1. El idioma español es maravilloso. Y el español uruguayo también: gracias a él podemos apelar para esta nota a botija para referirnos a las pequeñas y pequeños por igual. El término infante también podría funcionar, pero no suena tan afectuoso ni cercano. Ya que el estudio que reportamos aquí es una muestra de la originalidad y pertinencia de la ciencia uruguaya, apelar a un término local nos parece doblemente tentador.

2. Es sabido que la llegada de una criatura altera la vida de todas las personas que la rodean. Entre la gran maraña de cambios que un nacimiento trae aparejados, es sabido que el sueño de la madre se ve afectado (también puede serlo el de otros integrantes del núcleo familiar). Durante el primer año de vida el sueño es policíclico, es decir que presenta varios ciclos que no coinciden con los de los progenitores o quienes estén cuidando a la criatura. A eso se suman otros factores, como la necesidad de alimentarla, la novedad de una relación en la que todo está por explorarse e incluso otros tales como la cultura en la que vivimos, las convenciones sociales, las condiciones materiales donde duermen y se crían las criaturas y las madres, etcétera.

El tema está muy estudiado, sobre todo en el hemisferio norte. Aun así, poco sabemos sobre cómo el sueño materno se ve impactado a medida que la botijada crece. ¿Retornan las madres a un sueño de calidad cuando sus botijas alcanzan los 2, 3, 5, 7 o 10 años? Por loco que parezca, la pregunta no había sido objeto de investigación científica hasta que un grupo activo de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República (Udelar), que lleva tiempo estudiando el sueño materno, decidió abordarlo. ¡Qué maravilla!

Los resultados de su investigación fueron publicados recientemente en un artículo precisamente titulado “El sueño materno durante los primeros diez años de vida del botija” (el título está en inglés y usan la palabra child, que, como botija, aplica a niños y niñas por igual). Sin embargo, lo que revela no es tan maravilloso: apelando a encuestas sobre la calidad de sueño de 1.189 madres con botijas de entre 0 y 10 años, el trabajo muestra que la gran mayoría de las madres de Uruguay –¡más de 8 de cada 10!– está durmiendo mal. Y entre ellas, algunas están durmiendo extremadamente mal: 12% de las madres de bebés-botijas hasta los 2 años, 9% de las de preescolares y 10% de las de escolares obtuvieron puntuaciones que las colocan en la categoría más alta de la peor calidad de sueño.

3. El trabajo, que lleva la firma de Natalia Schwarzkopf, Mayda Rivas, Florencia Peña, Pablo Torterolo y Luciana Benedetto, de la Unidad Académica de Fisiología de la Facultad de Medicina de la Udelar, Andrea Devera, de la Unidad Académica de Neonatología del Hospital de Clínicas de la mencionada facultad, y Ana Hernández, del Área Inmunología de la Facultad de Química de la Udelar (y también de la Facultad de Ciencias y del Instituto de Higiene), no se limita a describir una realidad hasta ahora inexplorada, sino que además indaga en factores que podrían ser protectores para tener un mejor sueño y otros que predicen su deterioro. Sobre algunos se puede intervenir en lo inmediato, mientras que otros tienen que ver con cuestiones más complejas o difíciles de cambiar. Aun así, la ciencia nos vuelve a mostrar su valor: al describir un fenómeno nos ayuda a pensar cómo eso podría ser de otra manera. ¡Aplausos de pie para esta gente, por favor!

Así que más rápido de lo que un botija recién nacido nos saca una sonrisa empática, salimos al encuentro de Luciana Benedetto para conversar sobre este fascinante trabajo.

Una investigación en la que los datos mandan

Al leer esta introducción (o el artículo científico) podemos pensar que el grupo se propuso estudiar el sueño materno hasta los 10 años de sus botijas para llenar un vacío en la ciencia. Pero las cosas nunca son tan lineales ni sencillas como parecen.

“Lo primero que nos propusimos fue estudiar qué pasaba con el sueño de las madres humanas durante los primeros 18 meses o dos años luego del parto”, dice Luciana.

