Un hombre le habla a otro que no está. Le habla a otro que no está pero sigue estando; a otro que, para siempre, en algún rincón de algún universo sigue llegando como cada domingo a un apartamento de dos ambientes en un piso ubicado a más altura que las copas de los árboles de Buenos Aires. Un hombre le habla a ese otro hombre que fue su amor, que fue la única certeza en un viaje hecho siempre de incertidumbre, y que por eso se mantiene ahí, al alcance de la palabra. Al alcance de la escritura. Un hombre que dice que no es un oficinista se sienta a almorzar solo en los escalones de una plaza, y sabe que almuerza con el ausente, porque, como enseñaba Idea, “de cuatro o cinco noches como esas”, que es como decir de unos cuantos domingos, se puede vivir, como de un gran amor, toda la vida.

Las menos de doscientas páginas de este libro están hechas de recuerdos, del repaso de escenas amorosas, de acumulación y de ocultamiento. Se nos ofrece una historia que terminó hace tiempo, pero se nos negará minuciosamente cualquier detalle esclarecedor. No tendremos acceso al desarrollo causal de los hechos y el milagro, entonces, ocurrirá en el misterio estático de ese entretiempo compartido por dos hombres que se dedican los domingos.

La ilusión de los mamíferos es la segunda novela de Julián López, escritor argentino que venía de publicar en 2013, con gran éxito, la primera, que se llamó Una muchacha muy bella, y que antes de eso había publicado un libro de poemas (Bienamado, 2004) y había sido parte de numerosas antologías. Pero López es además uno de los responsables, junto con Selva Almada y Alejandra Zina, del ciclo de lecturas en vivo Carne argentina, que desde 2006 se encarga de juntar a autores éditos e inéditos en encuentros bimestrales con entrada libre en bares de Buenos Aires. El dato no es menor, porque esa inmersión en la literatura, que incluye escribir y leer, pero también escuchar y leer en voz alta, podría explicar la sonoridad de su escritura, la cadencia de ola que va y viene sin renunciar a la precisión pero llevada por el ritmo. Una prosa que es poesía.

López ha contado en numerosas entrevistas que después de Una muchacha... le estaba costando escribir. Que el tiempo se le pasaba boludeando en las redes sociales, como a casi todo el mundo, y que no encontraba el estado del alma que hace posible enfrentarse a un texto. Así las cosas, se marcó un objetivo: subir un fragmento a Facebook cada domingo. Quería algo fácil de entender de primera: una historia de amor ya liquidada, sin las exigencias de una arquitectura que fuera desplegando temporalmente los acontecimientos. Pero bien decía mi abuela que el haragán trabaja doble: esa decisión lo obligó a imaginar cómo sostener una historia que estaba, desde la primera página, condenada a no avanzar, a no develar ningún misterio. La elipsis y la reiteración lo ayudaron a sostener una aventura en la que cabría el mundo, detenido y eternizado. En la novela de López ‒que es la novela de un retentivo‒ está todo, pero tenemos que encontrarlo en lo que, hábilmente, se nos niega.

Las tazas sobre el mantel

El narrador de esta historia esconde la primera persona casi siempre detrás de la segunda, y en contadas ocasiones habilita una tercera que sirve para dejar entrar al cuadro a los otros, a los que integran el paisaje de la semana o de la vida anterior a los domingos: el padre, la Gran Abuela, los amigos. No hay madre en esta historia. No sabemos nada de los protagonistas, excepto lo que hace a su encuentro. No se nos dice en qué trabajan, pero sí sabemos que entre el final de un domingo y el comienzo del siguiente uno de ellos vive en un hogar normal, con una mujer y unos hijos. Del otro lado hay un hombre que vive solo, esperando el séptimo día. Que vive solo pero visita al padre en un geriátrico. Que come fideos con aceite toda la semana y se pertrecha de vino, café y comida rica para el único día que siempre es fiesta. Mantener el interés en un relato que no deja de ser una sucesión de recuerdos ajenos es una difícil empresa, pero López lo consigue a lomos de una escritura que da cumplimiento al mandato jakobsoniano de la función poética. En la cadencia de la prosa, en el arrullo conseguido a través de oraciones que vuelven sobre una misma forma, en el hamacarse de frases agrupadas en tercetos se alcanza la sensación de cosa contenida, de nido y de búnker, de un tiempo arrancado a la velocidad del mundo. La destreza poética de Julián López levanta las paredes de ese apartamento de dos ambientes con balcón y las sostiene como las de la casa del tercer chanchito, sólidas y definitivas para aguantar cuando sople el lobo. “Pero hoy también es domingo y también es la mañana. También el olor del café y el sol del invierno que hace brillar el frío en los edificios tras la ventana. Hoy también es domingo aunque en los diarios no haya una sola palabra interesante, aunque estas jornadas hayan dejado de ser el día de la reconversión al ritual, de la entrega al abrazo cálido, la escucha del único Couperin. / Hoy también es domingo pero los días no guardan lugar para la historia y quizás fue el viento solar, una explosión termonuclear que sólo dejó la sombra: es domingo y mañana no será el primer día de la espera. Es domingo y es de mañana, eso debería bastar al hombre que conoció el milagro de lo casual: nuestras parábolas se interceptaron indolentes una vez. / Es domingo, a pesar del desaliento” (p. 57). Anáforas, asíndetones, polisíndetones, concatenaciones, paralelismos que son el ladrillo y la argamasa de una torre secreta en la que dos hombres juegan a recuperar el siglo XIX mientras ven cómo el XXI se va comiendo las esquinas conocidas, el gusto del pan, las noticias de los diarios.

