Sería de perogrullo decir que las historias sobre gente rica y famosa ofician como una reedición de los cotilleos aristocráticos de las novelas victorianas. Abolengo, plata nueva versus plata vieja, escenarios fastuosos, el lado oscuro del éxito… un montón de elementos que podían verse, mutatis mutandi, en novelas de Jane Austen o Charlotte Brontë. Sin embargo, hay un escenario aún más parecido al de esas historias de época, y ese es el del mundo académico.

Pensémoslo así: de la misma manera que la aristocracia tenía más que ver con terrenos, herencias, linaje y alianzas –con una especie de desdén hacia el dinero real, transaccional, demasiado visible–, la élite universitaria también vive de los oropeles de su capital simbólico, aun cuando ese capital simbólico está sostenido por columnas de oro. En el mundo académico norteamericano hay apellidos de peso, bisnietos de fundadores, enfants terribles que están ahí por presión económica de parientes millonarios, genios de países exóticos y, cada tanto, desclasados que se hallan en ese terreno por becas, pero que nunca podrán codearse al cien por ciento con la estirpe de la Ivy League. Y junto a todo esto, al igual que en lo victoriano, hay sexualidad, represión de la sexualidad y reerotización de la represión de la sexualidad.

En un escenario en el que se puede (y se debe) discutir todo lo vinculado a la identidad (salvo de dónde proviene la plata), es natural que las discusiones sobre los diversos actos sexuales entre actores del espacio académico hayan pasado de abrir litigio sobre problemáticas endémicas de ciertas prácticas a entrar en su fase más bizantina. Ahí también calza perfecto el tufo de lirios en cuarto encerrado de las novelas victorianas, con la prohibición del sexo y la hipotetización del sexo como el xilema y el floema del amor cortés.

La elección de Luca Guadagnino para una película sobre el consentimiento en un escenario académico parece una idea tan interesante como rara, por una misma razón: el italiano siempre fue demasiado europeo, demasiado manierista y amoral para el puritanismo norteamericano. Todo en Guadagnino exuda sensualidad, exageración y exuberancia. No puede filmar una escena de relleno porque su cámara se moverá de un lado a otro como un cachondo que no para de cruzar las piernas. Sólo los coreanos (y con un espíritu más infantil, menos sensual) se dedican por igual al arte de elegir una o dos ideas (a veces contradictorias) en un mismo plano, pero Guadagnino, aun en la profusión más intensa de imágenes (¡por Dios, esa cámara POV desde una pelota de tenis en Desafiantes!), siempre logra que todo forme parte de una misma ola, un estilo visual que calza en la narrativa del film como un vestido tubo de lentejuelas.

Si tienen dudas sobre Guadagnino, basta con que vean su casa. ¿Vieron el interior de su casa? ¿Vieron las plantas que tiene? Es la elegancia vital y profusa de alguien que come el durazno con la piel y la pelusa y, en vez de lavarse las manos, se las frota contra el jean o deja que los restos de jugo se sequen hasta dejar una película pegajosa en sus dedos.

Pero es cierto que Guadagnino gusta de ponerse esos pequeños retos: por ejemplo, cómo adaptar su estilo sensual/histérico a Suspiria, la película más sensual/histérica que haya existido. Su aporte: evadir toda la profusión colorinche de Dario Argento y relocalizar el conservatorio de danza en la Berlín grisácea y monolítica de los tiempos previos a la caída del muro. Y aun así terminó por lograrlo, con una película que es muchas cosas al mismo tiempo –quizás demasiadas–, pero que reencauza el erotismo interno en algo más tanático, permitiéndose ampliar la mitología interna que había trazado Argento.

Cancelaciones antes de Trump

En After the Hunt los escenarios son tan crepusculares como en Suspiria, pero siempre con ese dejo cálido de luces bajas, cuero y caoba que tanto obsesionó al Woody Allen de los últimos 20 años. La referencia a Woody Allen no es casual, ya que los títulos de apertura y de cierre utilizan la misma tipografía icónica de casi todas sus películas. Allen ya se había acercado a ese neovictorianismo de la academia en Hombre irracional (2015), Deconstruyendo a Harry (1997) y Septiembre (1987), pero la referencia es un poco más maliciosa: estamos en una película sobre la cancelación, y Woody Allen es posiblemente uno de los más insignes casos de artista de Hollywood cancelado.

