¿Hay lugar para el optimismo en el cine actual? No hablo de escapismo, ya que ir a ver cualquier película implica (o debería implicar) que durante una hora y media no nos lleguen notificaciones con la cantidad de nuevas muertes en el país del que vinieron tus antepasados hace más de un siglo. Me refiero a películas que le devuelvan a uno la esperanza de que quizás todo esté mejor. O que al menos siga estando, que es un montón.
Hablemos de eventos apocalípticos, porque acaba de estrenarse Proyecto Fin del Mundo (Project Hail Mary), donde nuevamente tenemos al planeta al borde de la desaparición gracias a incidentes de los que no somos responsables (o sea, es una de ciencia ficción). La premisa es complicada, pero por suerte el protagonista es un profesor que literalmente la explica a sus jovencísimos alumnos: algo está comiéndose al sol, y si no lo detenemos, el descenso de la temperatura va a llevarse puesta a la mitad de la humanidad.
Acá no hay Bruce Willis que pueda matar a los astrófagos (como se los bautizó) con una bomba. Expertos de todas partes del mundo no logran dar con el clavo y la única solución es viajar hasta la única estrella de nuestra vecindad que parece estar en perfectas condiciones. Porque todas las que la rodean se han contagiado de este algo.
Si suena a ciencia ficción dura es porque detrás está el escritor Andy Weir, quien además de la novela de Proyecto Fin del Mundo había escrito The Martian, llevada al cine en 2015 por Ridley Scott con guion de Weir y Drew Goddard, y arruinada para el público latinoamericano con el título Misión rescate. Seguramente recuerden a Matt Damon varado en Marte, como un Robinson Crusoe moderno que lograba sobrevivir, comunicarse con la Tierra y elaborar un plan de regreso, todo gracias al uso de la ciencia.
Proyecto Fin del Mundo comienza cuando despierta el único sobreviviente de la misión tripulada hasta la estrella que desarrolló una inmunidad. Como ocurría al comienzo de la famosa El planeta de los simios (la de 1968), los sistemas de animación suspendida siguen siendo poco confiables, y solamente se ha salvado Ryland Grace. Él es ese profesor que, en el flashback que corre en paralelo durante toda la película, explicaba el asunto de los astrófagos. Será nuestro único humano en el espacio y nuestra última esperanza. Por eso el “Hail Mary” del título, una expresión que, además de equivaler a Ave María, se usa para describir una movida desesperada que tiene pocas chances de funcionar. Viene del fútbol americano, pero eso no nos importa.
Esta historia necesitaba de un actor que pudiera ponérsela al hombro, como Damon en Marte, y Ryan Gosling está a la altura del desafío. Es de las pocas superestrellas que va quedando y en películas como Profesión peligro (otra traducción horrible) demostró lo bien que combina la acción con la comedia. Esta no es una comedia sino una aventura, pero Grace tiene suficiente sentido del humor como para despertar risas en la platea. Eso sí: cuando llora, es capaz de humedecer varios pares de ojos, empezando por los míos.
Esta vez en la dirección de la adaptación de Weir están Phil Lord y Christopher Miller, quienes trabajaron para las dos películas de Comando especial que adaptaban con humor la serie televisiva que protagonizara Johnny Depp, además de La gran aventura Lego. No apelan a grandes maestrías para meternos en el interior de la nave y sí construyen algunos buenos momentos del espacio exterior, con silencios muy bien utilizados que me hicieron acordar a Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) y me dieron muchas ganas de volver a ver Gravity (Alfonso Cuarón, 2013).
Hay un asunto importante y es que esta no es solamente una película de salvar a la Tierra; también es una película sobre un primer contacto. No será en las mejores condiciones, porque hay que mandar algún remedio contra los astrófagos antes de que sea demasiado tarde, pero allí estará ese ser extraterrestre que llegó a ese mismo sitio en busca del mismo remedio. Recuerden que había muchísimas estrellas infectadas.
Este contacto también es optimista y, en ese sentido, es imposible no nombrar a Carl Sagan, por la forma en que nos acercaba a la ciencia y también por su novela Contacto, llevada al cine en 1997 por Robert Zemeckis. No diré mucho del ser que se encuentra con Grace, salvo que (por suerte para nosotros) es un ser amigable. Un tipazo de otro mundo. La dificultad no estará en congeniar, sino en hacerse entender, y con trazas de La llegada (Arrival, 2016) lograrán establecer la comunicación. Rápido y en forma muy conveniente, pero es que apenas tenemos dos horas y media de película.
Pasan muchísimas cosas en ese lapso, algunas con más ritmo que otras. Por más acelerado que sea el entendimiento entre Grace y Rocky (el tipazo), tiene un período de aprendizaje, que amenaza con empantanar la trama, pero es posible que a esa altura estemos tan involucrados que no nos importe tanto.
Sobre el final tendremos de todo: una sucesión de resoluciones que hacen que realmente nos preguntemos cómo terminará la cosa, momentos de crecimiento, de sacrificio, y también de los otros. Porque por más optimista que uno sea, sabe que somos bichos complicados. Con todo lo planteado anteriormente, el espectador se merece un final feliz. Y el guionista Goddard logra que su nave espacial llegue a buen puerto: nuestros corazones. Perdón, es que de verdad dejé el cinismo en ropería y todavía no lo fui a buscar.
Proyecto Fin del Mundo. 156 minutos. En cines.