Nos trovamos todo (2018), grabado en vivo con sólo guitarra y voz, es el último disco del prolífico cantautor argentino Ignacio Copani. El álbum está atravesado explícitamente por la situación política y social de su país, ya desde los títulos de las canciones: “Háganse cargo”, “Quiero volver a estar mal”, “La grita” y así, dejando muy claro que tiene puesta la camiseta del kirchnerismo, quizá más apretada que la de su amadísimo Club Atlético River Plate –si es que eso fuera posible–. Así las cosas, política, fútbol y música son los temas principales que tocó Copani en entrevista con la diaria, antes de su presentación en el teatro Solís, el miércoles 6 de noviembre a las 21.00.

Festejás 30 años de carrera, pero en realidad tenés muchos más.

Sí, incluso hace 40, cuando tenía 19 años, ya había grabado algún disco en México. Pero lo que conmemoramos me agarra más por estar por cumplir 60. Para mí 1989 fue muy importante, porque fue verdaderamente el despegue de mi carrera. Me permitió, para el resto de la vida, trabajar de lo que había elegido. Y no lo digo desde un lugar ultramaterial, porque tengo un mal recuerdo económico del 89: hubo dos hiperinflaciones en Argentina. Recuerdo que fui a SADAIC [Sociedad Argentina de Autores y Compositores] para cobrar unas regalías de 60.000 discos, y compré un televisor de 14 pulgadas para mi hija, porque era el cumpleaños. Así que no es que lo recuerdo como diciendo “me compré una casa”, pero fue un año de mucha repercusión; de hecho, fue la primera vez que vine acá [a Uruguay], a un festival con otros artistas y a la televisión, con Omar Gutiérrez.

¿Sabés cuántas canciones tenés exactamente?

No. Son muchas más de 1.000. Pero eso es una marca de tesón, no de calidad, y el promedio viene bajando mucho con los años. Capaz que tenía esa cantidad a los 25 años. Debo de haber grabado 400, más o menos.

¿Por qué no grabaste las 600 restantes?

Tiene más que ver con la época en la que me formé. Ahora casi 100% de lo que compongo lo grabo. Incluso compongo, no a pedido del público, pero sí en base a lo que me puede faltar para completar la idea del espectáculo que armo. Antes componía, componía, componía y después elegía diez o 12 canciones, según lo que entrara en el disco. Y cambia mucho la perspectiva de todo; de la inspiración y de la manera de componer. Ahora estoy absolutamente volcado a un formato de trovador, entonces, no me pongo a componer en el piano. Antes hice temas de los que te das cuenta de que están hechos en el piano, concebidos para un arreglo, como “Me salva tu amor”, por ejemplo. Ahora, como sé que lo voy a tocar con la guitarra y que lo va a grabar alguien con un celular en vivo, y vamos a difundir eso como si fuera un reality, compongo en esa dirección. Es mucho más certero.

En la gacetilla que publicita tu concierto comentás que algunas canciones viejas parecen hechas la semana que viene. ¿“La marcha de la abundancia”, por ejemplo?

Sí, “la cosa que más abunda es la escasez”. Lo que pasa es que hoy no es igual la situación de Uruguay que la de Argentina. La desesperación del hambre que hay allá no se está viviendo acá. El tono represivo de la cana... Hay diferencias cuando hay un gobierno de derecha y otro popular, satisfaga o no a cualquiera de los componentes de la comunidad. Capaz que para alguien muy facho al gobierno de [Mauricio] Macri todavía le falta mano más dura, y capaz que alguien de ideas más progresistas querría que el gobierno de acá ponga la quinta. Eso pasa constantemente, pero los hechos son sagrados: la realidad dura de la inflación, de la devaluación, de lo que implica la debacle del pueblo argentino, llevada de la mano de unos neoliberales antiguos, colonialistas, casi medievales, es distinta que la de acá. Siempre hay un poder, y podés cantar “las penas son de nosotros, / las vaquitas son ajenas”; siempre hay dificultades y podés cantar “cuando no tengas ni fe / ni yerba de ayer / secándose al sol”, no es mérito de Copani. Cuando hay estas situaciones mundiales de vientos neoliberales, por llamarlos de alguna manera amable... Son bestias, que en esta vuelta se han atrevido a algo a lo que no se habían atrevido antes, que es meterse con el plato de comida de los niños. Ni [Carlos] Menem se había metido con eso, habiendo hecho un gobierno entreguista y privatizador, pero estos sí se animaron. Entonces, conceptualmente, hay canciones que parecen escritas esta semana, pero además, como son tan previsibles, también hay canciones que parecen escritas la próxima semana. Así que no es que yo tenga la bola de cristal. Capaz que las agarrás de un canasto de don Alfredo Zitarrosa, de un tango de [Carlos] Gardel o de donde sea, porque son muy obvias.

