La guerra ha terminado. En las afueras de Tebas yacen los cuerpos de Etéocles y Polinices, que se han dado muerte mutuamente. Creonte, el nuevo rey, niega las honras fúnebres a Polinices, en tanto se ha alzado contra su patria, pero Antígona invoca leyes superiores y da sepultura a su hermano.

La tragedia griega Antígona resuena en las guerras y los genocidios actuales, según el director español Miguel del Arco. Montevideo conoce varios de sus espectáculos: en 2025 estuvo la actriz Carmen Machi haciendo Juicio a una zorra, mientras que en el 2019 fue Núria Espert la que nos trajo La violación de Lucrecia. También en 2019 se presentó Jauría_, su obra sobre el caso de La Manada en España.

La primera visita del director y dramaturgo a nuestra ciudad fue en 2014, cuando llegó con La función por hacer, una versión de Seis personajes en busca de autor, de Luigi Pirandello, presentada en la Zavala Muniz. “Recuerdo la Zavala Muniz como una fantasía para quedarse a vivir”, dice Del Arco ahora. “Veníamos de Brasil, en donde habíamos participado de un festival un poco apretado, y cuando llegamos aquí fue increíble. Y luego me impactó mucho la ciudad, vi que había un ambiente teatral muy intenso”, agrega.

En esa obra respetabas la estructura de Pirandello, pero modificabas la relación de parentesco entre los personajes. Además, añadías una primera escena en la que modelo y escultor discutían sobre la “representación”.

Eso sí que no tenía que ver con Seis personajes en busca de autor. Pero sí, yo siempre digo que son versiones absolutamente libres, incluso libérrimas. Tomo evidentemente el pensamiento pirandelliano, que sí que estaba tal cual, pero la anécdota que amalgama las relaciones era muy dependiente de principios de siglo XX, y me parecía que había otra manera de llegar, mucho más directa. Que es un poco lo que me pasa ahora con la versión de Antígona: es un poco marca de la casa.

En 2015 habías dirigido una versión de Antígona en España en la que Creonte era interpretado por una actriz. ¿Hay algún vínculo entre aquella puesta y la de la Comedia?

De puesta en escena nada, es una puesta completamente diferente. Sí he partido de aquella versión, que yo creo que está mejorada. Porque el día a día del escenario de alguna manera te da mucha información sobre eso que hacemos los autores en soledad. El papel lo aguanta todo, pero luego llegan actores y a su vez hay cosas que no funcionan, y eso te permite una reescritura que siempre es una maravilla. Aquí, de hecho, he añadido un par de escenas que no estaban, que son mías, y que también tienen que ver con esa reflexión de la dramaturgia sobre el original de Sófocles. Porque Sófocles sigue hablando del hoy. Es decir, partimos de traducciones desde el griego, que son muy académicas, que no están hechas para decirse en el escenario, y ahí entro yo como un elefante en cacharrería. Lo que necesito es que el hecho escénico funcione y me interpele a mí como ciudadano.

Antígona es un clásico al que de forma recurrente se ha apelado para releer situaciones contemporáneas. El enfrentamiento entre la ley “positiva” y la ley “moral”, entre el ser y el deber ser. Pero tú señalas que tanto Antígona como Creonte en parte tienen razón y en parte están equivocados. No se privilegia la óptica de Antígona.

Goethe dice que lo trágico es eso que no tiene ninguna salida, y que en el momento en que aparece una posible escapatoria deja de ser algo trágico y aparece lo dramático. Yo estoy de acuerdo con esa óptica, y ahí está una de las justificaciones de convertir a Creonte en una mujer. No es tanto el problema de género –en la Grecia del siglo V a.C. las mujeres estaban equiparadas a los esclavos, y desde aquella época hasta hoy, si bien nos queda camino por recorrer, algo hemos avanzado–, sino que me interesaba que hubiera dos maneras muy diferentes de mirar al mundo. Es verdad que en general siempre estás con Antígona –¿cómo no vas a entender a Antígona cuando quiere enterrar a su hermano?--, pero pensemos a la inversa. Imagínate que un gazatí se alía con el ejército israelí para acribillar aún más la franja de Gaza. ¿Qué hacemos con eso?

