A los pies de la cama de una habitación de hotel, soleada de mediodía, Silvana Estrada habla con la diaria a través de la pantalla de su teléfono. “Hace ocho años que estoy de gira”, suspira la cantante y compositora mexicana con un gesto risueño que solo le suma simpatía a su respuesta a “¿en qué andás?”, ahora mismo dedicada a la presentación de su álbum Vendrán suaves lluvias, que la traerá a Uruguay como parte de su tour latinoamericano y la llevará por distintas capitales de Europa.
“Allí da la sensación de que se saltearon la culpa de la responsabilidad”, relata sobre sus recuerdos uruguayos. “Todo es muy lento, calmo. Es como que en Uruguay el tiempo está detenido, y eso me encanta”, admite, mientras contrapone a Ciudad de México, “donde todo es frenético, una locura constante”, y declara un amor por Montevideo para nada antojadizo.
En 2023 Estrada actuó en la sala Zitarrosa y en la previa mencionó su admiración por la música de Eduardo Mateo, Jorge Drexler, Fernando Cabrera y el Príncipe Gustavo Pena, entre otros referentes uruguayos.
Ahora vamos a lo importante: con o sin confraternidad cultural, no conviene perderse la oportunidad de ver y escuchar a una de las artistas más talentosas de la nueva escena cancionista latinoamericana. Su arte no precisa más que de su voz para estallar, acaso la compañía del cuatro, el instrumento venezolano que adoptó con comodidad como su mejor compañero de escena y que le otorga algo más a su estilo.
Estrada nació en Xalapa, Veracruz, y se crio en Coatepec en una casa de padres músicos en la que también se fabricaban instrumentos. Estudió jazz en la Universidad Veracruzana y quiso seguir esa pista mudándose a Nueva York donde continuó sus estudios en los clubes jazzísticos de la ciudad. Curtida en el género, volvió a Ciudad de México para reiniciar su carrera solista.
Su consumo instantáneo tiene dos versiones en Tiny Desk: una pandémica y casera y otra consagratoria y más reciente detrás de la clásica escenografía de libros sobre madera blanca. También está la versión de “Un rayo de luz” en el ciclo Colors, cuyos primeros diez segundos alcanzan para encantar y asombrar.
Otro asunto son sus tres discos, cualquiera de ellos mandado a hacer para escuchar de punta a punta. En Lo sagrado (2017), el guitarrista estadounidense Charlie Hunter la acompaña en un álbum que se camufla en formas clásicas del jazz, como el contrabajo sincopado de “Para salvar destinos” y “Lo sagrado”, y ofrece, con sutilezas, el torrente compositivo de la mexicana y la avidez por pintar una variante ingeniosa del folclore musical de su país.
“A veces siento/ que el río no está/ Y he visto flores/ morir donde caen/ Y el mismo viento/ le miente al mar/ con besos yendo”, canta en “Río”, la canción más extraña y aletargada del álbum. “A veces siento/ que cargo en mi piel/ los mil caminos/ de siglos de sed”, relata, y la armonía de la narración musical de pronto se convierte en una invocación desesperada de una índigena en pleno diálogo con sus dioses.
La constante presencia de las flores en sus canciones explica parte de su fórmula y cuenta su propia historia. “Donde yo vivía era un lugar con mucho campo, y la verdad es que a veces no había otros niños con quienes jugar. Las flores podían ser mis amigas o me inspiraban cuentos, aventuras”, explica, y luego admite que esa conexión natural avanzó hacia los procesos de polinización con los que alguna vez se obsesionó. “A veces me digo, basta con las metáforas con flores, pero siguen apareciendo”.
Marchita, de 2022, en realidad es su verdadero primer álbum como solista. Un disco íntimo y despojado, aunque lleno de música y poesía, que le valió una entrada directa a los confines de la popularidad en México, Latinoamérica y Estados Unidos. Como anticipa su título y el blanco y negro de la tapa, aquí hay despecho, hastío y deseos resentidos por la tristeza. “Quiero ser del miedo/ rival en tu alma”, canta en “Un día cualquiera”, en dos minutos y pico de una percusión de tambores y palmas que sostiene su voz, dulce o apagada, siempre temeraria, con la versatilidad de una voz instrumento y la aceleración instintiva de un animal.
“Para mí es como estar en una fiesta, pero no siento que haya pasado nada especial”, dice sobre las ceremonias de los premios Grammy a las que se ha tenido que acostumbrar en su condición de figura relevante de la música en español de alcance global. En 2022 ganó un Latin Grammy como mejor artista nueva y, entre otras nominaciones, en 2025 fue reconocida por su canción “Como un pájaro”, extraída de su último álbum, el consagratorio Vendrán suaves lluvias.
Reconocida además por publicaciones especializadas como Pitchfork, Rolling Stone y diarios como The New York Times, Estrada asegura que puede seguir con su vida normal sin presiones de la industria discográfica. “Es que no creo que yo sea tan importante”, dice. “Lo que a mí me gusta es tocar en lugares pequeños y charlar mucho con la gente, y es lo que he estado haciendo este año alrededor de todo México. A veces la gente llora con mis canciones y, pues, yo también lloro”.
Vendrán suaves lluvias –el nombre proviene de un poema de 1918 de la escritora estadounidense Sara Teasdale– contiene tres años de elaboración y su motor principal fue la muerte de un amigo. En este caso, lo mejor es no espoilear en lo más mínimo e ir al encuentro de joyas musicales como “Lila Alelí”, “Cada día te extraño menos” y “Un rayo de sol”, en la que canta: “Cómo será de hermosa la muerte/ que nadie ha vuelto de allá/ Cómo será de frágil la suerte/ que siempre elegimos amar”.
Silvana Estrada. Este jueves a las 21.00 en el teatro Solís. Entradas en Tickantel desde $ 2.100 a $ 2.500.