Según cuenta el dramaturgo y poeta uruguayo Víctor Pérez Petit –en un artículo publicado en la revista Nosotros–, una compañía de acróbatas liderada por los hermanos Podestá se instaló en un baldío de la calle Yaguarón, entre San José y Soriano, “para ofrecer a los espectadores ejercicios en la barra y el trapecio, cabalgata de una ecuyère, equilibrios con la percha, saltos mortales de los gimnastas, sonoras bofetadas de los clowns, números de perros y caballos amaestrados”, allá por el año 1889.
Otros investigadores recuerdan a la misma familia en una carpa ubicada en el bajo de la calle Andes, a pocos metros del mar, con un número más diverso, que incluye recitados camperos y actuaciones dramáticas, pero que se mantenía fiel a las tradiciones del circo criollo.
Un siglo y pico después, a la caída del sol en la Ciudad Vieja, el escritor, guionista y murguista Federico Silva (La Mojigata, Pocas Nueces) se saca el tema de encima y le pide a uno de sus dirigidos que responda por su ocurrencia: un nuevo circo criollo fundado entre modernidad líquida y tecnofeudalismos. “Néstor debe saber”, dice mientras decide qué tipo de café se le antoja esta tarde y recibe con discreción los elogios de una espectadora, sentada en una mesa del bar a sus espaldas.
“La obra tiene una cuestión histórica y una cuestión muy actual, porque Fede sitúa la acción en la época de los alambramientos, entonces es un poco difícil definir los límites”, responde uno de los protagonistas de Plantar bandera, el actor uruguayo Néstor Guzzini, de ineludible trayectoria en el cine local, con pasado murguero y pedigrí de la Antimurga BGC. “Es mi tía”, agrega sobre la espectadora testigo.
La inspiración, reconoce el autor del texto ganador del Premio Juan Carlos Onetti en 2024, salió de una foto que encontró de pura casualidad: “Era una imagen de un carnaval antiguo. Ahí ves un niño con un trajecito muy austero y unas medallitas, que tiene una pesa de utilería que dice ‘1.000 kilos’. Y atrás –sigue Silva con un entusiasmo que se volvió a despertar después de un trago de café– hay una señora que yo imagino que es la madre”.
En julio de 2025, de la mano de un segundo reconocimiento literario municipal que le habilitó una residencia en la sala Jorge Lazaroff, la obra ocupó funciones en julio y agosto y obtuvo excelentes comentarios del público y la crítica. En diciembre se llevó la mayoría de los premios del Colectivo de Críticos Independientes, incluidos mejor espectáculo, mejor elenco y mejor dirección.
En la obra, tres artistas –Arrumaco (Guzzini), Mama (Carla Moscatelli) y El Campeón (Albino Almirón)– se disponen a levantar un pequeño escenario a la intemperie en cada pueblo en que ofrecen las funciones de circo. El espectáculo propone una mirada sobre los mitos más arraigados de Uruguay, con dosis de humor. Este fin de semana, vuelve con dos funciones en el teatro Alianza.
¿De qué tipo de obra estamos hablando en términos de género teatral?
Silva: Podría ser una comedia, pero medio criolla, o una comedia absurda que transcurre en un ámbito propio de lo criollo, con sus personajes de época y sus lugares, aunque, al mismo tiempo, el presente tiene un lugar muy importante. Es una comedia, pero tiene otro montón de cosas que pasan por otro lugar. Es una mezcla.
Imagino que puede tener el rescate de un código teatral de otra época.
Silva: Por un lado, se toman algunas referencias, pero después eso pasa por los propios actores que ya traen sus experiencias y que de alguna forma están relacionadas con el circo criollo.
Guzzini: Está esa cosa de lo popular, de andar por distintos lugares y barrios y llegar con un escenario. Yo creo que más que un código, lo que intentamos, porque claramente era lo que precisaba la obra, era una sonoridad y un ritmo de las palabras que se tenía que traducir en la cuestión escénica. Porque si vos leés el texto de Fede te das cuenta de la importancia de las palabras en la construcción del absurdo y en el ritmo de la comedia, pero a su vez hay un asunto en el valor intrínseco de esas palabras. Acá la regla es que vos invadís el lugar del teatro. La gente no pagó una entrada para verte. Vos llegaste con tu circo a un lugar no preestablecido a ofrecer un espectáculo. La dinámica es distinta de la del teatro más tradicional.
Los dos salieron en carnaval. La idea de un circo criollo no les puede resultar tan ajena.
Guzzini: Es cierto. Lo que me pasa a mí es que en realidad viví el carnaval desde la BCG, a la que se acusaba de ser muy teatral. La murga tenía una pata metida en la realidad y otra en el teatro. Entonces me cuesta reconocerme a mí como un producto genuino del carnaval, pero lo que sí es cierto es que todos en el elenco hemos vivido situaciones similares que se pueden conectar con las de un circo criollo, como la de enfrentarse a diferentes públicos en lugares desconocidos.
¿Cómo es la dinámica entre estos personajes?
Guzzini: Se juega mucho en las discusiones de la realidad diaria, y de ahí surge una comicidad que va más allá de esos encontronazos que a veces pueden ser muy agrios y casi siempre están cargados de ironía. El hijo que discute con su madre, que no termina de aceptar que su hijo ya no es tan niño, y la figura de ese campeón que se retiró y vive bajo la sombra de sus éxitos pasados, atormentado por la conciencia de lo que ya no puede ser. Y en medio de eso, ese hijo ve al campeón con cierta desconfianza: es como una figura paterna que tiene una relación con su madre, pero que no sabe bien cuál es.