Lo de “humanas” no está de más, porque ella y su grupo vienen estudiando el sueño materno desde hace tiempo pero en un modelo animal, en concreto, en mamás ratas. Por ejemplo, descubrieron que en las madres ratunas la falta de sueño afectaba tanto la composición de la leche como los comportamientos maternales (acicalaban menos a sus crías, entre otras cosas). Tras años de estudiar el sueño materno en ratas, ahora se habían propuesto ver qué pasaba con las madres humanas.

“Empezar a armar la encuesta fue nuestra primera aproximación a estudiar madres humanas. Tras lanzarla, madres con nenes más grandes empezaban a contestar, porque no habíamos puesto un límite de edad, hablábamos simplemente de bebés, niños o niñas. Y entonces se nos hizo evidente que la mala calidad del sueño trascendía el posparto, que es donde la mayor parte de los trabajos se centran”, confiesa Luciana.

Eso además se apoyaba en su propia experiencia como madre. Con su hijo de 7 años, más testimonios recogidos de varias madres por fuera de la encuesta, ya tenían una pauta de que la afectación del sueño iba más allá de esos dos años en que se enfocaba casi toda la literatura científica. El asunto es que, por más que se sabía o se sospechaba, no había datos ni estudios al respecto.

“La literatura es casi infinita sobre el sueño en el posparto, es decir, hasta el año o el año y medio. Sobre el sueño materno que abarque hasta los cuatro o cinco años hay cuatro o cinco artículos, la mayoría de Europa. Con base en las respuestas que íbamos recibiendo de las encuestas, fuimos avanzando de a poquito con las edades y llegamos hasta los 10 años”, sostiene Luciana.

Lo que dice es lógico: no es que cuando sus botijas tienen 10 años las madres ya recuperan la calidad del sueño. Es más, 72% de las madres con hijos o hijas de entre 6 y 10 años reportaron no tener un sueño de calidad.

“El sueño, más allá de la biología del sueño y la estructura biológica de cada uno, es un proceso cultural, está determinado por la geografía donde uno vive y por la cultura en la que uno está. Pero la mayoría de los trabajos sobre el sueño de las madres vienen de Estados Unidos o de Europa, es decir, del primer mundo, así que lo que está reportado no necesariamente es lo sucede en nuestros países”, aclara Luciana.

Ya lo sabemos por la cronobiología: aquí tenemos horarios y particularidades del sueño distintas. Lo normal en un país anglosajón no es lo normal aquí: ellos cenan temprano en la tarde (temprano para nosotros), nosotros por lo general nunca antes de las 20.00 (muy tarde para ellos).

“Entonces, si hubiera un artículo igual al nuestro pero con datos de un país de Europa, de todas maneras es importante hacer estos estudios en nuestra región, en nuestra sociedad, para ver cómo dormimos nosotros y las madres aquí”, puntualiza Luciana. ¡Claro que sí!

¿Tenemos datos de la población general para comparar el sueño de las madres?

El trabajo se centró entonces en ver, encuesta mediante, qué calidad de sueño decían tener las madres, por lo cual sería interesante ver qué diferencias hay entre el sueño de mujeres que no son madres y el de mujeres que lo son, o respecto de los hombres que son padres y los hombres que no lo son. Y el asunto es que no tenemos trabajos que nos digan cómo es la calidad del sueño de los habitantes de Uruguay, menos aún con este índice de Pittsburgh (PSQI, por su sigla en inglés), en el que, recordemos, valores entre 0 y 5 indican buena calidad de sueño, y los de entre 6 y 21 distintos grados de mal sueño. Bueno, en realidad hay uno.

En 2023 se publicó un estudio, en el que participaron tanto Pablo Torterolo como Luciana, ambos autores también de este trabajo, en el que se reportaba, con la misma metodología, la calidad del sueño de la población uruguaya a inicios de la pandemia, en concreto, en mayo de 2020. Allí se reportó que 63% de los encuestados tenía mala calidad de sueño (6 puntos o más). Ese sería nuestro parámetro de comparación, con la salvedad de que se tomó en un contexto de pandemia.

