Demoré seis meses en escribir estas líneas. Algo me retenía. Y lo que me retenía tiene que ver con Chile, con lo que viene pasando desde hace dos años y por suerte no se detiene, con la Plaza Dignidad convertida en símbolo libertario (¡reconquistemos esa hermosa palabra, por favor!), con la gente en la calle dando vuelta una historia de derrotas y repliegues, con la relación íntima entre la música popular y las marchas, con las canciones de Los Prisioneros y de Violeta Parra convertidas en himnos, pero también las de Camila Moreno, una artista superlativa en la que acción política, radicalidad estética y actitud ultrapop son inseparables. Lo que me retenía es que faltaba un final, y ese final, o en todo caso ese punto de inflexión, llegó con la victoria en las urnas de Gabriel Boric, que significa además el ascenso de una generación que se formó en las calles peleando por la educación pública, entonces enfrentados a Michelle Bachelet, y que hace dos años demostró una madurez política mayor al comenzar, nuevamente en las calles de Santiago, y no olvidemos las calles de Valparaíso y Conce, las revueltas que llevaron al derrumbe de la inercia derechista comandada por el “rey” Sebastián Piñera.

Camila Moreno pertenece a esa generación y es dueña de una voz única. En ella se mezclan Violeta y Björk. Lo mismo pasa en los sonidos que salen de su guitarra, de su piano, de sus loops, de las texturas que fue encontrando en el camino por escapar de un pop agridulce hasta llegar a sonoridades posfolk cruzadas con el noise y con aires de vanguardia electro-cyborg. “Ruidos de insectos salvajes”, dice un verso de “Raptado”, una de sus mejores canciones, que tiene un perturbador clip que bien podría haber guionado Mariana Enriquez. Y no se puede dejar de mencionar los clips, porque ellos forman parte de la identidad sónica-visual de esta notable artista, y porque cuando venía preparando el disco en el que pensaba rehacer los escombros del brutal Mala madre, estalló todo en Chile, la gente tomó las calles, después vino la pandemia, y las canciones fueron consumando una distópica obra de ciencia ficción que se ilustra en la serie de videos que abren con “Quememos el reino” (un rock feminista y salvaje anti Piñera, por cierto nada inocente: “Quemaremos a los demonios/ asesinos cobardes/ de la nación”) y culmina con el movie-clip “Rey”, no sin antes pasar por estados audiovisuales alterados en “Es real” y en la dramática “Hice a mi amor llorar”.

Tuvieron que pasar seis meses para que volviera a escuchar la entrevista que grabé con Camila Moreno a pocos días de la edición del disco Rey. La conversación empieza abruptamente, casi sin presentaciones, porque lo primero que le pregunté fue qué sintió cuando se puso a hablar, sin guitarra, sin canciones que la resguardaran, desde un escenario montado en una plaza de Ñuñoa, una tarde peligrosa de toque de queda. Le salió, improvisado y auténtico, un grito, un discurso encendido que pone la piel de gallina a quien lo escuche.

“Ese día que se hizo el cacerolazo cultural en Ñuñoa, una chica de los colectivos feministas me dice ‘súbete, que tienes que hablar… ¡ahora!, súbete’. Yo había ido a juntarme con la gente, andaba con mi hijo, y simplemente lo hice porque me pareció que ellas me lo plantearon casi como que era mi responsabilidad, así que les hice caso, y subí… Y bueno, claro, lo que vino después con respecto a ese hecho puntual fue que el video se hizo viral, y no sé, fue algo extraño en mi vida, pero también me generó orgullo, porque sí que estaba muy compenetrada con lo que estaba diciendo. Me generó orgullo el hecho de poder hablar y comunicar algo en ese momento que era tan difícil y de tanta confusión. Fueron tiempos de esperanza y también de terror. Porque ese discurso yo lo di el 20 de octubre, y sabíamos que estaban los milicos en las calles, pero no sabíamos todo lo que iba a pasar después, que hubo gente torturada, que hubo gente mutilada, que hubo gente asesinada. Entonces, esa semana después se transformó en una pesadilla, en la que la mayoría de mi círculo estaba en plan buscar el pasaporte y escapar de Chile. Había gente que decía “se está repitiendo, los milicos se van a tomar el poder de nuevo y hasta aquí llegamos”. Había mucho pánico. Empezó el toque de queda y era de no creer, algo muy siniestro. Y esa historia, por mucho que haya pasado hace 40 o 50 años… Igual eso es poco tiempo, ¿sabes? Es como refrescar el trauma en la cara de un niño. Después vinieron tiempos muy oscuros, pero también de mucha resistencia, de mucha realización.

Camila Moreno.

Camila Moreno.

Foto: Noliprovoste

En esos días te uniste decididamente a la militancia en la calle. ¿Cómo viviste ese momento?

