Con la muerte de Sandy Carriello, más conocido como Sandy MC, se va la mitad que quedaba viva del dúo Sandy & Papo, ya que Papo MC había muerto en 1999 en un accidente automovilístico. Sus vidas personales fueron tan breves como la del dúo, y lo mismo podría decirse del fenómeno musical al que pertenecieron, pero su influencia sigue presente.

Al Uruguay de los 90, como siempre en la era previa a internet, las cosas llegaban bastante tarde. En algunos casos, además, cuando desembarcaban movidas importantes en el mundo y la región, en Uruguay se las ignoraba, y como llegaban se iban. Esto último pasó con el house, género musical surgido en los 80 en Estados Unidos (algunos dicen que en Chicago) que en la segunda mitad de esa década llegó con fuerza a Europa, en donde se consolidó a principios de los 90, en una variante que fue la que terminó prendiendo fugazmente en Uruguay.

En primer lugar con Technotronic, que aunque sonaba como salido de los suburbios de Nueva York, era de Bélgica; los 2Unlimited, que eran holandeses, y luego con la variante española, muy en boga en el centro de la joda y las drogas sintéticas del momento, que era Ibiza, y de la que quizás la expresión más visible fueron los Loco Mía.

Todos los niños uruguayos de los primeros años de los 90 moviendo los abanicos y vestidos de piratas gitanos en las fiestas de fin de año de las escuelas. Muchos de quienes se habían ido a España huyendo de las dictaduras rioplatenses o escapando de la crisis y desesperanza del fin de los 80 vivieron el fenómeno de las discotecas y las fiestas en Ibiza y luego intentaron replicarlo en Argentina, principalmente, razón por la cual el house español pudo llegar a algunas discotecas y radios uruguayas, aunque brevemente. Para ponerse a tono, algunas marcas, como Pony, largaron una línea de botas como de básquetbol pero con colores flúo, que servían para completar el look.

En Argentina ya existía Ritmo de la noche, el programa de Marcelo Tinelli que fue, para los que nos criamos en esa época, nuestra educación sentimental. Fue primero con Yazzy Mel y con Charly y los Gemelos (un grupo de breakdance) que las bases para esos nuevos sonidos empezaron a conformarse. En los recreos de la escuela, además de jugar al fútbol con una botella aplastada, nos reuníamos a ver si nos salían los pasos de breakdance.

Años después sería con Machito Ponce, su acento caribeño falso y su pegadiza “Short dick men”, y con eso que empezamos a llamar “marcha”, porque era súper ecléctico e indefinible. En esa movida fueron fundamentales los latinos, la variante latina del house y el hip house, muchas veces surgida en Miami y Nueva York: primero El General y Proyecto Uno, Lisa M; luego Ilegales y Sandy & Papo.

En la clase de ese año había un nuevo. Decían que ya había estado en el colegio hacía años pero en el turno de la mañana, y yo iba al de la tarde. Era chiquito para su edad, la piel aceitunada, no hablaba con nadie. Hasta que una profesora pasó la lista y él se paró para responder “presente”.

Todos quedamos sorprendidos, incluida la profesora, que le preguntó de dónde había venido. “Soy uruguayo, pero vengo de República Dominicana, señorita”, respondió con un marcado acento caribeño. Resulta que teníamos un amigo en común, y que además éramos vecinos. Empezamos a ir a su casa, que era una casa típica de Nuevo París, pero con objetos extraños. Máscaras aborígenes con cuernos, sombreros de mariachi, un reloj con patines, una colección de gorros de béisbol en miniatura, la foto del hermano mayor con el sombrero de graduado de las películas y, sobre todo, los discos.

Ya había compactos, pero no teníamos muchos: sin embargo, ellos sí. Todo muy diverso: Guns N’ Roses, Miriam y las Chicas, R.E.M., Jossie Esteban y la Patrulla 15, Aerosmith, Juan Luis Guerra, Los Olimareños, y dos que no conocíamos. Uno de Proyecto Uno y otro de Sandy & Papo. “Esto estaba sonando mucho allá”, nos dijo Pablo, y cuando lo puso nos dimos cuenta de que eran los temas que estaban empezando a sonar en las radios y en los bailes del liceo. Nos hicimos unas copias en casete y nos pasamos escuchando esas canciones que en pocas semanas pasaron a estar en todos lados.

Conocimos esas nuevas canciones, pero al escuchar de rebote los discos y casetes que escuchaban Miguel y Lilián, sus padres, pudimos entender también de qué tradición venían esas nuevas bandas. No eran sólo house o hip hop: también estaban Las Chicas del Can, Wilfrido Vargas, Eddy Herrera, Víctor Víctor, Rikarena, Fernando Villalona, y los colombianos de La Sonora Dinamita con su “Soruyo y Capullo”. Sin darnos cuenta, estábamos descubriendo unas bandas, pero no como algo descolgado, sino como parte de algo mayor.

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Desde los 70, las ciudades de Miami y Nueva York se habían consolidado como las capitales de la música tropical a nivel de industria, con una conjunción de productores de origen latinoamericano y otros provenientes de la industria norteamericana. En los 80, las propuestas ortodoxas, o puristas –es decir, los discos de salsa, las orquestas de merengue, los músicos de bachata, guaracha, cumbia, son, etcétera–, empiezan a perder peso en el mercado y la industria incentiva las fusiones.

