El 11 de marzo a las 14.00 se llevará a cabo el remate judicial de la bodega Irurtia, el centenario y emblemático establecimiento productivo de Carmelo, a cargo del martillero José Ignacio Borrazás.
La subasta, sin precio de base, se desarrollará en la propia bodega por la que transitaron varias generaciones de productores y trabajadores, que en los últimos años atravesó un complicado momento financiero.
Las instalaciones de Irurtia son imponentes: cuenta con seis galpones, cavas, bodega, cámaras de frío y una planta embotelladora y de almacenaje con capacidad de 8,4 millones de litros. En total, son 7.800 metros edificados, en un área de 6,5 hectáreas. Además, el establecimiento cuenta con un muelle sobre el arroyo de Las Vacas.
La empresa estuvo activa hasta el año pasado, funcionando también como un establecimiento dedicado al enoturismo.
Una historia familiar
En una entrevista realizada hace unos diez años por este cronista para el capítulo Carmelo del Atlas del Patrimonio Inmaterial del Departamento de Colonia, el último director de la firma, Marcelo Irurtia, narró la historia de ese establecimiento.
Marcelo pertenecía a la cuarta generación de la familia Irurtia, que durante más de 100 años fue protagonista en el proceso de desarrollo de la vitivinicultura carmelitana. La trascendencia de esa bodega familiar traspasó los límites departamentales y nacionales, gracias a las innovaciones que supo imprimir en los procesos productivos, que marcaron rumbos en el proceso de reconversión de ese sector productivo en el país.
Esa tradición familiar fue fundada por un vasco picapedrero, que también trajo consigo el amor por las vides y por el vino hasta el Río de la Plata.
“Durante el siglo XIX Carmelo fue un lugar que recibió mucha inmigración, cuando estaba en auge la explotación de granito para enviar a Buenos Aires. Había un importante desarrollo de la construcción en Buenos Aires, y por entonces debería ser mucho más barato el transporte fluvial que el terrestre, y los barcos podían llevar más carga. Bajo ese marco Carmelo logró un importante desarrollo, porque tiene arena en sus costas y granito en las canteras. A través del arroyo de las Vacas, que es navegable en casi toda su extensión, prácticamente los barcos podían llegar hasta la cantera de la cual se extraía el granito. Por eso aquí se instalaron empresas que después mandaban esos materiales a Buenos Aires. Eso forma parte de las historias familiares de muchos de quienes hoy estamos acá”, recordaba Marcelo Irurtia.
En el caso de los Irurtia, “mi bisabuelo Lorenzo, posiblemente haya llegado al puerto de Buenos Aires, y en una de esas idas y vueltas de los barcos y barcazas se haya venido hasta Carmelo con alguno de sus hermanos para trabajar acá, después de años de trabajar en las canteras, él pudo comprar una pequeña chacra y comenzar con lo que hoy en día es la bodega Irurtia”. De modo oficial, “nosotros tenemos registrada como la primera cosecha la de 1913”.
La bodega comenzó como una pequeña granja familiar, y siempre siguió bajo ese modelo de conducción. Lorenzo tuvo ocho hijos, cinco de los cuales trabajaron en la bodega.
“Posiblemente, a principios del siglo XX Lorenzo compró esta chacra y plantó las vides. No tenemos claro cómo fue el pasaje de trabajador de la piedra a productor de vinos, pero sabemos que en el País Vasco existe mucha tradición y conocimiento sobre el vino, entonces es muy probable que los Irurtia hayan llegado con una tradición vitivinícola”.
Marcelo señala que la incorporación de su padre, Dante, que también fue senador del Partido Colorado, a la dirección de la empresa a mediados del siglo pasado derivó en un cambio importante en la conducción de la bodega. “En ese momento le ofrecen la dirección de la empresa a mi padre, Dante Irurtia, y a partir de ese momento comenzó el crecimiento de la bodega, que pasó de ser una granja familiar, que abastecía el consumo local, a una de las bodegas más importantes de Uruguay, con uno de los viñedos más importantes de América del Sur, que daba trabajo a un centenar de trabajadores”.