“Lo interesante de ese trabajo es que vimos que toda la población uruguaya, en general, duerme mal. El promedio en este índice de Pittsburgh fue de 7,4. En esa escala de 0 a 5 dormís bien, de 6 en adelante es mala calidad y cuanto mayor el valor, peor dormís”, explica Luciana. “También vimos allí que los hombres dormían mejor que las mujeres”, señala. En efecto, en el trabajo reportan que el promedio de las mujeres fue 8,2 puntos, mientras que el de los hombres fue 6,4. Al inicio de la pandemia las mujeres estaban durmiendo peor que los hombres. Pero ¿serían generalizables esas mediciones pandémicas?

“Ahora mandamos a publicar un nuevo estudio sobre qué pasó con la calidad de sueño después de la pandemia. A modo de adelanto, los valores son prácticamente los mismos”, desliza Luciana. Así que sí, algo para comparar tenemos.

“Pero lo interesante, que trasciende la maternidad, es que si comparás esas puntuaciones con las de otros países, los uruguayos dormimos bastante mal. Hay países en los que el promedio de la población es de 5 o 6, mientras que acá, en ese trabajo durante la pandemia, obtuvimos un promedio de 7,4 y 7,2, respectivamente”, remarca Luciana.

Pues bien, todas las madres, con botijas de entre 0 y 10 años, en promedio puntuaron aún peor: ¡9! Así que podemos decir que el primer gran resultado de ese trabajo que hicieron con madres de botijas de entre 0 y 10 años es que nos permite afirmar que las madres duermen peor que el promedio de las mujeres de Uruguay (9 vs. 8,2 para madres y no madres en el estudio en pandemia).

El presente estudio reporta también que 85% de estas madres obtuvo una puntuación superior a 5, límite de lo que se considera una buena calidad de sueño, cuando sólo 63% de los encuestados durante el inicio de la pandemia obtuvo más de 5 puntos.

El trabajo también arroja que ese sueño no pasa de muy malo en los dos primeros años de la maternidad a mejor a medida que crece la botijada, sino que hay idas y vueltas.

Cambios con la edad

En efecto, en el trabajo reportan que “la calidad del sueño de las madres fue particularmente baja” en las madres con bebés y botijas de hasta 2 años, luego registró “una mejora significativa hacia los 3 años, empeorando de nuevo a los 4 y 5 años, para finalmente mejorar hacia los 8-10 años”.

“Vimos que las madres duermen mal durante los primeros 10 años. Duermen muy mal durante los primeros 2 años, mejoran un poco a los 3, vuelven a empeorar entre los 4 y 5 años, para recién mejorar un poquito a partir de los 8. Pero tampoco es que mejore su calidad de sueño, más bien es como que desempeora”, comenta Luciana sobre este otro gran hallazgo del trabajo.

Si vamos a las tres categorías analizadas en el trabajo, las de madres de bebés-botijas de hasta 2 años, las madres de preescolares (con botijas de 3 a 5 años) y las de escolares (con botijas de entre 6 y 10 años), vemos que las madres de escolares puntuaron en promedio 8 puntos, contra 10 de las madres de bebés-botijas.

Factores que inciden en el sueño de las madres

En el artículo señalan que analizaron “los posibles factores que pueden mejorar o empeorar la calidad del sueño materno en las diferentes etapas de los niños y niñas, incluyendo variables sociodemográficas (edad materna, nivel educativo, ocupación), características del sueño del botija y dinámica familiar nocturna”. ¿Qué vieron?

“Independientemente de la edad del niño, los despertares nocturnos de los niños eran una de las cosas que predisponían más a la mala calidad de sueño de las madres. Fue un resultado interesante porque fue muy significativo en todos los grupos”, comenta Luciana. “Y más interesante aún es que en los niños más grandes el impacto de los despertares nocturnos era mayor en las mamás. Uno pensaría que ocurriría lo contrario, pero el impacto era más fuerte a medida que crecen”.

