En 2018, Florencia Núñez decidió desandar el camino que la había llevado hacia la consolidación en la escena de la música uruguaya, luego de dos discos y la obtención del consagratorio premio Graffiti a mejor compositor. Obtuvo un Fondo Concursable para la Cultura y se calzó el papel de directora de su propia película, haciendo gala de su formación como comunicadora y realizadora audiovisual. Porque todas las quiero cantar es una vuelta a las raíces, un tributo al cancionero popular de Rocha, su lugar de origen; una búsqueda por los autores, los paisajes y las canciones que construyen esa identidad tan particular que la mayoría de los uruguayos conocemos por sus bondades estivales. A principios de julio presentó el tráiler del largometraje que se estrenará en el 38° Festival Cinematográfico del Uruguay, y a partir del viernes estará disponible en plataformas digitales la versión de “Contigo y en el palmar”, el primer adelanto de esta obra que también se editará como disco por el sello Bizarro y por Loop Discos para Brasil y Portugal. Una de las mañanas más frías del invierno nos juntamos a conversar alrededor del calor de estas canciones.

¿Siempre imaginaste este proyecto como un audiovisual?

Sí, porque creía que no bastaba con grabar cinco o seis canciones y hacer un disco; creía que la gracia estaba en hilar esas canciones con los relatos. Me parecía que ahí podía lograr despertar un poco más el interés que sólo versionando las canciones. Creo que son productos que funcionan solos, por separado. Esto habla del modelo multiplataforma del proyecto, y así fue concebido, como un proyecto transmedia, con muchas salidas. De a poco la cosa fue creciendo, y todo sucedió por María José Santacreu [coordinadora general de Cinemateca] y su disparador, cuando me preguntó si lo quería estrenar en el festival. Y claro que sí, porque aunque no lo hice con esa intención, es un festival muy prestigioso, que tenemos que cuidar todos como sociedad.

Está claro que si filmás en Rocha lo paisajístico va a tener protagonismo. ¿Cómo trabajaron esa parte? En el tráiler se ven, por ejemplo, tomas aéreas muy potentes.

Pensé que cada canción te tenía que llevar por el mapa; por eso también se transformó en una road movie, porque eso implicaba un recorrido por el departamento, conmigo al volante llevándote a conocer esta historia. Me parecía lógico que fuera filmado ahí, y que era mucho más rico hacerlo en ese movimiento, porque también el hecho de formar parte de un camino, transitarlo, recorrer un lugar, ese lenguaje con el que lo manejamos, tenía que ver con lo que yo quería contar: una historia que pasó y que sigue viva, porque estas canciones siguen existiendo y la gente las sigue cantando. Te voy a llevar por los lugares donde creo que esas canciones tuvieron algo que ver. Entonces, qué mejor que que la gente lo pudiera ver y que nosotros como protagonistas nos pudiéramos meter en esa escena.

En una entrevista, Gabriel Núñez Rótulo dice que él tiene un estilo propio y que dentro de ese estilo no tiene problema con los géneros musicales. Esa afirmación se puede trasladar a la canción rochense en general; no importa el ritmo, uno las identifica.

Todos son muy versátiles, y musicalmente han hecho de todo. Gabriel tiene una gran relación con el tango, y compuso “Romance a Rocha”, que es un himno y estuvo en un momento en el proyecto, pero yo no quería pinchar muchas veces en el mismo lugar del mapa. Obviamente, “En tu imagen” no podía quedar afuera, porque es un tema casi de cajón; pero después, cuando puse “Poema a las tres” ya había algo medio nostálgico de bohemia y de noche. Son canciones diferentes, cantores distintos, pero no quería pinchar el mapa en el mismo lugar, por eso las quería separar. Me hubiera encantado también poner algo de Pico de Cuadra, pero traté de que fuera diverso.

¿Cómo fue la selección?

Tenía la idea en la cabeza y nunca alteré el orden de las canciones. De modo que no son una selección objetiva. Elegí cinco canciones que son representativas del departamento, pero que no son las únicas, porque la idea es abrir.

¿Esta era la banda sonora de tu infancia? ¿Qué se escuchaba en tu casa?

No. En general, menos la última, que es la de Julio [Víctor González], son con las que uno aprende a tocar la guitarra en Rocha. Entonces claro, es muy fundacional, si se quiere. Por lo menos en mi época, uno estaba muy en contacto con lo que se hacía ahí.

Llevaste las canciones a tu universo sonoro. ¿Cómo fue esa búsqueda?

Me pasaron varias cosas. Algunas ya las sabía tocar. Otras, Santiago [Miraglia], que toca el piano conmigo desde hace años, las hacía con el dúo Solipalma, entonces él ya las sabía. Empezamos canción por canción con Guillermo Berta, con quien ya veníamos trabajando, porque él toca la batería en mi banda y produjo Palabra clásica [su disco de 2017], pero este lo hicimos más en conjunto, porque yo tenía las canciones y sabía para dónde quería que fueran, y de hecho a muchas les escribí los arreglos.

“Ahí está el valor de la interpretación, con respeto, por supuesto, pero teniendo en cuenta que no son las canciones originales. La gente tiene que ir a buscarlas; me parece que ahí también está la gracia”.

¿Cuál es el hilo de la cometa en las versiones que más se despegan de las originales? ¿Las melodías?

