Como los restaurantes de comida regional, las enciclopedias y los mundiales de fútbol que vemos por la tele, las visitas foráneas son capaces de alumbrar en un instante la oscuridad propia y ajena mediante el simple y chismoso artefacto de la comparación. La cantante, compositora y productora musical mexicana Natalia Lafourcade festejó su primera actuación en Montevideo como un momento memorable que registró desde el escenario con su propia cámara filmadora.
Durante un buen rato, la sala llena del Auditorio Nacional del Sodre esperó la salida de la artista al escenario, pautada para las nueve en punto. En cambio, lo que primero salió de los parlantes fue una voz robótica femenina para nada a tono con las inteligencias artificiales en boga y mucho más parecida a la del HAL 9000 de 2001: Odisea del espacio o a las voces de sonido analógico de los discos de Daft Punk. La dama en off, mediante un mensaje loopeado en tres avisos de expectativa, brindó instrucciones en un modo humorístico sobre el funcionamiento del show y la participación del público. Además de las prohibiciones de ocasión (del encendido de cámaras y teléfonos), sugirió “respirar profundo” a fin de disfrutar de una experiencia inmersiva liderada por “la cancionera” –en alusión al tour que trajo hasta aquí a la cantante, el nombre de su último disco y, en especial, el del personaje de este relato escénico musical–, y llamó a “bailar, cantar y gritar”.
Tras el tercer aviso, Lafourcade caminó al encuentro del público uruguayo con un portafolios en la mano del que sacó un montón de dibujos. Una silla con una especie de espantapájaros vestido de rojo con una cabeza de flores y una careta sobre una rodilla ocupó uno de los tres vértices iluminados de la íntima y mística puesta en escena.
Para comenzar, la cantante, vestida con un traje negro gigante, como los de David Byrne, se ubicó en el vértice central, donde la esperaba el piano con el que iba a interpretar las instrumentales “Apertura” y “Lágrimas”, ambas incluidas en Cancionera. Allí también tocó “Vine solita”, “Muerte” y “Pájaro colibrí”, y luego fue hacia el espantapájaro para cantarle la resentida “Mascaritas del cristal”.
Finalmente, se instaló en donde iba a transcurrir la mayor parte del show: en el extremo opuesto a la cabeza florida, en una butaca a medida de su “personaje”, y junto a una pequeña mesa con amuletos, recuerdos de viajes y una botella de mezcal, la mexicana desenvolvió su ordenado repertorio musical que decoró con poesía y una puesta teatral convincente y de sólido sentido artístico. “Aquí estoy como en casa”, dejó saber. “A mis 40, en este instante me imagino a mí a los 17 años, encerrada en mi cuarto, componiendo canciones todo el día”.
A partir de esa añoranza confesa, Lafourcade canta sobre el amor, el desamor, la ilusión, “el amor de mentiras”, el engaño, las rupturas y, por supuesto, la muerte, en boleros, tangos y serenatas, con la sola compañía de una guitarra acústica que toca de forma fenomenal, con fluidez, astucia y la soltura de lo orgánico. Y un par de salvedades: susurros, grillos, aves nocturnas, voces fantasmales en ecos, movimientos de maderas y metales sobre otras superficies ásperas se escucharon como un fondo sonoro de la noche artificial puertas adentro del Sodre, en la decadente y sucia noche del Centro de Montevideo; uno, dos, tres tragos de la botella de un mezcal “picoso” que la acompaña en esta gira se suman a lo largo de la noche, con o sin ficción, y pronuncian la personalidad del personaje-intérprete de unas canciones que se hilan a través de la pérdida, la incomprensión y el dolor.
Casi lo olvido, la más bella de todas llegó –con lógica narrativa– promediando el show, antes de la catarata más dramática. En esta versión solitaria del éxito “María la curandera”, sin trompetas ni pianos ni casi nada, Lafourcade aprovecha lo mejor de su expresividad como vocalista y las posibilidades de su guitarra para profundizar el trance que sugiere su llamado espiritual de sonoridad gruesamente rítmica. El clímax de la debacle, la derrota de su personaje triste, embriagado y de mal carácter, listo para agarrarse a las piñas “en la barra de una cantina”, llega con “Lo que construimos”, otro clásico con más de diez años encima de renegada y sincera aceptación.
Puede que haya sido justo en ese instante (antes se animó a una versión prudente y correcta de “El violín de Becho”, de Alfredo Zitarrosa, acompañada por los locales Dúo 1071, y tuvo el gesto de arroparse con una bandera de Uruguay) que la comparación se encendió en la forma de una conclusión tan antigua como fastidiosa, porque para un uruguayo nacido en los 70, demasiado acostumbrado a una melancolía no pocas veces romantizada y muchas otras más parecida a un pamento soporífero, más notable que la poesía de una mujer escindida en tres tiempos de su vida, resulta la imagen de la propia intérprete criada en Coatepec entregada al oficio de su música, a veces de raíces, a veces de exportación, con valentía y virtuosismo y sacudiendo todas sus tristezas a golpe de guitarra, perdiendo las formas y algo del decoro, sin una nota desafinada, en una búsqueda frontal, artística y profunda del alma con la que viaja por el mundo, vestida con las ropas de una cancionera.