Se comienza a experimentar con lo electrónico, lo pop, el melódico internacional, el rock, el new wave, el rap y el hip hop. De allí salen un montón de artistas y subgéneros que horrorizan al público más tradicional, pero que revitalizan la industria.

Por otra parte, son años de un incremento de la primera generación nativa de latinos en Estados Unidos. Todas las familias que emigraron de los países latinoamericanos y se establecieron en ciudades como Nueva York, Nueva Jersey, Miami, entre otras, empiezan a tener hijos que son criados en Estados Unidos, que son bilingües de partida, y cuyos paisajes sonoros tienen tanto de Héctor Lavoe como de Public Enemy. Se dice que el primer merengue que incluye rap es “El jardinero”, composición de mediados de los 80 del dominicano Wilfrido Vargas, quien años más tarde popularizó otra fusión, “Mi abuela”, pero en realidad lo que hay es un tránsito que empieza a darse de forma más fluida en esos años, entre los ritmos tropicales y la música internacional, y de producciones entre discográficas locales e internacionales.

En este contexto, sobre el final de los 80, en República Dominicana, pero con músicos y productores provenientes de países caribeños y de la comunidad latina estadounidense, comienzan a surgir propuestas variadas como El General o Proyecto Uno, con músicos que provienen tanto del hip hop, el rap y el rock como del merengue y la bachata, y que consolidarán un fenómeno que un par de años más tarde acogerá a Sandy & Papo.

Ambos venían del rap y el hip hop: específicamente, de una banda que se llamaba Boogie Down Rap. Pero fueron a un casting en que se elegirían sustitutos para Proyecto Uno, y dos de sus productores, Pavel de Jesús y Porfirio Piña, quedaron impresionados con ellos, y así surgió el dúo. No tuvieron una larga carrera, como ya se dijo. Sacaron dos discos y un recopilatorio con remixados de canciones anteriores, pero con esos trabajos marcaron una presencia importante en las discotecas y las radios.

El primer disco, que lleva el nombre del dúo, es de 1995, y es el que incluye más cantidad de éxitos. La versión de “I Like to Move It”, la canción de Reel 2 Real, popularizada como “El mueve mueve”; “La hora de bailar”, en que aparece un sample de la canción de “Push the Feeling On” de Nightcrawlers, recurso que fue una de las características del nuevo género; y “Bueno pa’ gozar”, que tiene una introducción de música electrónica discotequera estándar.

El segundo disco es de 1997 y se titula Otra vez. Aquí lo ecléctico del primer disco se pierde y, básicamente, es un disco de merengue house estándar, con una fuerte base rítmica discotequera y un tempo acelerado, similar a lo que de manera menos inspirada haría King África en Argentina. Tuvo un éxito menor que el anterior y sólo se destacaron “La fiesta”, “El alacrán” y un ignorado “Huelepega”, que quizás sea su única canción con contenido de índole social explícito.

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Poco tiempo después la movida empezó a caer en popularidad fuera de fronteras, aunque en los países caribeños su éxito continuó unos años más. En Argentina y Uruguay se dio otro tipo de fusiones que resultaron más interesantes para discotecas y radios, principalmente en Buenos Aires, donde comienzan a agregarse bases rítmicas discotequeras a las cumbias, lo que después replicarían en Uruguay las bandas de pop latino.

Llegado el nuevo siglo era poco lo que sonaban Proyecto Uno, Ilegales, El General y Sandy & Papo. A lo sumo Machito Ponce, que con algunos temas intentó reinventarse a principios de siglo, pero con poco éxito. En cuestión de pocos años pasaron de sonar en todos lados a ser sólo la banda sonora de las noches de la nostalgia o de fiestas en que se ponían esas canciones de forma irónica, intentando recordar el pasito de la marcha, que era muy sencillo pero cansador.

Sandy & Papo no llegó nunca a niveles como los alcanzados por sus bandas competidoras, que contaban con temas como “El tiburón”, “Another night”, “Está pegao”, “No me trates de engañar”, “Qué es lo que quiere esa nena”, “Fiesta caliente” o “La morena”, pero formó parte de una movida que fue mucho más que un fenómeno de moda craneado por productores y discográficas.

Mucho del sonido posterior que desarrollaron el hip hop, el rap, el pop y hasta los ritmos tropicales no podría haberse generado sin la influencia de esas bandas fugaces y sus fusiones, frecuentemente más arriesgadas que efectivas. Sin ir más lejos, el reguetón, y en menor medida el trap latinoamericano, abrevan permanentemente en esas fusiones, al punto que si uno escucha “Pégalo” o “Ropo pom pom”, de Sandy & Papo, puede anticipar el sonido más tradicional del reguetón.

Pero en un ámbito más íntimo, más sentimental y afectivo, no tanto de industrias y mercado, en el sur, lejos del trópico, fue la banda sonora de los integrantes de una generación a la que le mintieron descaradamente con un supuesto ingreso a la globalización y el primer mundo, con una apertura que nunca fue tal, con promesas de libertades que terminaron en nuevas formas de represión, con un capitalismo feroz y desigual, y que lo único que encontraban para sentirse un poco vivos era encerrarse en un boliche a hacer pogo o a hacer el pasito de marcha hasta no dar más.