Y como pasa con muchas cosas de este espectáculo, esas discusiones cargadas de ironía, que siempre adjudicamos a la descendencia italiana, generan la pregunta de si en realidad no tendrá que ver con estos tipos que sobrevivían enfrentándose a situaciones adversas en cada pueblo y teniendo que jugar esos roles en los que se mezclaban todo el tiempo la actuación y el juego.
Federico Silva y Néstor Guzzini.
Foto: Alessandro Maradei
La madre es el motor del circo, es la presentadora. Tiene ese hijo que es un niño forzudo y que por más que ya tenga 43 años y canas en la barba, sigue fiel a ese papel.
La historia transcurre en la época en que comienza el alambramiento de los campos.
Guzzini: Claro, y ese elemento Fede lo ubicó de manera muy inteligente en la trama. Porque le suma otra dificultad al conflicto de estos tres personajes. Con el alambramiento la circulación no es tan libre y, sin anticipar mucho, estos artistas en determinado momento se ven en la disyuntiva de convertirse en promotores. Entonces te encontrás con una cuestión muy actual, que aparece cuando lo artístico empieza a ser utilizado con otros fines. Y surgen otras preguntas: ¿qué límites le pone el artista a su propio arte?; ¿hasta qué punto se deja corromper por otros intereses que no tienen que ver estrictamente con los fines artísticos? Porque uno tiene que vivir también.
Federico, primero encontraste aquella foto y después, para desarrollar la dramaturgia, empezaste a leer sobre los circos criollos.
Silva: Claro. En la Historia de la sensibilidad en el Uruguay de José Pedro Barrán, por ejemplo, están bien documentados. Al principio tenían una cosa muy gimnástica y de acrobacias, y después se empiezan a mezclar con otras cosas más directamente vinculadas al teatro, como la pantomima, con la historia de Juan Moreira, por ejemplo, que sacaban de folletines.
Guzzini: Hay un momento en la obra en el que hacemos un momento de pantomima. Es notable cómo la gente acepta ese código tan sencillo y se permite entrar en ese juego. En todas las funciones que tuvimos, nunca apareció alguien que dijera: “Che, vos sos el hijo de Carla, qué raro”. Eso tiene que ver con la calidad del texto, pero también con la convención del teatro que acá aparece de forma mucho más cruda: la mentira está muy expuesta. Claramente yo ya no soy un niño y, sin embargo, la gente se suma a la ficción, y es muy lindo cuando se da ese fenómeno.
Otra para vos, Federico: pensaba en tu personaje en Pocas Nueces y en la apuesta de ese grupo teatral. ¿Te fascina otra época muy lejana a la actual?
Silva: Hay algo de eso. Y una búsqueda de las manifestaciones populares y de cierta cosa de la sencillez también. Pero si lo pienso un poco, buscar ese tipo de cosas puede parecer nostálgico porque son cosas que no pasan tanto, y entonces no se trata tanto de ir al pasado, sino de buscar esas cosas en particular que, de algún modo, andan siempre por ahí.
Parecería que el circo criollo, como pasó en buena medida con la literatura gauchesca, quedó relegado a una expresión no del todo valorada por muchos intelectuales del siglo XX, y eso derivó en un gran olvido.
Guzzini: Sería muy atrevido de mi parte opinar, porque me faltan elementos, pero desde la sensación sí te puedo decir que estoy acostumbrado a atribuir mi descendencia a la inmigración europea, y en realidad mi abuelo vino de Italia, pero mi abuela era de acá. Y si veo la foto de mi abuela, el color de mi piel, que también se lo dio a mi padre, es mucho más de acá que de Europa. ¿Y por qué yo doy por sentado que soy más europeo? Porque muchos crecimos con esas ideas en nuestras casas, y no digo que esa concepción no haya traído también cosas buenas. Del mismo modo, yo crecí escuchando que en Uruguay no había descendencia indígena. Y después hablás con gente que sabe y estudió y te dice: “Tampoco es así”. Y entonces no es que somos todos franceses, italianos y españoles.
Silva: La obra también refleja algo de eso. Tomamos de los libros de Barrán su idea de cultura bárbara y disciplinamiento. Y es un poco, de manera simbólica, lo que les pasa al personaje del niño y al propio grupo. Están atravesando ese momento de disciplinamiento que puede estar expresado en el alambrado, en el concepto de propiedad privada, pero también en otras formas de comportarse que están empujados a adoptar, y todo eso influye en todas las cosas que les van pasando a los personajes.
Que vienen a ser como los últimos exponentes del circo criollo.
Guzzini: Y hay un personaje más que no habíamos nombrado y es muy importante en la historia. Físicamente no está. Es la figura del alcalde, digamos, la autoridad del pueblo, que intenta utilizar a estos exponentes del arte, que tienen mucha cercanía con la gente, para difundir con sus actuaciones textos que supuestamente van a favorecer el desarrollo de la sociedad a través del disciplinamiento. Hasta que en un momento se ponen a pensar en lo que están haciendo y llegan a la conclusión de que ellos mismos están a punto de quedarse afuera.
Plantar bandera. Sábado a las 20.30 y domingo a las 19.30 en el teatro Alianza (Paraguay 1217). Entradas a $ 700 en Redtickets.