Profundo espeleólogo del mal en su pentagonía El reino y gozoso inventor de cartogramas en el ciclo El barrio, el principal autor actual de la lengua portuguesa estuvo en Montevideo para presentar Enciclopedia. Prolífico y controlado, Gonçalo Tavares produce desde su búnker lisboeta títulos que se desbordan y mutan, para dolor de cabeza de la crítica y placer de sus lectores (o viceversa).

Gonçalo Tavares nació en Angola gracias a un puente que nadie usó jamás, pero que todavía existe. El proyecto de urbanización resultó abandonado y nunca se hicieron las casas ni las calles ni las plazas ni los cines. Sólo el puente. Hace poco comprobó mediante Google Earth que todavía sigue en pie. Nunca ha vuelto desde que tenía dos años y su familia regresó a Portugal, pero sabe que lo hará.

Así como los puentes que no se cruzan han sido importantes para su vida, los límites que sí se atraviesan lo son para su trabajo. El hijo de aquel ingeniero portugués no se considera novelista, poeta, ensayista o dramaturgo. Prefiere definirse como “escritor de textos”, ya que descree de los corsés de los géneros literarios. No es un descreimiento para la tribuna (la metáfora vale, ya que en su juventud fue futbolista), ni un cálculo (también quiso ser matemático), sino que se refleja en su obra y la vuelve inclasificable. Sus libros son casi preguntas, aunque tampoco se asume filósofo, ya que el filósofo busca explicar el mundo y él sólo quiere tensar al máximo la cuerda de la descripción. Son novelas escritas en verso, ensayos con forma de novelas, crónicas que denomina canciones, viñetas como camino para la construcción de formatos híbridos que podrían llamarse cartogramas o geoficciones. Pero incluso decir que es un escritor de textos resulta inexacto. Es más bien un desescritor. Así se desprende de su método de trabajo.

El búnker

Durante tres o cuatro horas, casi en trance, tipea cada día a una velocidad inusitada, sin parar, sin preocuparse por los errores tipográficos que va cometiendo mientras produce largos segmentos de texto. Lo hace dentro de lo que llama su búnker, en un sentido de aislamiento espacial, pero también temporal. Es su escondrijo para observar al mundo. Dice que en esa etapa el vínculo que establece con la literatura es un vínculo animal. En una ocasión alguien instaló durante días una cámara en su espacio de trabajo para un proyecto cinematográfico de observación de su mecánica de escritura. Cuando luego vio las imágenes, su propia actitud corporal le pareció simiesca, por el modo en que se curvaba sobre el teclado. Vuelve a esas páginas semanas después de haberlas materializado, pero sólo para corregir las letras que quedaron fuera de lugar por errores de dactilografía. Así las guarda por años. Recién entonces las toma, casi como si lo escrito fuera un gran trozo de mármol, y comienza el trabajo de esculpir un nuevo libro. Quitando. Desbrozando. Componiendo. Incorporando al texto lo nuevo que en ese período incorporó a sí mismo de sus permanentes lecturas. Porque puede haber algún día en que Tavares no escriba. Lo que no hay es un día en que Tavares no lea.

Se le podría preguntar algo más sobre esto en la noche del lunes 11 de julio, ante un trozo sangrante de carne de vaca en una parrillada de la calle San José, de Montevideo. Pero no será posible. La cena con Tavares tendrá que suspenderse. Recién el martes el periodista recibirá el alta de su infección por covid, si es que se cumplen las 72 horas sin síntomas. ¿Y si los síntomas reaparecen? Eso impediría verlo también el martes, al final de su charla en la Universidad Católica. O peor aún, podría impedir incluso verlo el miércoles en el museo Zorrilla, para la presentación de la edición uruguaya de Enciclopedia (Hum, 2022), el primero de sus libros que se edita en este país.

Tavares, que nació en 1970, tiene casi tantos años como países en los que se han editado sus libros, que hasta el momento han sido 56 puntos del planisferio. Aunque más años que títulos publicados, que son 44. Que a su vez son más que las 40 lenguas a las que se lo ha traducido. Publicar, sin embargo, no es una obsesión para él. Sabía que tenía que empezar a dar a conocer su obra después de los 30, aunque escribe desde los 17. Parece raro que un autor con esos números no esté pendiente de la publicación. Pero dice que son aún más los títulos que mantiene inéditos. Y que incluso no puede establecerse una clara línea de tiempo por las fechas de aparición de cada uno, ya que no siempre ese ordenamiento equivaldría al orden en que han sido escritos. En ese sentido, el laberinto.

