Amedeo Modigliani llegó a París en 1906, a los 22 años, cuando se promulgaba una ley que le permitía a Alfred Dreyfus continuar parcialmente su carrera militar, después de un proceso de más de diez años de falsas acusaciones de traición a la patria. El caso había dividido a la sociedad francesa, y los defensores de Dreyfus seguían sufriendo atentados (se cree que el escritor Émile Zola, autor de la célebre carta “Yo acuso” en defensa de Dreyfus, fue asesinado). Amedeo era, como Dreyfus, judío, y sus primeras apariciones en los cafés de Montparnasse lo hicieron rápidamente célebre, porque no dudaba en defender a puñetazos sus convicciones en defensa del militar.
Con su traje de pana ocre y su bufanda roja, Modigliani desviaba las miradas allí donde se hiciera presente. Había estudiado pintura en su ciudad natal, Livorno, y en Venecia, pero su vocación más fuerte era la escultura, disciplina que tuvo que abandonar debido a que toda su vida padeció problemas pulmonares, y el polvo de las piedras le hacía la vida insoportable. Su fuerte personalidad se manifiesta en un estilo pictórico original y riguroso, de notable madurez gráfica, que aúna soltura de trazo y perfección de degradados. Sus esculturas –cabezas estilizadas que evocan esculturas micénicas, y algunas cariátides– son, como sus pinturas, notablemente personales. Modigliani fue quizá el más grande entre los artistas del primer tercio del siglo XX, pero no tuvo seguidores ni dio origen a una escuela.
Su vida es la perfecta ilustración de la bohemia parisina de principios del siglo XX: penuria económica, adicciones al alcohol y al hachís, promiscuidad, falta de higiene y enfermedades. Cuando Modigliani murió por causa de la tuberculosis, a los 35 años, sus obras empezaban a venderse a muy buen precio. Al día siguiente del entierro, su viuda, Jeanne Hébuterne, embarazada de nueve meses, se suicidó arrojándose del último piso de la casa de sus padres.
Postas dramáticas
La calidad de su arte, su personalidad seductora, su belleza física y la tragedia de su vida inspiraron la novela Les montparnos, del pintor y escritor Michel Georges-Michel, inspirada en el último año de la vida de Amedeo y Jeanne. El alemán Max Ophüls se basó en la novela para escribir el guion de Los amantes de Montparnasse (también conocida como Montparnasse 19); Ophüls murió durante el rodaje, y la película fue terminada y montada en 1958 por su amigo Jacques Becker, con Géradd Philippe como Amedeo y Anouk Aimée como Jeanne.
Diez años después del estreno de esa película, se dio a conocer una obra de teatro del estadounidense Dennis McIntyre, titulada Modigliani, que en tres actos cuenta las aventuras del artista a lo largo de tres días en los que lo busca la Policía y él espera la llegada a París de un coleccionista que al parecer está interesado en su obra. La pieza se desarrolla en 1916, mientras París es bombardeada desde zepelines alemanes, y Amedeo mantiene una complicada relación con la poeta y periodista inglesa Beatrice Hastings.
La obra tuvo éxito en Estados Unidos e impresionó particularmente al entonces joven Al Pacino, que pretendía encarnar a Modigliani. A lo largo del último medio siglo, Pacino intentó (quizá sin una energía muy enfocada) conseguir financiación, productor y director, entre los que se encontraba Mick Davis, con quien no llegó a ningún acuerdo. Davis, ya fuera del proyecto, escribió un guion original que logró producir en 2004, con Andy García como un Modigliani más parecido a un latino de Brooklyn que al principesco italiano que recitaba de memoria a Dante en los cafés de París.
A esa altura, Pacino había renunciado al rol de Modigliani: estaba demasiado mayor, aunque siguió intentando adaptar para la pantalla la obra de McIntyre. Johnny Depp fue su candidato para interpretar a Modi, pero la producción seguía sin cerrar y Depp también envejeció; cuando finalmente se logró hacer la película ya no pudo ser Modigliani, pero aceptó el rol de director, y en 2024 estrenó Modigliani: tres días en Montparnasse, una coproducción de Reino Unido, Estados Unidos e Italia.
Bohemia y principios
El guion, a cargo de Jerzy y Mary Olson-Kromolowski, sigue la trama de la pieza teatral. Como esta, no desarrolla una intriga fuerte, sino que articula una serie de escenas que pintan con intensidad el clima espiritual del ambiente artístico de París de principios del siglo XX, a través de diálogos juguetones y a veces delirantes en escenas con dos o tres personajes.
