Melba Guariglia no se considera poeta pero lo es de pies a cabeza. Aunque también es escritora, periodista, trabajadora y militante social y su trayectoria en cualquiera de estos ámbitos es harto difícil de resumir. Nacida en Montevideo en 1943, ha publicado cerca de una quincena de libros, entre los que también se incluyen volúmenes de cuentos, una novela (La memoria de los nombres) y el testimonial ¿Pasado en limpio?, sobre la experiencia de su exilio en México, donde residió desde 1978 a 1984 y comenzó a hacer sus primeras publicaciones. Fue fundadora y presidenta de Casa de los Escritores de Uruguay. Ha colaborado también como organizadora de eventos culturales con varios colectivos e instituciones.

Como periodista, correctora y editora, también desarrolló una carrera extensa tanto en México como en Uruguay, colaborando con varios medios escritos, como la revista Plural y la Revista Mexicana de Cultura en México o Brecha y Graffiti en Uruguay, entre muchos otros. Como trabajadora social trabajó varios años en el actual Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay, y fue docente de la Facultad de Ciencias Sociales, donde colaboró además en varias investigaciones.

Su obra literaria abarca temáticas muy diversas, pero siempre de una forma exquisitamente sintética y con un tono contemplativo y reflexivo que permite interrogar a las cosas y a los seres con claridad y profundidad. Por otra parte, ella misma es testimonio de una generación que vivió tiempos determinantes para Uruguay y América Latina y para su vida política y cultural.

¿Cómo recordás tus inicios en la poesía?

La poesía llegó a mí cuando era niña. Cuando empecé a ir a la escuela lo primero que escribí fue poesía, pues mi madre me leía libros de poesía antes de que yo supiera leer. Ella había aprendido a leer por correspondencia porque vivía en medio del campo, en Playa Pascual, y no pudo ir a la escuela, además de que eran un montón de hermanos y había que elegir. En aquel entonces había gente humilde que estudiaba así, y a ella le llegaban libros de Buenos Aires, muchos de los cuales eran de poesía. Aprendió a leer con esos libros, que a su vez me leía frecuentemente. Por eso la poesía es parte de mí desde siempre, y nunca dejó de existir en mí su escritura, tampoco su lectura. En aquel momento eran versos con rima, o sonetos, poemas en consonancia, que yo escribía buscando palabras en revistas o en el diccionario. Y yo era lo que escribía, trataba de escribir así, como los escuchaba, o los aprendía de memoria. En los cumpleaños, a los siete, ocho años, me hacían subir a un banquito para recitar los poemas que recordaba.

¿Recordás algún libro en particular de esa época?

Había unos libros, alguno de los cuales todavía conservo, viejísimo, ya carcomido por los ácaros [risas], uno de Manuel Machado, hermano de Antonio. Eran poemas que a mí me gustaban, muy relacionados con la naturaleza, recuerdo. También me viene a la memoria otro libro de Pedro Miguel Obligado, un argentino, del cual me impresionó cómo trataba el tema de la muerte. Hablaba de la soledad de la muerte: “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”, uno de sus versos que no olvidé. Más adelante empecé como niña lectora a leer libros no sólo de poesía, los clásicos en libros en miniatura y otros de la época de Mark Twain, como Huckleberry Finn... libros de tapa dura de la colección Robin Hood, que me regalaban cuando cumplía años, porque como me gustaba mucho leer, recibía muchos libros. Y Corazón, de Edmundo de Amicis, que provocaba sentimientos de angustia, aunque transmitía valores que, para mal o para bien, muchos permanecieron en mí en lo que tengo de “mujer dramática”, por supuesto que con diferentes valoraciones en la madurez. Admiraba el sentido de la amistad, por ejemplo, que allí se manifestaba en los héroes, en los pequeños héroes. Y las mujeres y las niñas quedaban relegadas al papel secundario de seguir a esos héroes. Creo que ejerció una influencia en mí como para reflexionar sobre eso, sobre todo en mi juventud, con nuevas lecturas cuestionadoras. Pero más que nada recuerdo cómo se destacaban el valor de la amistad y el sacrificio, el sacrificarse incluso por un ideal de patria, con un espíritu romántico. Entonces eran libros ejemplarizantes en los que se transmitían valores, algunos de los cuales, para mal o para bien, como decía, me han marcado. Mucho después entendí un poco más lo de la estética y la ética de la literatura.