¿Qué música mamaste de Uruguay?

Don Daniel Viglietti fue un pilar en mi formación como persona y como músico, y tuve la suerte de poder decírselo. En la adolescencia, lo que me ponía en clima, en la situación de lo que estaba pasando y me configuraba la historia, más allá de mi vivencia, eran las canciones de Viglietti. Me las sé todas. Le recité un repertorio que lo asombró, porque ni él se acordaba, de viejas chamarritas, por ejemplo. Fue el que más me influenció en el contenido –porque nunca intenté imitar su tono viril–, sobre todo la canción “Sólo digo compañeros”. De Uruguay también tengo otras influencias, pero tienen que ver con Luis Cubilla, [Roberto] Matosas y Enzo Francescoli.

Me extrañó que no sacaras un disco dedicado a la final que River le ganó a Boca en Madrid, en diciembre de 2018, por la final de la Copa Libertadores.

Lo que pasa es que ya compuse tanto... En 2015 hice “La copa” [por la Libertadores que ganó River ese año], e incluso no me siento tan orgulloso de esa canción porque es de las más agresivas que tengo en mi repertorio futbolero, pero era una espina de muchos años. Las miradas también van cambiando. Estoy seguro de que tiene que ver con la edad: aunque sea recurrente en esa idea, ya no tengo edad para ver a los cracks como duendes o como caballeros templarios que van a buscar el Santo Grial a la otra área. Tengo más años que el entrenador, ya tengo edad de presidente del club... Entonces, lo deportivo me sale de otra manera. No puedo ir a algo coyuntural.

Pero seguís siendo fanático de River.

Súper fanático. Disfruto mucho de todo y quiero que gane River y que pierda Boca; no tengo ningún problema con eso, pero no me sale. Me lo piden mucho, pero tampoco tengo la motivación de hacerlo para que lo pueda llegar a conocer alguien, porque los discos no existen más: no hay disquerías, las computadoras vienen sin lector de CD, los autos –no los de alta gama, cualquier autito– traen Bluetooth, USB, pero no algo donde pasar un disco. Entonces, ¿para qué lo hago? ¿Para que tenga un fervor inmediato y sentir vanidad porque miles de tipos me van a poner “me gusta” en algún soporte de las redes sociales?

En tu último disco, Nos trovamos todo, hay un tema que se llama “López y Báez”, en el que te burlás de...

Me burlo del que no quiere discutir con algún fundamento, entonces, le decís algo y te responde “López y Báez, los bolsos enterrados” y toda esa fábula, que está insertada desde la superioridad. El corrupto peronista es tan tonto que tenés que hacer la caracterización con lo material: los bolsos llenos de plata. ¿Alguna vez hiciste una mudanza? Empezás con entusiasmo a llenar un bolso con libros, o una caja de cartón, y después no la podés levantar. El papel pesa mucho, no podés andar con miles de bolsos... Es una cosa completamente absurda para invalidar cualquier charla y amparar tu ideología con eso que te venden desde la tele. Puede haber un caso, 1.000 casos, pero en un solo asiento contable de la derecha macrista hay miles de bolsos de Báez volando por los aires virtuales, desde Buenos Aires hasta Panamá.

¿No reconocés que el gobierno de Cristina Fernández tuvo ciertas debilidades?

Ninguna debilidad más alta que la que puede tener un gobierno de Holanda o Finlandia, exacerbado por esas ganas de poner en ridículo y acosar a un gobierno popular. A mí me da bronca que haya corrupción, la he vivido hasta del jefe de compras de alguna entidad importante, que me ofreció un contrato si le devolvía una comisión o algo así. No me gusta eso, pero sé que ha pasado en todos lados y que mucho de lo que se habló de Argentina –diría que la mayoría– no ha sido comprobado. Fue violada toda garantía constitucional de presunción de inocencia. Lo que pasó con la Justicia es un escándalo, y después, cuando hay un sobreseimiento o falta de méritos en todas esas causas, nadie pide disculpas. Obviamente que lo que está ocurriendo ahora no se mide con la misma vara, pero como nosotros no queremos el Ministerio de la Venganza, en el futuro no va a ocurrir esa irregularidad. Pero tampoco quiero que los culpables del hambre en Argentina queden en una impunidad absoluta. De todos modos, la penetración de los medios no la van a poder sostener eternamente, porque en tu casa hay un electrodoméstico que te canta la verdad mucho más que la televisión: la heladera.