Que los humanos hemos alterado el clima de este planeta ya es indiscutible. La liberación de grandes cantidades de gases de efecto invernadero, entre otras modificaciones causadas por nuestra especie, ha contribuido al calentamiento global y otros fenómenos, como el aumento de la frecuencia de lluvias extremas, olas de calor, inundaciones, sequías, nevadas y demás.
Es cierto que el clima de la Tierra ha cambiado muchísimas veces en estos algo más de 4.000 millones y medio de años que lleva girando en torno al Sol. Y que incluso ha subido o bajado muchos más grados que desde la revolución industrial hasta nuestros días. El asunto es que esos cambios climáticos o bien llevaron muchísimo tiempo –el cambio climático antropogénico lleva poco más de 200 años, con una gran aceleración concentrada en las últimas siete u ocho décadas–, lo que permitió que muchas especies de seres vivos se fueran adaptando a ellos, o bien fueron consecuencia de cataclismos que provocaron extinciones masivas.
Biólogos y etólogos suelen decir que los animales, enfrentados a un peligro, tienen dos opciones: huir o pelear. Para los animales humanos, enfrentados a este calentamiento global causado por nosotros mismos, huir no es una solución viable (pese a que algunos ricachones o grupo selecto podrían ir a buscar otro planeta habitable, la Tierra es hoy el único lugar que conocemos que puede albergar a la humanidad entendida en su diversidad actual). Es cierto que migrar hacia mayores latitudes –es decir, rumbo a los polos– podría atenuar la temperatura a la que se expongan quienes logren instalarse en ellas, pero dependemos de un gran sistema planetario que nos proporciona alimento y las condiciones necesarias para la vida. Ya lo sabemos: nadie se salva solo. No queda, entonces, otra que pelear.
Generar conocimiento que nos permita o bien mitigar las causas de este calentamiento, o bien adaptarnos a lo que se viene, es una de las formas de dar esa pelea. Y en ese sentido, no hay batallas pequeñas. Muestra de eso es una reciente publicación, titulada algo así como Análisis climático a múltiple escala de dos terroirs vitivinícolas costeros de Uruguay: adaptación al cambio climático y a las olas de calor. Salvar a los vinos de nuestro país, más aún dando pistas para hacerlo también en otras partes, no hará que la humanidad garantice su permanencia en este planeta por mucho tiempo más, pero nos muestra cómo cada quien, de acuerdo con su ámbito de acción, puede empujar el conocimiento necesario para adaptarnos de la mejor manera posible a lo que inexorablemente se nos viene.
El trabajo, firmado por Ramiro Tachini y Mercedes Fourment, de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, y Valérie Bonnardot y Hervé Quénol, de la Universidad Rennes de Francia (donde Ramiro hizo parte de su doctorado), analizó la influencia del clima sobre viñedos ubicados en la zona tradicional de producción en Canelones y otros ubicados en la más nueva región oceánica, a tres escalas.
En la más grande, la macro, el clima se ve “afectado principalmente por la latitud, opera en distancias superiores a 200 kilómetros y cubre escalas de tiempo de 30 años”, y está en gran medida marcada por los fenómenos de El Niño (que trae más lluvias) y La Niña (con precipitaciones mermadas y a veces sequías).
En la escala intermedia, o meso, el clima interactúa con las características propias del emplazamiento de los viñedos. Allí las variaciones “pueden abarcar desde metros hasta unos pocos kilómetros” y están causadas “por factores topográficos”, como elevaciones, pendientes, altura y la proximidad de “bosques y cuerpos de agua”, donde entran en juego las brisas marinas, que pueden penetrar “hasta 35 kilómetros tierra adentro”.
Finalmente, a escala más pequeña o micro, la interacción entre las variables climáticas y la producción de uva “se dan directamente a nivel de la planta, con variaciones espaciales que van desde unos pocos centímetros a algunos metros”. Allí el manejo de las vides y diversas estrategias pueden ayudar a obtener mejores cosechas y, por tanto, más adelante, mejores vinos.
