abarca de 2004 a 2013.
Impresionado por la realidad del impacto de los plásticos sobre las tortugas marinas en Uruguay, Daniel González decidió convertirla en el tema principal de su tesis de doctorado, realizada en la Universidad James Cook de Australia. Bajo la tutoría de Mark Hamann y Helene Marsh, de esa institución, junto con Brendan Godley, de la Universidad de Exeter en Reino Unido (todos ellos referentes de la investigación en tortugas marinas y conservación de los océanos), y de Juan Pablo Loyoza en Uruguay, docente del Centro Universitario Regional del Este (CURE-Udelar), quien se ha especializado en plásticos y basura marina, Daniel hizo un trabajo extenso y minucioso que muestra la brutal incidencia del plástico en las tortugas verdes de Uruguay, revela cuál es el tipo de residuo más problemático y nos obliga a repensar el futuro de estos animales en el Atlántico Suroccidental.
Parque jurásico
Al igual que las tortugas marinas que estudia, Daniel González ha ido migrando de un lado a otro del planeta, algo bastante característico entre quienes integran el “mundo tortuguero”, como él mismo aclara. Estuvo en Costa Rica, en Estados Unidos, en Uruguay, en Australia y ahora reside en Arabia Saudita, un país que está pasando por un proceso de transformación en asuntos de conservación. Afortunadamente. Hasta finales del siglo XX, por ejemplo, el pene de las tortugas verdes era usado como afrodisíaco en algunas zonas de Arabia Saudita, una costumbre que favorecía muy poco a las tortugas (y a los usuarios, probablemente).
Fue un episodio ocurrido en Costa Rica, sin embargo, el que hizo que Daniel decidiera dedicar su vida laboral y académica a estos animales. Durante una pasantía en un proyecto de conservación, encontró una noche en la playa el aparente rastro de salida de una tortuga, pero no el de regreso al mar. Tuvo una intuición, se separó de sus compañeros para explorar y siguió aquel rastro hasta meterse en la selva.
“Hay que ponerse en contexto: era una noche súper oscura, llena de estrellas, en el Caribe. A un lado estaba el mar y al otro la selva. De pronto me encuentro con un animal enorme, que me pareció del tamaño de un Fusca: una tortuga de siete quillas (Dermochelys coriacea), la más grande del mundo. Eso fue un clic: tuve la sensación de ser un viajero en el tiempo, de estar en el Jurásico con ese animal. Tengamos en cuenta que las tortugas siete quillas han evolucionado, tal como las conocemos hoy, desde hace más de 100 millones de años, o sea que yo estaba allí con un fósil vivo”, cuenta Daniel. Esa sensación de maravilla no lo abandonó más y fue la que lo llevó a estudiar las tortugas marinas en Uruguay, donde estuvo en total 12 temporadas.
Cuando comenzó a notar el nivel crítico al que había llegado el problema del plástico en las tortugas verdes de Uruguay, debatió el tema con algunos de los fundadores y referentes de Karumbé, como Alejandro Fallabrino, Andrés Estrades y Gabriela Vélez Rubio.
Plásticos encontrados en necropsis de tortuga verde.
Foto: Daniel González Paredes
“Nos preguntábamos por qué veíamos algunas tortugas tapadas de plástico, en las que literalmente todo el intestino era una masa de plástico, y otras que parecían sanas. Nos dimos cuenta de que para tener una idea general de la incidencia real del plástico no podíamos analizar sólo las tortugas que aparecían varadas, con problemas, por lo que nos planteamos hacer un diseño de muestreo que no se basara sólo en muestras oportunistas, sino que incluyera un rango amplio de tortugas” explica.
Life in plastic, is it fantastic?
Para evitar los sesgos resultantes de estudiar únicamente animales que ya experimentaban problemas, consiguieron los permisos de colecta correspondientes y comenzaron a capturar tortugas para monitorear su estado de salud y devolverlas luego al agua. De este modo, lograron complementar sus muestreos y analizar individuos provenientes de diferentes fuentes: varamientos, muertes, capturas incidentales de la pesquería, rescates y las capturas hechas por el propio equipo.