Enciclopedia (I)

Si Tavares desafía el concepto de género, desafía también el de libro. ¿Puede considerarse como tal un conjunto de 30 páginas, que son las que ocupa Breves notas sobre el miedo (2007) en la flamante edición uruguaya de Enciclopedia? En cierta medida, el propio formato nos dice que no, ya que la Enciclopedia de Hum incluye también Breves notas sobre ciencia (2006) y Breves notas sobre música (2015), y otras ediciones, como la española de Xordica, incorporan incluso otros dos títulos a la compilación para dar la robustez de lo que el lector espera contener en sus manos. Pero, a la vez, cada uno de esos títulos, todos ellos traducidos por Antonio Sáez Delgado, es un sistema cerrado en sí mismo. Un corpus de ideas y formulaciones con su lógica propia. Es decir, un libro. A menos que estemos en el negocio de los contrabandistas que operan en la frontera de Colombia y Venezuela (que los compran al peso y los trafican en camiones), o que dirijamos una casa de decoración en un balneario de lujo (donde los lomos hacen las veces de tapicería vertical), los libros no se miden por quilo ni por metro. Ya lo decía Tavares en la entrada que corresponde a Anaximandro de Mileto en Biblioteca (2004): “El fragmento es un lugar pequeño donde el espanto tiene espacio”.

Gonçalo Tavares.

Gonçalo Tavares.

Foto: Ernesto Ryan

Escribió Tavares, en Enciclopedia, que para llegar de un punto a otro prefiere el laberinto antes que la línea recta. Llegar a Tavares para esta crónica parece respetar ese formato. Frustrada la cena del lunes 11, existe la posibilidad real de ir el miércoles 13 a la presentación montevideana de Enciclopedia, respetando el alta médica que surge del protocolo vigente: 72 horas sin síntomas, que se cumplen el martes 12. Pero no deja de ser un protocolo, la línea más corta entre dos puntos. ¿Asegura por completo la inexistencia del virus? Se podría, para despejar toda duda, pedir un test y saber, ese mismo miércoles, más allá del protocolo y del alta médica, si efectivamente se está libre del virus. Con el riesgo de que el resultado sea positivo y de nuevo se frustre el encuentro con Tavares. ¿Encontrar a Tavares vale el riesgo de contagiar a Tavares y, eventualmente, aunque en una probabilidad minúscula, matar a Tavares para ver a Tavares? En términos de ética periodística la respuesta es clara. Pero, en términos literarios, ¿no es un mejor lector aquel que lleva al extremo el vampirismo respecto del autor? Tavares dice que todos tenemos un motor de maldad en nuestro interior, y que algunas veces va más deprisa que otras; que buena parte de su obra se funda en eso. Habrá que esperar al miércoles para ver cómo funciona ese dínamo. Mientras tanto, el papel.

El reino

Comienza en tiempos de guerra y no podría ser más actual. Aunque no está datado ni referenciado geográficamente, sucede en algún lugar de Europa después de los años 30 del siglo pasado. Al momento de publicarse pudo hacer pensar en una metáfora de los Balcanes; hoy, esos tanques que entran en una ciudad evocan el nombre de Ucrania. El primer título del ciclo es Un hombre: Klaus Klump (2003) y actúa como par indivisible del segundo, La máquina de Joseph Walser (2004). Los personajes viven en la misma ciudad (se cruzan con el mismo caballo muerto pudriéndose en una calle), escuchan sobre el mismo atentado (en un libro una mujer se casará con el objetivo, en el otro, sólo será un obstáculo para que el protagonista sea atendido en el hospital), sufren la misma invasión. Pero salvo esos puntos de contacto, todo lo demás arborece por circuitos distintos que se accionan de modo diverso en el panel de motivaciones de los personajes. El tema dialéctico podría ser plegarse o resistir. Pero también el amor o el odio. Como si la guerra fuese “un abuso de acontecimientos en el espacio de tiempo más corto, una aceleración sobrenatural, un atrevimiento humano, y más que una falta de delicadeza: una grosería ejercida sobre el tiempo”, se lee en La máquina de Joseph Walser.

