El regreso al cine de Mario, uno de los personajes más famosos de la historia de los videojuegos, estuvo muy lejos de ser un riesgo creativo. Atrás había quedado aquella película de 1993 con Bob Hoskins en el papel principal, en la que era una proeza encontrar los puntos de contacto con el material de referencia. La animación producida por Nintendo y estrenada en 2023 proponía trasladar personajes, ambientaciones y cierta “experiencia de juego” a la gran pantalla, lo suficiente como para que varias generaciones supieran de qué se trataba la cosa.

Si los juegos más populares de Mario (porque ha encabezado un montón) lo tienen saltando de una plataforma a otra y esquivando o pisoteando enemigos, pues la película dirigida por Aaron Horvath y Michael Jelenic lo tenía repitiendo esos mismos momentos. Super Mario Bros.: la película era una sucesión de memes de Leonardo DiCaprio señalando la pantalla, como diciendo “¡eso lo conozco!”. Que fuera una historia sobre el origen de las aventuras de Mario (y Luigi) obligaba a que alguno de los protagonistas atravesara algo parecido a un arco y que hubiera una misión clara. Hasta el antagonista de siempre, Bowser, tenía su motivo para llevarse a la princesa: el amor. Un amor muy mal barajado y no correspondido.

Super Mario Galaxy: la película mantiene todo el colorido, la fluida animación del estudio Illumination y las escenas de acción que mantendrán en los asientos al público menudo. Sin embargo, la falta de una historia mejor contada, por sencilla que sea, hace que por momentos se note demasiado el mandato corporativo de presentar personajes famosos o pasar por mundos que referencian tal o cual videojuego. Como si el film se hubiera armado como excusa para rodear a los Leonardos.

Para esta ocasión tenemos a cuatro personajes nuevos, con diferentes niveles de importancia en la trama. La princesa Rosalina es una suerte de madre de las estrellas a quien capturan a poco de comenzar la historia; más allá de que las princesas tienen un rol más activo en estas películas, la mitología ordena que alguna de ellas sea capturada. Al final de la película anterior se nos adelantaba la presencia de Yoshi, una especie de dinosaurio que dice poco y nada. El villano de turno no es Bowser, sino su hijo, Bowser Jr. Finalmente, Fox McCloud llega desde otro título de Nintendo para que la trama vaya desde el punto B hasta el punto C.

Más allá de mandatos y de potenciales “nintendoversos”, esta secuela sufre de algo muy común a las segundas partes independientes, que es la “necesidad” (nótense las comillas) de que haya más personajes para zafar de la idea de que estamos viendo más de lo mismo. Claro que los personajes viejos siguen siendo parte de la historia, así que la cosa se abarrota y la posibilidad de que alguno de ellos llegue hasta los créditos de cierre habiendo experimentado un cambio se reducen drásticamente. De hecho, si alguno no vio la anterior, cuesta nombrar características claras de sus personalidades (más allá de que Toad es un novelista frustrado).

El guion está en otro castillo

Conviene no pensar mucho sobre lo que ocurre en Super Mario Galaxy. Las circunstancias llevan a que se formen dos grupos con un mismo objetivo: llegar al planeta en el que tienen a Rosalina. Cada uno de ellos tendrá aventuras que uno supone que se desarrollan en “mundos” que recuerdan a diferentes videojuegos (lo siento, no los jugué todos) mientras atraviesan numerosas peripecias. Cada escena de acción, como la que transcurre en un casino o la que involucra a un dinosaurio, está bien coreografiada y funciona como cápsula independiente; en particular, la del dinosaurio, que es casi un corto de los Looney Tunes en sí misma. Pero la coherencia interna cae cuando de una escena a la otra los personajes no aprenden de sus errores o no vuelven a utilizar esos poderes que hubieran sido ideales para cumplir con sus objetivos.

Todo termina limitándose a la nave de Bowser Jr., que arriba a algún sitio y hace de las suyas, o un grupo de personajes que consigue llegar al mojón siguiente de su camino. Por supuesto que soy consciente de que así son los videojuegos más famosos de Mario, pero si no puedo manejar a los personajes con mi control al menos espero que la historia ofrezca alguna recompensa narrativa. La única novedad será conocer un poco sobre el origen de Peach, pero lo suficiente como para resumirse en un tuit (de cuando se limitaban a 140 caracteres).

Bowser sigue siendo de lo más rescatable, incluso en su versión doblada al español, pero tiene menos minutos para brillar porque entre otras cosas está su hijo, que no es tan interesante y que maneja una nave demasiado simple en un mundo con naves tan fantásticas (si hasta se ven en el fondo). La relación entre padre e hijo, sumada al planeta en donde se terminan de unirse las tramas, deja un tufillo de Star Wars para el público adulto, que además tendrá deliciosas referencias a los títulos en 16 bits, en ocho bits… e incluso anteriores.

Que los más chicos se maravillen ante el colorido y la acción que se despliega ante sus ojos no significa que no podamos (y debamos) exigir un poco más de cariño en las historias que incluyen el colorido y la acción. Con poco, la primera aventura de Mario hacía mejor las cosas en materia narrativa. La tercera (todos sabemos que llegará una tercera) necesitará volver a invertir en guionistas además de en animadores, músicos y actores de doblaje.

Super Mario Galaxy: la película. 100 minutos. En cines.