¿Qué podría estar explicando este dato extraño? “En el primer año de vida de los niños el sueño es policíclico y luego, generalmente, alcanzan un desarrollo neurológico que les permite dormir casi toda la noche de corrido”, comienza diciendo Luciana. “Pero es allí que muchos niños empiezan, por ejemplo, con el miedo a dormir o con el miedo a dormir solos, con los terrores nocturnos. Al mismo tiempo, a medida que empiezan a ser más autónomos, se dan otras cosas, como cambiarse de cama, resistencia a ir a la cama, de manera que no todos los niños logran dormir durante toda la noche de corrido al año por todo este tipo de situaciones. Así que luego de ese sueño policíclico, tras el año, empiezan distintos cambios en el desarrollo del niño que generan que su sueño se vea alterado. Todo eso hace que muchas madres continúen con una mala calidad de sueño más allá del primer año de vida”, ensaya Luciana.

“También vimos que en el caso de las madres con los bebés y niños más chicos impactaba lo que nosotros definimos como ‘la dinámica familiar nocturna’, que incluye cosas como si alguien colabora en los despertares nocturnos o si la mamá comparte la cama con su bebé o niño”, agrega.

Luciana Benedetto.

Luciana Benedetto.

Foto: Gianni Schiaffarino

“Además vimos que en los casos de los bebés y niños más chicos, en los hogares monoparentales las madres tienden a presentar una peor calidad de sueño. Creo que eso puede estar asociado a que en los hogares monoparentales se tiende a practicar más el colecho”, dice Luciana, embalándonos con un futuro trabajo que abordará justamente eso, el colecho. Pero eso lo veremos cuando publique sus resultados.

También reportan que el nivel educativo incide en la calidad de sueño. Y ya sabemos que el nivel educativo es un indicador socioeconómico. “Sí, las madres con mayor nivel educativo tenían mejor calidad de sueño, pero eso es bien complejo de analizar. No es que como estudiaron más duermen mejor. Tal vez nos esté diciendo que capaz que no hay un lugar suficiente, un cuarto separado, no hay disponibilidad de otra cama, o es un efecto del estrés laboral, la preocupación por llegar a fin de mes... Son diversos factores los que pueden influir en esto que vemos”, contextualiza Luciana.

Un factor protector del buen sueño resultó ser que las madres hicieran ejercicio al menos media hora entre dos y tres veces por semana. Las madres que hacen ejercicio duermen un poco mejor que aquellas que no hacen. “La actividad física trascendió la edad de los niños, es decir, siempre que la madre hacía ejercicio, independientemente de la edad de su hijo, era un predisponente a una mejor calidad de sueño”, dice Luciana, y agrega que tanto eso como el efecto del nivel educativo ya han sido reportados como predictores de una mejor calidad de sueño en población general.

La importancia de dormir bien durante la maternidad

“El posparto es una ventana para un montón de trastornos emocionales, para agudizar una enfermedad precedente o para generarse una nueva. La mala calidad de sueño de la madre es un factor de riesgo para todo eso. Y eso puede afectar el vínculo que tiene esa madre con su bebé o pequeño, algo que puede terminar repercutiendo en el desarrollo emocional de ese niño. Entonces, la madre que duerme bien tiene muchas más chances de que su niño esté más sano en muchos aspectos”, comenta Luciana. “En este sentido, es importante destacar que las consecuencias de la fragmentación del sueño que experimentan las madres son similares a diversas patologías de sueño, sólo que no se considera una patología. No por ello sus consecuencias desaparecen”, agrega.

Lo que dice se ata con la investigación que acaba de publicar junto con otros colegas, que suma nueva y original evidencia a cómo el mal sueño de las madres puede afectar a las crías, en este caso al sistema inmunológico. La investigación no se realizó en madres humanas, sino en ratas, ya que sería muy poco ético privar a madres de sueño durante toda una semana para ver cómo eso impacta en el sistema inmune y el de sus crías.