Sí. Me uní a TraMus, que son las trabajadoras de la música, y allí encontré el lugar de contención más hermoso. Estuvimos marchando todos los días. Fue un trabajo súper bonito y de mucha organización. La energía que había en las marchas era maravillosa. Era maravilloso el nivel de compañerismo y de trabajo colectivo, y de cómo nos estábamos cuidando entre todos. Fue muy emocionante, la verdad.

Eso fue bien maravilloso, porque en Chile hay una creencia, que es una falacia, de que no tenemos identidad y de que somos casi un refrito de los gringos… Bueno, lo que pasa en muchos lugares de Latinoamérica, ¿no? Y creo que esa fue una de las cosas más emocionantes del estallido, donde surgió una identidad chilena tremenda, acompañada por el resurgimiento de Violeta Parra, de Víctor Jara y también de Los Prisioneros. Fue una revuelta de identidad y de autoestima, porque finalmente la identidad genera autoestima… Fue maravilloso ser parte de eso y cantar esas canciones, y eso fue lo que hicimos con las TraMus.

Camila Moreno.

Camila Moreno.

Foto: Noliprovoste

O sea que fueron parte de hacer el ruido, de generarlo…

Sí, claro, y también surgieron canciones espontáneas, composiciones que hicieron las mismas chicas, artistas nuevas como Yorka, Natisú, Malú Mora. Hubo muchas personas que hicieron canciones y que reflejaron un poco el espíritu que estaba circundándonos.

¿Y qué pasó con tu obra? Porque venías preparando un disco, tenías tus planes más o menos programados, y por ahí entiendo que el estallido alteró los movimientos y saliste sorpresivamente con la canción y el video “Quememos el reino”. Contame un poco qué pasó en tu cabeza con todo eso, cuánto te removió.

Yo estaba haciendo el disco, estaba componiendo todavía, produciendo algunas cosas. Tenía esta canción que se llamaba “Quememos el reino”, que se había cuajado el 8 de marzo de 2019 para la marcha feminista, que había sido una marcha muy increíble, maravillosa. Y yo tenía esta canción hecha y la tenía semiproducida, pero el plan original era salir con “Es real”, que es una canción de amor lésbico, medio sexy, con el espíritu del enamoramiento. Y la verdad es que cuando llegó el estallido todo se detuvo, dejamos de ir al estudio, fue un tiempo de mucho recogimiento y donde no podías hablar de otra cosa. Era raro estar hablando de otra cosa que no fuese lo que estuviese ocurriendo en ese momento, en ese contexto social. Nos juntábamos a organizarnos, nos juntábamos a reflexionar, nos juntábamos a contar lo que estaba pasando, cómo estábamos, cómo estaban los compañeros, las compañeras… Y en ese contexto le dije a Iván Gonzáles, que era la persona con la que estaba produciendo el disco: “Mira, tenemos esta canción, creo que tiene que ver con lo que está pasando, creo que hay un espíritu que le podemos dar una vuelta fuerte a nivel de producción”. Y finalmente decidimos tomarla, rearmarla y sacarla, y así fue…

Y después sí viene “Es real”.

Sí, en marzo de 2020.

Es interesante que hayas mostrado dos versiones de “Es real”. Una con un video “oficial” y la otra en formato pandemia con una colaboración de Guaynaa. ¿Cómo se dio esta historia?

Mira, la verdad es que en el primer semestre de 2019 estuve escuchando mucho reggeaton y trap y me abrí a ese mundo, al mundo del goce, del placer. También con mi propia sexualidad y también con los desprejuicios, desprejuicio hacia la música, hacia la existencia. Y de repente me di cuenta de que Guaynaa, que era este trapero súper famoso de Puerto Rico, me estaba siguiendo y me empezó a dejar mensajes en Instagram. Y luego, cuando saqué “Es real”, me dijo que le gustaba mucho la canción y ahí empezamos a establecer una amistad. Y la verdad es que la idea de que él se pusiera a rapear sobre mi canción fue muy divertida. Y lo hicimos. Lo hicimos en modo pandémico y fue súper entretenido.

A medida que fueron saliendo las nuevas canciones se fue conociendo que había un guion que las unía, y que ese guion era el de una historia de amor futurista. Y si hay una historia musical relacionada con la ciencia ficción, estoy obligado a preguntar qué relación hay o no con Ziggy Stardust, con David Bowie, en un disco que vos misma definís como fuertemente conceptual.