La cancelación en el film se da luego de una de las múltiples cenas que ofician Alma Imhoff (Julia Roberts) y su pareja Frederik (Michael Stuhlbarg), en la que su alumno, posible amante y colega estrella Hank Gibson (Andrew Garfield) podría o no haber abusado de Maggie Resnik (Ayo Edebiri), otra protegida de la protagonista. A partir del hecho, Maggie le confía lo sucedido a su mentora y ella, en vez de tomar una posición decidida de apoyo y contención, duda o le quiere huir al problema, tras lo que la cancelación ya no sólo afecta a su colega, sino a ella misma.

La película, en una maniobra muy guadagninesca, intenta moverse por varios gradientes de la escala de grises moral. Justamente ahí es donde se halla una de las debilidades (más que falencias) del film: uno puede percibir que intenta ser una película que habla de lo que está sucediendo en la cresta de la ola del momento social en que se inscribe, pero parece haber llegado tres años tarde.

Si bien las discusiones sobre el consentimiento están lejos de quedar zanjadas, el escenario moral académico pos Trump ha sido atravesado por cuestiones que obedecen mucho menos a esas exposiciones y relecturas. Muy por el contrario, los conflictos actuales han devenido más explosivos y concretos, con estudiantes que en una primera embestida fueron catalogados de subversivos por tratar de visibilizar el genocidio al pueblo palestino ejecutado por las fuerzas de defensa israelíes, y más tarde fueron capturados por el ICE, la policía migratoria, para secuestrar y deportar a los alumnos extranjeros. En este escenario sin precedentes, más de una universidad va a quedar (o debería quedar) manchada para el resto de su existencia por su abierto o temeroso colaboracionismo con el gobierno de turno. Más allá de todo lo que podamos hablar del peso de lo micropolítico, no es que After the Hunt sea irrelevante, pero sin duda llegó fuera del momentum con el que aspiraba impulsarse.

El encanto natural de la película radicaría en el peso de sus actuaciones y en la ambigüedad moral que plantea. Con respecto a las actuaciones, todos están, como en casi todas las películas de Guadagnino, on point. Cuando Julia Roberts diserta elegante y relajadamente entre los alumnos se parece a Cate Blanchett y cuando le arremeten unos dolores estomacales espeluznantes se convierte en Glenn Close. Está sobre todo bien lograda esa mezcla de calentura y resignación que siente alrededor de Hank (y cómo Andrew Garfield sabe explotar una especie de masculinidad quizás demasiado autoconsciente de sí misma para el su propio bien y el de otros). Por su parte, Ayo Endibri es igual de insoportable que siempre, pero es una insoportabilidad buscada por Guadagnino, porque sería demasiado fácil empatizar con una víctima querible.

Todo es transaccional

Más allá de estas minucias actorales, toda la parte filosófica sobre el consentimiento tiene sus luces y sombras. Hay momentos en que resuena algo un poco didáctico por demás y parecería también que recurre a ese truco de hacer que algo sea moralmente ambiguo simplemente por medio de que todos los personajes de la película sean antipáticos.

En ese sentido, Tár (Todd Field, 2022) es una película mucho más sutil, amplia y valiente (y el personaje de Blanchett es muchísimo más interesante que el de Roberts). Pero cerca del final, en el momento en que la protagonista confiesa un amorío trágico que tuvo en su adolescencia con alguien notoriamente mayor, hay un momento poderoso que se retroalimenta de la obra de Guadagnino. Llega la confesión y el esposo de Alma le dice algo así como “más allá de que diste un falso testimonio, no estuvo bien lo que pasó, eras muy chica, no fue tu culpa”. Lo interesante ahí es que Stuhlbarg también interpreta al padre de Timothée Chalamet en Call me by your Name (2017). En esa película, que hizo famoso a Guadagnino, el padre tiene una posición inesperada dentro de los estándares norteamericanos, que es aprobar e incluso impulsar a su hijo para que viva su aventura con alguien mayor. Casi podría percibirse en After the Hunt una especie de revisionismo de Guadagnino con su propia obra. Algunos podrán decir que es retroceder a un terreno más moralista, pero de alguna forma es interesante este debate moral metacinematográfico.

Lo que está más de fondo en toda la película es el carácter transaccional del mundo académico. No es tanto un asunto moral de lo que pasó o no pasó, sino cómo se instrumenta y para qué beneficios. Incluso la victimización de Maggie se convierte en una moneda de cambio, y varios deben ver en qué momento es más propicio hacer su conversión. Se trata de un mundo académico en el que ya la gente hace tiempo que no lee por placer, sino para ver qué le sirve para una tesis, en el que el saber está dominado por el capital, tal como el amor en Amores materialistas, de Celine Song. Tristes valses de estos tiempos.

Caza de brujas (After the Hunt). 139 minutos. En Prime Video.