El papel de Modi no es para cualquiera. Se necesita un actor intenso, seductor, fino para el giro cómico, con energía, simpático, que no le dé importancia a su evidente belleza. El italiano Riccardo Scamarcio parece haber nacido para regalarle al mundo su Modi. Es la viga maestra de la película.
La narración sigue un curso tradicional, con algunos juegos formales arriesgados, aunque menores. Por un lado, una banda sonora anacrónica (casi toda música popular estadounidense), aunque de buena calidad, que choca en ocasiones con la cuidada ambientación visual que representa fielmente el año 1916. Y quizá lo menos acertado: tramos de comedia en los que la acción se muestra con la forma en blanco y negro de una película muda de la época en que se ambienta la historia.
Sin embargo, el fuerte de la película –el mismo que la pieza teatral– está en los vínculos entre sus pocos personajes. A pesar de que Modigliani trató a la mayor parte de los poetas y artistas de su tiempo –Jean Cocteau, Max Jacob, Ilya Ehrenburg, Constantin Brancusi, Diego Rivera, Blaise Cendrars–, en la película se muestra sólo su relación de amistad con dos de ellos: el permanentemente borracho Maurice Utrillo y Chaïm Soutine, un pintor bielorruso capaz de ver belleza en la podredumbre y en la mierda. Los tres, que permanecieron fuera de las maniobras de caza de coleccionistas que organizaban por un lado la banda de Picasso y por otro la tribu liderada por Matisse, protagonizan una serie de escenas llenas de humor cuya función es mostrar de manera concisa y potente la visión del arte de buena parte de los artistas de aquellos tiempos.
Algunos críticos han calificado la película como superficial y esnob, sentenciando que se trata del retrato de una bohemia trasnochada. Pero quizá es precisamente esa visión romántica del arte lo que le da valor en esta época cínica y tonta. En una escena clave, Modi habla, finalmente, con el coleccionista que había estado esperando, encarnado por Al Pacino. La escena plantea de manera simple el contraste entre su concepción del arte, que ignora el mercantilismo, y la visión del coleccionista. El coleccionista se muestra interesado por una escultura de Modi. “La escultura no está en venta”, responde el artista. El coleccionista sube la oferta de manera que cree irresistible. Modi termina diciendo que él no está en venta. “Sobre todo usted está en venta”, dice el coleccionista, que no tiene idea de con quién está hablando.
Nuestra época parece haber aceptado que de algo hay que vivir y, si para eso debemos renunciar a lo que creíamos defender como principios, citamos a Groucho para que se crea que hablamos en broma, y nos buscamos, en serio, otros principios. Quizá por eso la película ha molestado a algunos: sí, es un poco inocente, por fortuna.
Cuando Modigliani murió, dos años después de terminada la guerra, los precios del arte contemporáneo estaban aumentando rápidamente. Modi tuvo mala suerte, pero su amigo Soutine, que sobrevivió hasta 1943, fue uno de los involuntarios beneficiados por el alza de precios. Utrillo también tuvo éxito económico, pero su adicción al alcohol no le permitió escapar de la esclavitud a la que lo sometía su marchand Paul Pétridès.
Los tres días de la acción de la pieza teatral y la película resumen a la perfección las vicisitudes de la vida de Modi: su vida caótica, de apasionada entrega a la amistad, el amor y el arte, apretada entre la persecución de las fuerzas del orden y la esperada reunión con un cliente salvador que no lo entiende. Y la empecinada convicción de que su arte es algo tan valioso que no es posible dar con su precio, que es mejor arrojarlo al fondo de un río que saberlo en la repisa de un burgués.
Depp había dirigido una película en 1997, cuyo guion escribió a partir de una novela (The Brave) que contaba un episodio de la vida de una familia aborigen que vivía en la miseria, en medio de un basural gigantesco. Tuvo, inmerecidamente, horribles críticas. Con Modigliani... se muestra solvente, tímidamente travieso, respetuoso de un guion correcto que equilibra la comedia con cierto sabor amargo para dar cuenta del duro proceso de quienes se arrojan a la vida artística sin paracaídas.
Modigliani: tres días en Montparnasse. 104 minutos. En Cinemateca.