Escapar de la influencia de la escala macroclimática es imposible. A nivel micro están los manejos de cada vitivinicultor (aquí el conocimiento es más que relevante). Pero fue justamente en la escala media –es decir, en la que tiene que ver con el lugar donde están ubicados los viñedos y, en particular, con su distancia respecto del océano, combinada con cierta altitud– donde el equipo de investigadores encontró que los viñedos podrían encontrar un aliado para adaptarse al calentamiento global.
Para llegar a esta conclusión no sólo estudiaron datos climáticos de las últimas décadas proporcionados para cada región por el Instituto Uruguayo de Meteorología (Inumet, de su estación en Rocha) y el Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias (INIA, de su sede Las Brujas, Canelones), sino que además colocaron sensores de temperatura en distintas partes de los viñedos de ambas regiones. Los datos de 2023, cuando se produjo la temporada de crecimiento de la vid en pleno período de La Niña, “más cálida en términos de la mayoría de los índices térmicos registrados en los últimos 53 años”, fueron de particular importancia: en medio de la sequía más grave que sufrió el país en lo que va de este siglo, con sus altas temperaturas, olas de calor y mayor cantidad de días con temperatura máxima por encima de los 30 °C, 2023 es el ejemplo de lo que nos aguarda en las próximas décadas si se cumplen las estimaciones sobre cómo el cambio climático nos afectará en el futuro.
Pues bien, los viñedos ubicados en predios con cierta elevación (entre 120 y 140 metros sobre el nivel del mar) y con influencia del Atlántico, gracias a la brisa oceánica, “redujeron las temperaturas de la ola de calor hasta en 8 °C”. También en esa temporada de crecimiento, marcada por La Niña, “el aumento por encima del promedio en la temperatura fue 1,5 °C menor en el sitio oceánico”. Por eso, en el trabajo afirman que “en países como Uruguay, donde la migración latitudinal o altitudinal de los viñedos es limitada, la proximidad del océano surge como un aliado estratégico clave para salvaguardar la viticultura frente al calentamiento global”.
Así que, con todas estas buenas para las y los amantes de la uva y el vino (amantes con moderación, claro está, ya que siempre debemos tener presente que Uruguay tiene un grave problema de consumo de alcohol), salimos al encuentro de Ramiro Tachini y Mercedes Fourment para degustar su valiosa investigación.
Vides, vino y cambio climático
¿Cómo nace esto de ver qué pasa con las vides y el cambio climático?
“Dada la gran variabilidad interanual climática que tenemos en Uruguay, hace muchos años nos planteamos estudiar qué pasaba con la uva tannat”, comienza diciendo Mercedes. “Comenzamos estudiando en la región vitícola tradicional cómo era la variabilidad espacial de clima y cómo se expresaba en ese tannat, así como viendo, dentro de un mismo viñedo o de una misma región, qué pasaba año tras año, estudiando la variabilidad temporal del clima, el efecto de la ‘añada’ como se dice”, prosigue. De hecho, la tesis de doctorado de Mercedes, defendida hace más de una década, versó sobre ese asunto (se tituló “Adaptación de la vid (Vitis vinifera) a la variabilidad climática a meso-escala en el sur de Uruguay”).
“Cuando hice la defensa de la tesis estaba presente el agrónomo de la bodega Garzón, y lo que pasó fue bastante revelador. Entre unos viñedos que estaban en Progreso, ubicados a unos 60 metros de distancia, y otros en Canelón Chico, que también estaban cerca entre sí, había una diferencia de temperatura súper grande. Era el mismo viñedo, la misma parcela, pero la uva de esos dos sectores distintos por la topografía era sumamente diferente, más diferente capaz que si comparás un viñedo de Progreso con uno de Juanicó”, rememora Mercedes. En aquella ocasión, entre los factores que explicaban lo observado, estaba la influencia de la brisa marina del Río de la Plata.