El trabajo, titulado algo así como “Efectos diferenciales de la restricción del sueño posparto sobre la inmunidad materna y de la descendencia en la rata”, muestra, por primera vez para la ciencia de aquí y de todas partes, que una madre que duerme mal afecta las defensas de sus crías, en este caso concreto, al disminuir la presencia de determinadas inmunoglobulinas y aumentar la cantidad de linfocitos en sus crías tras haber tenido restricciones de sueño (un día y cinco días, respectivamente). Las ratas no son humanos, pero, dado que somos mamíferos y estamos muy emparentados, se usan justamente de modelo para estudiar cosas que, con alta probabilidad, se dan también en nosotros.

“Florencia Peña, que antes era mi estudiante, ahora como investigadora consolidada se está dedicando a estudiar la parte inmunológica dentro de esta línea de trabajo de cómo afecta la privación del sueño en distintos aspectos de la madre y de las crías”, relata Luciana.

“Sabemos que las madres duermen mal en muchas especies, pasa tanto con las ratas como en los humanos. Pero en nuestro caso eso se ve afectado además por factores sociales. Nosotras al poco tiempo de tener un hijo comenzamos a trabajar, viene el estrés laboral, preocupaciones y distintos factores que hacen que duermas peor todavía. En este trabajo la idea fue agregarle una pequeña restricción de sueño de seis horas a las ratas y ver qué le pasaba a la mamá”, cuenta.

“Vimos que un único día de restricción de sueño alteraba la composición de la leche y que cuando esa restricción de sueño se acumulaba a lo largo de los días, se reducía el comportamiento maternal. Lo interesante es que en los aspectos inmunológicos que estudiamos y reportamos en este trabajo, leucocitos y determinadas inmunoglobulinas, vimos que en la madre no estaban afectadas, pero en las crías sí. Esa afectación del sistema inmunológico de las crías a través de una privación del sueño de las madres nos pareció interesantísima, porque en estos experimentos a las crías no las tocamos”, comenta Luciana.

Esto vuelve a hacer más importante el mensaje de que tenemos que cuidar el sueño de las madres. Se afecta su salud, se afectan sus comportamientos maternales, se afecta la composición de la leche, y ahora sabemos que también se afecta el sistema inmunológico de las crías.

“Se da por hecho el decir que luego del parto la madre duerme mal, que es algo natural, parte de la biología, ya que pasa en todas las especies de mamíferos en las que eso se ha estudiado. Pero eso no quiere decir que no tenga consecuencias, tanto para ellas como para los niños”, enfatiza Luciana.

“No podemos dar por hecho que esto es así y no hacer nada. A la madre se le presta poca atención, pero lo cierto es que muchas están mal dormidas y sintiéndose mal, porque si uno duerme mal, se siente mal. Por más que naturalicemos eso, cosa que no creo que haya que hacer, si nos importa el niño, la niña o la cría, tenemos que partir de la idea de que para que los niños y niñas estén bien, la madre tiene que estar bien”, afirma con lógica irrefutable.

Las que peor duermen

Volvamos a los resultados humanos. Los promedios nos dicen cosas, pero no dejan de ser números que minimizan el impacto entre quienes están en el extremo. El promedio de las más de mil madres encuestadas en esta escala de calidad de sueño fue 9, cuando los valores para una buena calidad de sueño se ubican entre 0 y 5.

Las madres en ese rango de buena calidad de sueño son pocas: 14% entre las que tenían bebés-botijas (cerca de 1 de cada 7), 20% de las que tenían preescolares (1 madre de cada 5) y 29% de las que tenían escolares (menos de una 1 de cada 3).

Por su parte, las que presentaban peor calidad de sueño, es decir, las que puntuaron entre 14 y 21, fueron 12% entre las madres de bebés-botijas (1 de cada 12 madres), 9% entre las de preescolares (casi 1 de cada 10 madres) y 10% entre las de escolares (1 de cada 10 madres). Para todas ellas, más que de sueño, habría que hablar de una pesadilla.