Con los dos títulos siguientes del ciclo, la loza se cierra con más fuerza sobre su tema: la oscuridad. Es posible, además, que Jerusalén (2004) y Aprender a rezar en la era de la técnica (2007) sean los dos mejores trabajos de Tavares. Aunque él, que prefiere ver a sus libros como animales, se niega a establecer un ranking. ¿Es mejor un tigre que una jirafa? Uno es más fuerte, pero el otro es más alto, dice cuando se le pide un orden de prelación. En este bestiario nos muestra, sin moralizar, que la fiera más peligrosa es la humana. La vinculación circunstancial todavía existe, pero la guerra es apenas un elemento más. No es imprescindible leer el ciclo completo, pero entendemos más al protagonista de Aprender a rezar... (uno de los grandes relatos sobre la construcción de la sensibilidad de un fascista) cuando descubrimos que es el médico que atiende a las víctimas del atentado contra uno de los personajes de Un hombre: Klaus Klump y que es quien desprecia la supuesta debilidad del accidentado en La máquina de Joseph Walser. Luego de un largo paréntesis, El reino tiene una quinta parte, El hueso medio (2020), aún de difícil acceso.

El barrio

Su autor lo definió como “el enemigo tranquilo de El reino”. Y en parte lo es. Un ciclo gozoso en el que personajes idiosincráticos cuyos nombres coinciden con los de escritores conocidos, sin ser esos escritores, le permiten dar rienda suelta a sus experimentos literarios. Lo comenzó a publicar en 2002, con El señor Valery, y el más reciente parece haber sido El señor Eliot (2010). Parece, porque en español han aparecido en dos recopilaciones, El barrio y Los señores, que son organismos en mutación si se comparan, por ejemplo, la edición venezolana (Maderafina, 2016) con la argentina (Interzona, 2015). ¿Sobre qué tratan? Quizá El señor Bretón y su autoentrevista en la que cada pregunta es una respuesta sea un ensayo sobre la literatura en el que sólo falte el aburrimiento: “Entre la literatura y la vida, ¿quién es la lámpara y la luz y quién es el insecto que ella atrae, señor Bretón?”. Pero en el caso de El señor Kraus (ambos incluidos en El barrio, de Interzona) el bisturí se hunde en la política, cuestionando algunos de sus lugares comunes como aquel de “dato mata relato”: en el libro se aconseja que cuando un político lanza una cifra el destinatario se agache como quien va a atarse los cordones de los zapatos y, recién después de que el número pasó sin tocarlo, levante la cabeza y busque entender lo que está sucediendo.

La niña

Si El reino es la oscuridad y El barrio es la luz, Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre (2014), que integra el ciclo Ciudades, explora cómo ambos fluidos se entremezclan. Hay un hombre que huye –eso se sabe más tarde– que se va encontrando con otros hombres que huyen –eso nunca se sabe del todo– y que en determinado momento detiene su marcha para ayudar a una niña. Esa niña, con trisomía 21, se va volviendo un líquido de contraste para permitirnos ver zonas que sin ella permanecerían ocultas a simple vista. Cada uno de los personajes secundarios que van apareciendo a lo largo de los capítulos podría ser una historia en sí misma. Si ese beatnik bolchevique que es Fried Stamm tiene algo del Bloom del Ulises de James Joyce, y si los dueños del hotel tienen mucho del Holocausto, es porque ambas son marcas de agua esenciales a la obra de Tavares. Pero las dos constantes, Bloom y la Shoa, aparecen, aquí, desafiadas y renovadas (ese hotel con las habitaciones con nombres de campos de concentración en vez de números es una forma oscura de la dichosa geografía de El barrio, pero a la vez resulta una forma inorgánica de memoria que resiste mejor al olvido que el cerebro perfecto que no logra impedir la degradación cognitiva que “cierra” de forma simbólica El reino), por lo que Una niña... puede ser visto como un regreso a la veta más sustanciosa de su trabajo luego de (o mientras) el entrechocar de sus tubos de ensayo.

Gonçalo Tavares.

Gonçalo Tavares.