“Luego de terminar la presentación, el agrónomo de Garzón me dijo que tenía que hacer lo mismo pero en los viñedos de su bodega. Y así fue que empezamos un proyecto para analizar la variabilidad espacial de la temperatura, el impacto de la brisa oceánica, y empezó Ramiro con su maestría y después prosiguió durante el doctorado. Fue un interés específico de una bodega que, por estar en las sierras y cerca del océano, pensaba que se iba a notar un efecto aún más importante. Y así fue”, dice Mercedes. Así que se trata de un caso interesante, de esos que escasean, en los que un sector productivo demanda conocimiento científico. Así fue que Ramiro se embarcó en la aventura. “El artículo publicado sale de mi tesis de doctorado, que a grandes rasgos aborda la sostenibilidad de la producción vitivinícola en Uruguay. Dentro de ese gran paraguas, abordamos, como enemigo de esa sostenibilidad, el cambio climático”, enfatiza.
El trabajo tiene una característica que le da mayor interés internacional. Nuestro país está en una latitud muy acotada: todo el país está comprendido entre los 30° y 35° de latitud sur. No somos un país como Estados Unidos, que abarca una latitud grande, ni mucho menos como Chile o Argentina, que tienen una amplitud latitudinal inmensa. Esto quiere decir que todas nuestras vides y viñedos están comprendidos en un margen de unos 5° de latitud, lo que permite hacer comparaciones de fenómenos que se dan a prácticamente una misma latitud. Una de las soluciones que se propone para mitigar el efecto del calentamiento global en el vino es trasladar los viñedos a zonas más frías (es decir, hacia latitudes más altas tanto en el norte como en el sur). Pero eso no es posible en gran medida en nuestro país. De esta manera, ver cómo en una misma latitud hay posibilidades para el futuro del vino es relevante tanto aquí como en otras partes.
“Eso fue un poco lo novedoso del trabajo. Por ejemplo, en Europa y Estados Unidos siempre hablan de que una de las soluciones ante el calentamiento global es subir los cultivos de vid a la montaña. Como con la altura la temperatura es menor, regulan así los excesos térmicos que pueden afectar a los viñedos”, comenta Ramiro. “La otra solución es bajar los viñedos hacia el sur, por ejemplo, en Argentina, donde hay viñedos que se están yendo a la Patagonia porque son lugares un poco más fríos”, agrega. “El tema es que en Uruguay no tenemos montaña ni podemos bajar más hacia el sur. Por eso es que apuntamos a ver al océano como un posible aliado para generar condiciones más frescas para el cultivo de la vid”, sostiene.
La importancia de permanecer frescos
¿Por qué el calentamiento global es un problema para la vid? Algo podemos imaginarnos: achicharrarse no está bueno ni para nosotros ni para las plantas.
“Las condiciones más frescas son deseables porque ayudan a mantener la acidez, que es un compuesto que hace a la calidad del vino, y también contribuyen a conservar los aromas del vino, porque si hace mucho calor esos aromas no se sintetizan o se caen”, amplía Ramiro. “Por otro lado, las condiciones más frescas generan una maduración más lenta que a la vez produce menos alcohol. Buscar eso es una tendencia mundial, porque los consumidores están demandando productos con menos alcohol, más saludables”, agrega.
El asunto no deja de tener cierta ironía. Según cuentan, la vid fue una planta adaptada a condiciones de sequía del Mediterráneo, cuna de los grandes vinos (hasta que nos sumamos otros actores a su producción). Pero en un planeta con el termostato fuera de control, aquel lugar donde la vid retozaba feliz se está complicando. “Un poco es lo que da origen a este estudio: tratar de ver qué condiciones tenía Uruguay para enfrentar eso”, dice Ramiro.
Ramiro Tachini y Mercedes Fourment.