A veces es la letra. En “Mar atlántica”, por ejemplo, le dije a Enrique [Cabrera]: “Escúchala desprejuiciado, no va a ser tu misma versión”; le mostré una maqueta que tenía batería y guitarra acústica nada más, y mi voz cantando la melodía. Me dijo: “Tú mantén la letra y todo lo demás es tuyo”. También a esa le cambié cosas a nivel de acordes y de melodías. Pero creo que ahí está el valor de la interpretación, con respeto, por supuesto, pero teniendo en cuenta que no son las canciones originales. La gente tiene que ir a buscarlas; me parece que ahí también está la gracia. Escuchas esto, te llama o no la atención, o dices, “¿qué es esto?” y vas a escuchar a Los Zucará, y me parece válido.

“Poema a las tres” es la versión que más se acerca a la original.

Viste que está Fede Lima también. De hecho, me acuerdo de que a Enrique le mostré esa versión y me preguntó: “¿Vas a hacer los contracantos?”, y le dije que no. Todo cuadraba para que no fuera una canción simplemente cantada a dúo, sino que fueran nuestras dos voces trabajando al servicio de esa melodía. Y no hay nada librado al azar en esa cantada, ensayamos varias veces y nos ensamblamos.

“Un lugar de medios locos” no pertenece a esa época ¿Qué te sedujo?

En la película le digo a Julio Víctor que esa es su mejor canción. Y es la más nueva del proyecto: salió en 2018, en su disco La casa nueva. No sé si Julio se da cuenta del poder que tiene para comunicar y decir cosas tan universales con palabras tan simples como “Yo vivo en un lugar de medio locos/ que a veces se parece al paraíso / el que se vino a vivir es porque quiso / salvarse de quedar loco del todo”. Te pone esa máxima y después te empieza a contar con quién convive, qué hacen, cómo son los días. Es algo que podemos extrapolar a cualquier otro balneario de cualquier parte o a cualquier persona que encuentre su lugar.

De alguna manera, la película sirve para dar cuenta del legado de Julio Víctor González como intérprete y compositor.

Es gran parte de la película. Julio Víctor es Rocha cantando y tocando la guitarra. Ahora tengo acá una canción que me mandó grabada así nomás, que hizo con unos versos que le había dado [Aníbal] Sampayo al hijo del Toto Veiga, que era un pescador de la zona de Cerro Verde y estuvo preso en la dictadura con Sampayo. El hijo de Veiga se la dio a Julio, y él la musicalizó. No te puedo explicar la belleza que tiene eso. Ellos en general minimizan su rol, minimizan las figuras que son. Pero esa también es la idiosincrasia del rochense.

¿Cuándo aparece “Canción del camaronero”? Porque no está entre las cinco iniciales

Surgió antes de ir a grabar las canciones. Hablamos con Nicolás Molina y quedamos en que faltaba algo más, que fuera un poco más lejos de Rocha y La Paloma; si bien “Contigo y en el palmar” es medio híbrida, de ruta, más cercana a Castillos, nos dimos cuenta de que faltaba otro elemento acuático que no fuera el océano. Un día Nicolás llevó su compu y la terminé grabando y tocando ahí en el puente de Valizas mientras abajo estaban tirando las redes. Fue lo más espontáneo.

Sí, en Tacuarembó, Treinta y Tres y Rocha. Pero creo que Tacuarembó siguió con esa tradición y Treinta y Tres también continuó esa mística del Olimar. Pero en Rocha no pasó a mayores, quedó como algo más aislado.

Y con respecto a esa generación de fines de los 70, principios de los 80, ¿funcionaba realmente como un movimiento?

Creo que sí. Se nota eso del movimiento germinal que hubo en Rocha en esa época, y cómo marcó a esa generación y las posteriores. Lo que falta, quizás, es una continuación de ese florecimiento, o seguirlo trabajando para que Rocha siga siendo lo que es, pero puertas adentro no, puertas afuera; yo creo que ahí está la falla. Creo que la riqueza sería que eso que sucede ahí también exista para afuera; que sea la expresión de un lugar.

En general, el lenguaje es muy particular. Como escribió Lucio Muniz: “Con esa pureza de tu hablar”.

Tal cual. Y es muy loco, porque en realidad él no tenía esa pureza porque había nacido en Treinta y Tres y vivido en Montevideo. Fue un homenaje de su parte. Habría que mirar con atención las canciones que se escriben hoy en Rocha. Para mí también fue una necesidad de vincularme con todo eso de nuevo, pero desde otro lugar. Hay gente que está haciendo cosas preciosas, como Arcavoces, a quienes invité para una escena de la película, al igual que Carlitos Malo, que es un loco que ha hecho carrera desde Rocha, cuando no es muy común eso de hacer carrera desde su lugar. Los Zucará nunca se fueron, por ejemplo. Hay muchos patrones que se fueron repitiendo.

¿Te sentís parte de una nueva escena rochense?

No lo sé. Toda la obra que he generado ha sido desde acá; eso es diferente de Nicolás, por ejemplo, que ha creado viviendo allá, y del resto de mis colegas más grandes. Ahí siento una diferencia.

Y como mujer, ¿qué reflexión te merece? Porque si hay algo que evidencia el proyecto es que es una escena notoriamente masculina.

Todas las canciones fueron compuestas por hombres. Creo que ese es el elefante en el cuarto. Porque si bien yo nunca digo que soy la única mujer que está haciendo esto, en realidad sí. Las mujeres en general están trabajando para hacer una obra propia y para construir un acervo colectivo o compartido. Podemos hablar de Queyi, de Clara García, que está cantando un repertorio de Amalia de la Vega, de Yisela Sosa, que sigue vinculada con el folclore, de Adriana Loeff y su película Hit [2008, codirigida con Claudia Abend]. Yo quiero cuidar estas canciones, que les vaya bien y tratar de difundirlas en la medida de lo posible. Que circulen de nuevo, que las canten.