Foto: Ernesto Ryan

Canciones y epopeya

Tal vez la puerta de entrada más aconsejable a la obra de Tavares sea Agua, perro, caballo, cabeza (2006), que él incluye en su ciclo Canciones. Es un modo de etiquetarlo. No son cuentos, aunque contienen una historia. Son cortas, quizá puestas en voz duren el minuto y medio que tienen que durar las canciones. Tienen ritmo, es indudable. Son crueles y a la vez, de tanto en tanto, las alcanza alguna salpicadura de empatía (se puede encontrar cinco personas que lloren por una mujer falsa y mala cuando a esa mujer falsa y mala le ocurre algo terrible). Tienen, en cápsulas, elementos que estarán en otros ciclos. Permiten intuir –al menos Agua, perro...– todo Tavares porque contienen algo de, casi, cada uno del resto de los ciclos de Tavares. En eso, y no sólo en extensión, son la contracara de Un viaje a la India (2010).

Porque el de Un viaje... es otro Tavares. Menos atado a los límites que él mismo se impone para romper los límites. Es el único libro al que le acepta un género, porque es un género que le interesa salvar: la epopeya. Y si Joyce hizo del Ulises una respiración nueva de La odisea, de Homero, Tavares toma el personaje de Joyce, o alguien que se llama como el personaje de Joyce, para restaurar, a su manera, Los lusíadas, de Camoes. Bloom ya no está anclado en Dublín. Y a pesar de las peculiaridades de Un viaje a la India que lo vuelven tan distinto al resto de su bibliografía, es esa operación, la de tomar el bisturí y cortar las ataduras de Bloom, el cordón (umbilical o de los zapatos) de Bloom, la verdadera constante de la obra de Tavares.

Enciclopedia (II)

Llega envuelto en una larga bufanda de lana y varias capas de abrigo. Se somete a una corta sesión de fotos, pide agua, una lapicera y papel en blanco. Se saca todo el abrigo y se prepara, en mangas de camisa, para recibir las preguntas. Luce más despeinado que en las fotografías. No fue necesario plantearse el dilema de si conocer a Tavares vale matar a Tavares, ya que el test de esa mañana dio resultado negativo. Esta vez, al menos, no se aceleró el dínamo.

Tavares habla de Enciclopedia, y aunque se haya leído tres veces el libro, con su prólogo actual y con el prólogo a la edición colombiana, y aunque se haya revisado varias reseñas, recién ahora, al escuchar su respuesta a la pregunta de qué animal es Enciclopedia, se entiende Enciclopedia. Aunque no responda de modo directo acerca de animales: “Lo que hago es poner una palabra como centro, digamos, la palabra ‘música’, y la hago colisionar con otras palabras”. Claro, es eso. De ahí, de esos choques, de la dinámica que surge, es que nace el sustrato literario que forma el libro. Porque no se trata sólo de pensamientos o relaciones en torno a la música. Eso ya estaba en otros trabajos. Por ejemplo, en Un hombre: Klaus Klump la música es una señal de humillación, es el primer signo de que ha entrado un ejército enemigo. Pero aquel libro desarrollaba sólo uno de los choques posibles; digamos, el choque entre la palabra música y la palabra guerra, que da por resultado la palabra tanque. En cambio, en Enciclopedia el autor no deja que las colisiones se desplieguen, las controla, vuelve a poner la palabra música en el carril para que choque de nuevo, ahora con otra idea. Lo mismo ocurre con la ciencia, y con el miedo. Por eso el resultado no es filosofía sino literatura. ¿Qué tipo de literatura? Impura ficción. Tomando ficción en el sentido que le dio alguna vez Tavares: pensamiento que se mueve.

¿Y Angola? Sabe que volverá algún día. “Mis recuerdos de ese lugar son anteriores al lenguaje”, dice durante su última noche en Montevideo, a 7.543 kilómetros de ese pasado.

Ciclos de papel

Para llegar a la literatura de Tavares se pueden tomar diferentes caminos. Los mejor señalizados son los ciclos en los que el propio autor ha ordenado su obra. En orden no cronológico se trata de El barrio/Los señores (diez libros), El reino (cinco, los más parecidos a novelas), Enciclopedia (cinco), Canciones (tres), Ciudades (tres), Investigaciones (tres), Mitologías (dos), Diálogos (uno), Epopeyas (hoy integrado sólo por la novela en verso Un viaje a la India, de 2010), Poesía (uno), Estudios clásicos (dos), Atlas (uno), Archivos (uno), Diario-ficciones (uno), Libros Bloom (uno), Cine (uno), Teatro (uno), Tesis (uno). Todos ellos son ciclos abiertos, y su composición varía según las fuentes que se consulten.