¿Se puede utilizar el adjetivo abrumador en el buen sentido? Abrumar es agobiar, es molestar, es exceso. Y hay un autor de historietas que logra transmitir una cantidad abrumadora de sensaciones, en publicaciones y novelas gráficas que abruman nuestros sentidos.

Su nombre es Chris Ware (Nebraska, 1967) y su trabajo se caracteriza por una línea tan clara que parece vectorial. En sus páginas no hay trazos, ni bordes irregulares en las viñetas, ni evidencia física de la presencia del autor. Algo así ocurría en la recientemente comentada novela gráfica Sabrina, pero mientras que los personajes de Nick Drnaso parecían salidos de un frío manual de instrucciones, los de Ware desbordan (abruman) en humanidad.

Otro componente siempre presente en sus creaciones es la preocupación por el diseño de la página, y no sólo cuando se trata de llenarla con viñetas perfectas que pueden llegar a contarse por decenas. Trabajos como Acme Novelty Library (Reservoir Books, 2009) mostraban su habilidad para componer páginas de 23 por 38 centímetros repletas de elementos, incluyendo larguísimos textos y otros ingredientes visuales.

Nada está librado al azar y por eso esta novela gráfica tuvo casi 20 años de producción, según nos informa el autor en una de esas páginas impecablemente diseñadas. Y si bien algunos de los personajes ya habían aparecido con anterioridad (en el tomo recién mencionado), no es necesario haber leído otras obras para disfrutar, sufrir, reír y llorar con Rusty Brown.

Después

Pese a sus 360 páginas, Rusty Brown no es un libro muy difícil de manejar. Se trata de una publicación apaisada que recuerda recopilaciones de tiras cómicas clásicas, como Peanuts o Dick Tracy, y contiene cuatro grandes historias que amplían el wareverso. Esto dicho con humor, ya que lo suyo está en las antípodas de la narrativa superheroica, excepto por la pasión que les profesa el mismísino Rusty a los seres con poderes excepcionales.

El primer centenar de páginas está narrado como una historia coral, con diferentes “actores” de un colegio de su Omaha natal que sobreviven a un día de clases. El primero en aparecer es Rusty, quien cree haber desarrollado un superoído porque puede escuchar a sus padres peleando. “¡Se estarán enterando todos los vecinos! A no ser... ¡que sólo pueda oírlo yo!”.

La pérdida de la inocencia, especialmente cuando se da en manos de los mayores (padres, una chica con más experiencia) estará presente a lo largo de las páginas, marcando el contraste con el estilo de dibujo que podría provenir de un libro infantil. El Rusty adulto desagradable de Acme Novelty Library tiene su “origen secreto”, con bullies que le gritan “¡Maricón!” y un padre que jamás pudo superar el primer amor de su vida.

En paralelo, en el quinto inferior de las páginas, vemos a otra familia dirigiéndose al mismo centro estudiantil. Conocemos a Chalky White, futuro amigo maltratado de Rusty (de nuevo, no es necesario saberlo), quien junto a su hermana Alice acaban de mudarse allí y tendrán el primer día de clases.

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Entre idas y vueltas, entre charlas en la sala de profesores y disecciones de ranas, conoceremos al resto del elenco que nos acompañará durante todo el volumen: el padre del niño con superpoderes, Woody Brown, el abusador Jason Lint y la maestra Joanna Cole. También conoceremos una versión ficcionalizda de Chris Ware, que pinta cuadros que recuerdan a Lichtenstein y lamenta haberse cortado la cola de caballo.

Así

El segundo tramo de Rusty Brown es el más desolador, el que más abruma con su ennui, esa palabra que refiere a un aburrimiento crónico, que tantas veces aparece entre quienes han tenido la suerte de leer esta novela gráfica con anterioridad.

Sin ninguna explicación, pasamos a la cabaña de un adulto pelirrojo, que se toma tres páginas para afeitarse, pasa un rato en compañía de su perro y sale de la cabaña. Ware nos muestra a un gigantesco cohete junto a ella, para luego revelarnos que esa historia transcurre en el planeta Marte.

Este cuento, que homenajea a la sensibilidad pulp y las publicaciones de ciencia ficción por las que pasaron genios como Isaac Asimov, salió de la mente de Woody Brown. Y gracias a él conoceremos el debut sexual del pelirrojo en medio de una relación tóxica, repleta de golpes bajos para un joven trabajador del periódico, que explica (pero no justifica) un presente en el que el profesor Brown fantasea con la edad de la inocencia y también con quitarse la vida.

Pronto

El tercer tramo está protagonizado por Jason Lint y tiene un comienzo experimental. Ware muestra el nacimiento y los primeros años de vida del personaje, acompasando su dibujo a la capacidad que tenía el pequeño de entender el mundo que lo rodeaba. Lo que comienza con puntos y figuras geométricas simples se va complejizando hasta recuperar el lenguaje de las páginas anteriores.

Aquí me sentí ‒salvando distancias‒ en el capítulo de Rick y Morty en el que aparece el videojuego Roy: una vida bien vivida. Aquellos que lo jugaban debían controlar la vida de Roy y tomar sus decisiones desde el nacimiento hasta la muerte, viviendo en una suerte de tiempo real que terminaba perturbando sus mentes.

La similitud se da en el hecho de seguir a Lint durante toda su existencia, incluso en los momentos traumáticos de la infancia, la adolescencia cargada de frustración y violencia, su deseo sexual fuera de control y su compleja historia laboral. Hasta llegar al punto en el que reflexiona acerca de cómo fue el causante de las infancias traumáticas de sus hijos. 80 páginas que resumen una vida y que de alguna forma nos obligan a imaginar cómo se resumiría la nuestra. Y eso puede traernos varias sorpresas.

Luego

El último tramo está protagonizado por Joanne, la maestra afroamericana de las primeras escenas. Y corre con la desventaja de venir después de una seguidilla de golpes bajos muy certeros. Su historia también los tiene, y el cierre también es poderosísimo, pero por su ubicación es quizás la que menos nos... bueno, abruma.

Leído de un tirón, Rusty Brown puede ser un golpe demasiado fuerte. Será cuestión de administrarlo y colocar a Ware en el Olimpo de los creadores independientes estadounidenses junto a figuras como Daniel Clowes y Charles Burns. O mantenerlo, si es que ya lo habíamos colocado allí.

Rusty Brown. De Chris Ware. Reservoir Books, 2019. 360 páginas.