Para colectar las muestras de plástico usaron tres técnicas: necropsias (en los casos en que las tortugas morían), análisis de la materia fecal y lavajes gástricos, aunque al final descartaron los resultados de esta última porque demostró ser menos efectiva y era además intrusiva para los animales.
En total examinaron 238 tortugas verdes en busca de plástico en el período entre 2014 y 2020. Los plásticos fueron filtrados y separados para un análisis posterior.
“Ya veníamos con porcentajes muy altos del total de animales muestreados de forma oportunista –es decir, aquellos varados–, pero descubrimos que haciendo un muestreo más transversal las cifras también eran súper altas”, cuenta Daniel.
La incidencia total de plástico en tortugas verdes examinadas entre 2014 y 2020 en Uruguay fue de 76%. Si se analizan los resultados según el origen de los ejemplares, queda claro que el problema es general. Entre las tortugas que fueron examinadas mediante necropsia, encontraron plástico en el 71,8% de los ejemplares varados y en el 77,8%de los capturados incidentalmente. Entre las examinadas mediante el monitoreo de la materia fecal los números fueron similares e incluso superiores: encontraron plástico en el 86,4% de las capturadas por el equipo y en el 73% de las rescatadas.
Estas cifras, aunque preocupantes, se encuentran dentro del rango de incidencia reportado para ejemplares juveniles de tortugas verdes en la última década en el Atlántico Suroccidental (entre 70% y 93%). Cuando analizaron la cantidad de plástico encontrado, y no sólo la frecuencia con la que aparecía en las tortugas, aparecieron datos aún más preocupantes.
“Las cantidades de plástico ingerido registradas en este estudio son más altas que las encontradas en juveniles de tortugas verdes en toda la región”, indica el trabajo de Daniel. El promedio de piezas de plástico por tortuga fue 260, cifra muy superior a otros trabajos hechos en Argentina y el sur de Brasil con esta especie, y un poco por encima de investigaciones anteriores realizadas en nuestro país.
“Recuerdo haber abierto algunas tortugas y que todo el intestino fuera una masa dura de plástico, que tuvieran cerca de 1.600 piezas, que es una bestialidad para una tortuga de menos de 40 centímetros de caparazón”, recuerda Daniel.
Las conclusiones de su trabajo son muy claras respecto de este triste récord que ostenta el país. “Las aguas uruguayas representan un hotspot (punto caliente) de ingesta de plástico por parte de tortugas verdes juveniles en la región”, aclara.
Plásticos en excremento de tortuga.
Foto: Daniel González Paredes
El plástico es una de las causas de varamiento para las tortugas verdes en Uruguay y actúa como parte de un círculo vicioso. “La ingestión de cantidades sustanciales de plástico generalmente dificulta la capacidad de las tortugas para bucear, obligándolas a alimentarse exclusivamente en la superficie del mar, donde la concentración de plástico suele ser mayor. En consecuencia, estas tortugas permanecen expuestas al riesgo de ingestión, acumulando una cantidad creciente de plástico y contribuyendo a la degeneración progresiva de su salud, lo que finalmente las lleva a quedar varadas”, señala el trabajo.
En muchos casos el plástico es también una sentencia de muerte que se ejecuta con retraso. Cuando no pueden evacuarlo, las tortugas verdes terminan sufriendo un fecaloma, es decir, la muerte del intestino al taponarse. Se convierten entonces en zombis, muertas en vida durante semanas o meses.
El trabajo deja en claro los riesgos que representan las aguas uruguayas para las tortugas verdes, pero ¿de qué forma nuestro país llegó a convertirse en un foco de plástico para la fauna marina en el Atlántico Suroccidental?
