Bien sabido es que James Cameron es un director que se tiene en alta estima, aunque la realidad sigue dándole la razón. A mediados de los 90 se embarcó (guiño) con la que en ese momento fue la película más cara de todos los tiempos: una clásica historia de amor en el puñado de días que duró el viaje inaugural del Titanic. Los analistas de la industria aseguraron que Titanic chocaría contra el iceberg de la audiencia, pero el boca a boca fue más fuerte y terminó convirtiéndose en la película más taquillera de todos los tiempos.
Pasaron los años y el cineasta entendió que estaban dadas las condiciones para encarar un proyecto muy personal, que había comenzado a delinear en 1994 a partir de las historias de ciencia ficción que leía en su juventud. Siempre imaginó la historia con personajes generados por computadora y tuvo que financiar de su propio bolsillo parte de la tecnología revolucionaria que llevó a la pantalla (en tres dimensiones) a una luna extraterrestre llamada Pandora.
Allí conocimos a Jake Sully (Sam Worthington), quien gracias a la ciencia podía controlar el cuerpo de un avatar híbrido humano y Na’vi, esas criaturas azules de tres metros de altura que tenían una conexión con la naturaleza gracias a las terminales nerviosas de sus trenzas. Mientras los humanos buscaban el unobtanium, un mineral con nombre digno de Asterix, Sully terminaba enganchándose con la princesa Neytiri (Zoe Saldaña) y se ponía del lado de los Na’vi cuando la milicia de la megacorporación terrícola amenazaba con pasarlos por arriba.
Con razón, los críticos dijeron que la historia no tenía gran originalidad, como tampoco la había tenido la del muchachito que terminaba enamorando a la dama de alta sociedad en el barco, y finalmente moría porque ambos no entraban en la misma madera (pero no por un tema de espacio, sino de flotabilidad). Dijeron que Avatar era una versión remozada de la historia de Pocahontas, y que los malos malísimos eran caricaturas que se enfrentaban a los pobres nativos. Poco le importó a la audiencia, que la coronó como la película más taquillera de la historia, superando a... Titanic.
Aquello fue en 2009. Desde entonces se sucedieron en redes sociales las conversaciones centradas en, por ejemplo, el nulo “impacto cultural” de la película, como si la cantidad de cosplayers de los Na’vi fuera a preocupar a James Cameron. Él, mientras tanto, ya estaba trabajando en cuatro secuelas que se estrenarían con fechas tan absurdamente lejanas (en su momento) como 2031. Mientras otros directores daban saltos entre franquicias e historias originales, Cameron se sumergía (cuándo no) en Pandora.
Hubo que esperar hasta 2022 para el estreno de la primera secuela, Avatar: el camino del agua. Que tampoco innovaba desde lo narrativo, pero que seguía deslumbrando en cuanto al espectáculo y también en cuanto a la capacidad innegable para la dirección de escenas de acción. Eran 192 minutos que terminaban en una gran generala y el público volvió a confiar en el capitán del Titanic: la película entró al podio de las más taquilleras junto a la primera y a Avengers: Endgame.
Pasó menos tiempo, apenas tres años, para la llegada de Avatar: fuego y cenizas, la tercera entrega de la saga. Que está funcionando muy bien en la taquilla (el resultado final se verá en algunas semanas), pero que la cercanía con las dos anteriores hace que ciertas repeticiones se tornen más obvias. James Cameron sigue sabiendo cómo hacerlo y a la vez le gusta hacerlo de una manera muy similar.
La acción está directamente enganchada al final de la segunda, por lo que recomiendo aunque sea mirar uno de esos videos de Youtube que resumen la acción, pero por favor revisen que no sea de los que simplemente toman el texto de Wikipedia y lo hacen leer por una voz sintética, porque es casi peor que arrasar Pandora en busca de unobtanium o amrita, el líquido presente en el cerebro de las ballenas locales, que fue la nueva excusa para la explotación.
Decía que el escenario principal sigue siendo el rincón oceánico de El camino del agua, por más que habrá tiempo (más de tres horas) para volar entre rocas flotantes e internarse en el bosque de las conexiones espirituales. Pero en materia de cachetadas visuales no hay mucho que no hayamos visto, y hace relativamente poco.
Sí hay una novedad, que sostiene esta entrega, y es la presencia de una tercera tribu de humanoides azulados: los Mangkwan, tan violentos como dispuestos a convertirse en aliados de la repugnante humanidad. Más allá de detalles cromáticos que los diferencian de las tribus del bosque y de la orilla (que no del agua), todo empieza y termina con Varang (Oona Chaplin), líder de los Mangkwan. La combinación nunca clara (ni nos interesa) de captura de movimiento y posproducción digital convierte a Varang en una villana cargada de sensualidad, que devora la pantalla en cada aparición. Su historia no tiene una motivación enrevesada y grandes revelaciones; en el Avatarverso los buenos y los malos se pelean por recursos naturales de nombres extraños.
Es cierto que habrá algunas alianzas fruto de la necesidad, porque como dije antes esta es otra película con tiempo para que pase de todo. Hay buenos momentos, como aquellos que transcurren en los cuarteles humanos y permiten contrastar el tamaño de las dos especies, o cuando uno de los Na’vi es presentado casi como King Kong en cualquiera de sus adaptaciones. Sin embargo, vista de lejos, la película parece repetir un esquema de persecución-captura-escape-captura-rescate-captura-persecución y todo así.
Hay otra batalla marina con ballenas locales, y no logra competir con la de 2022 en espectacularidad y coreografía, aunque por momentos recuerda (en el mejor sentido) a las publicidades de naves y figuras articuladas de G I Joe. Y hay algunas actuaciones 100% humanas (Edie Falco, Giovanni Ribisi) que no están a la altura, quizás por ser las únicas personas reales en un mundo de pantallas verdes y trajes con muchísimos puntitos para referencias los movimientos.
Cameron adora sus juguetes y a la tecnología que les da vida. Es un artista en un mundo de blockbusters sin mucha personalidad, pero la suya ya se torna repetida. Lo salva el atrapante universo visual, y en especial cada momento en que Varang es protagonista. En 197 minutos no es suficiente para mantenernos aferrados al asiento, pero tampoco vamos a soltarle la mano a James. Esperemos que en 2029 regrese con más innovación, aunque los guiones sigan por cómodos clichés del género. De todos los géneros.
La tecnología ataca
Dos elementos estrictamente técnicos conspiran contra el disfrute del espectáculo, aunque es posible que uno de ellos me moleste más que a la mayoría de los espectadores. En primer lugar, Cameron filma con más cuadros por segundo (48 en lugar de 24), lo que hace que algunas escenas se vean más fluidas, pero con una fluidez a la que nuestro cerebro no está acostumbrado, y parezcan esos videos promocionales que pasan en los televisores en venta en una casa de electrodomésticos. En segundo lugar, los subtítulos de la película están en tipografía Papyrus (en mi función sucedió a partir de los diez minutos) y con un interlineado demasiado grande. Mentiría si les dijera que eso no me distrajo, pero es que desde hace años me apasiona el tema de las tipografías. Están avisados.
Avatar: fuego y cenizas. 197 minutos. En cines.