Hasta la madrugada de este último viernes de enero, Atlántida todavía no había desarmado su árbol de Navidad, con sus luces amarillas, rojas y azules encendidas cerca de la rotonda céntrica del balneario más urbano de la Costa de Oro. Fundado como balneario en 1911, fue el primero en el departamento –en 1967– en adquirir la categoría de ciudad. Como tal, avanzó con la construcción de sus atractivos pasillos de sombra verde, sus escalinatas gigantes para bajar a la playa y un hotel con forma de barco conocido como Edificio Planeta. Más tarde abrió servicios fundamentales para la población costera, como una sucursal del BROU –altamente valorada por los habitantes de los balnearios vecinos– y otros no menos populares, como un local vistoso de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Por eso a nadie debería sorprenderle que Atlántida tenga jurisdicción propia, y mucho menos que su heladería más concurrida decida prescindir de gustos de moda como el chocolate Dubái y siga ofreciendo banana split, frutilla, limón y ananá.
“No somos nada”, dice la remera de La Polla Records que me indica que voy por el camino correcto. Son las siete de la tarde del jueves. Camino por la avenida Artigas rumbo a la quinta edición del festival Canelones Suena Bien, organizado por el gobierno departamental. “Buitres es la banda de toda mi vida”, dirá más tarde a la prensa el intendente Francisco Legnani.
El paisaje alborotado de la ciudad, que en un día normal bien podría recordar la escenografía de la película The Truman Show, anuncia una peregrinación religiosa. La tarde noche es el descanso elegido por un grupo de malabaristas de medias con rombos y clavas en sus mochilas, pero no solamente: otra multitud de vestimenta similar transita un largo pasillo adornado por ofertas y aromas intensos propios de un partido de fútbol. Chorizos, hamburguesas, bebidas alcohólicas y gaseosas se ofrecen en puestos improvisados junto con remeras y gorras de La Vela Puerca con los colores de Peñarol. Aparatos de amplificación calientan el ambiente con la música de los artistas convocantes y de otros parientes de una misma cultura: La Renga, Once Tiros, La Trampa.
Los no tan jóvenes tararean sus clásicos. “Te das cuenta que hoy nada puede salir mal”, conversa un punki argentino o uruguayo cuando todavía faltan unas cuantas cuadras para llegar a la manzana cero de la rambla donde tendrá lugar el recital. Cerca de la entrada, otras personas ofrecen “brownies locos”, clases de una escuela de patín o se manifiestan contra “las petroleras en nuestro mar” y “la invasión yanqui en América Latina”. Por otra calle lateral bajan familias enteras, como la de una pareja y la madre de uno de los tórtolos con permanente caoba y aros a tono.
El ingreso al predio transcurre sin dificultades y con buena disposición del personal de organización. Se abre entonces un segundo y oficial corredor de food trucks en el que puede confirmarse el boom local de la comida venezolana. “¡Qué disparate!”, exclamará Sofía Aguerre, cantante y tecladista de Las Cobras, cuando, alrededor de las 19.30, se sorprenda con la multitud lista para arrancar con el festival.
En lo estrictamente musical, su show será casi la única novedad de la noche. La banda, oriunda de la ciudad de Canelones y conocida en el ambiente under uruguayo, y también fuera de fronteras, como integrante del sello londinense Fuzz Club Records, desde 2012 alimentan una psicodelia densa y oscura en canciones largas como “Ida” y “Al más allá”. Su repertorio es breve y ajustado y será reconocido más tarde por sus colegas más veteranos, cuando se suban al escenario.
Foto: Rodrigo Viera Amaral
Una hermandad algo inesperada
Entrada la noche, el público que espera el comienzo del show de Buitres ubicado cerca del escenario levanta banderas de Peñarol, Nacional y Palestina. Gabriel Peluffo llama a su gente chasqueando las yemas de los dedos y Gustavo Parodi aprieta los dientes con la boca pegada al polifón del micrófono.