Como en bolsa
“En Uruguay, desafortunadamente, en este tema se juntan el hambre y las ganas de comer para las pobres tortugas verdes”, explica Daniel.
El hambre, en esta metáfora, es la incidencia de los factores oceanográficos. “Por un lado, está la influencia del Río de la Plata, uno de los estuarios más grandes del planeta; según han mostrado estudios, vierte desechos plásticos de ciudades grandes como Buenos Aires y Montevideo, que quizás no tienen sistemas de disposición apropiados para estos residuos, que se suman a todo lo que llega obviamente de los ríos que tributan al estuario. Por otro, por el lado del frente oceánico tenemos dos grandes corrientes que son bastante importantes también para las tortugas: la corriente de Brasil, que llega desde el norte con agua cálida, y la de las Malvinas, que emite una lengua de agua fría durante el invierno. Estas masas de agua arrastran residuos también y en la convergencia se crea un vórtice que se une a todo lo que sale desde el Río de la Plata, una suerte de sumidero que funciona de forma parecida a las grandes islas de plástico del Pacífico”, dice Daniel.
Las ganas de comer, siguiendo la metáfora de Daniel, son también literales en este caso: las costumbres alimenticias de los ejemplares juveniles de tortugas verdes recién llegados a Uruguay. Tal cual mostró un trabajo previo de Gabriela Vélez Rubio, muchos de estos individuos siguen exhibiendo un comportamiento oportunista propio de etapas de desarrollo anteriores, en las que se alimentan en el océano abierto de cualquier cosa que quede flotando a su disposición. Cuando llegan a la costa uruguaya, los más jóvenes no discriminan elementos a la hora de comer y se exponen a la ingesta de plástico.
En resumen, el abundante plástico disponible debido a factores oceanográficos y la tendencia de las tortugas jóvenes a comer lo que encuentren flotando parece combinarse en una fórmula nefasta para la especie en nuestras aguas. Sin embargo, como bien muestra el trabajo de Daniel, no todos los plásticos perjudican a las tortugas verdes de igual manera.
Devolvé la bolsa
El análisis de los residuos mostró que cerca de la mitad de los plásticos hallados en las tortugas verdes son blandos, como bolsas y envoltorios de comida.
Esta presencia de plásticos laminares blandos, especialmente los de color blanco y los transparentes, es predominante en todos los subgrupos de tortugas analizados y “sugiere una preferencia por estos plásticos específicos, que podría estar influida por las similitudes de su forma y apariencia con los alimentos más comunes para las tortugas juveniles, como algas y macrozooplancton gelatinoso”, indica el trabajo.
Es este tipo de residuo el que termina taponeando los intestinos de las tortugas. “Pensábamos en principio que los más perjudiciales eran los plásticos rígidos, pero en ese caso una tortuga no va a comer nada más grande que la apertura de su boca. Sin embargo, eso no pasa con los plásticos blandos. Como son más maleables, los van engullendo de a poco y en ocasiones tragan bolsas enteras, que funcionan como una especie de red que va acumulando otras piezas”, dice Daniel.
Por lo tanto, tal como aclara el trabajo, la viabilidad futura de la subpoblación de tortugas verdes en el Atlántico Sur “podría verse comprometida debido a que la ingestión de plástico afecta considerablemente las primeras etapas juveniles de la especie en la región”. Este no es un problema que perjudique sólo a las tortugas marinas, obviamente, pero su vulnerabilidad las ha convertido en buenas embajadoras de un cambio necesario.
Héroes en medio caparazón
“Hoy en día sabemos mucho ya del efecto de los plásticos, al menos de los que son visibles a simple vista. Es claro que es un problema global y que hay que accionar más para mejorarlo”, dice Daniel.