Melba Guariglia.

Melba Guariglia.

Foto: Ernesto Ryan

¿Puede ser que esos valores sean generacionales, que tengan que ver con su generación?

Es posible, es posible. Sobre todo en lo que tiene que ver con eso de pensar más en los demás que en sí mismo, y el papel de cuidadora de la mujer. Eso es posible, sí, que haya influido en toda una generación, sobre todo en la de mi edad, porque una generación puede abarcar 20 o más años y ahí puede haber diferencias, pero sí es posible que sea así, a través del libro Corazón y de otras lecturas escolares menos trágicas de la época.

¿El poeta hace la poesía o la poesía preexiste al poeta?

Sí, creo que la poesía preexiste al poeta... Creo que la poesía está en todas partes y que lo que hace el poeta es tratar de descubrirla, de recordarla, porque descubrir y recordar son cosas parecidas. Encontrar dónde está y tener la capacidad de transmitir el encuentro es el desafío del poeta. Al mismo tiempo creo que el creador es tan diverso en su manera de expresarse que no todo el mundo puede llegar a instalarse en la poesía. La poesía preexiste al autor y está por encima del poeta. Muy por encima, creo. Está en todas partes, pero oculta, aunque a veces esté en lo más sencillo y cercano y no lo veamos, o, si lo vemos, no nos es posible aprehenderlo.

¿Y cómo sería este proceso de encontrar la poesía?

Creo que es muy difícil, o sea que poetas hay muy pocos. El proceso tiene distintas vertientes; en mi caso, trato de encontrarla a través del propio lenguaje, porque creo que el lenguaje de por sí es belleza, o es estético, digámoslo así, aunque también ético, y en ambas funciones se puede revelar el interior, lo entrañable, e intentar transmitirlo con palabras. Yo la busco a través del lenguaje, trabajo el poema por medio de la expresión escrita, que es la que más conozco; no me siento poeta, más bien me siento una trabajadora en un “oficio de ciegos”, como titulé uno de mis libros. Yo trabajo sobre las palabras; si eso es poesía o no, no lo sé. No me siento poeta. A lo sumo, “obrera del verbo”. Tal vez eso tenga que ver con una generación que tenía pudor de decirlo por el lugar relevante que el poeta ocupaba. Sin embargo, lo mío no me parece modestia, capaz que algo de esos tiempos me queda, pero no digo que soy poeta porque si pienso en aquellos creadores y creadoras que sí descubrieron (o recordaron) la poesía en lo más sencillo y pudieron plasmarlo de la manera acertada en que lo hicieron... yo no siento que haya llegado a hacer algo así.

Seguramente hay muchas diferencias entre el ambiente cultural de un país como México y uno como Uruguay. ¿Cómo las viviste desde tu rol de poeta y editora?

Creo que México me dio oportunidades que acá no estaban claras. Tal vez por mi edad yo estaba en una incierta búsqueda, en plena juventud y con diversos intereses e ideales estudiantiles cuando me fui. Y cuando llegué allá, todavía joven, encontré talleres literarios, por ejemplo, que acá en ese entonces no había. Primero empecé a participar en esos talleres; uno de mis maestros fue el guatemalteco Carlos Illescas, un poeta culterano, muy ceñido a la forma, que exigía mucho en ese sentido. A mí me sirvió para comprender teorías y métricas, no tanto para aplicarlas, porque él siempre decía que yo tenía una actitud sofrosínica [risas] en mis poemas, y cuando me lo decía para mí era como un insulto. No obstante, el maestro –así le llamamos– me decía que yo tenía una forma de dejar de lado la expresión espontánea de los sentimientos para hallar lo poético en ellos, algo así como dejar pasar un tiempo antes de escribirlo para que la emoción no invisibilizara el momento. Sofrosine, me decía. Cuando deseaba plasmar un poema yo veía, sentía, esperaba, después reflexionaba y, en medio de esa reflexión, lo escribía. Obvio que después lo seguía corrigiendo, a lo mejor un poco obsesiva. Y efectivamente me doy cuenta de que eso ha seguido a lo largo de mi vida: yo escribo textos que a veces parecen no comunicar un sentimiento, o lo hacen de una manera mesurada, decantada o muy reflexiva; no es para nada una escritura pasional, aunque yo lo pueda ser en mi manifestación personal, pero no lo transmito en la escritura.

