“Retorno de Muestras de Marte sería la campaña multimisión más ambiciosa de la NASA y traería a la Tierra, por primera vez, muestras marcianas cuidadosamente seleccionadas”, señalaba con optimismo la agencia espacial estadounidense en el sitio web dedicado precisamente a la misión, que en inglés lleva el nombre de Mars Sample Return. La misión era la consecuencia lógica de otra: la misión Mars 2020 Perseverance, que permitió que el rover Perseverance amartizara en 2021 en el antiguo lecho de un río seco en el cráter Jezero, con el ambicioso objetivo de identificar, colectar y almacenar “muestras que puedan contener indicios de vida microbiana antigua”.

El vehículo explorador, que aún sigue colectando muestras, ya que tiene espacio para albergar 38 núcleos de suelo y rocas y apenas ha superado los 30, lleva un completo equipamiento científico que le permite hacer múltiples análisis de las muestras, como el Instrumento Planetario para la Litoquímica de Rayos X (PIXL, por sus siglas en inglés) y el instrumento Análisis de Entornos Habitables con Raman y Luminiscencia para Productos Orgánicos y Químicos (SHERLOC, por su acrónimo en inglés). Sin embargo, siempre se supo que resultados más jugosos y valiosos se obtendrían al analizar esos núcleos en laboratorios aquí en la Tierra. Para ello, la NASA, en cooperación con la Agencia Espacial Europea (ESA), desarrolló el Programa de Retorno de Muestras de Marte. Científicamente todo eso tenía sentido, pero las cosas se volvieron aún mucho más interesantes.

El 21 de julio de 2024, Perseverance, al que llaman “el geólogo de seis ruedas de la NASA en Marte”, dio con una roca que llenó de emoción a la comunidad científica que seguía sus aventuras desde acá. Con unos patrones moteados curiosos, que asemejan las manchas del pelaje de los leopardos, la roca con forma de punta de flecha, a la que bautizaron Cheyava Falls y medía un metro de largo por poco más de medio metro de ancho, prometía aportar indicios de que en el gigante rojo habría habido vida microbiana. Perseverance se puso brazos robóticos a la obra y, tras realizar varios análisis, dio con “señales químicas y estructuras que podrían haberse formado como consecuencia de la existencia de vida” cuando esa zona era atravesada por torrentes de agua. Además de dar con compuestos orgánicos, los moteados felinos podrían haberse originado por “reacciones químicas que la vida microbiana podría utilizar como fuente de energía”. Se trataba de la vigésima segunda muestra recolectada por el rover.

Imágen del suelo marciano tomada por la misión Perseverance, diciembre de 2025. Foto: JPL Caltech, NASA

Imágen del suelo marciano tomada por la misión Perseverance, diciembre de 2025. Foto: JPL Caltech, NASA

Volvé a tu casa cuando... puedas

Toda aquella emoción de haber dado con lo que parecía ser la primera biofirma o evidencia de vida fuera de nuestro planeta terminó siendo publicada en la revista Nature en el artículo “Asociaciones minerales y orgánicas impulsadas por redox en el cráter Jezero, Marte”, que salió en setiembre de 2025. Allí los múltiples autores, liderados por Joel Hurowitz, del Departamento de Geociencias de la Universidad Stony Brook, de Estados Unidos, sostenían que la roca “contiene texturas, características químicas y minerales, y firmas orgánicas que justifican ser consideradas como ‘biofirmas potenciales’”, ya que presentan “características que son consistentes con los procesos biológicos y que, cuando se encuentran, desafían a los investigadores a atribuirlas a procesos inanimados o biológicos, obligándolos a recopilar más datos antes de llegar a una conclusión sobre la presencia o ausencia de vida”.

El trabajo científico publicado, que en buen romance no podía descartar que las características de la roca colectada fueran producto de actividad biológica de bacterias o un organismo similar, concluía diciendo que “el análisis del núcleo recolectado mediante instrumentación de alta sensibilidad en la Tierra permitirá realizar las mediciones necesarias para determinar el origen de los minerales, la materia orgánica y las texturas que contiene”, y por tanto, “brindaría la mejor oportunidad para comprender los procesos que dieron origen a las características únicas descritas aquí”. Es decir, el Programa de Retorno de Muestras de Marte no sólo tenía gran valor científico, sino que de él depende una de las mejores chances que tenemos hoy para confirmar la idea que tenemos de que la vida no tiene contrato de exclusividad con la Tierra.

Lamentablemente, como informó la revista Science el 6 de enero, “tras años en terapia intensiva, el plan de la NASA para recolectar rocas marcianas y transportarlas de vuelta a la Tierra ha muerto”, ya que el día anterior “el Congreso publicó un proyecto de ley de presupuesto de compromiso para el presente ejercicio fiscal que respalda el esfuerzo de la Casa Blanca por eliminar el programa de Retorno de Muestras de Marte”. De prosperar la idea (todo apunta a que así será), las muestras colectadas por Perseverance no llegarán a nuestro planeta. O al menos no serán traídas por la NASA. La administración Trump demuestra así que puede extraer a un mandatario de un país sudamericano, pero no las muestras de Marte que podrían revolucionar la astrobiología.

Artículo (periodístico): NASA’s Mars Sample Return mission is dead
Publicación: Science (enero de 2026)
Autor: Paul Voosen

Artículo: Redox-driven mineral and organic associations in Jezero Crater, Mars
Publicación: Nature (julio de 2025)
Autores: Joel Hurowitz, M Tice, A Allwood et al

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