Lo más evidente es la necesidad de tener un consumo más consciente del plástico, pero, tal cual aclara Daniel, el poder de decisión individual sólo llega hasta cierto punto. “Hay que llevar esto a otros niveles. Creo que como ciudadanos tenemos que reclamar a nuestros gobernantes unos marcos políticos y reguladores más fuertes en este tema y reivindicar políticas más sustentables. Es una locura cuando vas al supermercado y te dan una mandarina pelada y envuelta en espuma plast y plástico. Necesitamos leyes para que eso no ocurra. Necesitamos que los empresarios no quieran vendernos eso o que no se lo permitan”, agrega.
Aunque la posible explicación oceanográfica a la abundancia de plástico en Uruguay pueda dar la idea de que es un problema que escapa a nuestras manos, el trabajo de Daniel enumera algunas recomendaciones y futuros trabajos que pueden ayudar a mejorar la situación.
Por ejemplo, sugiere hacer estudios que analicen la presencia de agregaciones de plásticos en aguas uruguayas y comprueben cómo cambia a lo largo del año por la influencia de las corrientes oceánicas.
Tortuga verde afectada por plásticos en muestreo de la ONG Karumbé, La Coronilla.
Foto: Leo Lagos
Otra área a explorar, que él mismo inició con Juan Pablo Loyoza en su estadía en Uruguay, es indagar en las principales fuentes de plástico en nuestras aguas. “Tomamos varios puntos de muestreo de toda la costa, con una metodología en la que involucramos a pescadores artesanales, y vimos que algunos de los sitios con más plástico se encontraban cerca de Cabo Polonio, pese a ser una zona con menos población y aparentemente menos impacto humano. Usando esos datos de campo, la idea es poder crear un modelo que ayude a identificar el recorrido de esos plásticos. Refinar esos estudios nos puede ayudar a entender las fuentes. Entonces, si un punto clave de alimentación para las tortugas verdes es Cerro Verde, en Rocha, por ejemplo, saber de dónde vienen los plásticos que se encuentran allí puede ayudar a reducirlos de origen”, explica.
Para ayudar a construir esos modelos, en otros lados se han aplicado diversas metodologías, como la modelización de trayectorias de deriva mediante simulaciones de corrientes oceánicas o el despliegue de materiales etiquetados en ríos o sistemas de drenaje.
No son los únicos problemas que enfrentan las tortugas y otros animales en nuestras aguas, ni siquiera los únicos en los que está involucrado el plástico. También suelen quedar enredadas por las tanzas que se usan en la pesca deportiva o por las redes de enmalle.
Las tortugas marinas han sido explotadas por los seres humanos desde hace al menos 7.000 años, con especial intensidad a partir de la Era de los Descubrimientos (cuando estos animales eran tratados básicamente como despensas vivientes en los barcos). En las últimas décadas, los esfuerzos por su conservación han logrado revertir la situación en varias regiones.
Por ejemplo, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) rebajó recientemente el grado de amenaza de la subpoblación de tortugas verdes del Atlántico Suroccidental, de “amenazado” a “menor preocupación”, gracias a que se han protegido algunas zonas de anidación y han aumentado los nacimientos de la especie.
Sin embargo, estudios hechos en Uruguay, como el que amerita esta nota o los realizados por Gabriela Vélez-Rubio y colegas advierten que es necesario tener en cuenta también el peligro que representan los varamientos y el plástico.
Como el propio Daniel aclara en su trabajo, estas investigaciones podrían servir de base para una reevaluación del estatus de conservación de esta especie, que obligue a tomar medidas distintas de conservación. De lo contrario, la supervivencia de las tortugas verdes en nuestra región está en entredicho, por mucho que se las proteja en las islas lejanas en las que nacen. Después de siglos de persecución sistemática, parece que no es nuestra hambre lo que está matando a las tortugas hoy, sino nuestro estilo de vida.
Tesis: Impacts of plastic ingestion on green sea turtles (Chelonia mydas) in Uruguayan waters (Universidad James Cook, 2024).
Autor: Daniel González Paredes
Orientadores: Mark Hamann, Helene Marsh, Brendan Godley, Juan Pablo Loyoza.