Esto debería llamarnos a la acción. Es decir, si bien dormir mal durante la maternidad parece ser una regla, hay algunas madres que están durmiendo aún peor que otras. Más allá de intentar mejorar el sueño de todas, ese grupo de las que peor duermen debiera llevarnos a pensar estrategias para cambiar, cuanto antes, esa situación. Una de cada diez madres tiene un sueño ya no malo, sino pésimo. Si actuáramos en ese extremo, bajaríamos el promedio también.

“Es interesante, porque es como mirarlo de otra manera. Siempre me centré en ver que el grueso de la población puntuaba entre 6 y 14. Entre 60% y 70% de la población en cada uno de los grupos estaba ahí. Pero esos extremos como que los dejé medio de lado. Está bueno pensar qué pasa si intervenimos ahí”, dice Luciana.

“Hay muchos trabajos que tratan de ver distintas intervenciones para mejorar el sueño de la madre. De hecho, la primera autora del trabajo, Natalia Schwarzkopf, está viendo justamente cómo la incorporación del padre a la dinámica familiar nocturna logra mejorar la calidad de sueño de la madre. Ella es médica y consultora de sueño infantil, por lo que le llegan familias que ya no saben qué hacer porque están con problemas serios de sueño del niño. La idea es ver cómo mejorar la calidad de sueño de esa familia”, dice en ese sentido.

Parte del trabajo científico es mostrarnos qué está sucediendo. Sólo sabiendo dónde estamos parados podemos intervenir para cambiar las cosas.

“Sí, lo importante de este trabajo es tratar de describir esta realidad. Tenemos madres mal dormidas. La mayoría está trabajando, o están en su casa haciendo todas las tareas mal dormidas, con las consecuencias que puede tener eso en la madre, en el niño, en accidentes laborales, en accidentes en la casa, etcétera”, dice Luciana.

Y encima a esto le agregamos otra capa: la tasa de natalidad en Uruguay está bajando. Cada vez tenemos menos niños y niñas. Se ha dicho que ante ese escenario deberíamos dedicar más recursos y atención al desarrollo de cada uno de ellos. Si sabemos que las madres están durmiendo mal, que eso afecta la calidad de su leche, su comportamiento y el sistema inmunológico de sus hijos e hijas, deberíamos tomar eso en consideración para pensar una batería de herramientas sociales y de salud para atenuar el impacto.

“Sí. Una de las cosas que hablamos justamente es de las licencias maternales y paternales. Las licencias paternales son muy cortas, de no más de 20 días, cuando en realidad la crianza tiene que hacerse en equipo. La cría humana está muy poco desarrollada, necesita tantos cuidados desde los primeros meses, que realmente hace la diferencia ser dos”, dice Luciana. “Tener políticas públicas que permitan el descanso, no tener que salir a trabajar enseguida y demás sería valioso”, agrega.

Le pregunto qué le gustaría que pasara con este trabajo.

“Lo que primero queríamos hacer era caracterizar la situación, ver dónde estamos parados. Nuestra intención es, de a poco, tomar las preguntas que tenemos respondidas a nivel preclínico, en animales de laboratorio, y ver qué pasa en las madres humanas, para ir haciendo algo más traslacional”, sostiene.

“Si a alguien le interesan estos datos que arroja el estudio para hacer colaboraciones como para poder llevar esto al ámbito de las políticas públicas y de salud, sería fantástico. Nosotros somos muy bichos de laboratorio, como que nos cuesta un poco salir. Pero sin dudas, si alguien se interesa en todos estos resultados, nos encantaría ayudar desde nuestro lado”, redondea Luciana.

Claro que los datos son de profundo interés. Y en una sociedad justa y organizada, los bichos de laboratorio, como se define Luciana, son tan valiosos como las cosas que nos hacen ver. “Hasta donde sabemos, este es el primer reporte que hace foco en el sueño materno hasta los 10 años de edad del niño”, dicen en el trabajo. Primero, no sólo acá, sino en la ciencia publicada a nivel internacional. ¡Chapeau! Quien quiera hacer algo tiene en este grupo de investigadoras e investigadores gente que pierde el sueño pensando en la calidad del sueño materno.