Foto: Gianni Schiaffarino
Aprovechando la oportunidad y la expansión
En el trabajo le sacaron provecho a una oportunidad: en las últimas décadas comenzaron a instalarse viñedos en sitios no tradicionales para lo que era la cuenca vitivinícola de Uruguay. Algunos emprendimientos comenzaron a desarrollarse en las proximidades de la costa atlántica y, al hacerlo, permitieron comparar qué pasaba allí en comparación con el cultivo en la zona de Canelones, Colonia y Montevideo, con su influencia más del Río de la Plata que del océano Atlántico. Sin esa expansión, el trabajo de comparar ambas zonas no hubiera sido posible.
“Totalmente. De hecho, en Uruguay, en la región tradicional vitivinícola –Canelones, Carmelo, Colonia– hace tiempo estudiamos el efecto de la brisa del Río de la Plata. Pero cuando empezó todo esto de los viñedos oceánicos, que toman el océano como elemento de marketing, como muestran las bodegas Brisas y Oceánica, que buscan que esa influencia sea parte de la propia venta del vino, surgió la posibilidad de estudiar la influencia del clima en esa región. Fue algo interesante, en el sentido de que les aportamos elementos científicos a las bodegas para poder vender sus vinos, porque en definitiva pudimos demostrar que sí hay un efecto del océano en las características de la uva y, después, en el vino que terminan produciendo”, comenta Mercedes.
“Cada vez más, el vino deja de ser un commodity para ser un producto de nicho, con valor agregado del lugar de producción y sus características. Entonces si podemos ligar el marketing con lo que realmente pasa en el viñedo y que eso sea algo que resulte bien valorado por el consumidor, se logra el combo perfecto”, agrega Ramiro.
El trabajo fue posible, también, por la producción científica de diversas áreas. Si bien la investigación se hizo en la Facultad de Agronomía, utilizan información generada por otros trabajos, como Climatología de la brisa marina en Uruguay, publicado por los investigadores de Ciencias de la Atmósfera de la Facultad de Ciencias Gastón Manta, Marcelo Barreiro y Madeleine Renom, quienes muestran que las brisas del Río de la Plata y las del Atlántico tienen diferencias.
“Cuando hay brisa marina, tiende a ocurrir a lo largo de toda la costa uruguaya. No obstante, existen diferencias en el desarrollo de la brisa marina entre el estuario y el océano, debido a las diferencias en el acoplamiento aire-mar y la orientación de la costa en relación con los vientos predominantes del noreste”, decían Manta y compañía en ese trabajo.
“Totalmente, todos esos trabajos fueron de gran utilidad. Pero además de que son diferentes, las dos brisas imprimen características en la temperatura que son relevantes cuando la uva está madurando, ya que son sumamente importantes para las características del vino que tomamos. Gracias a que la gente de Ciencias estudia en profundidad estos fenómenos de la brisa, pudimos bajar eso a tierra, a un cultivo, y conocer qué influencia tienen en la vid y el vino”, dice Mercedes.
“Por más que ambas son brisas, en la atlántica las temperaturas rara vez superan los 35 grados. Esa temperatura es el umbral en el que la planta comienza a presentar problemas de funcionamiento. Por ejemplo, puede dificultarse la producción de azúcares en la uva que luego serán el alcohol en el vino. Esa pequeña diferencia, de quizás dos o tres grados, entre las regiones lleva a que la planta se comporte totalmente diferente, y eso es lo que hace a la gran variabilidad que tenemos a lo largo de la costa”, grafica Ramiro.
El viaje hacia el mar... buscando la brisa oceánica
En el trabajo vieron y compararon qué pasaba en las tres escalas en los viñedos de dos zonas: mediciones en 12 puntos de viñedos oceánicos de la bodega Garzón, en Maldonado, y dos en la zona tradicional de Canelones situados a la misma latitud (34° sur). Los de Canelones estaban a menos de 80 metros sobre el nivel del mar y a unos 25 kilómetros del Río de la Plata. Los oceánicos se dividieron en dos grupos: seis “elevados”, con alturas que iban desde los 120 a los 140 metros sobre el nivel del mar, y los “bajos”, con alturas no superiores a los 95 metros sobre el nivel del mar. Todos estaban situados a unos 20 kilómetros del Atlántico.