Yo sé que desde Brecht hasta Anouilh se han hecho Creontes en los que se ve exclusivamente a un dictador. A mí no me interesaba tanto eso, sino otra cosa que dice Sófocles, que es "a nadie conoceréis hasta verlo en el ejercicio del poder". Y cómo el poder de alguna manera tiene eso de hacerte olvidar de dónde vienes y empezar a absorber esta hybris, esta cosa de "yo soy el poder, tengo la capacidad de discernir qué es lo mejor". Y muchas veces lo que olvidas es escuchar. Es muy complicado darnos un marco en el que estemos todos contentos, pero ahí la obligación de la democracia y la obligación de la política es intentar buscar los marcos de convivencia que permitan una vida razonablemente buena.

También le das un lugar importante a Ismene. ¿Qué rol juega ese personaje que está básicamente intentando sobrevivir?

Hablando con Sofía Lara, que es la actriz que representa a Ismene, le decía que es un personaje a quien hay que seguir porque es como una fábrica de felicidad; está dotada especialmente para la alegría. Ella quiere olvidar porque quiere vivir. Es una muchacha joven, ¿cómo no va a querer vivir? Antígona siempre aparece como la representación de todo lo positivo, pero si esas leyes inmemoriales y eternas a las que Antígona hace referencia fueran tan elocuentes y tan establecidas, todo el mundo las escucharía. Y no sucede eso. Y la prueba es Ismene, que ha pasado exactamente por lo mismo que Antígona: un padre que se arranca los ojos, una madre que se suicida, dos hermanos que se dan muerte mutuamente. Y sin embargo ella dice "quiero olvidar". Entonces, ¿dónde está el principio de la paz? ¿Dónde está el momento del "hasta aquí”? Y es un personaje en el que también aparece el principio de la resistencia. Cuando ella ve la injusticia brutal que se va a cometer contra su hermana, vence al terror que le paraliza y dice que estuvo con Antígona en el entierro de su hermano, aunque no es verdad, pero da el paso de valentía y para mí ese es el nacimiento de la resistencia.

¿Cómo conformaste el elenco?

José Miguel Onaindia me dijo que iba a tener entre 18 y 20 actores y coincidía que casi todos los que iba a tener estaban en Las brujas de Salem. Entonces pedí que me mandaran el video para hacerme una idea. Además estaba Andrés [Lima, director de Las brujas de Salem].

Con Lima hicieron el ciclo en el que dirigiste Antígona en Madrid.

Sí. Él dirigió Medea y Alfredo Sanzol dirigió Edipo en una versión que fue la que luego Lima dirigió aquí para la Comedia Nacional [en 2023]. Así que me mandaron el video y a partir de eso y algunas otras grabaciones empecé a decidir. Luego llegué a Montevideo cuando reestrenaron y pude ver la puesta. Finalmente, en los roles protagónicos están Sofía Lara como Ismene, Creonte es Lucía Sommer, Antígona es Mané Pérez, Hemón es Diego Arbelo y Tiresias es Joel Fazzi.

Lucía Sommer ya había encarnado a un personaje originalmente masculino en Las brujas de Salem.

Sí, y Tiresias, que es un personaje ambivalente respecto al género, está interpretado por Joel Fazzi, que también hacía el papel de la esclava Tituba en Las brujas…

En el Edipo de Lima tenía gran relevancia el coro, con un énfasis disoluto o dionisíaco por momentos. En tu versión de Antígona el coro también tiene relevancia, con momentos musicales.

Dionisio es el dios que está presente en toda la obra, es el dios al que reza el coro. Un dios que no llega de forma visible, sino que se introduce, que posee. Y es el dios de la ambivalencia, que también es la base de la tragedia. Es el dios de la vida y de la muerte, de lo bello y de lo terrible, de la luz y de la noche. Todas las contradicciones posibles llegan a partir de ese trance que de alguna manera te conecta con el dios y que generalmente está vinculado a la ebriedad.

Cuando empezamos a trabajar con Paula Kryger [diseñadora de vestuario] y Adán Torres [escenógrafo], hablamos mucho de que Antígona arranca unas horas después de que Polinices y Etéocles se han dado muerte mutuamente. Es el momento en el que se acaba de terminar una guerra. Y me acordaba mucho de esos momentos de Apocalypse Now en los que todo se ha pasado de rosca. Todavía hay cadáveres por las calles, todavía hay olor a cuerpo quemado. Había que investigar situaciones que podían ser inconcebibles para nosotros. Entonces, hay algo de esa cuestión casi enfermiza que tiene que ver con esos momentos dionisíacos. Y a partir de ahí empieza la fiesta, arrancamos la obra con una rave, es una celebración báquica de gente que está volviendo a vivir mientras todavía hay sangre y conviven la ferocidad y la alegría y todo se mezcla. No se sabe si abrazar o despedazar al de al lado.

