Tras conocerse la noticia del fallecimiento del actor y comediante Julio Icasuriaga, ocurrido el jueves pasado, la Sociedad Uruguaya de Actores expresó: “Su querido barrio Goes hoy está un poco más solo” y recordó al artista como “un tipo querible y buen compañero”, que llevó adelante su oficio en el teatro, el cine y la televisión.

“Yo hago del guarda. El que tiene que poner un poco de orden arriba del ómnibus, pero no lo pone nada”, admitía Icasuriaga, también conocido como el Cabeza, sobre su rol actoral más longevo. Desde 2004 y siempre con un escarbadientes en la boca, durante 14 años consecutivos había integrado el elenco de Barro Negro, la célebre obra teatral a la que volvió, luego de un impasse, en 2021.

“Fue un baluarte, un gran ser humano y mejor compañero”, escribió en Facebook su colega Sergio Armand Ugon. “Supimos recorrer Montevideo en el bus de Barro Negro. Se nos fue el guarda con su chispa de espontaneidad, pero queda el amigo en el corazón. Queda su recuerdo, que seguirá recorriendo las calles en ese bus”.

En 2025 su labor había ocupado las pantallas de Canal 5, con el reestreno de la serie de ficción Todos detrás de Momo (Pablo Stoll y Adrián Biniez, 2018), en la que interpretaba a uno de los integrantes de la murga ficticia La Emboscada. En los últimos años era común toparse con su figura involucrada en películas y producciones para plataformas digitales como Netflix. En cine participó en Gigante (Adrián Biniez, 2009), Alelí (Leticia Jorge, 2019) y La teoría de los vidrios rotos (Diego Parker Fernández, 2021). En televisión también se lo recuerda como uno de los taxistas de la popular Porno y Helado (Martín Piroyansky, 2022).

“El Cabeza Icasuriaga apareció en AEBU en el año 82-83”, recuerda el director y arreglador musical Rafael Antognazza en diálogo con la diaria. “Lo trajo alguien que vivía cerca de su casa. Él es del barrio Goes, de toda la vida, hincha del club Goes, de toda la vida. De hecho, yo conozco el himno de Goes por él, que lo cantaba siempre”.

Cuenta Antognazza que a Icasuriaga lo conoció en una murga clandestina de la Juventud Comunista. “Él empezó tocando el redoblante en aquella murga”, señala. Más tarde, recuerda el director, lo acompañaría a probarse en La Bohemia, hasta que a mediados de los 80 coincidirían en la mítica Antimurga BCG, de Jorge Esmoris. Icasuriaga entró al conjunto en 1984, primero como sobreprimo; tocó el redoblante y comenzó a encargarse del bombo en 1986.

“La batería de la BCG tenía algo distinto a todas. Además, probaban con otros instrumentos”, apunta el periodista especializado en carnaval Marcelo Fernández, inmerso en la época más recordada de Icasuriaga como singular y llamativo bombista de la BCG, y agrega: “Tenía unas condiciones histriónicas notables. Con sólo mirarlo ya te reías”.

“Esa década del 80 fue una demencia. Con las pegaditas y la bajada que tenía la murga, los tablados quedaban dados vuelta”, rememora Antognazza. “El Cabeza era loco por la música tropical y fanático de El Cubano de América. Y en la murga tocaba el bombo y a veces cantaba. En los 90 tuvo un personaje que se llamaba Mondonguiño. Cuando la murga bajaba, él hacía una especie de agitador, de puxador, como tienen en el carnaval brasileño. Se paraba arriba de unos practicables y era una maravilla lo que hacía. El Cabeza estaba dispuesto a todo. Le metía para adelante y aguantaba tutti”, asegura Antognazza.

“Fue un golpe duro”, admite Jorge Esmoris, emblemático director de la Antimurga. “La participación de Julio en la BCG fue vital. Era la chispa, la picardía, el ingenio popular. Con sus ocurrencias siempre la sacaba del estadio”, cuenta, y añade otras vivencias fuera del escenario: era “el Cabeza” de apodo y la cabeza de la bañadera. “Fue el presidente del Club de Toby —así le decíamos al fondo de la bañadera—, en donde él era el dios Baco que nos proveía el 7 y 3, con su damajuana siempre fresca y el néctar bien frappé”.

Para el actor Néstor Guzzini, compañero en la murga y en producciones audiovisuales recientes como Todos detrás de Momo, “Julio es un histrión”, un tipo con la capacidad de hacerte reír con su sola presencia. “Nunca me reí tanto en mi vida como con Julio en esa bañadera de la BCG”, recuerda, y agrega: “Con el tiempo descubrí, no sé si de forma consciente o instintiva, que Julio era uno de los grandes responsables de mantener el espíritu que nuestros espectáculos necesitaban. La BCG demandaba mucha energía, mucho esfuerzo y concentración en los detalles. Teníamos claro que sin eso no existíamos. Mantener la energía en el lugar adecuado es el trabajo del actor fuera de la escena, y el Cabeza siempre fue una llama encendida”, reflexiona Guzzini, profundamente triste por la ausencia de su compañero.

Otro que compartió horas de rodaje con el comediante y bombista en Todos detrás de Momo fue el actor Marcel García Campiglia, aunque su semblanza viene de mucho más atrás en el tiempo: “Por vínculos familiares —parentesco de mi tía abuela con sus padres—, cuando yo era niño, en los primeros años de la BCG, solía esperar a la Antimurga con mi madre y mi abuela, y su padre Tito y su madre Alba, en la grada del tablado del C.A. Goes, de espaldas a la calle Porongos. ‘¡El del bombo es Julito! Andá a saludarlo’, me decían. Luego, la vida actoral, más de 30 años después, nos encontró actuando en una serie. Era un tipo entrañable y de un humor enorme. Es una gran tristeza que se haya ido, aunque no del todo. Anoche, en una ronda de amigos, hice uno de sus chistes, de arquitectura perfecta y picardía popular, a modo de homenaje”.

El nacimiento del actor

Las condiciones naturales de Julio Icasuriaga para la comedia ya eran evidentes en su trabajo con la Antimurga BCG, aunque muchos remarcan su pasaje por los humoristas La Naranja Mecánica como un paso importante en su carrera como actor y comediante. “En una humorada de los bizcochos (“La panadería”) hacía un personaje que sólo entraba a escena para decir ‘yo-yo’, pero cada vez que pasaba el público se reía a carcajadas”, remarca Fernández sobre parte del espectáculo de 1993.

“Era buena gente, solidario y con un don que el destino le asignó: el de ser un tipo increíblemente divertido”, lo define el guionista y actor Enrique Vidal, director de aquel conjunto innovador de la categoría humoristas. Y profundiza: “Era una máquina de improvisar repentismos, síntesis, bautismos situacionales, neologismos y mil categorías más en la producción de la risa”.

En La Naranja Mecánica, dice Vidal, tuvo el placer de explotar las condiciones de Icasuriaga e impulsar su carrera como actor: “Él mismo se sorprendía de la respuesta de la gente”, agrega, y señala: “Con todos los méritos que tenía, no hacía más que reírse de sí mismo”.