Tengo una relación de mucha admiración por David Bowie y por lo multifacético que era. Su trabajo en Blackstar me parece maravilloso, y claro, hay una inspiración ahí, pero la verdad es que la inspiración mayor está en el mundo del cómic… Es que yo soy coleccionista de cómics y colecciono cómics europeos desde que soy adolescente. Me gusta mucho el mundo de Moebius, de Jodorowsky, de Manara, que están emparentados con la ciencia ficción pero también con el surrealismo y mucho con el simbolismo, que eso a mí me fascina… Y ahí también hay una cosa, un amor mío que, claro, tiene que ver con referentes de la cultura pop y la ciencia ficción, como Blade Runner y Mad Max, pero también mucho de la fantasía. Yo adoro a Michael Ende, adoro La historia sin fin, La historia interminable. Adoro a Tolkien también. Fui súper fanática toda mi adolescencia de El señor de los anillos. Entonces hay altas referencias ahí, con un mundo fantasioso que se emparenta con las cosas que a mí me gustan.

¿Y cómo fue el viaje de llevar el mundo del cómic futurista a la canción?

Las canciones fueron trabajadas desde una perspectiva cyborg, si se quiere. Fueron trabajadas in the box. Todo fue poco orgánico, todo trabajado en el computador tomando samples prestados de distintas bandas y también de escenas de películas. En ese sentido, fue como trabajar con el escombro que dejó otra persona… Hay una cosa con el scrap punk que está súper presente en la estética de este disco, que es la estética de la ruina, de la tecnología que se hace por y con el escombro y con la chatarra, con lo que fue el desperdicio. Entonces, en ese sentido, el disco está todo construido con samples, es el disco más electrónico que he hecho hasta el momento. Y claro, el relato cyborg que lo acompaña está inspirado obviamente en Donna Haraway y el Manifiesto Cyborg, y cómo eso tiene que ver con cosas más conceptuales como la abolición del género. El disco se llama Rey, la posibilidad de que una mujer sea rey, y también la posibilidad de escribir desde el masculino. Hay una canción que se llama “Rey”, hay otra canción que se llama “Villano”, y hay varias veces que yo me refiero a mí misma en masculino. Hay también una canción que se llama “Corderito mío”, que es un poema de Gabriela Mistral.

¿Por qué elegiste musicalizar un poema de Gabriela Mistral?

Mira, es la primera vez que musicalizo un poema de otra persona. Si bien soy súper amante de la poesía, Gabriela Mistral es una de las poetas que más he tardado en tomar, y eso coincide con que fue una mujer lesbiana y que yo hoy en día estoy emparejada con una mujer. Y también coincide con que al tomar esta canción me metí más en su obra y me metí en las cartas que Mistral le mandaba a Doris Dana, y me di cuenta de que las firmaba y las hablaba en masculino. Y eso me pareció súper maravilloso y me pareció también que era una confirmación de la ruta, del camino que yo estaba transitando.

Camila Moreno.

Camila Moreno.

Foto: Noliprovoste

O sea que este viaje te permitió alinear tu aventura vital y emocional con lo creativo. ¿Fue así? ¿Lo viviste así?

Sí.

Eso se suma a que venías de un proceso complejo en lo creativo. Al disco Mala madre, por ejemplo, le sucede el disco Pangea, que es como la deconstrucción de Mala madre, y te vas al extremo de lo orgánico y lo experimental. Y Rey es como un disco en crisis, o un disco después de una gran crisis, como que ahora emerge algo nuevo, diferente.

Sí, total. Es así como dices. Pangea, si bien es un disco en vivo, es un disco que recopila los fósiles que fui dejando en el camino o las basuritas que no quedaron en otros discos. Tiene ese rol de venir a poner un punto final en un proceso que tuvo una cosa que coincide, que es el mirar hacia atrás, mirar hacia lo orgánico, mirar hacia la naturaleza, mirar hacia el pasado y plantear reflexiones sobre de dónde venimos, cómo hemos llegado hasta aquí. Mala madre, Pangea, y también Panal, son discos que están mirando hacia atrás, y en este nuevo disco necesité tirar un pelotazo hacia el futuro, hablar del posapocalipsis, de la distopía…

De alguna manera, el scrap punk de Rey coincide con el estallido social en Chile, que puede ser interpretado como una distopía. Y después vino la pandemia. No parece casual que en medio de todo esto publiques una canción triste, que podría estar arriba en la lista de canciones pop tristes que encabeza “Everybody Hurts”, de REM...

Te referís a “Hice a mi amor llorar”...

Sí, me refiero a esa canción. Y sumaría también el video, filmado en el agua, de una náufraga que encuentra a su enamorada. ¿Cómo surgen las ideas y los guiones de los videos de tus canciones? Porque siempre jugás con imágenes fuertes, pero en los de Rey hay claramente una secuencia, un hilo conceptual.

