Tal vez no como los simios de 2001: Odisea del espacio, no tan burdamente por lo menos (quizá porque ya vimos 2001), pero damos vueltas, danzamos (mentalmente) –nosotros los espectadores, con atónitas miradas, con estupefacta circunspección–, alrededor de este “monolito” que invadió, con su liviana pesadez y su densa fragilidad, la sala 1 del Museo Nacional.

Lo hizo por mano de nuestra escultora más sorpresiva, Guadalupe Ayala. Naturalmente, el monolito, la maciza, monumental, agobiante presencia pétrea (o ilusoriamente pétrea) ante la cual hay que postrarse o deleitarse, según el caso, tiene una historia milenaria que oscila entre lo natural (del Pan de Azúcar carioca al Hanging Rock australiano, para seguir con los cosquilleos cinéfilos) y –para el caso, más apetecible– lo artificial (de los megalitos de Stonehenge a los moáis de Isla de Pascua, pasando, por qué no, por el familiar obelisco de José Zorrilla de San Martín): todo un carrusel de elementos titánicos e interrogativos alrededor de los cuales durante milenios se tejieron creencias, misterios, cultos y, posiblemente, todavía se condensan o derriten neurosis y éxtasis.

Ayala juega diestramente con esta tradición, mientras es coherente con la médula de su investigación plástica, una acumulación de objetos encontrados (y fracturados), amalgamados, a veces armónicamente, otras brutalmente, a incrustaciones falso-naturalistas, con base en ventanillas de autos robados, casi pulverizadas: fábrica de rutilantes artefactos que hablan, a fin de cuentas, de contrastes y desfasajes entre natura y nurtura, orgánico e inorgánico (creando, casi automáticamente, cierta bienvenida incomodidad en quienes los miran).

Con esta GEMA, sin embargo, la escultora parece dar un paso más y un paso decisivo. Una inmediata lectura, simplona, podría liquidar la instalación como un agrandamiento de la pieza con la que Ayala ganó el Premio Nacional en 2022, Saqueo: también una formación “rocosa” de dimensiones notables. Empero, si aquella deslumbraba por riqueza de colores, brillo, entretenido ingenio estructural –y se presentaba como una impalpable metáfora de la traición española del reinante inca Atahualpa y del extravío de su tesoro–, su nueva obra concede muy poco a la espectacularidad cromática, al uso habilidoso del reciclado y al simbolismo declarado. En pocas palabras, mientras la artista aumenta inusitadamente el tamaño del grupo escultórico, reduce sus elementos más vistosos y opta por la austeridad (aparente), la sencillez (falsa, dado el enorme esfuerzo de un gran número de técnicos que la llevaron a cabo) y la indeterminación (determinadísima).

Prevalece entonces el gris del cemento, o quizás de más tipos de cementos, que adquiere texturas y formas diferentes hasta conformar un “megalito” de más de cuatro metros de altura y de ancho similar. El bulto, que simula capas centenarias de estratificación geológica, apenas deja lugar, en la sala de entrada del museo, para que el público le pueda dar vueltas alrededor: la epidermis de esta ciclópea “roca” ha absorbido, como se nota con necesariamente largas contemplaciones de su superficie, todo tipo de piedritas, grumos, plantitas, escasos fragmentos de vajillas (una pasajera autocita), ramos, parabrisas rotos o al revés vidrios dejados lisos. Hay zonas más intensas, por supuesto, como la frontal “proa” con su lustroso despliegue de ventanillas quebradas, o su vértice que termina con unos amenazadores, enormes vidrios puntiagudos. Su condición primaria, sin embargo, es cierto general mutismo.

Se trata, entonces, para la espectadora y el espectador, antes que nada, de un encuentro físico con un elemento enigmático, con otro cuerpo, cuerpo inabarcable (incluso cuando uno sube al primer piso y lo puede observar desde lo alto, no se logra nunca poseerlo visualmente en su totalidad), pero resulta atractivo.

GEMA es, justamente, contradictorio. Parece un Blob (¡otra película!) luego de una repentina solidificación, una masa que comió e introyectó, en su desconocido periplo, elementos dispares que lo nutrieron y conformaron, pero con cierta parsimonia: los elementos ajenos a su núcleo cementicio son en realidad escasos. Ayala parece aquí salir de una “fase” barroca, desbordante, excesiva, que informaba mucho de su trabajo anterior, para asomarse a otra, casi “románica”, con menos información y más lugar para una desertificación visual, que crea ecos de vacío.

A la vez, sería baladí pensar en GEMA –escrito así, con mayúsculas, como para recalcar en el título su gigantismo, haciendo hincapié, de paso, en un supuesto valor intrínseco de la pieza– como un puro dispositivo de viajes metafísicos, un portal hacia lo ignoto y otras derivas espiritualistas. La obra, en efecto, con su brutal fisicidad, gestos irónicos (comprende también su maqueta), precariedad y “suciedad”, puede también hacer referencia a una infinidad de cuestiones que nos tocan directamente: de problemas ambientales (las aglomeraciones monstruosas de plástico que se están formando en los océanos) a reflexiones identitarias (¿por qué el arte uruguayo contemporáneo evita, con muy pocas excepciones, la desmesura?). GEMA, por suerte, parece hablar más de este mundo, en este momento, que de planetas o dimensiones paralelas y alternativas. Y es todo un logro.

GEMA, de Guadalupe Ayala. Curadores Laura Bardier y Santiago Tavella. En el Museo Nacional de Artes Visuales (Tomás Giribaldi 2283). De martes a domingos de 13.00 a 20.00. Hasta el 17 de mayo.