Cualquiera que haya pasado algunos días de verano en Rocha o en las partes oceánicas de Maldonado sabe que la mañana es mejor para disfrutar de la playa, ya que en la tarde suele levantarse un poco de viento. Y no son pocas las noches en las que hay que recurrir a desempolvar un abrigo. Y para las vides y quienes hacen vino, a diferencia de los turistas, hay unas cuantas buenas noticias en eso.
“Para la vid es muy bueno porque cuando se da el período de maduración de la uva es cuando también se sintetizan un montón de compuestos que impactan en la calidad del vino, como los aromas y los polifenoles, que se favorecen con estas temperaturas menores al comenzar la tarde. Esa propiedad de tener temperaturas mínimas que son más bajas que en la región tradicional hace que la vid tenga mayor potencial en aromas o más antocianos, por ejemplo”, dice Mercedes.
En los viñedos oceánicos, aun durante ese extraordinariamente caluroso 2023 que es una antesala del infierno que se nos viene, los días en los que la temperatura estuvo arriba de los 30 grados fueron menos. A su vez, en la noche se registraban temperaturas mínimas no tan bajas como las de los viñedos de Canelones. Con base en las series históricas, en el trabajo reportan que “la temperatura mínima fue 0,5 °C menor y la máxima 0,6 °C mayor en la región tradicional en comparación con la región oceánica, alcanzando un promedio de 18 días menos con temperaturas superiores a 30 °C” durante ese momento delicado de maduración de la uva.
¿Qué pasó en el infernal 2023? “Durante el período de maduración de la uva en 2023, la evolución de las temperaturas máximas indicó que la región tradicional fue la más cálida, alcanzando un promedio semanal máximo de 37,8 °C, seguida por la región baja oceánica con 35 °C y la alta oceánica con 33,7 °C”, reportan.
Sobre el efecto de la brisa oceánica, veamos qué pasó en la ola de calor que estuvo presente el 11 de febrero de 2023. Ese día “se observó un brusco descenso de la temperatura en las parcelas oceánicas”, reportan. En una de las parcelas oceánicas elevadas “la temperatura disminuyó 4 °C entre las 12.00 y las 13.00”, mientras que en una parcela oceánica baja “se registró un descenso de 3,1 °C”. Al respecto señalan que ese “enfriamiento se asoció con un aumento de la velocidad del viento y un cambio en su dirección desde el este (influencia oceánica)”. Ese mismo día, en una de las parcelas de Canelones la temperatura siguió subiendo, “alcanzando su pico a las 16.00 bajo la influencia de un viento persistente del norte”, momento en que “la temperatura en la región tradicional fue 7,9 °C más alta que en la parcela oceánica elevada”. Entonces, aun en ese caluroso 2023, en las regiones oceánicas con cierta elevación, por efecto de la brisa oceánica, las temperaturas comenzaron a bajar antes en la tarde que en la región tradicional.
“Sí, pusimos mayor atención en eso, tomando olas de calor puntuales, principalmente en 2023. Y ahí veíamos, en los sensores que teníamos en los viñedos, al mismo tiempo, a la misma hora, cuál era la diferencia entre las tres zonas. Por ejemplo, encontramos hasta ocho grados de diferencia a las 17.00 entre la zona oceánica y la zona tradicional. Ocho grados de diferencia entre viñedos que están a menos de 200 kilómetros de distancia es un montón”, señala Ramiro.
Recordemos que esa diferencia no implica montañas ni grandes elevaciones. Los seis puntos en viñedos oceánicos elevados estaban todos entre 120 y 140 metros sobre el nivel del mar.