Artículo: Maternal sleep during the first ten years of the child’s life
Publicación: Sleep Medicine (noviembre de 2025)
Autores: Natalia Schwarzkopf, Mayda Rivas, Florencia Peña, Andrea Devera, Pablo Torterolo, Ana Hernández y Luciana Benedetto.

Artículo: Differential effects of postpartum sleep restriction on maternal and offspring immunity in the rat
Publicación: Brain Behavior and Immunity (diciembre de 2025)
Autores: Florencia Peña, Claudio Rodríguez, Ana Hernández, Mayda Rivas, Anderson Saravia, Diego Serantes, Juan Pedro Castro, Pablo Torterolo, Teresa Freire y Luciana Benedetto.

Artículo: Calidad de sueño en Uruguay al inicio de la pandemia
Publicación: Anales de la Facultad de Medicina (2023)
Autores: Pablo Torterolo, Luciana Benedetto, Noelia Copiz y Santiago Peyrou.

Claves de esta investigación

  • Existe mucha literatura científica sobre cómo duermen las madres humanas durante los primeros meses después del parto, pero pocos trabajos abordan el tema más allá del año y medio o dos de las criaturas. Salvo un trabajo de Brasil, nada se ha estudiado sobre el sueño materno en América Latina.
  • El grupo de investigación se propuso estudiar la calidad del sueño de las madres de botijas de 0 a 10 años y los factores socioculturales asociados en Uruguay.
  • Recurrieron a una encuesta en línea llevada a cabo entre diciembre de 2022 y junio de 2023, en la que participaron 1.189 madres de botijas de 0 a 10 años.
  • La encuesta incluía preguntas del índice de calidad del sueño de Pittsburgh, en el que la puntuación de 0 a 5 implica un buen sueño, mientras que los valores del 6 a 21 reflejan un deterioro creciente de esa calidad.
  • El primer dato preocupante es que “la puntuación media del índice para todas las madres fue 9”, mientras que 85% obtuvo una puntuación superior a 5, límite de lo que se considera una buena calidad de sueño.
  • Las madres de niños de hasta 10 años estarían durmiendo peor que la población general, ya que otro estudio arrojó en 2020 que 63% de los encuestados estaba por encima de los 5 puntos (siendo la puntuación promedio 7).
  • La mala calidad del sueño de las madres varió de acuerdo a la edad de sus botijas: “fue particularmente baja” en las madres con botijas de hasta 2 años, luego registró “una mejora significativa hacia los 3 años, empeorando de nuevo a los 4 y 5 años, para finalmente mejorar hacia los 8-10 años”.
  • Para el análisis se dividió a las madres en tres categorías: las que tenían bebés o botijas de hasta 2 años, las que eran madres de preescolares (3 a 5 años) y las de escolares (entre 6 y 10 años).
  • Las madres que presentaban peor calidad del sueño (puntuación entre 14 y 21) fueron 12% de las de bebés-botijas, 9% de las de preescolares y 10% de las de escolares.
  • Al analizar qué factores incidían, reportan que “un mayor nivel educativo y realizar actividad física aumentaron la probabilidad de tener una buena calidad de sueño”.
  • Por su parte, “los despertares nocturnos de los botijas aumentaron consistentemente la probabilidad de que la madre tuviera una mala calidad de sueño” en todas las edades, siendo “la fuerza de esta asociación mayor en las madres de botijas mayores”.
  • En el caso de las madres con botijas pequeños, “otros aspectos” de su sueño “y la dinámica familiar social y nocturna”, como la “organización para dormir, la composición familiar y la colaboración de otro adulto durante el cuidado nocturno del botija”, también fueron factores predictores de la calidad de sueño.
  • Así, concluyen que “las alteraciones del sueño materno se extienden mucho más allá del posparto” y que, por lo tanto, “es crucial generar conciencia en el público general y en profesionales de la salud para brindar un mejor apoyo a las mujeres que experimentan afectaciones del sueño durante la maternidad”.
  • También señalan que, hasta donde saben, este “es el primer reporte que hace foco en el sueño materno hasta los 10 años de edad del botija”.

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