Megadeth nació del rencor. En 1983, la banda fue fundada por un Dave Mustaine recién expulsado de Metallica, con la rabia como el combustible que alimentó más de cuatro décadas de trayectoria como referente indiscutido del metal. Ahora, después de 16 álbumes de estudio, extensas giras y registros en vivo, Megadeth dice adiós a las nuevas composiciones, los estudios de grabación y –potencialmente, una vez finalizado su tour despedida– a la exigente vida en la ruta. Lo hace con un último disco, el homónimo Megadeth, aparecido el viernes 23 de enero.
Sus 12 canciones funcionan como cierre en el que la banda consolida su sonido sin tomar demasiados riesgos, ni instrumentales ni líricos. No se trata de un álbum decisivo para su catálogo, no es el nuevo Rust in Peace (1990) ni el sacudón que representó Dystopia (2016), quizás su último gran lanzamiento. Megadeth es un adiós fiel al estilo que forjaron e impusieron: trash metal de guitarras chirriantes, cortes abruptos y energía contundente.
Los constantes cambios de formación de la banda hacen de su último álbum un collage de músicos: el belga Dirk Verbeuren reincide en baterías, replicando el pulso filoso que había marcado en The Sick, the Dying... and the Dead! (2022). James LoMenzo completa la base rítmica desde el bajo, en su cuarto álbum junto a la banda, aunque en esta oportunidad la mezcla no lo beneficia. LoMenzo es excelente y cumple, pero su performance queda enterrada tras capas de guitarras brillantes que lo deslucen.
La técnica de Mustaine en la guitarra sigue firme, pero también descansa en Teemu Mäntysaari –que debuta en la discografía de Megadeth tras tres años acompañándolos en las giras–, que ingresó en lugar de Kiko Loureiro. Mäntysaari es justo lo que la banda necesitaba: velocidad y ejecución perfecta. El nuevo equipo funciona en lo estrictamente sonoro, pero carece de la química que emanaban formaciones como la clásica Ellefson, Friedman y Menza.
“Tipping Point” abre el álbum con puro ADN Megadeth: guitarras cuasi obscenas, vibras ochentosas y la voz poderosa de Mustaine, que engaña al escucha. El cantante parece acercarse a su caudal vocal de antaño, y la ilusión crece, para desaparecer a medida que el álbum avanza. Tras años de actividad, excesos y un cáncer de garganta, la voz del Colo ya no es la misma. Correcta pero chata, en el resto de los temas cumple con comunicar intercalando canto con versos recitados.
Rápidamente, el álbum entra en un tramo más melódico; es lo más popero que el trash metal puede llegar a ser. “Hey God!?!” se presenta amable al oído, como puerta de entrada para neófitos, y por ese camino continúan “Puppet Parade” y “Another Bad Day”. En esta última, Mustaine parece tirar la toalla como letrista, cayendo en rimas redundantes.
“Made to Kill” rompe la armonía con cortes contundentes y recuerda por qué Megadeth es uno de los cuatro jinetes del trash –junto con su némesis Metallica, Slayer y Anthrax–. Líricamente es bastante actual, y con “Obey the Call” y “I Am War” conforman una trifecta bélica vigente.
Un final anunciado
Cuando Mustaine enfermó de cáncer en 2019, muchos creyeron que sería el fin de la banda, pero el pelirrojo venció la enfermedad y volvió a las giras, prácticamente sin descanso. Esa resiliencia hizo que el adiós definitivo pareciera precipitado: si Mustaine pudo con todo, ¿qué lo detendría ahora?
En diciembre, en entrevista con Mariskal Rock TV, el músico reveló que padecía de artrosis y una lesión en la mano izquierda –denominada contractura de Dupuytren– que hace de tocar la guitarra una actividad sumamente dolorosa. Primero su garganta, luego sus manos: una fuerza superior parece ensañada con él y ya no hay más que hacer.
Esta es la historia que deja entrever “The Last Note”, última canción original del álbum y clara despedida. Aquí Mustaine repasa su carrera y sus padecimientos, habla de la importancia de la banda y su público (“Raised on chaos, fed by the crowd”) y de su salud (“This guitar got heavy, time to lay it down”). Es un track hard rock que crece desde la voz susurrada de Mustaine sobre un arpegio mínimo, para explotar en un despliegue instrumental que hace que toda la escucha valga la pena. Poco más de media hora de música confluyendo en un solo de guitarra acústica que eriza la piel, y “la cortina final que cae” con Mustaine recitando “I came, I ruled, now I disappear”.
El bonus track es el titular sensacionalista, pero también un desenlace que honra la historia de Megadeth: nacido del rencor, muere con un gesto de paz. “Ride the Lightning” es una versión de Metallica, sí, pero del Metallica de Mustaine, cocompuesta por el músico e interpretada, 42 años después, sin muchos cambios ni despliegues. Es un gesto, no una muestra de destreza. La bandera blanca se agita. El final es irrevocable.
Megadeth, de Megadeth. BLKIIBLK, Frontiers, 2026. En plataformas.