“El piano es muy amigo. No tenés que pulsar una cuerda ni coordinar nada. Le das una patada e igual suena”, dice Bárbara sobre las virtudes de su instrumento más cercano, el que la acompaña a todas partes. “Para mí es como salir con una pareja. Si me voy a una casa de veraneo lo llevo. Sé que no es lo mismo que la guitarra, pero me resulta indispensable. Aunque no componga me gusta tenerlo. No estoy más de una semana sin tocar. Si aparece la inspiración, que te agarre con un piano cerca. Esa es la clave”.

Bárbara va y viene con un Yamaha P115 bajo el brazo, porque le encanta como suena. “En casa también tengo otro piano eléctrico y un par de órganos chiquitos de cuando era niña, un sintetizador que uso con Eté & Los Problems [desde 2019 es tecladista del grupo]. Todo eso lo tengo en mi cuartito de música”, dice con orgullo, y reconoce que su vínculo con el piano resultó natural desde el comienzo de su carrera musical.

En su primer hogar, en la ciudad de Tarariras, departamento de Colonia, había un piano, también un cuartito de música, y muchos instrumentos: “Guitarras tres o cuatro, tambores, flautas, de todo”, recuerda. “Mi mamá tenía la costumbre, en cada cumpleaños de mi papá, de regalarle un instrumento, aunque no lo supiera tocar, y por eso después teníamos tantos. Yo pasaba en esa habitación, y al piano iba y le pegaba con la palma de la mano y sonaba. Eso, nada más, era maravilloso”.

En esos primeros años de música en el aire y clases de piano, sus padres escuchaban discos de Sui Generis, Charly García, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Dire Straits, y mucha música de cine.

En este segundo trabajo como solista puede adivinarse algo de cada una de estas influencias involuntarias, como las delicadas armonías de Charly, o el vuelo poético de Pablo Milanés, pero nada se compara con su swing jazzístico, cinematográfico y explosivo, de una edad de oro, ajustado y al servicio de los sueños, de cromos brillantes, vestidos de fiesta y noches ideales.

Nada es casual en sus melodías, ninguna nota en sus canciones ocupa un lugar a la buena de dios, o de la fortuna.

Cuando terminó sus estudios como pianista y cantante en Uruguay, Jorcin viajó a Argentina, y luego de interminables sesiones con los más diversos instrumentistas obtuvo el título de “Música Profesional” en la Escuela de Música Contemporánea de Buenos Aires. “Ahí me metí en todo. Era como estudiar cada género y practicarlo cada día. Hice ensambles con jazz, free jazz, tango, pero lo que más me gustaba y me sigue gustando es la canción latinoamericana”.

Sobre su intensa estadía porteña, también dice: “La data va bajando de a poco. Es como que durante un tiempo no entendés nada. Hay toda una parte de entender la teoría, que en un punto es como las matemáticas, y hay otra que se siente y se escucha. Aprendés cómo utilizar lo que aprendiste y a darte cuenta exactamente de qué es lo que está sonando en ese momento en el escenario, y hay otra parte que son años de vida de escuchar y de tocar, que baja mucho tiempo después”.

A lo largo de la entrevista, al igual que en sus canciones, Bárbara habla, reconoce o recuerda aspectos de su personalidad y su carácter con los que ha tenido que lidiar durante su vida.

“Siempre fui muy solitaria a la hora de componer y armar mis canciones. Cuando tocás el piano en el conservatorio, también, siempre estás sola. Así que cuando me fui para Buenos Aires lo más rico y nuevo que me llevé fue aprender a tocar con mucha gente distinta. Por ejemplo, yo siempre me apuraba en el tempo, iba como adelante, y tuve que aprender a llevarlo de forma diferente y que la ansiedad no me ganara tocando”.

Bárbara siempre tuvo claro que se iba a dedicar al arte y la música: “Hay como una fuerza en mí que me dijo que lo iba a lograr. Además, si vos no confías en lo que hacés no podés esperar que otros confíen en vos”. Se considera muy estricta consigo misma y en extremo organizada: “Soy la que más me castigo. Sufrí mucho por eso. Cuando saqué mi primer disco [Índigo, 2018] había una vocecita que me decía que lo que hacía no estaba bueno. Y es muy frustrante para alguien que estudia tanto. Hasta el día de hoy, a veces escucho una canción mía y no me gusta para nada. Y tal vez al otro día me guste un poco más”.

Acuerdos

Si canto es porque puedo es un disco catártico, pero de un modo singular. La cantante, compositora, pianista y actriz se pelea frente a un espejo que la cuestiona, le exige y le reprocha sobre asuntos repetidos, aunque por momentos una de las dos escapa de la otra, hasta convertirse ‒como los personajes de las buenas canciones‒ en pertenencias populares. En el camino encuentra coincidencias, la amistad y el amor.

El disco abre con “Lanza”, una canción y también una declaración de principios: “Habla de un tema tan complejo como el feminismo y un lugar que reclamo para las mujeres y las disidencias en los escenarios, medios de comunicación, la música y la vida en general. Y por eso me pareció que la armonía también tenía que ser compleja. Tiene mucha armonía de jazz. Para esta canción invité a Franco Polimeni que es el productor del disco. Él es pianista de jazz y tiene mucha más data sobre el género”.

Amistades

“Primero nació la melodía, y dije: ‘Me gusta esto’. Pero era muy fácil, y a mí lo fácil me termina aburriendo. Así que la compliqué un poco”, dice sobre “2449”, una de mis preferidas del disco. “Y la letra empezó a salir en una improvisación sobre esa melodía. En un momento me di cuenta de que la escribí para mí. Yo soy, era, antes más todavía, una chiquilina muy terca, de estar muy a la defensiva. Siempre bastante enojada y en la mala. Como esa gente que está siempre con las garras. Creo que soy la persona con la que más he tenido que hablar, conversar, pelearme y amigarme. Estar conmigo no siempre es fácil. A las personas que nacemos con esta condición se nos hace difícil entender que no todo es personal. Somos gente difícil. A veces lo que me pasa es que las canciones me hacen entender las cosas más que al revés: no es que descubro algo y lo canto”.

Amores

“Fue difícil para mí sacar una canción así”. Habla de “A tu lado”, uno de los cortes del disco con más clics, y con videoclip incluido. “Siento que mi generación ya no hace canciones de amor, canciones sobre estar enamorado. Pero no puedo mentir, la escribí estando enamorada, estoy enamorada, y la canción es para mi novio. Me pasó de pensar: ‘¿Qué onda esta canción? Es muy cursi. Cómo la va a recibir la gente’. Y después me di cuenta de que el feminismo de ‘Lanza’ podía convivir con el amor propio y el amor de pareja de esta canción, que es un amor sano, al contrario de Índigo, que tenía canciones de amor muy tóxico. Para mí era importante mostrar esa parte de mí que también existe. Creo que todas las canciones muestran cosas de mi personalidad, y en definitiva la canción gustó mucho. Fue un riesgo, y para mí hacer arte es tomar riesgos, así que me decidí y al final salió bien”.