Esa fue una de las primeras experiencias positivas que recogí en el taller del maestro Illescas en México. También conocí un montón de poetas que escribían buena poesía. Eso fue porque dentro de los múltiples trabajos que necesité realizar para la supervivencia, tuve la oportunidad de trabajar como periodista cultural en diversos medios, por ejemplo en la revista Plural, del diario Excélsior. En aquel momento el secretario de redacción era Saúl Ibargoyen, y allí estaban Jorge Boccanera, Ariel Muniz, Francesca Gargallo, entre otros. Yo editaba, corregía y escribía reseñas, me acercaban libros y yo los comentaba. A mí me gustaba mucho ese trabajo, que no era el único, por supuesto, pero también me sirvió para conocer a gente interesante de distintos países, de la cual aprendí mucho, creo yo. Aprendía de los debates que se daban entre ellos, de sus discusiones literarias y políticas, y yo escuchaba todo, para mí era muy fermental. Al mismo tiempo hacía entrevistas para otras publicaciones, y esto me permitió que me invitaran, sabiendo que escribía, pues mostraba algunos de mis textos, a leer en distintos lugares, desde universidades a cantinas populares. Fui a la Universidad de Puebla, por ejemplo, lo cual para mí era algo increíble teniendo en cuenta de dónde venía. En primer lugar, desde una dictadura, porque me fui en el 78. Pero además no había aquí ese tipo de actividades literarias públicas. Entonces, leía para, yo qué sé, 50 estudiantes y para mí era extraño y emocionante a la vez, sobre todo por mi timidez. Aunque parezca que haya cambiado, porque como trabajadora social tuve que hacer dinámicas de grupo y terapias grupales, en el fondo me queda aquella inseguridad. Me acuerdo de que pasaba muchos nervios en aquellas exposiciones.

Por ese lado, lo de México fue un ambiente muy distinto. Me publicaron mi primera plaquette en una editorial de poesía sin costo, y acá, esto da para otra entrevista, casi todos mis libros fueron aceptados por editoriales pero pagados por mí. Por otro lado, en México destinan presupuestos para la cultura, trabajan con becas, fondos y proyectos que valoran la edición y difusión de la lectura y la escritura. Cuando yo leía mis textos en una universidad o en un instituto u organización a la que me invitaban, ¡me pagaban por leer!, valoraban mi tiempo. No me pagaban mucho, es cierto, pero era una costumbre que nadie cuestionaba allí, ya por los años 80. Cuando llegué del exilio acá me invitaban, sí, había otro ambiente más movido en lo cultural, pero no pagaban. Desde hace pocos años estamos luchando para lograr una remuneración digna destinada a un trabajo intelectual como cualquier otro.

Han dicho algunos lectores que mis primeros libros de poemas estaban influidos por la poesía mexicana, de esa forma más retórica –no sé si es la palabra–, la que rodea y diversifica las imágenes antes de ir a lo concreto, pero poco a poco y sin darme cuenta, fui volviendo a mi tendencia más concisa, aunque simbólica, de la metáfora.

Melba Guariglia.

Melba Guariglia.

Foto: Ernesto Ryan

¿Por qué decidiste volver?

Eso tendría que preguntármelo mi psicoanalista [risas]. Tenía a toda mi familia acá, yo allá no tenía a nadie, muchos amigos y amigas, pero acá estaba mi madre. Logré adoptar simbólicamente a un niño con quien compartí mi exilio, y ahora tengo la dicha de que resida aquí en Montevideo, aunque es mexicano de pura cepa. Pero volví porque la nostalgia pesa, pesa mucho. Y además, la apertura democrática del 86 me atrajo (y me trajo) como para decirme: “Bueno, cumplí con la sanción o con el castigo que me dieron los malditos cívico-militares. Ahora tengo derecho a recuperar de alguna manera lo perdido”. No lo recuperé, eso no lo recuperamos ninguno de los que nos tuvimos que ir, pero creo que esa fue la razón principal por la que estoy acá y continúo escribiendo.

