Me he explayado en más de una oportunidad acerca de la influencia de Pixar en el cine comercial de animación, dado que varios estudios adoptan elementos de las piezas del estudio actualmente propiedad de Disney. Cierta fluidez, cierta clase de ojos, de narices, ni que hablar de una sensibilidad particular y hasta de una forma de contar historias que copó la taquilla hasta que llegó Sony con sus películas de Spider-Man y se convirtió en la nueva referencia.
En la carrera hacia el Oscar 2026 tenemos a Elio, una película de Pixar que pasó sin pena ni gloria. También está Zootopia 2, que sigue demostrando que Disney, luego de comprar Pixar, aprendió las lecciones correctas y mejoró los productos de su tradicional estudio (ya condenado a la animación por computadora). Las guerreras K-pop son un fenómeno mundial y parecen imparables a la hora de aspirar a la estatuilla.
Las otras dos nominadas son francesas. Una de ellas, Arco, le debe mucho a un estudio de animación japonés que lleva décadas estrenando películas visualmente hermosas que desafían a su público objetivo con historias que no necesariamente se enmarcan en estructuras tradicionales de tres arcos (o algo así): el Studio Ghibli de la entretenida Arco.
Hayao Miyazaki y los suyos está por todas partes en esta historia para todos los públicos, que de todas maneras mantiene su originalidad. Su protagonista es un niño del futuro lejano que no puede esperar a tener 12 años para ponerse un traje de arcoíris y viajar en el tiempo, así que cuando su familia está durmiendo decide robarse uno y termina atrapado en su pasado, allá por el año 2075.
La familia de Arco, como vemos en esos primeros minutos, vive en unas estructuras altísimas que recuerdan a los edificios en los que vivían Los Supersónicos (la familia animada, no la banda). Pero aquí lo hacen en contacto con la naturaleza, ya que cada una de las estructuras elevadas incluye amplias zonas verdes. Veremos relativamente poco de esa época, ya que la mayoría de la historia transcurre en el primer destino del joven inexperiente.
Como una suerte de niño de las estrellas, se estrella (valga la redundancia) en un bosque cercano a una ciudad suburbana bastante parecida a las que retrataba Steven Spielberg en los años 1980, donde también tenía visitantes lejanos que llegaban entre los árboles. La diferencia es que aquí los fenómenos climáticos tienen una intensidad inusitada, así que cada vivienda genera una suerte de burbuja de protección que la aísla del exterior. Otra diferencia es que tienen robots humanoides que realizan algunas de las tareas engorrosas.
En una de esas casas vive Iris junto a su hermano pequeño, cuidados por un robot que hace de padre sustituto, ya que los verdaderos progenitores se pasan trabajando en la gran ciudad. Durante esa ausencia, y luego de escapar de la escuela con la excusa de una jaqueca, la inquieta jovencita encuentra al estrellado. Y así, Arco conoce a Iris. Con esos nombres, era cuestión de tiempo.
La animación de Arco tiene trazas de Ghibli, aunque a ojo de un cubero bastante mediocre parece estar realizada con rotoscopía, lo cual da plasticidad a algunos movimientos, pero reduce la cantidad de detalle y apuesta por un trazo irregular. Si me permiten la imagen increíblemente específica, la película se ve como si fuera una historieta comisionada por Unicef.
En cuanto a la estructura, no tiene un gran villano (ni siquiera “la humanidad”), aunque hay tres antagonistas hilarantes que mantienen a los más pequeños en sus asientos durante 89 minutos. Son tres hermanos que tienen lentes color arcoíris y que décadas atrás vieron a uno de estos viajeros del futuro y quedaron obsesionados. Como conspiracionistas, pero en este caso con razón, andarán detrás de Arco durante toda la aventura.
Estos “tres chiflados” visten de amarillo, rojo y azul, tres colores omnipresentes en la tecnología de esa época. Además de torpes, tienen una expresividad física mucho mayor a la del resto, con algo de esos personajes del animé que cuando les tocan el hombro con un dedo reaccionan como si les hubieran puesto una bocina de aire en el oído. Complicarán los intentos de Arco e Iris por regresar al futuro al primero, pero solamente quieren comprobar que no estaban (tan) locos.
La relación entre los dos niños es el centro de esta historia, y el director Ugo Bienvenu junto al coguionista Félix de Givry saben cómo hacer para que no parezcan aniñados. Iris ha tenido que madurar ante la ausencia de sus padres (aunque junto al genial robot Mikki) y, al descubrir que Arco es del futuro, lo primero que quiere saber es si todavía hay koalas.
El ritmo es bueno, apoyado por un par de persecuciones trepidantes, aunque puede caer un pelín justo antes del final. Un final que, al estilo Disney, tiene sacrificios y una (pequeña) piña en el alma, y cierra con unos planos de diseños de arquitectura que parecen salidos de un cajón de la cómoda de Miyazaki. Todo esto con personalidad propia, como cada uno de los protagonistas.
Arco. 82 minutos. En cines.