¿Cómo se ha desarrollado el trabajo con el elenco?

Es muy particular trabajar con un elenco que se conoce tan profundamente entre sí. De alguna manera eres un extraño en tierra de ellos. El teatro tiene esa cuestión de cierta intimidad que se produce con la compañía, y vas generando confianza, pero en general las compañías son efímeras. En este caso, ellos tienen un ritmo ya establecido, unas relaciones ya establecidas y unas estructuras muy férreas que son particulares, que es una cuestión bastante única en el mundo. Está la Comédie Française y la Comedia Nacional: yo conozco solo esos dos casos de elencos estables. Y es particular, pero al mismo tiempo son muy disciplinados, muy entregados, muy rigurosos en el trabajo y eso hace que todo corra de una manera muy fácil.

¿Y cómo se han relacionado con tu propuesta de Antígona? Aquí es una obra que se ha leído muchas veces en clave de nuestro pasado reciente.

He tenido que contar hacia dónde íbamos. La escenografía es una ruina sobre un escenario giratorio. Me interesaba esta cosa de los extremos que se juntan, donde todo gira sin parar y no se encuentra la salida. Es una ruina que tiene que ver con un viaje que hice hace un par de años a Kiev. Pasar por Kiev es una cosa realmente terrible que te asoma a esto que te digo que no conocemos. Que me sacaran por la noche las sirenas es una de las cosas más espeluznantes que he vivido en mi vida. Las sirenas antimisiles sonando y tener que bajar a la carrera del hotel para meterte dentro de un refugio. Y pasear por Kiev, que es una ciudad que tiene una semejanza grande con París, con edificios señoriales espectaculares, y de repente ves edificios enteros con impactos de bombas y en ruinas. Y luego las conversaciones. Tuve una conversación con un grupo de productoras de teatro y todas tenían hijos e hijas o maridos en el frente, y dos con ellos muertos. Es una experiencia que no olvidaré en mi vida. Y es un panorama que pensé que no íbamos a conocer nunca; pensé que no íbamos a estar jamás en el sitio donde estamos ahora mismo. En España hay un montón de ucranianos que han salido de su país; se han repartido por toda Europa.

Y está Gaza. Hemos asistido por primera vez en la historia a un genocidio en directo. Y escuchamos todos los días a líderes occidentales dando razones para que eso se lleve a cabo. Entonces, la resonancia de Antígona es absolutamente demoledora. El otro día la presidenta de la Comisión Europea [Ursula von der Leyen] decía que no se pueden derramar lágrimas por el régimen iraní. ¿No puedes derramar lágrimas por 168 niñas que acaban de cargarse con un bombardeo? ¿No puedes derramar lágrimas por la población civil que está sufriendo? ¿No vas a derramar lágrimas por las consecuencias que tiene de repente esta obturación del estrecho de Ormuz? Y es la presidenta de la Comisión Europea que ahora dice que las leyes han cambiado y que ya no se puede confiar en el derecho internacional. ¡Pero es que las están cambiando vosotros! Esa resonancia evidentemente está metida de una manera terrible.

Y Uruguay es un país muy particular en muchos sentidos. Es un país marcadamente laico, por ejemplo, y España no. Yo soy absolutamente ateo, y no he sido educado en la religión, pero la religión se mastica por las calles, y aquí no. Y esa mezcla de la religión está muy impregnada en Antígona; ella habla de leyes religiosas de las que Creonte abomina. Por eso siempre he visto una semejanza, o sea, ha hecho un paralelismo entre la figura de Cristo y la figura de Antígona. Porque Antígona dice “he nacido para el amor, no para la guerra”, que es un mensaje muy cercano al mensaje de Jesucristo. Pero creo que les gusta la propuesta. Y hay una demanda física enorme; está Andrea Arroba haciendo la parte de la coreografía, que tiene que ver con la extenuación de los cuerpos. Con todo esto que estamos viendo a diario, gente saliendo por un saco de harina, peleando por un bote de agua. Cuando no has comido, cuando no has podido dormir, cuando no tienes un sitio donde caerte, hay algo de ese cuerpo extenuado que también cuenta. Y me parece que era importante que ese cuerpo extenuado estuviera de alguna manera presente.

Antígona. 1, 2, 3, 4, 5, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 16, 17, 18, 19, 22, 23, 25 y 26 de abril en el teatro Solís. Entradas desde $350 a $550 en Tickantel. 2x1 para la diaria