Has hablado de grandes carencias en la crítica en el Uruguay actual, comparado con otras épocas. ¿Cómo lo explicarías y a qué lo atribuís?

Sí, yo creo que hay una gran carencia en la crítica literaria. Si lo comparo con otras épocas, con épocas de mi juventud, cuando estaba Ángel Rama, la gente de Marcha..., evidentemente no hay ese tipo de crítica. Pero a mí no me preocupa tanto la comparación, porque cada época tiene su manera de encarar lo cultural y hay que ubicarse en este momento, en el hoy. Creo que hay escasa crítica cultural porque los jóvenes y no tan jóvenes se dedican más a la creación, y la crítica no siempre tiene que ver con ella. Para los autores no es bien vista, salvo que implique un elogio y no un aporte a la cultura. Pero yo recuerdo críticas muy fuertes de Rama, sin querer comparar pero recordando, algunas de ellas feroces. Ahora se escriben reseñas, importantes también, pero no son ensayos críticos, salvo excepciones, fundamentalmente dirigidas a autores y libros de fuera del país. He escuchado decir que somos pocos y nos conocemos, lo que puede resultar un problema, ya sea por amiguismo o por oposición. Yo no creo que sea por eso tan personalizado, creo que es porque la crítica es una actividad compleja que requiere una formación, un “ejercicio de criterio” que lleva su tiempo y estudio, y no siempre hay dónde ejercerla. Es un trabajo que se debería fomentar, crítica cultural sin eufemismos, en suplementos, diarios, revistas, sobre cualquier soporte, en la televisión, en la radio, en la publicación de ensayos, en ediciones de libros de crítica, en prólogos... Por otro lado, los creadores tenemos que hacer el otro “ejercicio de criterio” también, el de la autocrítica, para continuar las búsquedas, cada vez más diversas, con menos ego y sin prejuicios. Otro factor es la falta de apoyo a la cultura, políticas culturales que comienzan y terminan o no se complementan con otras artes. Pero no sé, no estoy segura, me da la impresión de que la cultura ha perdido el prestigio que en algún momento tuvo.

Además de poeta has sido trabajadora y militante social. ¿Pensás que la poesía tiene una función en la sociedad, o al menos debería tenerla?

Yo creo que cualquier actividad cultural tiene siempre una función social, en el sentido de cultura más amplio. Cómo se trasmite o cómo puede llegar a percutir en la sociedad es relativo. Hay frases hechas, como que la poesía cambia al mundo; yo no creo que cambie al mundo ni mucho menos, pero creo que sí contribuye, junto con otras artes, a mejorar una sociedad. Creo imprescindible difundirla lo más posible, hacerla pública, sobre todo a nivel colectivo, a nivel de grupos transitando distintos lugares, en la ciudad por los distintos barrios, en el país por los distintos departamentos. No es fácil: requiere políticas públicas, presupuestos, apoyo a la cultura, todo lo que ya sabemos, pero creo que hay que “morir en el intento”, aunque sea con espónsores institucionales, pero hacer una labor continua y sistemática que implique que la poesía… porque tú me preguntas por la poesía, pero como yo me siento más escritora que poeta, porque escribo lo que sea, también creo en la escritura como forma de comunicación, desde el lugar que sea y en el género que sea, como participante activo de la sociedad. Esto implica un compromiso, con la poesía que hay que develar, con las palabras que se larguen a resistir, desde escribir en las redes, en páginas web, hasta en lugares públicos, en los centros de enseñanza, en talleres, en boliches o en las calles. Lo ideal sería empezar por la escuela, obviamente, pero eso tendría que ser parte de un proyecto mucho mayor a largo plazo en el que la lectura, la escritura y la poesía en particular fueran parte de la formación con los recursos necesarios, sin mezquindades comerciales o empresariales. Así creo que podría contribuir a un cambio social, con un compromiso a nivel colectivo. A nivel individual no creo que pueda más que salvarme a mí, eso sí. La poesía salva. La escritura en general, mi pasión oculta por el lenguaje, mis búsquedas me han salvado la vida en muchas ocasiones. Espero que lo sigan haciendo.