Después del fracaso comercial y de crítica de películas como Kraven el cazador, Madame Web o Morbius, se instaló el discurso de que aquellos personajes que en las narrativas superheroicas ocupan tradicionalmente un rol secundario (sean aliados o antagonistas) no deberían ser protagonistas, como si los problemas del Sony’s Spider-Man Universe no pasaran por la calidad de los guiones y por el coqueteo histérico con el Hombre Araña (¡pero sin mostrarlo!). Esto también le ocurrió a la trilogía de Venom.
Así como cayó el discurso de que las adaptaciones de videojuegos no funcionan, gracias a The Last of Us y Resident Evil: noche cero, los archienemigos de Batman siguen tirando tierra sobre este y protagonizando películas exitosas. Al taquillazo de Joker, en 2019, con una secuela riesgosa que no llegó a buen puerto, se suma la historia de un villano que para el público en general no está entre los más conocidos. Sin embargo, supo colarse en las mentes de más de una generación gracias a un par de episodios animados.
Batman: la serie animada, considerada por muchos la mejor adaptación audiovisual del hombre murciélago y su mundo, estrenó en 1992 el episodio doble “Feat of Clay”, que jugaba con la expresión “pies de barro” y contaba el origen trágico de Clayface, un villano que puede cambiar de forma y así engañar a cualquiera.
Con esa historia como base, el cineasta Mike Flanagan convenció a James Gunn (capo de DC en cine y televisión) de darle luz verde a un proyecto sobre ese personaje, con una historia más cercana al miedito y al “horror corporal” que a la fantasía superheroica tradicional. Gunn, quien desde su designación bregó por la diversidad en los proyectos, aceptó el desafío. Ahora, bajo la dirección de James Watkins y con un presupuesto mucho menor que el blockbuster tradicional, llegó Clayface.
Cara de Barro
Matt Hagen (Tom Rhys Harries) es uno de los actores del momento. Tanto, que al comienzo de la película se entera de que está nominado al Oscar. Es un tipo generoso, simpático... pero lamentablemente precisamos que los protagonistas encumbrados cometan un error (suele ser por hubris) para que reciban un golpazo y tengan que reconstruirse desde cero. En este caso, será literal.
Un desliz con la novia de uno de los capos mafiosos más importantes de Gotham City lo deja completamente desfigurado y con su reputación por el piso. La única esperanza de recuperar su vida anterior depende del tratamiento experimental de la doctora Caitlyn Corr (Naomi Ackie), que tampoco funcionará bien e irá convirtiendo a nuestro protagonista en un “cambiaformas” cada vez más poderoso y desequilibrado.
Desde el comienzo, cuando el mafioso concreta su venganza sobre el rostro de Hagen, queda claro por qué esta no es una película para todos los públicos. Por suerte aquí no toman la ruta de la saga de Deadpool, que aprovechaba la calificación “adulta” para romper el récord de puteadas, pero sí se animan a jugar con los poderes del protagonista en escenas que buscan el asquito del espectador promedio. Confieso que en más de una oportunidad amagué a esquivar la vista, pero mi trabajo es más importante que mi estómago.
Clayface no juega con los espacios negativos del superhéroe que no aparece; no hay una batiseñal ni personajes de la selva peruana con trajes que recuerdan al de Bruce Wayne. Sí hay una interesante presentación de la ciudad más gótica de las historietas, que tiene algunos puntos de contacto con la de Joker, aunque contemporánea y (un poco) menos deprimente. Además, establece a Coast City como la Hollywood de este universo compartido que recién está dando sus primeros pasos y ya muestra algunos aciertos, más allá de que Supergirl no haya colmado las expectativas del público.
La película tarda en encontrar su ritmo, pero va de menos a más. Al comienzo tenemos un montón de seudociencia, y el protagonista atraviesa un camino de pequeñas victorias seguido de derrotas mientras aprende a controlar sus poderes. El guion de Flanagan junto con Hossein Amini se encarga de que esto suceda en forma orgánica, empezando por la imitación de rostros y luego vestimentas completas, aunque podría tomarse menos tiempo.
Para peor, y en algo que sufren muchísimas películas de Marvel y DC, el antagonista no da la talla. David Dencik no logra que su Markos Szabo intimide por sí solo, aunque sí por las acciones de sus esbirros y por el control sobre la ciudad. Dicho esto, nunca queda claro cómo logró embarrar (¡cuac!) la reputación de Hagen en el incidente que lo desfiguró.
Dicho todo esto, y con Tom Rhys Harries poniéndose la película en los hombros, una vez que el descenso de Hagen es irreversible y que aquellos que lo traicionaron empiezan a cantar flor, la película levanta y ya no vuelve a caer. De hecho, la vertiginosa escena en el club nocturno, que incluye varios toques de muy buena comedia, entraría en un top de escenas del año (por supuesto que 100% personal y que jamás realizaré, porque me conozco).
De esta manera, Clayface deja un buen sabor arcilloso en la boca al retirarse uno de la sala de cine. Tiene elementos que podrían funcionar mejor, como Szabo, pero incluso cuando todavía no encendió los motores del todo nos provee grandes momentos de asco y muerte que, sin llegar a la preciosa monstruosidad de La sustancia, logran revolvernos.
En tiempos de bajísimos riesgos creativos, que estrenen una película comiquera que no parezca salida de una fábrica de churros es un montón. Si además entretiene y nos deja escenas para el recuerdo, mucho mejor.
Clayface. 108 minutos. En cines.