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Explicación de mi amor

Decir que La ilusión... es una novela sobre el amor es decir mucho y, al mismo tiempo, no dar cuenta del alcance de esa afirmación. Esta es una novela sobre el amor romántico, sobre el encuentro, sobre el descubrimiento erótico y espiritual entre dos personas que se cruzaron en un punto preciso y milagroso de la existencia, pero es también un tratado involuntario sobre la amistad íntima, profunda, entre varones, una “explicación del amor” en el repaso de las horas con el padre, una confesión de amor también a la ciudad de Buenos Aires, a los bares con paredes de azulejos, a los obreros que se organizaron para tejer la trabajosa economía de la subsistencia en cooperativas de consumo, a la clase media “medio ilustrada” que no conocía aún de posgrados y residencias en el extranjero pero sentía el orgullo del conocimiento como un valor sólido que se les legaba a los hijos en la forma de enciclopedias coloreadas y novelas de aventuras. Es el duelo por el retroceso de esa ciudad que se va borroneando mientras avanzan las fachadas pintadas de negro con una estética industrial copiada de Londres o Dublín, locales en los que hombres barbados apuran pintas de cerveza artesanal apoyados en largas mesas de madera. Pero también eso se ofrece al lector sin adoctrinamiento, sin concesión alguna al panfleto o la consigna.

Un domingo cualquiera se abandona el ritual de leer los diarios. Una costumbre que se disfrutaba en el entendido de que leer el diario los domingos de mañana se inscribía en una tradición de cosas queridas y necesarias. “El desayuno de los domingos se hacía largo y tendido por el auxilio de los diarios, el ejercicio extraordinario de la lectura entrelíneas, los artículos de opinión, las notas extensas acerca de las nuevas corrientes de pensamiento, las entrevistas a autores, a divulgadores, a científicos. Esos desayunos inauguraban la semana y le imprimían la filiación de los que practican las mismas rutinas de clase, de los que dan por sentado que propios y ajenos también desayunan de ese modo: café, mate, medialunas, tostadas, agua, eventualmente fruta, lectura de periódicos. Pero de pronto eso dejó de existir y mostró su cara falaz, su evidente podredumbre, sólo cada tanto aparecía una nota ahogándose en un mar de operaciones cada vez más descaradas y torpes”. Dejar de leer los diarios para preservarlos, para que no se pierdan, también, en ese sucedáneo de información que se volvió otra cosa menos inocente y menos generosa. Renunciar. Esta es la novela de una intransigencia que se manifiesta en las muchas formas de la renuncia.

Té para tres

Cómo mantener al lector agarrado a un texto que no promete ir a ningún lado. Si Julián López tuvo que plantearse esa pregunta, también tuvo que responderse que no sería al modo de una tragedia griega, como hizo tantas veces García Márquez. Acá no hay una muerte anunciada desde la primera línea, y el texto no será, entonces, la concatenación de eventos que condujeron al héroe a esa fatalidad. Al contrario de ese progreso hacia el final que tantas veces se ha usado para contar historias, en La ilusión... hay una voluntad de no moverse. Episodios como el viaje a Berlín que sigue a la ruptura podrían tranquilamente desaparecer sin que la historia central, que es la del amor como eternidad y referencia, se viera alterada. Sirven, sin embargo, para reforzar la idea de que no importa el movimiento porque a fin de cuentas lo que es de uno va con uno a todas partes, y eso tanto vale para el amor como para la tristeza.

Decíamos que no hay madre en esta historia, y tampoco hay muchas mujeres. Está la Gran Abuela, esa que no era como las otras pero sabía soltarse el pelo canoso y meter las manos en la fuente frente a la Casa Rosada. La abuela que lo vio, aunque no pudo hacer de eso un enunciado, una declaración de existencia. Y está la otra, la mujer del amado, solvente y encantadora, señora de su espacio como una reina en sus dominios. Amarreta, sin embargo. Desposeída, sin embargo. Y están las señoras de la cultura popular, Nelly Láinez con una parruqueta y un clavel apretado en la boca, las damas del bolero, las mujeres que lo hermanan a Manuel Puig, a los putos en general, las que lo ubican como un estereotipo cursi por más que pueda citar a Amelia Biagioni, por más que lea a Emma Barrandéguy.

La ilusión de los mamíferos es un libro de 2018, pero leído en esta edición de 2020, a la luz del confinamiento y de las salidas con barbijo y de los aforos reducidos en las salas de espectáculos tiene algo de diario del lunes, en el mejor de los sentidos. Nos recuerda que nada de lo que estamos viendo llegó de un día para el otro y nos devuelve a la vapuleada categoría de sujetos, de seres capaces de una soberanía íntima y definitiva que a veces puede tomar la forma de una retirada.

La ilusión de los mamíferos. De Julián López. Argentina, Penguin Random House, 2020. 172 páginas.