Leí mucha gente enojada con el final de Tigre. La película, que en rigor se llama Tigre: tanque de guerra, fue la más vista en Prime Video durante las primeras semanas del año. No me enloquece el género bélico, pero disfruto las historias de personas encerradas, porque cuando las escribe alguien con ojo para los vínculos se pueden transformar en estudios extremos sobre las relaciones humanas. No necesariamente tienen que estar ambientadas en un tanque o en un submarino –pueden ser cinco tipos del montón jugando a las cartas en un cuartito: así es Rojo (1996), la novela de Mercedes Estramil– ni obligarse a demostrar que “el infierno son los demás”, como hizo Jean-Paul Sartre en A puerta cerrada (1944), pero evidentemente imaginar cajas de metal con combatientes adentro promete ollas a presión emocionales.

Tigre tiene bastante de sueño y –si no fuera por sus escenas de horror– algo de cuento para niños o directamente infantil. Sus protagonistas forman parte de un ejército en retirada y reciben la inverosímil orden de regresar a terreno enemigo ¡en un tanque! para rescatar no a un soldado común, como en la película de Spielberg, sino a un oficial proveniente de la nobleza que supuestamente está atrapado en un búnker. A medida que avanzan, el paisaje se vuelve extraño, los relojes se paran, los cadáveres se transforman inmediatamente en esqueletos y en las frecuencias de radio se escucha únicamente una misa en latín. No hay que estudiar mitología para intuir dónde se están internando, sobre todo si le agregamos que al comandante del blindado lo asaltan los recuerdos de las atrocidades que ha cometido en los territorios anteriormente ocupados por los suyos. Por si hace falta más, la primera escena del film, que antecede a toda la “aventura”, termina abruptamente cuando el tanque cae prendido fuego desde un puente tras un bombardeo con aviones.

Durante el viaje, que está construido con episodios de otras películas, somos llevados a identificarnos con los tripulantes del tanque, sobre todo porque no vemos los rostros de quienes los acechan. Resultan arquetípicos: el comandante, comprensivo, inteligente, atormentado; su segundo, un hombre racional que era agricultor antes de la leva; el conductor, un tipo simple que carga una tragedia familiar; el encargado de la radio, un profesor progresista, e, infaltable, el joven inexperiente, reclutado como asistente de artillero. Son casi casi los mismos de Fury (David Ayer, 2014), una película que veo dos o tres veces por año (está en Netflix), pero un poco más díscolos: aunque su líder es tan astuto y curtido como el que interpreta Brad Pitt, sus decisiones son cuestionadas y hasta hay un intento de amotinamiento. Dudan sobre su misión, sobre las élites que dirigen la guerra, pero se atienen a la disciplina militar. Los de Fury, en cambio, se indignan con las injusticias y sinsentidos que encuentran, pero actúan convencidos de que pelean del lado del bien y están unidos por su fe (uno de ellos es un pastor cristiano que al final resulta superado en su devoción por el propio Pitt).

Además de a esa película estadounidense, Tigre le debe mucho a una rusa: la desconcertante El tigre blanco (Karen Shakhnazarov, 2012; está en Youtube). Ambientada en la Segunda Guerra Mundial, tiene también bastante de onírico y fantástico. Su héroe es el conductor de un tanque que sobrevive a quemaduras totales y adquiere el poder de “comunicarse” con los blindados. Su némesis es un elusivo y avanzado tanque modelo Tiger, que combate solo detrás de las líneas enemigas y aparece y desaparece como un fantasma. Sería una película de terror si no fuera porque cerca del final se olvida de toda la trama e incluye dos maravillosas escenas sobre la rendición alemana en Berlín, absolutamente desconectadas del tema de los tanques, y un cierre en el que Adolf Hitler confiesa sus convicciones más íntimas a un luciferiano entrevistador.

No lo dije hasta ahora, pero Tigre originalmente se llama Der Tiger y es una coproducción alemano-checa. Su autor, Dennis Gansel, es el mismo que hizo Die Welle (2008), aquella historia sobre un experimento en autoritarismo que sale mal, y también fue director de algunos episodios de El submarino, la serie de TV basada en el mismo libro que el clásico Das boot (1980). (Esa es otra de las tantas películas que “cita” Tigre: en un momento, el tanque se sumerge en un río y hay situaciones calcadas de su predecesora.) Todas las fichas describen a Der Tiger como una película antibélica, y no se espera menos de una producción europea. Llamativamente, está ambientada en lo que ocurre después de la batalla de Stalingrado, es decir, el momento en que Alemania empieza a perder la Segunda Guerra Mundial, y los crímenes que martillan la conciencia del comandante del tanque tienen como víctimas a civiles rusos. Es, quizás, además de la esperable rememoración del pasado nazi, un intento de comprender algunos sentimientos que inciden en el conflicto en Ucrania. Y, sin duda, es demoledora respecto del argumento de “obediencia debida” en el que se escudan tantos violadores de los derechos humanos.

Me parece que de ahí viene el malestar con el cierre de Der Tiger. Es difícil hacer una historia “antibélica” que no tenga algo de “bélica”, explica Kurt Vonnegut en el prólogo de su novela Matadero Cinco (1969). Lateralmente, Vonnegut era un gran admirador del cuento “Un incidente en el puente de Owl Creek”, en el que Ambrose Bierce nos induce a tomar en serio lo que imagina un hombre en los últimos instantes antes de morir, que es básicamente lo que pasa en Der Tiger. Volviendo a Matadero Cinco, lo que le encomendó la esposa de un excompañero de armas a Vonnegut fue escribir una historia en la que no hubiera nada de atractivo acerca del combate, nada de muchachitos buenos ni hazañas extraordinarias. El tráiler de Der Tiger, en cambio, promete ese tipo de aventuras, y luego las condena. Creo que es por ese contraste, más que por la resolución tipo Lost, que la película causa tanta disconformidad.

Tigre: tanque de guerra. 116 minutos. En Prime Video.