El lunes suele ser considerado un día bastante antipático; para la mayoría, es el comienzo de la semana laboral y el reloj despertador más impertinente de todos. Para quienes viven los fines de semana con ajetreo es un día de achique, de persianas bajas. Luego están los músicos, y sobre todo los músicos que tienen múltiples proyectos: ese es el día que va quedando en blanco en la agenda, entre ensayos, clases y toques, hasta que una nueva odisea los lleva a usar el primer día de la semana como espacio de creación. Esto pudo haber pasado con Fernando Henry y Pablo Retrovisor (Pablo Gómez), quienes el año pasado comenzaron a darle forma a El club de los lunes.

Los músicos se conocieron hace unos años, cuando coincidieron en la banda de Guille Wood (Buceo Invisible) para la grabación de su disco Oración del abismo (2018). En 2020, a pesar de la pandemia, ambos estuvieron muy activos; Fer Henry editó su octavo disco solista, La región favorita, el álbum de su power trío Ganges, entre otros proyectos y colaboraciones; Pablo, además de ser tecladista de Buceo Invisible, forma parte de la banda de Nicolás Molina y de Níquel, que el año pasado regresó a los escenarios. Un día, luego del confinamiento inicial, cruzaron mensajes para ver si habían retomado la actividad y al tiempo estaban en la casa de Gómez dándole forma al club. Por supuesto, un lunes. “La idea era trabajar a ver qué surgía, ya que es todo un viaje juntarte con otro a componer; más allá del talento o de los músicos que se junten, se tiene que dar otro tipo de cosas, una química, una magia de alguna manera”, confiesa Henry. Ya en aquel primer encuentro se prendieron los hornos de la creación y surgió un tema: “Milagro”.

Las canciones se grabaron sesión a sesión y todas fueron compuestas para este proyecto. Gómez ofició de productor y definió el sonido y los arreglos, mientras que Henry lideró las líricas. Salvo el bajo de “Milagro”, grabado por Ignacio Guisande, ambos músicos se hicieron cargo de todo lo que suena. Por último, Pablo Balmelli fue el responsable de mezclar, masterizar y pulir el sonido para darle “el mayor power posible”. Los últimos días del primer año de la pandemia salió a la luz el volumen 1 de este club que sigue con las persianas altas y ya trabaja en el siguiente.

“Todo el silencio cayendo / por un tobogán de luz / viene atropellando / como si el aire que nos respira / ya no tuviera velo”, dicen los primeros versos de “Colibrí”. La voz de Henry suena desde el primer momento junto a la música que acompaña la declamación. Pasarán 50 segundos hasta que un solo de teclado nos invite a adentrarnos en este universo. La canción sirve de mapa para lo que vendrá, un disco que aprovecha y construye a partir de los límites en los que fue creado; ejemplo de esto son las baterías programadas que definen el sonido y en muchos momentos se ponen a la vanguardia de la expedición.

Más allá de las circunstancias están las canciones, las buenas canciones, que son lo que sobra en El club de los lunes, Vol. 1, de esas que a la primera pasada ya quedan dando vueltas y las encontramos rato después en algún tarareo, como pasa con “El mismo lugar”, que tiene alma de hit y corte difusión. Hay una intención de lo simple, de despejar la instrumentación y sacar notas, dejar sólo la línea punteada que marca el camino. Sin embargo, esta búsqueda por lo concreto no le quita espesor, se nota que hay mucha música detrás. Y aunque cada una de las siete canciones tiene sus cimientos particulares –tal vez reforzados por eso de grabar lunes a lunes y canción a canción–, la obra es una unidad, como un videojuego con sus diferentes pantallas: para llegar a una necesariamente hay que haber pasado por la anterior, todas conectadas pero todas particulares. A la brillante y cadenciosa “Milagro” le sigue el ejercicio instrumental y retrospectivo “Un espacio en el tiempo”, especie de oasis a mitad del derrotero; ese descanso onírico lo interrumpe “Lo que no va a suceder”, a la que los músicos bautizaron como “la de Pappo”, el momento más rock del álbum y sin dudas un segundo hit; y después se pasa de las guitarras furiosas a la exclusividad de los teclados en “Las dos caras de la luna”. Si bien Henry se destaca como cantante principal, el trabajo de las voces también responde a las necesidades de cada canción: hay coros, cantos al unísono, voces usadas como capas casi fantasmales, canciones compartidas y también espacio para que Gómez aporte la garganta líder.

El disco es pop/rock, pero sin concesiones, como alguna vez definió Fernando Cabrera: simple y hondo. Durante el proceso, además de mate y zapadas, el dúo compartió charlas y artistas que, de una u otra manera, influenciaron la obra. En esa lista están, además de Pappo Blues, Steely Dan, Night Flight, Spinetta Jade, Lou Reed, John Cale, John Coltrane y su disco A Love Supreme –citado en “El mismo lugar” – y Tom Petty and the Heartbreakers, que inspira la pared sonora y guitarrera, entre otros. Más allá de esta selección que define el sonido soft, la máquina de ritmos, las melodías y los teclados remiten también a los 80, como si el Charly García de Clics modernos deambulara entre la barra de músicos antes citados.

“No te vine a contar ni a mostrarte lo nuevo, lo que está bien. / No te quiero explicar si es un juego, un truco o un viejo plan”, cantan al comienzo de la última canción, que no por casualidad se llama “La madrugada”: es el fin, o el comienzo. La madrugada se extiende por más de seis minutos y nos deja en estado crepuscular.

Henry y Retrovisor no necesitan manifestar irreverencia ni pose alguna. El plan habla por ellos: juntarse, hacer canciones, grabarlas, editarlas, seguir creando, no depender de nadie más para hacerlo. En otro pasaje de “La madrugada”, declaran: “No depende del agua, el cauce del río no va a parar. / No dependen de vos las canciones y así está bien”. El único requisito parece ser la química, esa casi mágica condición que hace que cuando dos elementos se juntan algo se encienda. “En la composición hay un tire y afloje, un ceder, un contactarse sensiblemente con las ideas que el otro tiene”, dice Henry. En este caso, parece haber una segunda condición: que sea lunes. El club está abierto.

El club de los lunes, Vol. 1, de Fernando Henry y Pablo Retrovisor, 2020. Disponible en plataformas.