Entre todos los estereotipos que nos ha inyectado el cine se encuentra el de judío neoyorquino neurótico. Popularizado durante décadas por Woody Allen, se trata de un hombre de mediana edad cuya ansiedad se despierta por los detalles más pequeños y que la comunica a viva voz y a una velocidad bastante mayor que la de una conversación promedio.

En los últimos tiempos, y conforme se acercaba a cumplir 40 años (lo hizo en octubre de 2023), este rol o espacio actoral fue ocupado cada vez más por Jesse Eisenberg. El mismísimo Allen lo llamó para encabezar Café Society en 2016, pero también fue un Lex Luthor neurótico que se adelantó a la era de Elon Musk y un recién divorciado que salía de nuevo al mundo en la muy recomendable serie La nueva vida de Toby.

Tan bien le sale, que Eisenberg escribió el guion de una película que él mismo dirigió, y que lo tiene como coprotagonista, más ansioso y acelerado que nunca. Se titula Un dolor real (en inglés A Real Pain, con algún juego de palabras con la expresión pain in the ass, que se pierde en la traducción) y allí le toca el papel de David, un judío neoyorquino neurótico que viaja a Polonia junto con su primo para conocer la casa en la que creció la abuela de ambos.

Los primeros segundos sirven para establecer a los dos protagonistas, que se amoldan muy cómodamente en los clásicos roles de otras parejas desparejas del cine y la televisión. David no para de dejarle mensajes a su primo de camino al aeropuerto, contándole cada paso de su periplo. Es la hormiga de la cigarra que representa Benji, interpretado por Kieran Culkin, una contracara relajada que prefirió estar en el aeropuerto varias horas antes y ser testigo de lo que ocurre alrededor.

Más allá del choque esperable de personalidades, no tardamos en sospechar que algo más ocurre entre ellos. No se trata de grandes vueltas de tuerca sino de situaciones puntuales que marcaron la relación de primos, difícil de eludir, porque detrás de todas las chanzas y las sonrisas de Benji están dos ojos tristes. Hay trazas del Roman Roy que interpretó en forma brillante (como todo en esa serie) durante cuatro temporadas en Succession, pero la tristeza de este descendiente de judíos polacos es muy distinta de la de aquel granuja multimillonario.

Un dolor real es un road trip polaco (producto de una coproducción entre Polonia y Estados Unidos) enmarcado en lo que se conoce como “turismo de memoria”, con varios judíos de diferentes características y religiosidades que recorren puntos importantes de la historia que atravesaron sus antepasados durante la Segunda Guerra Mundial. Al igual que otras comedias dramáticas sencillas, indies, la trama pasará por la relación entre los dos primos en busca de historia, la familiar y la propia, pero también por la relación de ellos con cada uno de los integrantes del tour, incluyendo el guía.

David y Benji están recomponiendo la relación después de un distanciamiento, cuyos detalles se irán revelando con los minutos, que para mejor son pocos, porque Eisenberg nos presenta este mundo en 90 minutos, contando los créditos del final. En ese tiempo los primos deberán encontrarse a mitad de camino entre ambos, ya que la mediana edad los ha dejado en extremos diferentes del juego de la vida: uno permanece en contacto con su esposa e hijo en la Gran Manzana, y el otro tuvo como mayor preocupación no quedarse sin marihuana en Europa.

El porro, simbolizando aquellos días en que eran compinches, será uno de los factores que los unan. El otro será la abuela, cuya muerte desencadenó el viaje, y con todo lo que significa recorrer los sitios en donde ella y miles de personas más sufrieron tormentos inenarrables a causa de la xenofobia más brutal y el silencio demasiado prolongado de la comunidad internacional. La película no busca una sucesión de golpes bajos, pero sabe cuándo callar el piano de la banda sonora y guardar momentos de silencio por lo ocurrido.

Como buena comedia dramática, cada uno de los personajes (pero sobre todo Benji) atravesará un montón de sentimientos. Benji/cigarra será el catalizador de varios de los problemas, pero esos mismos ojos tristes que acarrea desde el comienzo de la cinta, sumados a una empatía mucho mayor (arma de doble filo si las hay), lograrán un rápido perdón, incluso después de un festival de eructos. David/hormiga deberá conformarse con ser la voz de la razón.

En el mundo real, la atención también estuvo destinada principalmente a Culkin. La estrategia de presentarlo a los premios como actor secundario (es tanto o más protagonista que Eisenberg) le permitió estar nominado y ganar un montón de premios. Por suerte su compañero también recibió reconocimientos, en este caso en la categoría de Guion original.

Con una fotografía digna de un buen programa de viajes y la extensión perfecta para una historia construida sobre relaciones humanas, esta es una de esas películas a las que se podrá volver y revisitar, aunque seguramente lo hagamos desde un lugar muy diferente de nuestras vidas.

Un dolor real. 90 minutos. En cines.