“Por más que no estudiamos en profundidad cómo sucedían las brisas marinas, sí empleamos una metodología muy básica que consistía en ver qué pasaba con la temperatura entre las 11.00 y las 16.00. Sabemos que en un viñedo tradicional de Canelones la temperatura tiende a subir entre esas horas, sin caer casi nunca. Para estimar el efecto de la brisa marina, lo que hacíamos era contar cuántas veces la temperatura en la zona oceánica caía en ese horario. Si se daba una baja de temperatura entre esas horas, lo atribuíamos a potenciales eventos de brisa marina. Esto tiene sus pros y sus contras, porque, por ejemplo, un aumento de la nubosidad, que hace bajar la temperatura, no es brisa marina, pero sí podemos decir que es un efecto del océano que hace que baje la temperatura”, explica Ramiro. “De esa forma sencilla identificamos esas caídas de temperatura y obtuvimos una herramienta que nos permitió diferenciar las dos zonas y ver que había más efectos de brisa marina en el este que en la zona tradicional”, agrega.
Los viñedos oceánicos elevados mostraron otra ventaja: “Un menor riesgo de heladas tardías de primavera (acumulando sólo una hora por debajo de los 3 °C durante tres temporadas de crecimiento) y extremos de calor estival moderados, con siete eventos de brisa marina más que las parcelas de baja oceánica y 18 más que las parcelas de la región tradicional”, reportan. “En promedio, las parcelas altas oceánicas tuvieron una temperatura máxima estival 2,3 °C más baja que las de la región tradicional, acumulando 64 horas menos por encima de los 35 °C y manteniendo así las temperaturas por debajo de los umbrales críticos para el desarrollo de la vid”, agregan.
Y también un poco más de agua
Al analizar toda la serie temporal de datos climáticos, vieron que no había grandes variaciones en el régimen de precipitaciones, pero aun así la zona oceánica presentaba diferencias: “Durante toda la temporada de crecimiento y el período comprendido entre el envero y la cosecha, la región oceánica recibió en promedio 127 y 68 milímetros más de lluvia, respectivamente, que la región vitivinícola tradicional”. ¿Qué pasó en el infernal 2023? Ese año, “la región tradicional recibió sólo 189 milímetros durante toda la temporada de crecimiento, muy por debajo del umbral ideal. La región oceánica promedió 127 milímetros más de lluvia que la región tradicional a lo largo de 32 temporadas de crecimiento, lo que la convierte en una región más húmeda”.
Qué hacer de cara al futuro
Hacia el final del trabajo, cuando uno empieza a ver las conclusiones en clave de recomendaciones, los autores señalan que para estos eventos de sequía, que se prevé que van a ser más recurrentes, el riego podría ser una opción: “El riego es una alternativa posible para adaptarse a la variabilidad pluviométrica”, señalan, y agregan que en 2023 “sólo 30% de los viñedos contaba con riego en Uruguay”. ¿Deberían los viñedos comenzar a implementar sistemas de riego?
“Ese es un tema controversial”, dice rápidamente Mercedes. “La vid de por sí es una planta de secano, que ya se conoce que se adapta bien a la sequía. Lo que sucede en nuestras condiciones –que no es lo mismo que en las zonas mediterráneas– es que acá llueve más y de por sí existe un vigor que la planta va a tener que mantener. Si una planta habituada a contar con agua disponible se enfrenta a eventos cada vez más frecuentes sin lluvias, no se va a adaptar a nuestras condiciones. Por eso es que planteamos el riego como una estrategia en la que hay que pensar en el futuro”, explica.
“Ahora, cuando escasea el agua en Uruguay para las plantaciones, ¿será la vid en realidad un cultivo prioritario? Esa es la gran duda y es una de las discusiones que se están dando en Europa también. Ellos dicen que efectivamente sus vides se les están muriendo, que hay que regarlas, pero hay quienes dicen que tal vez sea prioritario regar el maíz, por ejemplo. La vid no sólo podría adaptarse en mejor medida a la sequía, sino que además el producto final que se elabora con ella es el vino. Capaz que no es el alimento más necesario para asegurar en una canasta familiar en contextos de sequías prolongadas”, complejiza Mercedes.