El sonido se ajustará recién en la mitad del show. Suena “La invitación”: “Si por ti perdí el camino / será dulce mi destino, / fuego de mis venas, sangre gris” y “Si te vas, / perdida en un sueño, / seguiré insistiendo, / siempre estoy aquí”, declara el cantante en una de las canciones más representativas de la poesía buitrera. iamgen2 Lo que sigue está dedicado a sus más acérrimos fans y a los que disfrutan de esta tradición perfectamente folclórica de festivales de rock local que mezclan milongas locales, baladas románticas de Elvis, el rockabilly más primigenio y el punk español.
“La nostalgia no es comodidad cultural, sino cobardía cultural. Es una forma de simular conectividad, ignorando la responsabilidad colectiva que tenemos de crear nuestro propio futuro. Con el auge de la nostalgia, nuestra cultura en general se encuentra en una encrucijada, al borde de la implosión y el fin del presente”, escribió hace unos días la periodista Ángeles Jiménez Ortiz en la revista londinense Strand, en sintonía con Simon Reynolds y su célebre tratado sobre esta cuestión, Retromanía, de 2012.
Recordé sus dichos esa noche. No coincido para nada con la colega, pero no puedo dejar de reconocer esa especie de virus de apariencia inofensiva que ataca más a unos que a otros y condena a algunos a una especie de fanatismo que para nada debería ser fustigado.
En “Ojos”, justo antes de la frase “la copa frágil del amor”, vi a Peluffo encorvarse para volver en sí con dificultad, luego de enfrentar miradas con Pepe Rambao, y me puedo haber emocionado.
Reynolds, que habla de hartazgo cultural, de un loop eterno de la misma canción, también dice que en verdad no hay nada malo en la nostalgia y que incluso puede experimentarse a temprana edad. El apunte me sirve de consuelo.
Rambao anuncia que habrá un nuevo disco de la banda, que está pronto y saldrá este año. Más tarde, Peluffo añadirá que su productor no fue otro que Sebastián Teysera, a quien elogiará, al igual que al resto de los músicos de La Vela, por sus condiciones personales y profesionales. Teysera sube al escenario y canta “Buitres” junto a Peluffo.
Alguien con algunos años más que estos cantantes, la conductora de almuerzos Mirtha Legrand, sostiene que el público siempre se renueva. Yo agrego, a los fines de esta lectura y ante la falta de sorpresas de la noche: siempre conviene volver sobre los textos y las melodías. Tocan “La oportunidad” y en ese instante me parece la mejor obra jamás escrita por Buitres, que resume como ninguna su síntesis romántica y su estirpe de banda de rock clásico: “Pasan las nubes por el cielo, / por la esquina pasa el perro, / si todo es eterno pasar / cuándo nos vamos a encontrar”.
El ejercicio plenamente nostálgico, que evita la inclusión de canciones nuevas se sostiene en gestos imprescindibles del histrionismo teatral y avanza paso o paso de forma idéntica cada vez, en cada nueva función, continúa con La Vela Puerca. Hasta el más fiero de sus barrabravas, con sus arrugas enfundadas en los colores de una bandera de fútbol y un trapo gris en el pecho parece rendirse ante la más honda de sus plegarias: “Tocala de nuevo, Enano”, parece decir, pegado a una valla, y la banda arranca con el “El viejo” en una gran versión.
La vela puerca
Se lucen Sebastián Cebolla Cebreiro en “Todo el karma” y Manolo (Manuel Ferreiro) en “Pedro”. La solidez de la banda –que acaba de cumplir 30 años– y su capacidad para encantar recuerdan a Bruce Springsteen.
Los mejores momentos de Teysera, como en “Va a escampar”, hoy se resignifican más que nunca, detrás de sus anteojos de aumento y su descuido escénico no premeditado. Nadie no quiere al Enano, pero cuando más se lo admira es cuando escribe sobre la evolución del dolor y la gestión del deterioro espiritual. Por suerte, siempre puede acallar las voces más oscuras con una versión bellísima de “Mi semilla”, acompañado por Alejandro Piccone en la trompeta y bajo un cielo de estrellas proyectado artificialmente a sus espaldas.
Canelones Suena Bien continúa este sábado a las 19.00 con Røcío, Ruben Rada y Daniela Mercury.