Juana Fernández Morales nació un 8 de marzo en Melo, Cerro Largo, en 1892. Su padre, nacido en Lorenzana (provincia de Lugo, España) criaba gallos de riña y apenas sabía leer. Hoy, la biblioteca municipal de su pueblo natal lleva el nombre de la hija ilustre. Su madre, Valentina Morales, pertenecía a una de las familias españolas más antiguas del Uruguay. Ellos vivieron en Melo hasta los 18 años de Juana. “Fue mi paraíso al que no he querido volver nunca más para no perderlo, pues no hay cielo que se recupere ni edén que se repita. Va conmigo, confortándome en las horas negras, tan frecuentes […] Allí volará mi alma cuando me toque dormir el sueño más largo y pacificado que Dios me conceda a mí, la eterna insomne”, escribiría la poeta sobre su Melo natal.

Sin usar nombre de hombre ni pedir permiso alguno, en 1919, ya casada con un capitán y usando su apellido Ibarbourou, Juana envió Las lenguas de diamante a Miguel de Unamuno para conocer su opinión, con la petición de que remitiera ejemplares de su libro a los poetas Antonio y Manuel Machado y a Juan Ramón Jiménez. Unamuno amó sus versos, llenos, dijo, “de desnudez espiritual y frescura”.

En 1929 recibió el título de Juana de América y sobre ese momento destacó: “Un grupo de jóvenes poetas me organizó en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo una fiesta inolvidable. La presidía don Juan Zorrilla de San Martín. […] Santiago Cozzolino, el orfebre, había cincelado el anillo de oro simbólico que me ofrecían los poetas. El ambiente era solemne, con la muchedumbre, los himnos, los delegados de toda América, y [estaba] otro hombre de estatura física pequeña, pero también magnífico y grandioso, Alfonso Reyes.[…] Y a través de discursos hermosos en que la generosidad juvenil iluminaba las palabras, llegó el momento culminante, el de la entrega del anillo. El Dr. Zorrilla de San Martín fue el designado para ello y lo hizo con unas palabras breves y muy hermosas que me quedaron grabadas en el corazón: “Este anillo, señora, significa sus desposorios con América”.​

Juana de América, la obra escrita por Pablo Dive y Carolina Rodríguez, quiso visibilizar su historia, mostrar su arte y lo difícil que era en aquel tiempo escribir y ser leída siendo mujer. La música forma parte esencial del espectáculo que fue nominado doblemente en los Florencio 2025 para competir como mejor texto de autor nacional y mejor actriz de unipersonal, premio que obtuvo Rodríguez. La joven actriz se formó en el IAM, en la escuela del Espacio Teatro y en la Escuela del Actor. Se perfeccionó con Eduardo Piñeiro ante las cámaras, con Danna Liberman en la técnica de clown y con Sandra Américo en la formación unipersonal.

A Carolina Rodríguez le gusta contar las historias de mujeres a través del teatro. “Luego de leer e investigar sobre su vida, sentí la necesidad de llevar a Juana al escenario. Tuvo una vida muy rica en contrastes. Le pregunté a varias personas cercanas de distintas edades qué sabían sobre su vida y se repetía la respuesta de que no la conocían mucho; solamente algún poema y uno de sus cuentos más conocidos, ‘La mancha de humedad’. Además de ese deseo personal de encarnar a Juana, sentía que de alguna manera podría aportar mi granito de arena para que volviera a ser visibilizada.

La dupla Dive-Rodríguez decidió mostrar a la mujer más allá del mito que todos conocemos: “Vivimos al ser humano y así lo vive el público”. Lo que más fascinó a la actriz fue la capacidad de la poeta para encontrar su lugar en el mundo, de alzar la voz para hacerse oír. Juana usó un seudónimo, pero de mujer: Jeanette D'Ibar. “También me fascino su autoconfianza: ella misma llevó su primer libro al diario La Razón y envió un ejemplar de su primer libro a uno de los autores españoles más importantes”.

Rodríguez se sorprendió de lo difícil de las relaciones de la poeta con su marido e hijo: “Fue fundamental abordarlo”. La obra también tiene una perspectiva de género. Actriz y director la describen como una puesta onírica. “Si bien, cuando se encienden las luces vemos a esa Juana que todos conocemos, también la vemos recitando, cantando y riendo. Le gustaba cantar. Es una Juana fresca, transparente, con sus luces y sus sombras, atormentada por la hoja en blanco y mostrando su amor y respeto por las palabras. Si bien es un unipersonal, aparecen muchos personajes en escena: entran y salen y ella interactúa e interpreta a los personajes de sus propios cuentos. El trabajo exige mucha concentración, tenés que estar más presente que nunca. Rompemos la cuarta pared, el personaje se dirige al público, les habla, los mira a los ojos. Disfruto mucho de hacerlo, siento ese intercambio de energía con ellos…”, concluye.

Juana de América vuelve por pocas funciones en abril. “Se van a quedar un pedacito de Juana en su corazón” dice la actriz, visiblemente agradecida por el desafío.

Juana de América. En Alejandría Café de las Artes, los sábados 4, 11, 18 y 25 de abril a las 20.00. Entradas $ 650 por RedTickets.