“Creo que la vid necesitaría riego ante este panorama, no hay duda, pero la discusión va más por lo ético o político de cómo pensar el agua y cómo administrarla. Comentando con una profesional de Europa, yo le preguntaba si al ponerle el riego a un viñedo no deberían evaluar la huella hídrica de ese cultivo. Ella deslindaba la responsabilidad diciendo que otras producciones industriales gastan mucha más agua”, comenta Ramiro.
En Uruguay estamos hablando de usar agua dulce para exportar combustibles sintéticos para Europa. ¿No sería mejor usar esa agua para tomar y exportar vino? “Ese es el tipo de decisiones que hay que tomar. Pero que un viñedo puede producir más vino y de mejor calidad con riego, eso está probado”, dice Ramiro.
Dejando de lado el riego, entonces (cómo y con qué fines usamos el agua cuando escasea es un tema a discutir como sociedad), el trabajo es claro: “El aumento de las temperaturas, en particular la creciente frecuencia e intensidad de las olas de calor, subraya la urgencia de desarrollar prácticas de gestión vitícola para mitigar el estrés térmico”, señalan. “En este contexto, la proximidad al océano se convierte en un amortiguador crucial contra las temperaturas extremas, ofreciendo una ventaja natural para la adaptación climática”.
Volvemos entonces a la pregunta del título de esta nota: ¿son esos viñedos oceánicos un salvavidas para la industria vitivinícola uruguaya de cara a un calentamiento global que parece inexorable? “En el contexto del cambio climático, la respuesta es sí. Pensando en el clima, efectivamente la región que va a tener mejor respuesta para la vid va a ser la oceánica. De hecho, ya lo es”, afirma, sin dudar, Mercedes.
“Asociado al calentamiento global, esto también ofrece la oportunidad de presentar un producto de identidad propia de Uruguay. Tenemos el océano Atlántico, que hemos visto que es un agente que nos ayuda a combatir el cambio climático y que, como agente de marketing, también es muy bueno”, agrega Ramiro, pensando no sólo en la sostenibilidad climática, sino de la actividad en sí.
“Como tenemos que apuntar a productos de nicho diferenciados de lo que hay en el mercado, más aún con el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, que va a afectar muy fuerte al sector del vino, esa búsqueda de vinos de identidad propios de Uruguay que se puedan colocar en otros mercados puede ligarse a esta búsqueda de identidad de la costa atlántica, de un producto diferente que no compita directamente como vino de calidad con el vino de Bourdeaux o de Borgoña. La costa oceánica de Uruguay puede ayudar a dar esa identidad diferencial. Viendo el futuro que se nos avecina, tanto en lo climático como en los mercados, los vinos atlánticos son un combo que puede ayudar en ambas cosas”, sintetiza. “Uruguay presenta vinos de excelente calidad en todas las regiones vitivinícolas del país. Conocer y defender qué hace única a cada región es elemental para explicar por qué tenemos los vinos que producimos”, agrega Mercedes.
“La idea general es poder obtener datos objetivos de cuál es la realidad para hoy y mañana, de manera que el productor pueda tomar decisiones con un background más sólido”, cierra Ramiro. Brindemos, entonces, por Mercedes, Ramiro y nuestra ciencia, que una vez más muestra que la producción de conocimiento es una fuente que depara beneficios para cualquiera que se interese en beber de ella.
Artículo: Multi-scale climate analysis of two coastal wine terroirs in Uruguay: Adapting to climate change and heatwave
Publicación: Agricultural and Forest Meteorology (diciembre de 2025)
Autores: Ramiro Tachini, Valérie Bonnardot, Hervé Quénol y Mercedes Fourment.