Mira, todos los videos que he hecho de mis canciones parten de ideas mías. En estos últimos los estoy codirigiendo con Gowosa, que es una chica trans que viene del mundo audiovisual y también del mundo de las artes, con la que compartimos muchos gustos estéticos. Ella a su vez es una mujer que entiende perfectamente el universo queer y entiende mucho más que yo el mundo de la moda. Nos hemos complementado súper bien y hemos dirigido todos los videos juntas, incluido el de “Hice a mi amor llorar”. Es uno de los videos que me tiene más orgullosa, porque pudimos hacer el guion original. En general, por temas de presupuesto, siempre tengo que modificar el guion por falta de recursos. Pero en este caso pudimos hacerlo. La idea siempre fue la de hacer un plano secuencia en ese bote. Y lo logramos hacer. También logramos lo del personaje que se tira al agua y se encuentra con esta otra chica y parece un sueño. Y ahí se liga con la historia de una manera interesante, porque en verdad la mirada de la cámara es la de la chica que va en el bote... pero la chica va muerta.

Es muy fuerte el video. Y me viene la tentación de hablar de otros videos tuyos, como el de las canciones “Tu mamá te mató” o el de “Sin mí”. Pero te cuento que buscando en Youtube encontré algunos de tus trabajos para el canal Gladys Palmera, en el que aparecés entrevistando artistas mujeres de Iberoamérica. ¿Cómo fue la experiencia de hacer este ciclo de entrevistas, al acercarte como entrevistadora a diferentes artistas y autoras?

Fue un trabajo que secretamente me dio las bases para todo lo que vino este último tiempo. Me dio la excusa para poder investigar desde la obra de distintas mujeres, no solamente músicas, porque en la segunda y en la tercera temporada el perfil fue de mujeres líderes, y entrevisté a Camila Vallejo, a Daniela Vega, a mujeres ligadas a la literatura, a las artes, a la política. Es interesante que el hilo conductor del programa fuera ligar algún hecho o alguna faceta de la entrevistada con algún elemento mitológico, lo que me llevó a investigar y a leer mucho sobre mitología y también sobre las obras y las profundidades conceptuales de cada una de las entrevistadas. Todo eso me ha dado mucho sustento teórico para poder pensar en lo que hago. En lo que hago como trabajo y también como existencia.

En una entrevista que te hicieron en Chile, cuando te preguntaron qué pondrías en la Plaza de la Dignidad en lugar de Baquedano, diste una respuesta muy tajante. Y más allá de la respuesta, que es Violeta Parra, me interesa conocer ‒desde tu mirada‒ qué fue lo que pasó en esa plaza de Santiago…

La Plaza de la Dignidad se transformó en un campo de batalla. Era un campo de batalla y era el lugar donde finalmente íbamos a tratar de expresar nuestro malestar, y nos encontrábamos con las guerras, con los pacos armados hasta los dientes, y también con mucha energía creativa de parte de la gente que se manifestaba todos los días. Imagínate que se puso una radio en uno de los balcones, y entonces podíamos poner música fuerte y sonaba Víctor Jara, sonaba Violeta Parra, sonaban Los Prisioneros. En algún momento el monumento al general Baquedano se transformó también en el lugar donde se hacían expresiones artísticas. O sea, el caballo amanecía siempre pintado de distintas maneras: con la bandera del LGBTIQ+, con la bandera chilena, de rojo, de azul, con flores, y así… Y ahí están esas imágenes que son bien impresionantes con la bandera mapuche arriba del caballo… Pucha, simbólicamente fue súper heavy, porque obviamente en este país, y me imagino que en muchos otros también, les importa mucho el tema militar… Y finalmente fue tanto lo que hueveamos con el caballo que lo terminaron sacando. Terminaron cercando la nada, porque sacaron el caballo pero cercaron el perímetro donde estaba el caballo. Pusieron muchos policías así. Entonces era como: “Ustedes de esto se preocupan: se preocupan de cuidar la nada”. Y nada, pues eso solamente demuestra lo absurdo del ser humano, lo absurdo de las autoridades, y la estupidez, básicamente, no hay otra palabra… La más rotunda y completa estupidez. Pero también nos da alto material para reírnos, porque siempre en Chile hay mucho humor negro, y eso lo voy a agradecer… Entonces, nos burlamos de estos mequetrefes, y claro, se empezó a poner en la palestra cuál era el monumento que debería haber ahí. Finalmente, esa plaza que se llamaba Plaza Italia antiguamente y que nosotros la rebautizamos como Plaza de la Dignidad, es el símbolo de la resistencia, es el símbolo de la organización social, es el símbolo de la lucha… Y en ese sentido es súper importante que sea un monumento de alguien que ha estado en la lucha, ¿y quién más que Violeta Parra?, que nos represente identitariamente en la autoestima y en lo que representa también el dolor de Chile y el ser una mujer chilena artista, que finalmente tuvo el destino que tuvo. Porque vivió en los márgenes, porque llevó su obra y su arte y su vida al límite.